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Relatos Ardientes

El verano que convencí a mi ex para un trío

La fantasía había empezado mucho antes de que se convirtiera en realidad. Éramos una pareja normal, Valeria y yo, con una vida sexual activa y sin mayores complicaciones, hasta que un día me sorprendí pensando en verla con otro hombre. No fue un pensamiento que busqué. Apareció solo, durante una noche en que la observaba dormida, y ya no se fue.

Se lo fui contando poco a poco. Primero como un juego, una fantasía que describía mientras estábamos en la cama, en voz baja. Ella al principio no decía nada, pero su cuerpo sí respondía. Sus orgasmos eran más intensos cuando yo describía la escena, cuando le hablaba de otro hombre mirándola, tocándola, tomándola. Con el tiempo dejó de callarse y empezó a participar en el relato. Preguntaba detalles. Eso me encendía todavía más.

Un día le pregunté si pensaría en alguien específico. Tardó en responder. Dijo que mi amigo Rodrigo no le parecía mala idea, que lo encontraba atractivo aunque sabía que él tenía poca experiencia con mujeres. Yo no sentí celos. Sentí algo que no supe nombrar entonces, algo parecido a la anticipación pura.

Nunca lo concretamos mientras estuvimos juntos. Ese verano nos fuimos solos a San Blas, Valeria y yo, y fue el mejor sexo que habíamos tenido: cuatro días sin límites, imaginando en voz alta, construyendo una escena que no existía fuera de nuestra cabeza. Pensé que con eso alcanzaba. Me equivoqué.

***

A los pocos meses la relación se terminó. No por la fantasía, sino por las razones banales que terminan la mayoría de las parejas: distancia, caracteres, desgaste. Rodrigo y yo seguíamos viéndonos seguido. En uno de esos encuentros me contó que se había comprado un auto, un Volkswagen viejo pero funcional, y que quería estrenar con un viaje largo.

—¿A la costa? —le pregunté.

—A la costa —confirmó.

La idea de invitar a Valeria apareció antes de que terminara de hablar. No la dije de inmediato. La dejé reposar unos minutos mientras fingía pensar en la logística del viaje. Después se la propuse como si acabara de ocurrírseme, casual, sin cargarlo de intención.

Rodrigo me miró con esa expresión suya de no creerse lo que escucha.

—¿Tu ex? —dijo.

—En plan de amigos —dije—. Los tres.

Aceptó. Sin mucho entusiasmo, pero aceptó.

Llamé a Valeria esa misma tarde. Le propuse el viaje como si fuera una salida casual, un reencuentro entre amigos después de un tiempo. Ella me conocía bien. Después de un silencio breve me preguntó cuál era la consigna real.

—La consigna —dije— es que lo que pase entre los tres en esos días, pasa. Sin dramas, sin reclamos.

Otro silencio. Más largo.

—De acuerdo —dijo al fin—. Pero las reglas las ponemos los tres.

***

En el camino fuimos escuchando música con el volumen alto para no tener que hablar demasiado. Rodrigo manejaba. Valeria iba en el asiento trasero con los pies apoyados en la ventanilla. Cada tanto yo me giraba y la miraba, y ella sostenía la mirada sin bajarla. Había algo diferente en esa mirada, algo que no había visto mientras éramos pareja.

A mitad del trayecto, cuando el calor ya apretaba y el mar empezaba a adivinarse en el horizonte, comenzamos a hablar de reglas. Fue natural, como si los tres necesitáramos un marco antes de entrar en algo para lo que ninguno tenía experiencia real.

Las reglas eran simples: en la habitación, ropa interior solamente. Ella dormiría en el medio, sin nada encima. Sin preservativo. Si alguno la quería, podía pedirlo. Lo que pasara entre cualquiera de los dos, pasaba.

Valeria escuchaba desde el asiento trasero. Cuando terminamos de hablar, dijo que estaba de acuerdo con todo. La miré al espejo retrovisor. Tenía una expresión que no le había visto nunca: ni nerviosa ni arrepentida. Solo presente, completamente presente.

***

Llegamos al hotel a media tarde. La habitación tenía una cama doble, un sofá estrecho y una ventana que daba al mar. Dejamos las maletas y bajamos a la playa sin hablar mucho. Valeria se había puesto un bikini verde que no le había visto antes. Tenía ese tipo de cuerpo que los bikinis tratan bien: caderas anchas, nalgas firmes, cara bonita de rasgos marcados, piernas largas y bien torneadas. La expresión de Rodrigo cuando la vio salir del baño fue suficiente para confirmar que el viaje iba a funcionar.

Pasamos la tarde en el agua y bajo el sol, hablando de cualquier cosa, sin tocar el tema que los tres teníamos en la cabeza. Era mejor así. La tensión se acumulaba sola, sin que nadie tuviera que alimentarla.

De noche abrimos una botella de ron que habíamos traído y pusimos música bajita. El juego de cartas empezó siendo inocente y fue derivando, como suelen derivar esas cosas cuando hay alcohol y tres personas con una misma idea rondando. Empezamos a apostar prendas. Valeria perdió primero el vestido, después las sandalias. Nosotros los pantalones, las camisas. Cuando quedó solo en ropa interior se cubrió los pechos con una toalla y se rió, sin vergüenza real.

—¿Qué sigue? —preguntó.

Le dije que lo siguiente era un beso. Con Rodrigo. Dos minutos en la cama.

Rodrigo no dijo nada. Valeria bajó la toalla despacio, se levantó del sillón y se acercó a él. Lo que empezó como algo mecánico y un poco torpe fue cambiando a los pocos segundos. Ella le puso la mano en la nuca. Él le tomó la cintura con las dos manos. Yo miraba desde el borde de la cama y sentía algo difícil de describir: no eran celos, no era vergüenza. Era una excitación distinta a todo lo que había sentido antes, más intensa por ser real.

Después le pedí a Rodrigo que le chupara los pechos. Valeria dijo que solo un minuto, no dos. No dijo que no. Vi cómo mi amigo la reclinaba sobre la almohada, le desataba el corpiño y le soltaba las tetas para chuparle los pezones con hambre, primero de forma insegura, después más confiado, tragándose su propio pudor a medida que ella se arqueaba y respiraba más hondo. Yo escuchaba el sonido húmedo de su boca sobre la piel, el roce de sus manos en sus caderas, y la cara de Valeria cambió por completo: la boca entreabierta, los ojos cerrados, los muslos tensos, como si cada lamido le pasara corriente por la espalda. Cuando él le mordisqueó uno de los pezones, ella soltó un gemido corto y se aferró a las sábanas.

Cuando me tocó a mí, me acerqué y la besé despacio. La sentí diferente, más suelta, más caliente, como si hubiera cruzado un umbral que ya no existía para ninguno de los dos. Le chupé los pechos prestando atención a cada reacción, a cada temblor pequeño en su vientre. Le lamí los pezones, le succioné la piel, la hice jadear hasta que me agarró del pelo y me pidió, casi sin voz, que no me apurara. Después propuse el siguiente turno: cinco minutos los dos solos, debajo de las sábanas.

—Sal de la habitación —me dijo.

—Primero la ropa interior de los dos —respondí.

No protestó. Los dos se quitaron lo que quedaba y se metieron bajo las sábanas. Yo salí al pasillo y cerré la puerta casi del todo, dejando apenas una rendija. A través de esa rendija vi cómo Rodrigo se subía encima de ella, con la respiración acelerada y las manos inseguras al principio, luego más firmes al encontrarle las caderas. Vi cómo ella se abrió para él, despacio, con una paciencia que me hizo arder la sangre. Él le apartó las piernas con la rodilla y se fue metiendo entre sus muslos mientras ella lo guiaba con una mano en la nuca y la otra en la espalda, marcándole el ritmo. Vi el movimiento lento al principio, después más decidido, más profundo, el colchón crujiendo bajo sus cuerpos, las caderas chocando con esa cadencia torpe y urgente de quienes están aprendiendo sobre la marcha.

Empujé la puerta y entré sin hacer ruido.

Rodrigo no me escuchó llegar. Valeria sí. Me miró desde abajo con una expresión que no supe leer del todo. Él acabó poco después, sin avisar, con un espasmo corto que lo dejó rígido sobre ella antes de rodar al costado, jadeando, con la frente brillante de transpiración. Se quedó quieto unos segundos y cerró los ojos casi de inmediato.

Valeria me miró y dijo sin rodeos:

—Tú sigues.

Se puso de rodillas en la cama, de espaldas, levantó apenas las caderas y esperó. Le vi la rendija entre las nalgas, la humedad en la piel, la respiración moviéndole la espalda. Me tomé un momento para mirarla así, en esa posición, consciente de que esa imagen no se me iba a olvidar fácilmente. Le acaricié las nalgas con ambas manos, las apreté despacio, metí un dedo para abrirla un poco más y, cuando la sentí lista, me acomodé detrás de ella y la penetré despacio, sintiendo cómo me recibía de a poco, apretándome al principio, soltándose después. Ella apoyó las manos en el colchón y echó la cabeza hacia adelante con un gemido ahogado.

Tardé en terminar. No tenía prisa. Le agarré la cintura, la fui marcando con embestidas largas, luego más cortas, metiéndole la polla hasta el fondo y saliendo casi por completo para volver a entrar con más fuerza. El sonido de nuestros cuerpos llenó el cuarto. Valeria me pedía más, me apretaba con los músculos del coño, me arrastraba hacia sí con un ritmo que me volvía loco. Cada vez que le daba más duro, ella respondía con un gemido más alto, con la espalda arqueada, con esa mezcla de entrega y mando que me rompía la cabeza. Cuando sentí que estaba cerca, me agarré de sus caderas y seguí empujando hasta correrme dentro de ella, caliente, pesado, sintiendo la corrida subir y vaciarse en pulsos cortos mientras ella seguía moviéndose debajo de mí, exprimiéndome hasta la última gota.

***

A la mañana siguiente desperté solo en la cama. La habitación estaba en silencio, la ventana dejaba entrar una franja de sol. Me levanté y encontré a Rodrigo y a Valeria en la sala, enredados debajo de una sábana que se habían llevado de la cama. Ella estaba encima de él, moviéndose con calma, sin apuro. Rodrigo le abría las piernas con las manos y le hundía la verga desde abajo, mientras ella se deslizaba sobre él en un vaivén lento, húmedo, concentrado, con los pechos apenas cubiertos por la sábana que se les pegaba al sudor. Ninguno de los dos me oyó entrar. Me quedé en el marco de la puerta hasta que terminaron, mirando cómo se retorcían en silencio, cómo ella apretaba los muslos y él la sostenía de la cintura para acabar dentro de ella con un estremecimiento breve.

Cuando me vieron, Valeria fue la primera en hablar.

—Tú organizaste todo esto —dijo, sin agresión—. No tienes derecho a reclamar.

Tenía razón. No reclamé.

Desayunamos los tres en el bar del hotel como si nada hubiera ocurrido. El ambiente era extrañamente tranquilo, sin tensión ni incomodidad. Rodrigo estaba callado pero no incómodo. Valeria pedía café y miraba el mar por la ventana. Yo los observaba a los dos e intentaba entender exactamente qué estaba sintiendo.

A media mañana Valeria dijo que necesitaba subir al cuarto un momento. Rodrigo se levantó de la silla antes de que ella terminara la frase.

—Yo también subo —dijo.

Los vi alejarse juntos por el pasillo y supe exactamente adónde iban. Pedí otra caña fría y me quedé mirando el agua un rato largo.

***

Por la noche fuimos a bailar a un bar cerca del paseo marítimo. Yo saqué a bailar a una chica que estaba sola apoyada en la barra. No era un plan serio, era más bien una manera de ocupar las manos y la cabeza. Desde el otro lado de la pista vi a Rodrigo y a Valeria. Se besaban sin disimulo, él le tenía la mano en la espalda y ella le hablaba al oído con una sonrisa. Parecían una pareja que llevara tiempo siéndolo.

A medianoche los dos se me acercaron.

—Nos adelantamos —dijo Valeria—. Ven cuando quieras.

Esperé veinte minutos antes de volver al hotel. La puerta de la habitación estaba entornada. Entré despacio y en silencio. Estaban en la cama, totalmente enredados, y ninguno de los dos me oyó llegar. Los observé desde la penumbra del cuarto hasta que Rodrigo terminó, aferrado a sus nalgas mientras la embestía con urgencia y ella se mordía el labio para no hacer demasiado ruido. Fue él quien me vio primero y le dio un codazo suave a Valeria.

—¿Cuánto llevas ahí? —preguntó ella, sin escandalizarse.

—Lo suficiente —dije.

Me metí en la cama. Los dos se acomodaron uno junto al otro y en pocos minutos su respiración se volvió pareja. Yo me quedé un rato con los ojos abiertos mirando el techo. Después puse la mano en el hombro de Valeria y la moví suavemente.

—No me dejes así —le dije en voz baja.

Se despertó a medias. Sin girarse, levantó una pierna y esperó. No fue lo que había imaginado durante meses. Ella estaba cansada, a medio dormida, pendiente del sueño más que de otra cosa. Pero era lo que había, y lo tomé. Le abrí las nalgas con la mano, me pegué detrás de ella y la penetré despacio, escuchando su respiración pesada, el roce de la sábana, el pequeño quejido que soltó cuando empecé a moverme. Cuando terminé, el cuarto volvió al silencio. Afuera se escuchaban las olas rompiendo con calma.

***

El último día fue tranquilo. Recogimos las maletas sin prisa, desayunamos con poco que decir y cargamos el auto antes del mediodía. En el camino de vuelta Rodrigo y Valeria iban sentados atrás. Hablaban en voz baja, a veces se reían de algo que yo no alcanzaba a escuchar. Puse música y me concentré en la ruta.

Lo que había empezado como una fantasía mía había terminado siendo una historia que ya no me pertenecía del todo. Ellos volvieron como pareja. Esa parte de la historia es más larga y la dejo para otro momento.

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Comentarios(8)

Marcos_del_sur

Que relato!! me engancho desde la primera linea, bravo

CamilaRosario

Por favor seguí con una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber como terminó todo entre los tres despues del viaje

NachoPampa

Me recordó a un verano complicado que tuve con mi ex jaja, esas situaciones te cambian la cabeza para siempre. Muy bueno

VeroBA

Buenisimo, se nota que es algo que sentiste de verdad. Lo contás con mucha naturalidad y eso lo hace mucho mas rico de leer. Sigue asi!

pepeCTBA

el titulo ya lo dice todo jajaja. excelente

Lector4990

Me gusto como describiste la tension previa, esa parte es lo mas interesante para mi. Espero tu proximo relato

RosaAmalia47

Muy bueno!! que valiente la propuesta jaja, no cualquiera se anima

nico_cba

genail relato, uno de los mejores que lei ultimamente en la categoria. seguí escribiendo

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