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Relatos Ardientes

La vecina del tercero me pilló mirándola

Tengo cincuenta años. Hace tiempo que dejé de pelearme con eso. Las mujeres que me siguen excitando son las que me llevan dos décadas, o tres, no las de mi edad ni las más jóvenes. Es algo que aprendí a aceptar muy pronto, y que ningún matrimonio ni ningún paso del tiempo ha logrado cambiarme.

Empezó cuando tenía dieciocho años. Una compañera de oficina, divorciada, de cuarenta y largos, me invitó a tomar algo después del trabajo. Ella sabía lo que quería sin pedirlo. Esa noche entendí que una mujer con experiencia no necesita explicarte nada: te lleva. Desde entonces todas las que me han marcado de verdad eran mayores. La señora del autobús que me sostenía la mirada. La profesora particular de inglés del año que repetí curso. La hermana mayor de un amigo, que un verano me invitó a su piso a tomar limonada y nunca me preguntó si quería quedarme.

Ahora, cuando la casa se queda en silencio, abro el ordenador y leo relatos de maduras. Lo hago despacio, sin prisa, como si fuera una de ellas la que estuviera tomándose su tiempo conmigo. Una mano en el ratón, la otra rozando el pantalón, primero por encima de la tela. Me alargo todo lo que puedo. Y cuando me corro, siempre es la cara de una mujer mayor la que me ha empujado al borde.

De todas, hay una a la que vuelvo más que a ninguna. La vecina del tercero. Nuria.

***

Yo tenía diecinueve años. Vivía con mis padres en un cuarto piso de un edificio de los años setenta, en un barrio del extrarradio que olía a estofado los mediodías y a colonia barata las tardes de domingo. Justo debajo de nosotros, en el tercero, vivía Nuria con su marido y sus dos hijas. Ella tendría unos cuarenta y ocho entonces. Su marido se había caído de un andamio años atrás y caminaba con muletas; cada mañana lo recogía un autobús del centro de día, y a las nueve y media en punto Nuria se quedaba sola hasta media tarde.

Yo lo sabía. Yo lo controlaba todo.

Mi ventana de la cocina daba justo encima de su terraza. Cuando ella tendía la ropa, yo me situaba detrás del cristal con un café que no me iba a beber. La veía estirarse para colgar las sábanas, levantar los brazos para fijar las pinzas, agacharse a coger una toalla del barreño. Llevaba unos camisones finos de algodón, casi siempre del mismo tipo, y debajo nada. Cuando se inclinaba hacia adelante, la tela se le abría por el escote y se le veía el pecho. Eran dos pechos grandes, llenos, con esa caída de mujer que ha amamantado a dos hijas. Lo que más me obsesionaba era esa sombra entre los dos, ese pliegue oscuro y profundo en el que me pasé media adolescencia preguntándome qué olor tendría.

Pero lo peor llegaba cuando se daba la vuelta. La parte de atrás del camisón se le subía a media cintura cuando estiraba los brazos para tender. Llevaba unas bragas blancas, sencillas, y la tela le marcaba todo. Las nalgas pesadas, redondas, con esa firmeza un poco caída de las mujeres que han trabajado siempre de pie. Yo me quedaba pegado al cristal mirándola moverse y se me ponía dura en cuestión de segundos. Tenía que apoyarme en el fregadero para que no se me notara desde el pasillo.

Ella sabía. Estoy convencido de que lo supo desde el primer día. A veces levantaba la cara, miraba hacia arriba, y nuestros ojos se encontraban. No bajaba la mirada. Me sostenía un par de segundos y luego volvía a su tarea con una sonrisa diminuta en una esquina de la boca. A veces, después de cruzar la mirada, se movía un poco más despacio, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

Y lo gracioso es que tenía dos hijas, Cristina y Marta, dos chicas guapas, de mi edad, con cuerpos firmes y ganas de salir. Las dos me sonreían en el portal. Cristina, sobre todo, dejaba claro lo que quería. Pero a mí no me ponía Cristina. Ni Marta. A mí me ponía la madre. Esa mujer que a las nueve y media abría su terraza, con los pechos pesados balanceándose dentro del camisón y unas caderas anchas que parecían sostener todo el edificio.

Por las noches me masturbaba pensando en ella. Imaginaba que entraba en su casa con cualquier excusa y que se le caía la bata por accidente. Me corría con la cara contra la almohada, mordiendo la funda para que no me oyeran mis padres del otro lado del pasillo.

***

Una mañana de mayo, bajaba a comprar el pan cuando me la encontré en el rellano del tercero, con la puerta abierta a su espalda.

—Buenos días —dijo, como siempre—. Oye, ¿tienes un minuto? No quiero molestarte.

Le dije que sí antes de que terminara de preguntar.

—Necesito que me subas una caja al armario alto de la cocina. Son platos nuevos y pesan. Mis hijas están en clase y mi marido… ya sabes.

Entré. El pasillo olía a crema de manos y a sábanas recién planchadas. Me llevó a la cocina sin hablar mucho. La caja estaba en el suelo, junto a la mesa. Me agaché, la levanté con las dos manos y la coloqué en el estante de arriba. No pesaba tanto. Cualquiera lo habría hecho. Pero ella no había llamado a cualquiera.

Cuando me bajé del taburete y me giré, ella seguía mirándome desde la puerta, apoyada en el marco. Llevaba un vestido de andar por casa, de algodón fino, con los primeros botones desabrochados. Me la quedé mirando como un imbécil. No pude evitarlo. La sombra del escote, la curva del pecho debajo, todo estaba ahí a un metro de mí.

—Llevas todo el rato mirándome el pecho —dijo, sin dejar de sonreír—. ¿Te crees que no me he dado cuenta?

Quise pedir disculpas. Bajé la cabeza. Empecé a inventar una excusa estúpida sobre el calor, sobre que me había distraído. Ella no me dejó terminar.

—Hace meses que te veo. En la escalera, en el patio, desde tu ventana cuando salgo a tender. ¿Crees que no sé lo que haces detrás del cristal?

Tuve que apoyarme en la encimera. Sentí cómo se me subía el calor a las orejas, al cuello, a la cara. Y le dije la verdad. Le dije que sí, que la miraba. Que me gustaban las mujeres mayores desde siempre. Que ella me ponía como un crío. Que sus pechos me obsesionaban. Que llevaba meses pensando en ella todas las noches.

—Por favor —añadí, con la voz temblorosa—, no se lo digas a mis padres.

Ella se rio bajito. Una risa de mujer que ya ha escuchado confesiones parecidas y que sabe perfectamente lo que viene después.

—Ven aquí —dijo.

***

Se giró y me dio la espalda. Yo me coloqué detrás de ella, sin atreverme a tocarla todavía. Mi respiración chocaba contra su nuca. Ella me cogió las manos por las muñecas, con calma, como quien guía a un niño al que le enseña a coger la sartén, y me las puso en los pechos por encima del vestido.

Me quedé sin aire. Las palmas se me llenaron de peso y de calor a la vez. La tela era fina y debajo no había sujetador. Sentí la forma exacta, la caída, el pezón empezando a marcarse.

—No tengas prisa —murmuró—. Tómatelo con calma.

Y me lo tomé. Empecé a acariciarla despacio, con la palma entera, recorriendo el contorno, sopesando, soltando, volviendo a coger. Mis dedos dibujaban círculos cada vez más pequeños hasta llegar a las puntas. Los pezones se le endurecieron bajo la tela. Los rodeaba sin tocarlos del todo, jugando a acercarme y a apartarme. Ella respiraba más hondo cada vez.

—Así que mayores —dijo, casi para sí misma—. Y a mí en casa nadie me toca desde hace años.

Le pellizqué los pezones a través del vestido y soltó un gemido bajo, contenido. Apreté un poco más y echó la cabeza hacia atrás, contra mi hombro. Empezó a mover el culo despacio contra mí. La sintió enseguida. Ya estaba duro. No había manera de disimularlo.

—Y tú aquí, perdiendo el tiempo desde la ventana —susurró, sonriendo.

Llevó una mano hacia atrás y me acarició por encima del pantalón. Me lo desabrochó sin mirar, con la práctica de quien ha hecho ese gesto mil veces. Me la sacó y la envolvió con los dedos. Yo seguía detrás, con las manos en sus pechos, apretando, pellizcando, perdiendo el suelo.

Giró la cabeza. Sus labios buscaron los míos. El primer beso fue más suave de lo que esperaba. El segundo ya no. Me metió la lengua en la boca y me la chupó con calma, mordiéndola un poco, devolviéndomela. Sabía a café y a algo dulce, quizá pan con mermelada. Yo no tenía prisa. Quería quedarme allí, con su lengua moviéndose contra la mía, sin ir a ninguna parte.

Ella sí tenía prisa, o lo fingía bien. Me llevó andando hacia atrás, sin separar la boca, hasta el dormitorio que yo nunca pensé que pisaría.

***

Allí me desnudó ella. Me sentó al borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas y se me quedó mirando un momento, con una media sonrisa, como quien recibe un regalo que no esperaba abrir esa mañana. Después se me la metió en la boca.

Empezó despacio, recorriéndome la punta con la lengua, lamiendo el tronco de arriba abajo. Luego se la fue tragando entera, sacándola con calma, apretando los labios cuando llegaba al final. Tenía la lengua caliente, la saliva corriendo por mi entrepierna, los ojos entrecerrados mirándome. Le aparté el flequillo con una mano para verle la cara.

—No aguanto mucho —le dije con la voz rota.

—Pues no aguantes —respondió, y aceleró.

Aceleró con la mano apretándome la base, con los labios firmes, con la lengua moviéndose por debajo. Cuando sentí que llegaba, me aparté un segundo, me agarré yo mismo y me corrí encima de su pecho. La leche le cayó sobre el escote, le resbaló por el surco entre los pechos, le manchó el vestido. Ella se rio bajito, satisfecha, y volvió a metérsela en la boca para chuparme las últimas gotas. Cogió un trapo de la mesilla y se limpió por encima, sin demasiado cuidado, dejándose la piel todavía brillante.

—Ahora me toca —dijo.

Me empujó. Cayó hacia atrás sobre la cama, se subió el vestido y abrió las piernas. Me señaló con un dedo entre los muslos.

—Hace mucho que no me lo lame nadie. A ver qué tal lo haces tú.

Me coloqué entre sus piernas. Estaba ya empapada. Le abrí los labios con los dedos y empecé a lamer. Despacio al principio, recorriendo cada pliegue, sintiendo el sabor concentrado, fuerte, de mujer. Luego subí al clítoris, lo encerré entre mis labios, lo empujé con la punta de la lengua. Ella metió las manos en mi pelo y apretó.

—Así, cariño —dijo—. No pares.

No paré. Bajé los dedos, le metí dos dentro mientras la lengua seguía arriba, y empezó a temblarle el muslo derecho contra mi oreja. Estaba a punto de correrse cuando me aparté.

—¿Qué haces? —jadeó, casi enfadada.

—Quiero estar dentro cuando te corras.

Ya estaba duro otra vez. Subí. Ella me empujó al colchón, se sentó encima, me agarró con la mano y se la metió de un solo movimiento. Los dos gemimos a la vez. Empezó a moverse con un ritmo lento, marcado, controlado, el ritmo de alguien que sabe perfectamente cómo correrse.

Yo me quedé abajo, mirando. Sus pechos rebotaban en cada bajada. Esos pechos que llevaba meses imaginando, que había espiado desde el cristal de la cocina, por los que me había corrido tantas noches solo. Subí las manos y se los apreté. Le tiré de los pezones, todavía con restos pegajosos de antes. Ella se llevó una mano al clítoris y empezó a tocarse mientras cabalgaba.

—Me voy a correr —dijo, con los ojos cerrados.

Apretó. Me apretó por dentro de un modo que no me esperaba, con espasmos seguidos, como si quisiera exprimirme. Soltó un gemido largo, ronco, con la cabeza echada hacia atrás. Yo aguanté un segundo más y me corrí dentro mientras ella todavía temblaba.

Se dejó caer sobre mí, sudada, con el pelo pegado a la frente. Mis manos seguían en sus pechos, sin querer soltarlos. Los acariciaba despacio, recorriendo los pezones todavía duros, mientras los dos buscábamos el aire.

—Después de tantos meses mirándome desde la ventana —murmuró contra mi cuello—, menos mal que al final te has atrevido.

***

De aquello han pasado treinta años. Hubo más mañanas en su cocina aquel verano, hasta que en septiembre yo me fui de casa para empezar la universidad y ya nunca volví a vivir en aquel barrio. Con el tiempo me casé, tuve hijos, separé mi vida en compartimentos. Pero a Nuria no la he olvidado. No del todo.

Sigo volviendo. Cuando todos duermen y yo abro el ordenador a buscar relatos de maduras, lo que en realidad busco es ese olor a crema de manos y sábanas planchadas. Esos pechos pesados dentro del camisón. Esa risa baja de mujer que ya sabía lo que iba a pasar antes de que yo terminara la frase. Y me corro despacio, sin prisa, como ella me enseñó.

Porque al final, lo único que cambia con los años es desde qué ventana miras.

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Comentarios (9)

CarlosLector

Tremendo relato!! Quede sin palabras

NocheVelada88

Una segunda parte por favor, esto se corto justo en lo mejor

Pancho_BsAs

Me encanto la dinamica entre los dos, se siente autentico sin ser forzado. Sigue escribiendo!

SergioMdq

jajaja el final me mato, no lo esperaba asi

Flor_BA

Que bueno encontrar relatos de esta categoría que no sean burdos. Excelente!!

Nico_mdq

se me hizo cortisimo, mas por favor :)

Eduardo_Cba

Me recuerda a algo que me pasó hace años, terminó diferente claro jaja. Muy bueno el relato

RosaARG

El comienzo es increible, te engancha de entrada y ya no podes parar. De los mejores que leí en esta sección

Marta_K

Esperando ansioso la continuación. Saludos desde Rosario!

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