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Relatos Ardientes

El lector que volvió a escribirme después de un año

Hacía exactamente un año que un lector me había escrito un correo larguísimo, de esos que se nota que alguien tardó la madrugada entera en redactar. En su momento le respondí dos líneas amables y lo dejé enterrado en una carpeta que nunca volví a abrir. No por desinterés, sino porque la vida se me había puesto cuesta arriba y no tenía cabeza para nada que no fuera sobrevivir el día.

Pero esa tarde fue distinta. Llevaba semanas con el cuerpo encendido, irritada por dentro, con esa clase de deseo que no se calma sola. Me despertaba mojada y me dormía igual. Cualquier roce de la ropa contra los pezones me distraía a media frase. Estaba cansada de mí misma, de mi propia mano, de fantasear con sombras sin nombre.

Así que abrí la carpeta olvidada y busqué su correo. Se llamaba Mateo. Releí lo que me había escrito hacía un año y, esta vez, lo entendí distinto. No era un mensaje de admirador tímido. Era una invitación que yo no había sabido leer.

Le respondí sin pensarlo demasiado. Si no contesta, no pierdo nada, me dije, y le di a enviar antes de arrepentirme.

—Pensé que nunca me ibas a escribir —llegó su respuesta a los veinte minutos.

Veinte minutos. Un año de silencio de mi parte y él contestaba en veinte minutos, como si hubiera tenido la pestaña del correo abierta todo ese tiempo. Algo en eso me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

***

Al principio fuimos prudentes. Le pregunté por su año, me preguntó por el mío. Hubo un par de mensajes de cortesía, de tanteo, de esos que sirven para medir hasta dónde está dispuesto a llegar el otro. Pero la cortesía duró poco. Yo no había vuelto a escribirle para hablar del clima.

—Te voy a ser honesta —tecleé—. Te escribí porque hace semanas que ando caliente y no se me pasa.

Tardó en responder. Imaginé que la frase lo había descolocado, que tal vez me había pasado de directa. Y entonces llegó:

—Entonces cuéntame. ¿Qué es lo que no se te pasa?

Sonreí sola, frente a la pantalla, con el corazón golpeándome en lugares que no eran el pecho. Me acomodé en la cama, apoyé la espalda contra el respaldo y dejé el teléfono en equilibrio sobre las rodillas dobladas.

Le conté. Le conté que me despertaba con ganas de que alguien me llenara, que tenía los pezones duros todo el santo día, que llevaba demasiado tiempo durmiendo del lado equivocado de la cama. No le ahorré ningún detalle. Me sorprendió lo fácil que me salía, la libertad de escribirle a alguien que no conocía mi cara, que no me iba a juzgar en el desayuno.

—Me estás poniendo a mil —contestó—. Y todavía no te dije nada de lo que pienso hacerte.

—Decímelo.

***

Lo que vino después fue una conversación que no se parecía a ninguna que hubiera tenido antes. Mateo escribía bien. No usaba esas frases gastadas de los hombres que solo quieren acabar rápido. Construía. Demoraba. Me hacía esperar.

—Lo primero que quiero —escribió— es desnudarte despacio. No arrancarte la ropa. Bajarte un tirante, después el otro, y mirarte un rato antes de tocarte. Quiero ver cómo te impacientas.

Cerré los ojos un segundo. Me lo imaginé tan claro que sentí el aire frío en la piel descubierta.

—¿Y después? —escribí.

—Después te beso el cuello. Pero solo el cuello. Voy bajando con la boca y me quedo en tus pechos un rato largo, porque me obsesionan. Te juego con los pezones con la lengua hasta que me pidas que baje, y aun así no bajo todavía.

Apreté los muslos sin darme cuenta. Tenía razón en hacerme esperar; la espera me estaba volviendo loca, y eso era exactamente lo que él buscaba.

Decidí que no iba a ser la única en arder. Si él sabía jugar con las palabras, yo también. Después de todo, ahí, escondida detrás de una pantalla, podía presumir sin vergüenza lo única que me ponía vanidosa: lo que sé hacer con la boca.

—Ahora me toca a mí —le escribí—. Te voy a contar lo primero que haría yo.

—Soy todo tuyo.

—Empezaría besando apenas la punta. Suave, casi sin tocarte, para que te desesperes. Después bajo con la lengua, lento, hasta abajo del todo, y me entretengo ahí un rato, chupándote despacio, sintiendo cómo se te tensa todo el cuerpo.

—Dios.

—Cuando empieces a gemir, vuelvo a subir igual de lento, recorriéndote entera con la lengua. Y recién cuando ya no aguantes más, me la meto de una sola vez, hasta el fondo, y dejo que te muevas a tu gusto. Que me uses la boca como quieras.

Pasaron unos segundos eternos sin respuesta. Lo imaginé del otro lado, con el teléfono en una mano y la otra ocupada, y la idea me gustó tanto que tuve que respirar hondo.

—Me la vas a pagar —contestó al fin—. No tenés idea de cuántas veces me voy a acordar de este mensaje.

—Esa era la idea.

***

Seguimos así durante días. No fue una sola noche de calentura y después el silencio. Fue una rutina nueva, deliciosa, que se metió en cada hueco de mi día. Le escribía a media mañana, entre dos tareas, una frase corta que sabía que lo iba a dejar pensando hasta la tarde. Él me respondía cuando podía, a veces con una sola línea capaz de mojarme entera en el peor momento posible.

Una vez me escribió mientras yo estaba en la cola del supermercado. Abrí el teléfono por costumbre y leí: «No me saco de la cabeza tu boca. ¿Sabés lo difícil que es trabajar así?». Tuve que guardar el teléfono y mirar fijo las góndolas, las mejillas ardiendo, sintiéndome la mujer más obscena de toda la fila.

Otra noche se me ocurrió darle vuelta el juego. En lugar de contarle lo que quería que me hiciera, le describí lo que estaba haciendo en ese mismo instante, sola en mi cama, con su último mensaje todavía iluminando la pantalla. Le narré cada movimiento de mi mano, despacio, como si en vez de escribirlo se lo estuviera enseñando en vivo.

—No pares —me escribió—. Contame todo. No te saltees nada.

Y no me salteé nada. Le conté hasta el final, hasta que dejé caer el teléfono sobre la sábana con la respiración entrecortada. Tardé un rato en volver a escribir.

—¿Sigues ahí? —pregunté.

—Apenas. Acabás de arruinarme para cualquier otra cosa esta noche.

Me reí sola, en la oscuridad, con una sensación de poder que hacía mucho no tenía. No había nada más excitante que saber el efecto exacto que mis palabras producían en alguien a kilómetros de distancia.

Lo que más me sorprendía era cuánto me importaba ya su deseo, el de un hombre al que no le conocía ni la voz. No era solo lo que decía; era cómo me hacía sentir vista, deseada, esperada. Cada mensaje suyo era una mano sobre la piel.

***

Una tarde de lluvia, con el ruido del agua contra la ventana de fondo, Mateo me contó algo que cambió el tono de todo.

—Tengo una casa en el campo —escribió—. Lejos de todo. No hay vecinos, no hay ruido, no hay nadie en kilómetros. Solo el cielo y el silencio.

—¿Y para qué me contás eso? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Porque desde que hablamos no dejo de imaginarte ahí. Afuera. Sin que tengamos que cuidar el volumen. Sin paredes, sin vecinos golpeando, sin nadie. Solo vos gritando todo lo que quieras bajo el sol.

Me quedé mirando la pantalla mucho rato. La imagen se me armó sola y completa: el pasto, el calor, el cielo abierto, los dos sin más testigos que el viento. La idea de poder gemir sin medirme, de gritar a placer, de dejar que el cuerpo hiciera todo el ruido que normalmente me trago, me apretó por dentro de una manera nueva.

—Contame más de esa casa —le pedí.

—Hay una galería de madera que da al campo. Ahí te imagino al atardecer, con la última luz pegándote en la piel. Y de noche, cuando refresca, te imagino adentro, frente al fuego, encima de mí, moviéndote despacio, con todo el tiempo del mundo porque nadie nos espera.

—Bajo el sol y bajo la luna —escribí, casi para mí.

—Exacto. Todo el día. Hasta que no nos queden fuerzas.

—Te imagino entrando a mí justo cuando se esconde el sol —le escribí, dejándome llevar—. Con el pasto debajo y el calor todavía pegado a la piel. Sin apuro, porque no hay un reloj que nos diga nada.

—Y de madrugada otra vez —respondió—. Cuando refresque y nos tapemos con una sola manta. Despacio, medio dormidos, como si tuviéramos toda la vida para hacerlo.

Nunca había deseado tanto un lugar al que jamás había ido. Esa casa, que probablemente ni se parecía a como la imaginaba, se había vuelto el escenario fijo de todas mis fantasías. La galería, el fuego, el campo abierto. Y él en el centro de todo, esperándome.

Esa noche no necesité ayuda de nadie ni de nada que no fuera releer sus palabras. Me bastó con cerrar los ojos y ponerme en esa galería, con el sol bajando, su boca recorriéndome y nadie en kilómetros a quien le importara cuánto ruido hacía.

***

No sé si alguna vez voy a conocer a Mateo en persona. Una parte de mí teme que la realidad no le gane a lo que construimos con palabras; otra parte sueña con esa galería de madera y con comprobar si su boca cumple lo que su teclado promete. Por ahora me basta con saber que existe, que del otro lado hay alguien que me desea con la misma intensidad con la que yo lo deseo a él.

Y eso es lo que más me gusta de todo esto: descubrir que el deseo puede encenderse entero sin un solo roce, que una frase bien puesta a la hora justa puede mojarme más que cualquier mano. Que la fantasía, cuando la comparte alguien que sabe sostenerla, tiene un poder que ningún cuerpo apurado iguala.

Hacía años que no me sentía tan viva, tan caliente, tan a la espera de algo. Y todo empezó por animarme a abrir una carpeta olvidada y escribir tres líneas a un desconocido.

Que aprendan los tímidos, pienso cada vez que escucho llegar un mensaje suyo. A veces alcanza con animarse a escribir primero.

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Comentarios (6)

SolitarioNocturno

tremendo relato, me atrapo desde la primera linea!!!

Maru_Rosales

Hay algo muy emotivo en esto que no esperaba encontrar. Me gusto mucho como mezcla lo sentimental con el deseo, se siente autentico

AndreaK_83

Por favor que haya continuacion, quede con muchas ganas de saber que paso despues de ese correo

Javier_rdz

La tension de la espera de un año y de repente ese correo... eso sí que es morboso jajaja. Muy buen trabajo

LectoFan_arg

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo y que creía olvidada. Gracias por escribir esto

NoriMdQ

Se hizo corto, quiero mas :)

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