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Relatos Ardientes

Las reglas que me inventé jugando al bingo

Era sábado por la mañana y el mundo entero parecía haberse puesto de acuerdo para no exigirme nada. No tenía planes, ni mensajes pendientes, ni esa lista de tareas que normalmente me persigue como un mosquito. Solo estaba yo, la cama deshecha y una luz blanca colándose por la rendija de la persiana. La clase de mañana en la que da pereza hasta levantarse a por agua.

Me quedé un rato boca arriba, escuchando el silencio del edificio. Después rodé hacia la mesita, cogí el móvil y empecé a hacer lo que hace todo el mundo cuando no quiere hacer nada: deslizar el dedo por la pantalla sin rumbo. Redes, fotos de gente desayunando, vídeos que se olvidan a los tres segundos.

Y entonces abrí el bingo.

No sé ni por qué lo tengo instalado. Es uno de esos juegos absurdos de cartones de colores y una voz cantarina que va diciendo los números. Os podéis imaginar el nivel de desesperación por entretenerme que tenía esa mañana. Le di a empezar una partida, miré cómo iban saliendo las bolitas y, al cabo de treinta segundos, ya estaba pensando en cerrarlo.

Esto es insoportablemente aburrido.

Pero no lo cerré. En lugar de eso, se me cruzó una idea por la cabeza. Una de esas ideas que aparecen sin avisar y que, si las dejas crecer dos segundos, ya no te las puedes quitar de encima. ¿Y si lo hacía más interesante?

Me incorporé un poco, apoyé la espalda en el cabecero y abrí el cajón de la mesita. Ahí, debajo de un pañuelo doblado y una caja de pastillas para dormir que nunca tomo, está mi pequeña colección. Cogí el vibrador, el fino, el que tiene una ruedecita para subir la intensidad nivel a nivel. Lo encendí al mínimo, sentí el zumbido leve contra la palma de la mano, y me lo introduje despacio, muy despacio, mientras seguía mirando la pantalla del móvil con la otra mano.

Al mínimo, el vibrador da placer, pero es un placer de andar por casa. Te recuerda lo que podrías sentir, te abre el apetito y te deja ahí, a medio camino, queriendo más. Mucho más. Que era exactamente lo que yo necesitaba para que el juego mereciese la pena.

Así que me inventé las reglas.

Regla número uno: por cada bolita que me saliera en el cartón, un movimiento de caderas. Solo uno. Lento, controlado, sintiendo cómo el vibrador se acomodaba con cada vaivén. Nada de acelerar, nada de hacer trampas. Una bolita, un movimiento, y volver a esperar la siguiente.

Regla número dos: por cada línea que completara, subía un nivel de vibración. La ruedecita tiene seis posiciones. Empezaba en la uno. Cada línea, un clic hacia arriba. Eso ya era jugar de verdad.

Y regla número tres, la más cruel: si conseguía bingo completo, podía hacer lo que quisiera. Pero solo entonces. Hasta ese momento, las manos quietas y el juego mandando sobre mi cuerpo.

Le di a empezar otra partida.

***

Las primeras bolitas salieron despacio, casi con pereza, como si el juego también acabara de despertarse. Once. Movimiento. Veintitrés. Movimiento. Cuarenta y dos. Movimiento. Cada número que cantaba aquella voz electrónica era una orden, y yo obedecía con la cadera, marcando el cartón con el pulgar de la mano que sujetaba el móvil.

Lo curioso es lo rápido que dejas de pensar en el juego como un juego. A las pocas bolitas, ya no estaba mirando si me faltaba poco para una línea. Estaba esperando el número como se espera una caricia. Que saliera otro, por favor, que saliera otro, porque cada uno me daba permiso para mover las caderas una vez más y robarle al vibrador un segundo de placer que la regla me racionaba con avaricia.

Lo que más me encendía no era el aparato. Era la idea.

Porque ese tipo de juegos te conecta con otra gente. En la esquina de la pantalla hay una lista de jugadores, nombres y avatares de personas reales que en ese mismo momento, en su casa, en el autobús, en la oficina, estaban dándole a las mismas bolitas que yo. Tenía la cámara apagada, claro. Nadie podía verme. Pero estaban ahí, conectados a la misma partida, y yo los sentía cerca de una manera que no sé explicar del todo.

Si supieran lo que estoy haciendo mientras ellos juegan tan tranquilos.

Esa fantasía me ponía a mil. Imaginar que del otro lado de esos nombres había gente que jamás sospecharía que la chica anónima de la partida estaba desnuda de cintura para abajo, con un vibrador dentro, moviéndose al ritmo de los números que ellos también veían. Compartíamos el mismo juego sin compartir lo mismo. Era mi secreto, escondido a plena vista, y la sola idea de tenerlo me hacía sentir más mojada con cada bolita.

Primera línea.

Subí la ruedecita un clic. El zumbido cambió, se volvió más insistente, dejó de ser una sugerencia para convertirse en una presencia. Solté el aire despacio entre los dientes y me obligué a no acelerar. Las reglas son las reglas. Si las rompía, perdía toda la gracia.

El juego tiene un detalle perverso que no había calculado: cada partida dura solo dos minutos. Un temporizador en la esquina superior va cayendo, segundo a segundo, y cuando llega a cero se acabó, da igual cómo lleves el cartón. Eso significaba que justo cuando empezaba a entrar en calor, cuando la cosa se ponía interesante de verdad, la pantalla se congelaba y tenía que volver a empezar de cero. Vibración al mínimo otra vez. La regla no perdona.

Volver a empezar era una tortura deliciosa. Me dejaba al borde y me devolvía al principio una y otra vez, como si alguien me estuviera diciendo «todavía no, todavía no» justo cuando más lo necesitaba.

***

Perdí la cuenta de las partidas. Tres, cuatro, cinco. Cada una me dejaba un poco más adelante que la anterior, porque por mucho que el temporizador me reiniciara el nivel del vibrador, no me reiniciaba a mí. El cuerpo acumula. La piel se acuerda. Cada vez que arrancaba una partida nueva, partía de un punto más alto, más sensible, con todo el cuerpo pidiendo guerra.

Y llegó el momento en que las cosas se desbordaron.

Estaba en mitad de una partida especialmente buena. Las bolitas salían rápidas, una detrás de otra, y yo movía las caderas siguiendo ese ritmo frenético sin tiempo de recuperar el aliento entre número y número. Completé una línea, subí el nivel. Completé otra casi seguida, subí otro. El vibrador ya iba por la cuarta posición y el placer había dejado de ser una promesa para volverse un mareo que me subía desde el vientre.

Me corrí sin darme cuenta de que iba a correrme.

Fue rápido, casi por sorpresa, una ola que me dobló las rodillas debajo de la sábana y me hizo apretar el móvil contra el pecho. Y lo más absurdo: no paré. Seguí jugando. Seguí moviendo las caderas con el cuerpo todavía temblando, porque el temporizador no había llegado a cero y, según mis propias reglas, la partida seguía abierta.

Esa fue la primera. Conté cuatro en total esa mañana.

Cuatro orgasmos y, fijaos en la ironía, un solo bingo. Un único cartón completo en toda la sesión. Resulta que mi cuerpo era mucho más eficiente ganando placer que mis dedos marcando números. El juego me importaba ya un comino; lo único que quería era que la voz siguiera cantando bolitas para tener una excusa que me empujara hacia delante.

***

¿Queréis saber cómo celebré el bingo? Porque lo celebré, vaya si lo celebré.

Estaba al borde del enésimo orgasmo, con el cartón casi lleno, una sola casilla suelta. La voz cantó el número. Lo busqué con el pulgar, lo marqué, y la pantalla estalló. Literalmente. Se llenó de luces, confeti digital, colores girando y una musiquilla de victoria que en cualquier otro contexto me habría parecido ridícula. El juego me estaba regalando una mañana de sábado de las que no se olvidan.

Pero no me bastaba.

Cuando ya has cruzado cierto umbral, el cuerpo se vuelve glotón. Quería más, quería el grande, quería ese que te deja sin fuerzas y con la mente en blanco. Así que volví a abrir el cajón de la mesita y saqué la artillería pesada: el succionador de clítoris, ese aparatito que no toca pero que parece tocarlo todo.

Lo encendí. El zumbido era distinto, más grave, más serio. Me lo coloqué encima, en el punto exacto, sin dejar de mover las caderas sobre el vibrador que seguía dentro de mí. La combinación de los dos a la vez fue demasiado. Las pulsaciones por arriba, el zumbido por dentro, y yo a merced de ambos sin un solo juego de bingo de por medio que me marcara el ritmo. Esta vez no había reglas. Solo yo, los dos aparatos y la mañana entera por delante.

Empecé a estar más y más mojada, más y más sensible, hasta el punto de que cada segundo se hacía insoportable de tan bueno. Apreté los dientes, hundí los talones en el colchón, dejé de respirar.

Y entonces sí. Ahí sí que vi luces y colores de verdad, no los del juego. Un orgasmo que me recorrió de los pies a la nuca, que me hizo soltar un sonido que no sabía que podía hacer, que me dejó tirada sobre la sábana arrugada, jadeando, con el móvil olvidado a un lado y la pantalla todavía parpadeando su animación de victoria absurda.

Me quedé así un buen rato, mirando el techo, con el corazón a galope y una sonrisa estúpida que no me cabía en la cara.

***

Apagué los dos aparatos, los dejé sobre la sábana y cerré el juego sin guardar la partida. Daba igual el resultado. El marcador que me importaba no estaba en la pantalla.

Tardé semanas en atreverme a contarle esto a alguien. Era un secreto demasiado mío, demasiado tonto y demasiado bueno a la vez. Pero al final me venció la necesidad de compartirlo, porque hay placeres que crecen cuando los pones en palabras y se quedan pequeños si los guardas en un cajón con el resto de los juguetes.

Así que aquí está, mi receta para una mañana aburrida: un móvil, un juego cualquiera con sus normas, un par de aparatos y la imaginación suficiente para convertir lo más insulso del mundo en tu propia fantasía privada. No hace falta un bingo. Vale cualquier juego con reglas, cualquier excusa para racionarte el placer y obligarte a esperar.

Me encantaría que lo probarais. Que inventarais vuestras propias reglas, vuestros propios castigos y vuestras propias recompensas. Y, sobre todo, me pondría muchísimo saber que alguien, en algún sitio, una mañana de sábado, está jugando bajo mis condiciones y disfrutándolo tanto como lo disfruté yo.

Que salga otra bolita, por favor. Que salga otra.

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Comentarios (6)

LauraV_88

jajaja la creatividad de esto me mató, que ocurrencia!! muy bueno

RocioFP

Por favor una segunda parte, quedé con muchísimas ganas de saber mas

Camileta22

Me recordó a cuando yo inventaba mis propias reglas para entretenerme sola en casa jeje. Muy original el relato!

Mauri_Cba

cuantas bolitas llegaste a sacar antes de que todo se fuera de control? jaja pregunto por curiosidad

NocturnoCba

increible como funciona la mente cuando uno está solo y aburrido... o no tan aburrido

SilviaMza

el bingo jamas va a ser lo mismo despues de leer esto jajaja

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