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Relatos Ardientes

Lo que sentí en silencio cuidando a mi amiga

4.6(24)

Fue a fines del año pasado, cuando Valeria ya estaba en la recta final. Treinta y cinco semanas, tal vez treinta y seis. Su marido, Rodrigo, tuvo que viajar por trabajo durante casi diez días, y ella no quería quedarse sola en el departamento. Era grande para una persona, demasiado silencioso a la noche. Entonces yo le dije que me quedaba con ella. Tenía tiempo libre: mis exámenes habían terminado hacía una semana y las vacaciones todavía no arrancaban.

El arreglo era simple. Llegaba a la mañana, le hacía compañía todo el día y volvía a mi casa de noche en el colectivo. Mate, series, charlas largas sobre cualquier cosa. Ella mataba el tiempo sin Rodrigo. Yo mataba el tiempo sin nada mejor que hacer. No había nada raro en eso. Valeria y yo nos conocíamos desde el jardín de infantes. Éramos el tipo de amigas que podían pasar cuatro horas en silencio viendo una pantalla y sentirse igualmente bien.

Ese primer martes, como a las cuatro de la tarde, estábamos las dos en el sillón grande del living con el aire acondicionado al máximo. Hacía un calor húmedo que no aflojaba ni de noche. Valeria llevaba esa remera ancha color bordó que usaba siempre que no salía, y la panza le asomaba por abajo como si la tela hubiera rendido la batalla hace semanas. De repente frunció el ceño y se apretó los pechos con las palmas abiertas.

—Clau, me están doliendo un montón. No es el dolor normal. Es como si me los apretaran desde adentro.

Se la veía angustiada de verdad. Me senté más cerca y le pregunté si quería que le buscara algo: hielo, ibuprofeno, lo que fuera. Me dijo que no, que ya había tomado paracetamol antes y no había hecho efecto. Empezó a moverse incómoda en el sillón, cruzando y descruzando los brazos sin encontrar cómo ponerse.

Agarró el teléfono y llamó a su obstetra. La médica la atendió en seguida. Valeria le explicó todo: el dolor fuerte, los pechos duros y pesados, las semanas que tenía. La doctora fue clara: era algo que podía pasar a esa altura del embarazo. Los pechos estaban preparándose para la lactancia y a veces se acumulaba calostro que generaba presión y dolor. Lo mejor era extraerse un poco para aliviar. En las farmacias vendían jeringas pequeñas sin aguja para eso. Que pusiera paños fríos después. Si el dolor no bajaba en dos horas, que llamara de nuevo. Si sentía contracciones, que llamara de inmediato, fuera la hora que fuera.

Valeria colgó y me miró con cara de no saber por dónde empezar. No tenía nada: ni sacaleche, ni jeringas, ni compresas. Pensaba que todo eso era para después del parto.

—Yo voy —le dije—. Quedate quieta.

Me puse las zapatillas y caminé rápido hasta la farmacia de la vuelta de la esquina. La chica del mostrador supo exactamente qué darme: jeringas sin aguja en distintos tamaños, un sacaleche manual pequeño, compresas absorbentes para el pecho y bolsas de gel frío. Pagué y volví en menos de veinte minutos.

Cuando entré, Valeria seguía en el sillón pero con mejor cara. Leímos las instrucciones juntas en la mesita del centro y después nos fuimos al dormitorio para que estuviera más cómoda.

Se sacó la remera sin drama y se quedó sentada en la cama con la espalda contra el respaldo y una toalla en el regazo. La habitación olía a crema hidratante y el ventilador del techo giraba lento. Me senté a su lado.

—¿Querés que te ayude o preferís hacerlo sola?

—Ayudame, por favor. Estoy nerviosa y no quiero que me duela más.

Nos lavamos las manos. Empecé con un masaje suave, movimientos circulares desde la base hacia el pezón como decían las instrucciones. Al principio salían solo gotitas pequeñas y casi transparentes. Valeria respiraba aliviada cada vez que sentía bajar un poco la presión. Cambiamos de lado después de unos minutos. No hablamos casi nada: solo «¿te duele menos?» y «sí, ya se siente más blando». Nada más hacía falta.

Cuando terminamos, guardé las jeringas en una bolsa con cierre hermético y las puse en la heladera. Le traje un vaso de agua y le puse las compresas frías en los pechos. Después volvimos al living, preparé el mate y nos quedamos charlando como siempre: de cómo iba a cambiar todo cuando naciera el bebé, de que Rodrigo ya estaba contando los días para volver, de nombres que todavía no habían terminado de elegir.

Valeria se tocó los pechos con cuidado y sonrió por primera vez en toda la tarde.

—Gracias. De verdad. No sé qué haría sin vos estos días.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que para eso estaban las amigas y le serví otro mate. Lloramos las dos un rato, mezcladas con risas tontas. Después pusimos una serie y nos quedamos así hasta que mi papá vino a buscarme a la noche.

***

Esa noche, ya en mi casa, me duché y me tiré en la cama con la luz apagada.

Y entonces me llegó el recuerdo. Sin aviso.

Valeria sentada en la cama sin remera, con esa panza enorme y redonda que brillaba un poco por el calor de la tarde. Y sus tetas. Las tenía tan distintas a como las recordaba de antes del embarazo: grandes, llenas, pesadas, con la piel tirante y un mapa de venas azules que se ramificaban desde los costados hasta el centro. Las areolas habían crecido y oscurecido, de un marrón más intenso, casi chocolate. Los pezones más grandes también, más sensibles, hinchados, temblando levemente con cada respiración que ella daba.

En el momento, mientras la ayudaba, no había pensado nada fuera de lugar. Era solo preocupación, solo estar presente para ella. Pero ahora, sola en la oscuridad, el recuerdo me pegó diferente. Me pegó entre las piernas.

Sentí el coño mojarse solo, sin tocarme todavía. La bombacha empapada de golpe, pegada a los labios que ya latían como si tuvieran vida propia. Metí la mano por debajo del elástico y me encontré chorreando. Los dedos resbalaron de arriba abajo por la raja, del clítoris hinchado al agujero que se abría, y volví a subir dejando un rastro pegajoso sobre la piel.

Empecé a imaginar cosas que no tendría que haber imaginado. Acercarme despacio y apoyar los labios en una de esas tetas cargadas. Chupar suave, sentir el calostro tibio llegando a mi lengua y tragarlo despacio mientras ella respiraba tranquila a mi lado. Mi mano en su panza enorme, moviéndose en círculos lentos. La presión bajando cada vez que yo succionaba un poco más. El pezón hinchándose todavía más contra mi paladar, duro como una piedrita tibia, chorreando dentro de mi boca.

Me imaginé que ella no decía nada. Que solo cerraba los ojos y me dejaba mamar. Que suspiraba bajito y me apoyaba la mano en la nuca para que no parara. Que se dejaba abrir la bombacha mientras yo le chupaba el otro pezón, y que estaba mojada como yo estaba mojada ahora, con el coño hinchado por las hormonas del embarazo, pidiendo que alguien se lo tocara desde hacía días.

Me metí dos dedos de golpe. Estaba tan resbaladiza que entraron enteros de una sola pasada, hasta el fondo, y solté un gemido ahogado contra la almohada. Empecé a cogerme sola con los dedos, adentro y afuera, mientras con el pulgar me apretaba el clítoris que ya latía como un segundo corazón. La cama chirriaba bajito. Yo mordía la almohada para no despertar a nadie en la casa.

En mi cabeza estaba entre las piernas de Valeria. Con la panza gigante encima mío, tapándome casi toda la vista. Le abría los muslos gordos por el embarazo, le corría la bombacha vieja de algodón y le veía el coño hinchado, brillante, con el vello más oscuro que antes por las hormonas. Me imaginé metiéndole la lengua bien adentro, sintiendo el gusto salado, chupándole el clítoris con la boca entera mientras ella se agarraba de la cabecera de la cama y arqueaba la espalda todo lo que la panza le permitía. Imaginé el pedido en voz baja: «seguí, seguí, no pares, hacéme acabar así».

Me imaginé subiéndole el chorro con los dedos, dos adentro moviéndose rápido, y las gotas de leche cayéndole de las tetas mientras se venía, chorreándole por las costillas hasta el ombligo estirado por el bebé.

Me vine con la mano tapándome la boca y la otra hundida hasta los nudillos. Un orgasmo largo, que me tembló en todo el cuerpo, que me hizo apretar los dedos adentro con espasmos que no podía controlar. Me mordí el brazo para no gritar y sentí el gusto de mi propia piel entre los dientes. La corrida me chorreó por la mano hasta la muñeca. Manché la sábana.

Después me quedé quieta en la oscuridad, con la mano todavía entre las piernas, mojada, latiendo. Un poco asombrada de mí misma. Bastante avergonzada. Bastante caliente todavía. Sin saber bien qué hacer con todo eso.

***

Al día siguiente llegué temprano, con facturas recién compradas y el mate ya listo. Valeria me abrió la puerta todavía en pijama, con el pelo revuelto y cara de haber dormido mal. Los pezones se le marcaban duros contra la remera fina, sin corpiño, y no pude evitar mirarlos un segundo de más.

—Me desperté dos veces de madrugada con el mismo dolor. No tan fuerte como ayer, pero igual molestaba.

—No te preocupes. Repetimos lo de ayer y listo.

Desayunamos en la cocina charlando de cosas simples. Del calor que seguía sin dar tregua. De un audio de Rodrigo diciendo que llegaba al día siguiente por la noche. A ella se le iluminó la cara cuando lo mencionó y después se le escaparon un par de lágrimas de las de extrañar. La dejé que llorara un rato y le serví otro mate.

Después nos fuimos al dormitorio, igual que la tarde anterior. Esta vez todo salió más fácil. Yo ya sabía cómo presionar para que no le doliera, y Valeria se relajó desde el primer movimiento. Salían chorritos más constantes ahora, de un amarillo pálido, y ella suspiraba de alivio cada vez que sentía bajar la presión. Cada suspiro me pegaba abajo. La bombacha se me empezó a humedecer sin permiso, sentada al lado de ella en la cama, con las manos en sus tetas hinchadas, apretando y soltando como si fuera una tarea médica y no lo que se estaba volviendo en mi cabeza.

—Mirá qué raro, Clau. Ayer eran gotitas y hoy parece que hay mucho más. La médica tenía razón, esto alivia un montón.

—Sí, pero también te dijo que no lo hagas demasiado. Puede provocar contracciones.

Cuando terminamos, fui a la cocina con las jeringas en la mano.

Me quedé parada frente a la heladera un momento.

La bolsa transparente estaba en el estante de la puerta, con el líquido adentro, un poco más espeso que el del día anterior. La luz de la heladera le pegaba de costado y se veían las gotitas condensadas en el plástico. Se veía más amarillo que antes. Más denso.

La miré más tiempo del que era necesario.

Pensé en la noche anterior. En cómo me había cogido con los dedos hasta chorrear la sábana. En el sabor que me había inventado. El calor de esa fantasía que todavía tenía pegado en algún lugar de la memoria y que ahora volvía sin que yo lo llamara, con el coño ya empezando a latirme de nuevo dentro del jean.

Saqué una jeringa de la bolsa y la sostuve en la mano un segundo. Desde el dormitorio llegaba el sonido de Valeria tarareando algo mientras se ponía una remera limpia.

Antes de pensarlo dos veces, me llevé la punta de la jeringa a la boca y apreté el émbolo apenas. Un chorrito tibio, dulzón, medio salado, me llenó la lengua. Lo tragué despacio. Cerré los ojos. Se me escapó un temblor en las piernas. Estaba tomando la leche del pecho de mi mejor amiga, robada, escondida en la cocina, mientras ella cantaba en el cuarto de al lado sin saber nada.

Metí la mano por dentro del jean y me apreté el clítoris por encima de la bombacha. Estaba empapada. Solté un suspiro que sonó más alto de lo que quería y me quedé congelada un segundo escuchando si Valeria había oído algo. Nada. Seguía tarareando.

Guardé la jeringa de nuevo. Me limpié los labios con la manga. Respiré hondo. Cerré la heladera y volví al living como si nada, con el gusto todavía en la boca y las bragas pegadas al coño.

Valeria ya estaba sentada en el sillón con el mate listo.

—¿Todo bien? —me preguntó.

—Sí, todo perfecto. Ya está todo guardado.

Le serví el primer mate y nos pusimos a charlar de nuevo, como siempre. Pero en mi cabeza, el envase seguía ahí, en la heladera, esperando. Ni ella, ni nadie más, supo qué hice realmente esos segundos sola en la cocina.

***

Esa tarde, justo antes de que mi papá viniera a buscarme, Valeria se quejó otra vez. Estábamos terminando de comer algo que nos había traído su suegra cuando se tocó los pechos con cara de dolor.

—Me están molestando de vuelta. ¿Me acompañás al cuarto antes de que llegue tu viejo?

Nos fuimos. Ella se sacó la remera, se sentó en la cama con la toalla en el regazo y yo agarré el sacaleche manual, que era más cómodo que las jeringas cuando había más cantidad. Esta vez había claramente más leche. Salían chorritos blancos y espesos que se acumulaban en el recipiente transparente con una velocidad que el día anterior no había tenido.

Y entonces me pegó el flash. El más fuerte de todos.

Era Valeria ahí frente a mí, sin remera, con esa panza enorme que le brillaba un poco por el calor de la tarde. Sus tetas: grandes, llenas hasta casi doler, la piel blanca y tirante, las venas azules palpitando justo debajo de la superficie. Las areolas oscuras y anchas como nunca las había visto antes del embarazo. Los pezones duros, hinchados, con pequeñas gotas blancas que se formaban en la punta y bajaban lentas por la curva de cada teta antes de caer sobre la toalla.

Me imaginé arrodillarme frente a ella en el piso. Agarrarle una teta con las dos manos, apretarla desde la base como si estuviera ordeñando una vaca, y acercar la boca despacio, sin prisa, sin pedir permiso. Cerrar los labios alrededor del pezón hinchado y succionar suave al principio, sentir cómo la leche llegaba a mi lengua —tibia, levemente dulce, con un gusto que ya conocía, que había probado hacía un rato escondida en la cocina—, y tragarla despacio mientras ella respiraba tranquila. Después chupar más fuerte, sacar chorros gruesos que me llenaran la boca, tragar y volver a chupar, vaciarle la teta entera hasta que quedara blanda y ella gimiera de alivio.

Me imaginé pasando a la otra teta sin soltarla, mordiéndole el pezón con cuidado, jugando con la lengua alrededor de la areola oscura, chupando hasta dejar marcas rojas en la piel tirante. Mi mano libre bajaba por debajo de la panza, se colaba entre sus muslos, le corría la bombacha y encontraba el coño hinchado, tibio, chorreando. Le metía dos dedos y los curvaba adentro mientras seguía chupándole la teta. Ella arqueaba la espalda, me apretaba la cabeza contra el pecho y me pedía en un susurro que no parara, que le siguiera dando, que le hiciera acabar así, con la boca llena de su leche y los dedos hundidos hasta el fondo.

Me imaginé metiéndole tres dedos, cogiéndola despacio para no lastimarla, sintiéndola apretar en cada embestida. La leche seguía chorreándole de la teta libre, cayéndole por las costillas, mojándome la muñeca. Ella se corría contra mi mano, mordiéndose el labio para no gritar, y yo le tragaba el último chorro de leche mientras el coño le latía alrededor de mis dedos.

Después me imaginé al revés. Ella arrodillada entre mis piernas, con esa panza enorme apoyada contra la cama, la lengua metida en mi coño, chupándome el clítoris con la misma paciencia con la que yo le había chupado la teta. Me imaginé viniéndome en su boca, agarrándola del pelo, mientras las tetas cargadas le chorreaban leche sobre las sábanas.

Los pensamientos eran sucios y lo sabía. Era Valeria. Mi amiga desde que teníamos cinco años. Casada, embarazada de treinta y seis semanas, esperando a su marido para el día siguiente. Y yo ahí, fantasiando con cogérmela mientras le movía el sacaleche manual con cuidado, con la bombacha empapada por segunda vez en el día, con el gusto de su leche todavía pegado al paladar de lo que había hecho escondida horas antes, como si nada de lo que pasaba dentro de mi cabeza —y de mi cuerpo— existiera.

Me vino una culpa enorme. Calor en la cara. Un nudo en el estómago que apretaba desde adentro. Y al mismo tiempo, el coño palpitando duro entre las piernas, pidiendo más.

—...y el nene ya patea como loco cuando me acuesto de este lado —estaba diciendo Valeria, con su voz tranquila de siempre, sin saber absolutamente nada—. Rodrigo me mandó un audio hoy diciendo que mañana viaja temprano, que llega por la noche.

Su voz me pegó como agua fría en la cara. Volví de golpe. Seguí moviendo el sacaleche suave, con la cara quieta, como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

Cuando terminamos de las dos tetas, Valeria bajó la mirada y se quedó mirando las últimas gotitas que habían quedado en la punta de sus pezones. Sin decir nada, recogió unas con el dedo índice y se las llevó a la boca.

Chupó despacio. Se lamió el dedo entero, de la base a la punta, mirándose la mano como si estuviera pensando algo.

La miré sin poder reaccionar. El coño me latió tan fuerte que tuve que apretar los muslos.

Ella levantó la vista y me sonrió con esa cara de picardía que tenía desde chica.

—Tenía curiosidad, qué querés que te diga. Leí ayer que casi la mitad de las embarazadas prueban su propio calostro para saber qué gusto tiene lo que le van a dar al bebé. No es tan raro, viste. Yo pensaba que era solo cosa mía, pero parece que muchas lo hacen.

Me reí un poco, todavía con el corazón acelerado por todo lo que había estado pensando unos segundos antes, con la bombacha mojada, con el gusto secreto todavía en la memoria de la lengua.

Valeria recogió otras gotitas que habían quedado en el sacaleche, se las pasó al dedo índice, y las juntó en la yema hasta formar una perla blanca, tibia, brillante. Después me miró a los ojos. Una sonrisa lenta, tranquila, sin apuro. Se acercó un poco. Sentí el calor de su cuerpo, el olor a piel embarazada, a leche recién salida, a crema hidratante.

Me acercó el dedo despacio a los labios.

—¿Querés probar? —preguntó bajito, casi como si fuera una travesura más entre nosotras.

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Comentarios(9)

CuriosaBA77

Increible relato, me dejo sin palabras!!!

SofiRelatos

Por favor hace una continuacion, quede con ganas de saber como termina todo esto

Valentina_mx

Que manera de escribir los silencios y lo que no se dice... se siente muy real. Felicitaciones

PepaRivera

Me recordo a situaciones que yo tambien vivi, esos sentimientos que no te animas ni a contarte a vos misma. Muy bien narrado

MarcelaT

Buenisimo!!! escribi mas por favor

DiegoSR92

Hay segunda parte? quede enganchada jajaja

LectorDeSemana

Me gusto mucho la delicadeza con que esta narrado, sin ser ni cursi ni burdo. Sigue asi

Lorena_Baires

Dios que tension en cada parrafo... me tuvo pegada leyendo de principio a fin

RosaEterna

Tremendo como captura esa mezcla de culpa y deseo que uno no sabe como manejar. Gracias por compartir

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