La noche que descubrí todo en su teléfono olvidado
Sara cayó sobre el sofá con los brazos caídos a los lados, el cuerpo sin voluntad. El llanto había llegado primero en silencio, de esas lágrimas que aparecen sin avisar, y después a borbotones, los que duelen en el pecho y te dejan sin voz. Había llorado hasta que no le salía nada más, hasta que los ojos le ardían y la garganta le raspaba.
En la mesa del salón seguía la copa de vino que había servido hacía menos de una hora, cuando todavía pensaba que esa noche sería una noche normal. Una copa antes de que Marcos llegara. Quizá una película. Quizá solo eso: los dos en el sofá sin que nadie dijera nada importante, porque a veces el silencio también es una forma de estar bien.
La cogió con dedos que aún le temblaban. Se la bebió entera.
El alcohol le quemó la garganta, le calentó el pecho. No apagó nada.
Pensó en el teléfono.
El teléfono de trabajo de Marcos, ese que siempre dejaba en la mesilla porque era un descuidado congénito y el trabajo terminaba cuando salía por la puerta. Llevaba semanas en el cajón de su lado de la cama, acumulando polvo junto a un blíster de ibuprofeno y un libro que ella había empezado en septiembre y nunca había terminado.
Se levantó.
Caminó hasta el dormitorio con pasos más pesados de lo que pretendía. Abrió el cajón. Ahí estaba: negro, sin funda, con esa grieta en la esquina inferior que Marcos llevaba meses ignorando porque total, el de la empresa lo pagaba la empresa.
El código de desbloqueo era el cumpleaños de su hija mayor. Lo sabía porque en alguna cena, hacía dos o tres años, lo había visto teclear sin el menor cuidado, como quien escribe en un papel que no le importa que lean.
Introdujo los cuatro dígitos.
El teléfono se desbloqueó al primer intento.
—Imbécil —murmuró. No supo si hablaba de él o de sí misma por seguir sorprendiéndose de su falta de precaución.
Abrió WhatsApp. El chat de Valeria estaba el primero de la lista. Sin nombre clave, sin carpeta protegida, sin ninguno de los trucos que hacen los que tienen algo que esconder. Solo «Valeria», con una foto de perfil que, al hacer zoom, mostraba a una mujer de pelo castaño largo y una sonrisa que Sara reconoció de algún lugar antes de darse cuenta de que no la conocía de ningún sitio: era simplemente esa clase de sonrisa que irradia seguridad, la de quien sabe que tiene algo que los demás quieren.
El último mensaje era una foto.
Sara tardó varios segundos en procesar lo que estaba mirando. Una mujer de perfil, la mano izquierda cubriendo apenas los pezones, la derecha posada con ternura sobre un vientre redondeado que empezaba a notarse de verdad, esa curva suave que aparece entre el cuarto y el quinto mes. La piel brillaba con una luz cálida. La postura era deliberada, de quien sabe que la están mirando y quiere que se vea bien.
El mensaje decía: ¿Ves qué barriguita tan bonita me has dejado, papi? Menuda sorpresa para tus hijos, ¿no? Un hermanito. ¿No te pone loco saber que tienes algo tuyo creciendo dentro de mí? Ven pronto. Quiero que me la metas despacito, que me la metas hasta el fondo y que la notes.
Sara soltó un sonido que no era exactamente un gemido ni exactamente un sollozo. El estómago se le contrajo. El corazón le latió dos veces demasiado rápido.
Debería cerrar el chat. Debería apagar el teléfono, tirarlo contra la pared, hacer cualquier cosa excepto seguir bajando por los mensajes.
Siguió bajando.
***
Había una foto de playa, sin fecha visible pero con esa luz de tarde de julio o agosto, ese dorado que convierte cualquier cosa en piel. Valeria en bikini blanco diminuto, el pelo mojado y pegado a los hombros, sonriendo de frente con los pezones marcándose contra la tela húmeda. La imagen tenía algo de inconsciente, como tomada por alguien que no quería que pareciera posada aunque lo estaba.
¿Qué tal las vacaciones con la familia? Yo aquí muriéndome de calor y de ganas. Me acuerdo de tus manos en mi cintura en el aparcamiento aquel día. Vuelve pronto, papi. Quiero que me hagas gritar otra vez.
Y la respuesta de Marcos, enviada tres minutos después:
Dios, qué guapa estás. Aquí harto de que los niños no paren de pelearse y de que Sara esté todo el día con cara de mala uva. Ojalá estuviera ahí contigo, en esa playa, solos. Me la estás poniendo dura solo con verte así.
Sara leyó el mensaje cuatro veces.
Sara esté todo el día con cara de mala uva.
Así era como hablaba de ella cuando pensaba que nadie lo escuchaba: como un estorbo, como el fondo de un cuadro que estropea el primer plano.
Esperó que llegaran las lágrimas. No llegaron. Llegó otra cosa: un calor que reconoció con una vergüenza inmediata, un calor que empezaba bajo el vientre y que no tenía ningún derecho a estar ahí.
Esto no —se dijo—. Esto no.
Bajó otro mensaje. Un vídeo, sin miniatura, doce segundos. Lo reprodujo con el volumen al mínimo. Valeria en una cama que Sara no reconocía, tumbada de espaldas con las piernas ligeramente abiertas, los dedos moviéndose despacio. El sonido era casi un susurro: Marcos... ven... tócame donde me duele... quiero que te corrás dentro otra vez...
Sara dejó el teléfono sobre la cama.
Miró el techo.
Respiró tres veces.
Luego abrió el cajón de su mesilla.
***
El Satisfyer llevaba meses en ese cajón desde una noche en que Marcos se había quedado dormido antes de que ella terminara y ella había decidido, en silencio y con la rabia apretada, que lo haría sola. Lo encendió. El zumbido llenó la habitación como un secreto que ya no era de nadie.
Se quitó el pantalón del pijama. Las bragas. Se tumbó boca arriba.
—Zorra —murmuró, y no supo exactamente a quién se lo decía.
El cabezal contra el clítoris. La succión, inmediata, sin negociación.
Cerró los ojos y se imaginó a Marcos llegando al piso de Valeria. Llamando al telefonillo, esperando los tres segundos antes de que el interfono emitiera ese clic. Valeria abriendo la puerta con esa sonrisa ancha, descalza, con el vientre visible bajo una camiseta que se había quedado corta a propósito. Marcos pasando la mano por esa curva suave, con una ternura que Sara no recordaba cuándo había dejado de sentir dirigida a ella. Valeria cerrando los ojos, arqueando la espalda contra la pared del pasillo, susurrando aquí, papi, aquí.
Los dedos de Sara se cerraron sobre las sábanas.
El placer llegaba en oleadas rápidas, y debajo, mezclado con él, había algo afilado que no era exactamente dolor pero se le parecía. Una rabia que el cuerpo no sabía cómo gestionar excepto convirtiéndola en otra cosa. No lo entendía. No quería entenderlo. Solo quería que siguiera.
—Te lo estás follando ahora mismo —murmuró entre dientes—. Le estás tocando esa barriga y le estás diciendo que sí, que es vuestro, que es precioso. Y yo aquí. Sola. Pero mírame. Mírame.
El orgasmo llegó antes de que terminara la frase. No fue dulce. Fue violento, casi incómodo en su intensidad, un espasmo que le arqueó la espalda y le dobló las rodillas. Un grito que se quedó atrapado en la garganta porque la voz ya no le respondía.
Después, silencio.
El Satisfyer seguía zumbando contra las sábanas. Lo apagó.
Se quedó mirando el techo con el pecho subiendo y bajando despacio.
***
El teléfono seguía iluminado a su lado, la pantalla mostrando todavía la última foto de Valeria, la mano sobre la barriga, la sonrisa satisfecha. Sara lo cogió de nuevo. Quizás era masoquismo. Quizás era necesidad de entender. Quizás era simplemente que la mano actuó antes que la cabeza.
Bajó más mensajes.
Encontró el de hacía dos semanas con una lucidez extraña, porque la fecha encajaba de inmediato: el fin de semana que ella había llevado a las niñas a casa de sus padres para que Marcos descansara. Porque había tenido una semana difícil. Porque ella le estaba dando espacio.
Marcos: Este fin de semana me quedo solo. Las niñas no están. ¿Vienes?
Valeria: ¿A tu casa? ¿Con las cosas de tu mujer por todos lados?
Marcos: Te quiero en mi cama. Cierra el pestillo y no va a entrar nadie. Quiero que te subas encima y no pares hasta que me corra dentro. Quiero que dejes tu olor en mis sábanas.
Valeria: Dios, qué guarro eres. En la cama donde duerme tu mujer. Eso está muy mal. Voy en media hora. Pero ni un ruido.
Sara leyó el intercambio despacio. Luego lo leyó otra vez.
La cama. La suya. La que habían comprado juntos cuando se mudaron, cuando todavía reían por cosas sin importancia, cuando estrenar un colchón nuevo era una excusa para estar desnudos a las doce del mediodía sin que nadie les interrumpiera. Esa cama. Valeria en esa cama, encima de Marcos, con el pestillo echado, las niñas en casa de los abuelos y Sara haciéndole un favor a un hombre que lo usó para invitar a su amante.
El calor volvió antes de que Sara pudiera decidir si lo quería o no.
Se odió un poco. No demasiado. Lo suficiente para que doliera y lo suficiente para ignorarlo.
Encendió el Satisfyer otra vez.
Esta vez sin palabras. Sin imágenes que ella eligiera conscientemente. Solo la succión constante, que no preguntaba y no juzgaba, que no necesitaba nada de ella excepto que no se moviera.
Pero las imágenes llegaron solas de todas formas: Marcos cerrando la puerta con cuidado, Valeria quitándose la camiseta despacio, los dos moviéndose en silencio porque el silencio era parte del juego. El colchón hundiéndose bajo ellos con ese crujido familiar que Sara conocía de memoria. El olor a sexo impregnando las sábanas que ella habría lavado días después sin saber nada. El cuerpo de Valeria sobre el de Marcos, la barriga balanceándose suavemente con cada movimiento, él con las manos en sus caderas, los dos conteniendo la respiración, susurrando así, no pares, no hagas ruido.
El orgasmo fue diferente al primero. Más lento en llegar. Más hondo. De esos que empiezan antes de que los reconozcas y terminan después de que crees que ya han terminado.
Gritó algo. No supo qué. La voz se le quebró a la mitad y lo que quedó no tenía forma de palabra.
***
Se quedó inmóvil en la oscuridad. Las sábanas frías contra los muslos. El teléfono apagado sobre el pecho, negro y quieto como si no hubiera contenido nada de lo que contenía.
Lloró un poco más, pero de otra manera. No el llanto desesperado de antes, el que no podía parar. Era un llanto tranquilo, casi resignado, de quien ha llegado al fondo de algo y ha descubierto que el fondo tiene suelo y que se puede sostener en él.
Si tú follas en mi cama —pensó—, yo me corro pensando en ello.
No era venganza. La venganza implica que el otro se entera, que duela, que cambie algo. Esto no era nada de eso. Era simplemente lo que el cuerpo había hecho con algo que la mente no sabía procesar. Era oscuro y era suyo y no tenía un nombre que le quedara del todo bien.
No sabía lo que haría mañana. No sabía si confrontaría a Marcos, si cogería a las niñas y se iría a casa de su hermana, si lloraría delante de él o se limitaría a mirarlo con la cara de quien ya sabe. No sabía nada de lo que vendría después.
Pero esa noche, en esa habitación, en esa oscuridad que era completamente suya, había tomado algo. No de él. No de Valeria. Algo de sí misma, de una parte de sí misma que normalmente mantenía en silencio porque era más fácil.
Mañana. Mañana habría tiempo para todo lo demás.
Esta noche, al menos esta noche, había sido suya.