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Relatos Ardientes

La noche en que intercambiamos parejas en la playa

La tarde en la playa los había dejado con esa pesadez dulce que solo deja el sol de agosto. El salitre todavía en la piel, los músculos flojos, la sensación vaga de que el tiempo se había detenido entre una cerveza y la siguiente. Volvieron al apartamento en silencio, turnándose para la ducha, y cada uno fue encontrando su propio ritmo para volver a estar presentable.

Diego fue el último en salir del baño. Se puso una camisa azul y unos pantalones claros, más por costumbre que por decisión. Lucía, sentada en el borde de la cama, se ponía los pendientes frente al espejo. Llevaban casados once años y algo en esa imagen —su mujer a medio vestir, concentrada en un detalle minúsculo— todavía le parecía la cosa más íntima del mundo.

—¿Reservamos o improvisamos? —preguntó Mauricio desde el salón.

—Improvisamos —contestó Elena antes de que nadie más pudiera opinar—. Estamos fuera de contexto, ¿no?

Lucía se rió bajito, todavía mirándose al espejo.

—Empieza a gustarme esa frase.

Diego cogió las llaves. Cerró la puerta del apartamento con la sensación de que la noche ya había empezado, aunque todavía no hubieran bajado a la calle.

***

Caminaron hacia el paseo marítimo sin prisa. El aire tibio olía a protector solar y a cena ajena. Hablaban de cosas pequeñas: el agua demasiado fría esa tarde, el vecino que ponía reguetón en su terraza, los niños que, por fortuna, se habían quedado con los abuelos ese fin de semana. Nada relevante. Pero el tono era distinto. Más suelto. Más permisivo. Como si el hecho mismo de estar los cuatro fuera del escenario habitual les diera licencia para algo que todavía no se decían.

—Vi uno en la web que tenía buena pinta —dijo Mauricio, señalando vagamente hacia adelante.

—Mientras tengan vino frío… —apuntó Lucía.

—Y cerveza —remató Diego.

Doblaron la esquina y ahí estaba, casi sin haberlo buscado: un local con mesas fuera, farolillos amarillos y una pizarra escrita a mano. Iban a entrar cuando, en dirección contraria, apareció Sebastián.

Era el camarero del chiringuito donde habían pasado la tarde. El mismo que les había servido las cervezas «bien frías, como las pediste», bromeando con Diego. Sin delantal, sin bandeja, con una camiseta blanca y el pelo todavía húmedo. Los reconoció con un segundo de retraso, como quien se encuentra a un profesor fuera del colegio.

—¡Hombre! —soltó—. Los de las cervezas bien frías.

Diego fue el primero en reaccionar.

—¡Sebastián! Qué casualidad.

Mauricio lo saludó con un gesto contenido. Sebastián los miró, y luego miró a Lucía y a Elena. Había algo en su mirada. Una recolocación. Como si intentara encajar piezas que, hasta ese momento, había visto por separado.

—¿De paseo? —preguntó.

—A cenar —contestó Diego—. Ya sabes, aprovechar.

—Claro, claro.

Sebastián asintió, pero seguía mirando. Y fue entonces cuando Diego lo hizo. Sin pensarlo. O pensándolo demasiado rápido, que a veces es lo mismo.

—Mira, te presento —dijo, y posó la mano en la espalda de Lucía con una ligereza perfectamente calculada—. Esta es mi mujer.

Solo que Lucía no era su mujer. Era la de Mauricio.

Un segundo. Solo un segundo. Pero suficiente para que el aire cambiase.

Lucía no se apartó. No corrigió. Apenas giró la cabeza hacia Sebastián y sonrió con esa naturalidad que solo se tiene cuando uno decide, en una fracción de segundo, seguir el juego.

—Encantada.

La voz le salió limpia.

Elena, a su lado, parpadeó. Nadie lo habría notado si no estaba mirando. Diego sí miraba. Mauricio, al otro extremo, entendió en ese mismo instante que no había margen. Que o seguía o desmentía. Y desmentir, a esas alturas, ya sonaba a culpa.

—Y esta es la mía —dijo entonces, señalando a Elena con una media sonrisa que no se escondía del todo.

Sebastián parpadeó. Una vez, dos. Miró a Elena. Luego a Mauricio. Luego, sin saberlo, dejó pasar el segundo que lo convertía en cómplice involuntario.

—Encantado —y se acercó levemente a Elena.

Elena lo miró una fracción de segundo más de lo necesario.

—Encantada.

La misma palabra. Otro tono.

Sebastián carraspeó.

—Ah… sí… claro…

Su mirada iba de uno a otro. Buscando coherencia donde sospechaba que no la había.

—Un placer —añadió.

Diego, completamente cómodo, alzó la mano.

—Igualmente, hombre. Nos vemos mañana por el chiringuito.

—Sí, claro. Que disfrutéis la cena.

—Eso vamos a hacer —respondió Diego.

Sebastián se alejó unos pasos. A los cuatro metros, volvió a girar la cabeza. Como quien quiere confirmar algo. Pero ya no había nada que confirmar. O había demasiado.

Cuando desapareció entre la gente, el silencio que quedó entre los cuatro fue distinto a todos los anteriores. Más lleno. Más claro. Diego retiró la mano de la espalda de Lucía con la misma naturalidad con que la había puesto. Mauricio dio medio paso hacia atrás, rompiendo la cercanía con Elena. Pero ya era tarde. Algo se había movido.

—Ha sido rápido —dijo Elena al fin, sin dejar de mirar a Diego.

—Ha sido oportuno —contestó él.

Lucía dejó escapar una risa breve. No nerviosa. No incómoda. Algo nuevo.

—No se lo ha creído.

—No ha sabido qué hacer —añadió Mauricio.

—Normal —dijo Elena—. No tenía toda la información.

Diego la miró.

—¿Y la tiene alguien?

Elena sostuvo su mirada un segundo más de lo educado.

—Nosotros sí. ¿Por qué lo has hecho?

Diego se encogió de hombros.

—No sé. Me ha salido así.

Eso no era del todo cierto.

Lucía miró al suelo. Mauricio miró a Elena. Elena miró a Diego. Y Diego, sin darse cuenta —o dándose cuenta perfectamente—, añadió:

—Nadie ha protestado.

Nadie protestó tampoco ahora.

***

La entrada al restaurante fue tranquila. Un chico joven, camisa blanca, los llevó a una mesa pegada al ventanal que daba al paseo. Desde allí se veía el ir y venir de las familias, la luz cobriza de las farolas y, al fondo, el reflejo de la luna sobre el mar.

—¿Les parece bien aquí?

—Perfecto —dijo Lucía.

Se sentaron casi sin pensarlo. O pensándolo demasiado. Diego tomó uno de los sitios laterales y, con un gesto perfectamente medido, dejó libre la silla de su lado. Lucía se sentó junto a él. Enfrente, Elena se acomodó junto a Mauricio. Nadie comentó nada. Pero todos lo registraron.

El camarero dejó las cartas.

—¿Algo de beber mientras deciden?

—Vino blanco frío —pidió Elena.

—Y una cerveza —añadió Diego.

Mauricio miró a Lucía.

—¿Te parece?

—Sí.

Pidieron sin dramatismo: algunos entrantes para compartir, un pescado, una carne, algo para picar. Nada excesivo. Cuando el camarero se retiró, el ambiente se aflojó un par de grados más.

Hablaron del apartamento, de los niños con los abuelos, de lo rápido que cambiaban las rutinas cuando uno salía de ellas. Pero debajo de la conversación corría otra cosa. Una corriente. Una versión paralela de la mesa en la que cada frase quería decir algo distinto.

—Es curioso —dijo Elena, girando la copa por el tallo—. Aquí todo parece más fácil.

Diego apoyó el brazo en el respaldo de la silla de Lucía. Lo hizo con una naturalidad que, esa misma mañana, habría sido un detalle sin consecuencia.

—Será el mar.

Lucía no se apartó.

—O la distancia.

Mauricio dio un pequeño sorbo a su copa. Miraba a Elena y, al mismo tiempo, no la miraba. Como quien sostiene dos planos a la vez.

—O las dos cosas.

Las miradas cruzaron la mesa con una frecuencia nueva. Más sostenidas. Más directas. Pero sin incomodidad. Era casi al revés: cada cruce asentaba una complicidad que ninguno de los cuatro estaba dispuesto todavía a nombrar.

Cuando llegó la comida, se la pasaron de un lado a otro, probando de los platos ajenos, rozándose los dedos al dejar los cubiertos sobre el mantel. Elena cortó un trozo de su pescado y lo puso en el plato de Mauricio sin decir nada. Diego sirvió más vino a Lucía sin preguntar. Eran gestos pequeños. Pero estaban repartidos de otra forma.

En algún momento, Lucía se inclinó hacia Diego para leer algo en la carta.

—¿Ese postre lleva alcohol?

Diego se inclinó también. Sus caras quedaron a un palmo. Lucía no se apartó al terminar la frase. Tampoco Diego. Mauricio los miraba desde el otro lado. Elena lo miraba a él mirándolos.

Nadie dijo nada.

El camarero llegó con la cuenta y ese pequeño teatro se rompió como se rompen las burbujas de una copa. Diego alargó la mano. Mauricio también.

—Invito yo —dijo Diego.

—La mitad —contestó Mauricio.

—Ni hablar.

—Dejadlo —intervino Elena con media sonrisa—. Ya lo arreglaréis.

Lucía asintió.

—Sí.

Diego pagó sin insistir más, como si la cuenta fuera un detalle menor en medio de otras cuentas más difíciles de saldar.

***

Salieron del restaurante con la misma calma con la que habían entrado, solo que ahora la noche ya era otra. La luna llena caía redonda sobre el paseo y convertía el mar en una chapa de plata. Caminaron sin prisa. Cerca. A veces demasiado cerca.

Las conversaciones se fragmentaron. Sin plan, sin acuerdo, Mauricio y Elena se adelantaron unos pasos. Diego y Lucía quedaron detrás. Nadie lo decidió. Pero nadie lo corrigió tampoco.

—Está siendo un buen fin de semana —dijo Lucía en voz baja, sin mirar a Diego.

Diego la miró de reojo. Vio el brillo de los pendientes que ella se había puesto frente al espejo hacía apenas unas horas.

—Acaba de empezar.

Lucía sonrió con la boca cerrada. No dijo nada más.

Delante, Elena dijo algo que hizo que Mauricio ladeara la cabeza hacia ella, bajando un poco el oído, como quien no quiere perderse una confidencia. El gesto duró un instante. Pero lo vieron.

Cuando llegaron al portal, la calle estaba casi vacía. Diego abrió la puerta y los dejó pasar delante, como había hecho toda la tarde. Entraron en silencio.

Mauricio encendió la lámpara del salón, la que daba una luz más cálida. Lucía se quitó las sandalias en el recibidor. Elena dejó el bolso sobre una silla con un gesto lento. Diego cerró la puerta. La cerradura hizo un clic que, en ese silencio, sonó demasiado.

Durante unos segundos, nadie dijo nada. El día estaba terminado. La noche, en cambio, no.

Diego se giró hacia los otros tres. Se quedó apoyado en la puerta, con las manos en los bolsillos. Sonrió. No con provocación. Con naturalidad. Esa naturalidad suya que, desde hacía un rato, ya no parecía inocente.

—Una cosa —dijo.

Las tres miradas se centraron en él. Hizo una pausa breve. La justa.

—¿Vamos a follar cada uno con nuestra nueva pareja?

El silencio que siguió no fue inmediato. Fue progresivo, como si la pregunta necesitara un poco de espacio para asentarse en la habitación. Lucía no bajó la mirada. Elena tampoco. Mauricio observó a Diego un segundo más de lo prudente.

Y, por primera vez en toda la noche, ninguno de los cuatro se apresuró a responder.

Elena fue la primera en moverse. Dio un paso hacia Diego. Solo uno. Pero bastó.

—Depende —dijo—. ¿Con qué regla?

Diego la miró. Sintió a Lucía en el borde del campo visual, quieta, mirándolos. Sintió a Mauricio, detrás de Elena, sin hablar.

—Sin regla. Follamos como nos dé la gana, sin pedir permiso a nadie.

Elena se pasó la lengua por el labio inferior. No fue un gesto de película. Fue el gesto pequeño y concreto de quien acaba de decidir algo.

—Vale.

Mauricio miró a Lucía. Llevaban juntos más tiempo del que ninguno de los cuatro llevaba en esa habitación. Y, por un instante, pareció que iba a decir algo. Pero Lucía le sostuvo la mirada. Y en esa mirada no había una pregunta. Había una respuesta.

—Vale —dijo él también.

Lucía se acercó a Mauricio sin prisa. No al que era su marido. Al otro. Le puso la mano en el pecho, por encima de la camisa. Cerró los dedos un poco, buscando tela. Después bajó la mano, sin apartar los ojos de los de él, y se la apoyó plana sobre la bragueta. La polla de Mauricio ya empujaba desde dentro del pantalón, dura, delatora. Lucía la apretó con la palma, la reconoció por encima de la tela, y sonrió sin abrir la boca. Mauricio apoyó la mano en su cintura, y de ahí la deslizó hasta el culo, y agarró con fuerza. Ninguno de los dos dijo nada. Era más eficaz así.

Diego bajó la mano y buscó la de Elena. La encontró enseguida. Ella le dejó los dedos entre los suyos un segundo, y después giró la muñeca para que la palma quedara contra la suya. La luz del salón les daba por detrás. Se miraban con medio rostro en sombra.

—Vamos —dijo Elena.

Entraron al dormitorio que, hasta esa noche, era el de Diego y Lucía. A sus espaldas, Lucía y Mauricio cruzaron el pasillo en dirección al otro cuarto. La puerta del dormitorio principal se cerró con el mismo clic que la puerta de la calle.

Dentro, Diego soltó la mano de Elena. Se quedaron mirándose un instante. Sin prisa. Sin teatro.

—Si quieres, paramos —dijo él.

Elena negó despacio.

—No quiero. Quiero que me folles como llevas horas mirándome.

Se quitó los pendientes y los dejó sobre la mesita, al lado de los de Lucía. Ese gesto —pequeño, íntimo, casi doméstico— le erizó a Diego la piel de los brazos.

Se acercó. Le pasó una mano por la cintura y la otra por la nuca. Elena levantó la cara y dejó que la besara. El beso empezó lento, todavía reconociéndose, y se abrió despacio hasta que las lenguas se buscaron sin pudor, dejando el disimulo en algún punto del pasillo. Ella le mordió el labio inferior al separarse y no le soltó, tiró un poco, con la misma media sonrisa con la que había cruzado toda la cena.

—Llevabas toda la noche queriendo esto —dijo.

—Y tú.

—Y yo.

Diego le bajó el tirante del vestido por el hombro. La piel de Elena olía a un perfume distinto al del de Lucía. Esa diferencia —que era la diferencia entera, la única que importaba esa noche— le recorrió la nuca. Le besó el cuello por debajo de la oreja y la oyó contener el aire. Después la mordió, sin miramientos, y Elena soltó un gemido corto y ronco que era ya una promesa.

Le bajó el otro tirante. El vestido cedió con un solo empujón hasta la cintura. Elena no llevaba sujetador. Sus tetas quedaron al descubierto, blancas donde había estado el biquini, redondas, con los pezones pequeños y ya duros de expectativa. Diego se agachó sin soltarle la cintura y le chupó uno entero, hasta el fondo de la boca, tirando con los labios. Elena echó la cabeza atrás y le agarró el pelo.

—Así, joder, así.

Diego pasó al otro pezón, lo mordió con la punta de los dientes, y notó cómo Elena se arqueaba contra él. Con una mano le empujó el vestido hasta que cayó al suelo. Quedó en bragas, unas bragas negras minúsculas ya oscurecidas por delante. Diego bajó la mano por el vientre, se coló por dentro del elástico y la encontró empapada. El coño le chorreaba. Le pasó dos dedos por la raja, de abajo arriba, y Elena separó las piernas sin pensarlo.

—Estás mojadísima.

—Llevo mojada desde el restaurante —dijo ella, la boca contra su oreja—. Cuando has apoyado el brazo en el respaldo de Lucía y me has mirado.

Diego le hundió los dos dedos hasta el nudillo. Elena soltó un jadeo largo que se le quebró en la garganta. Él empezó a moverlos dentro, curvándolos, buscándole el punto por delante, mientras con el pulgar le rozaba el clítoris en círculos pequeños. Elena se agarró a los hombros de él y empezó a mover la cadera contra la mano, follándose sus dedos con impaciencia.

—Más, más adentro, joder.

Diego le metió un tercer dedo. El coño de Elena hacía ruido, húmedo, obsceno, y ese ruido llenaba el dormitorio. Diego la empujó hasta la cama sin sacar la mano. Ella cayó de espaldas sobre el edredón, las piernas todavía abiertas, y él le arrancó las bragas de un tirón. Se puso de rodillas en el suelo, entre sus muslos, y le miró el coño de cerca por primera vez. Rosado, hinchado, brillante. Se lo abrió con los pulgares y hundió la lengua sin preámbulo.

Elena chilló. Chilló de verdad, un grito corto que se comió con la mano.

—Que te van a oír los del otro cuarto.

—Me da igual —dijo Diego, la boca pegada al coño—. Que oigan.

Y siguió comiéndoselo. Le pasó la lengua ancha desde abajo hasta el clítoris, una y otra vez, hasta que Elena empezó a temblar. Después se centró en el clítoris, chupándolo, envolviéndolo con los labios, mientras volvía a meterle dos dedos. Elena le apretó la cabeza contra ella con las dos manos, moviéndole el pelo, follándole la cara sin ninguna elegancia.

—Que me corro, Diego, que me corro ya.

Diego no aflojó. Aceleró. Le clavó los dedos hasta el fondo, curvados, apretando el punto de dentro, y le mamó el clítoris con hambre. Elena arqueó la espalda entera, apretó los muslos contra las orejas de él, y se corrió con un gemido largo, sostenido, que hizo temblar la cama. Diego notó cómo el coño se le contraía a espasmos alrededor de los dedos.

Cuando abrió los ojos, Elena tenía la piel roja desde las tetas hasta el cuello y respiraba a golpes. Diego se levantó, se secó la barbilla con el dorso de la mano y empezó a desabrocharse la camisa. Elena, todavía con las piernas colgando del borde de la cama, se incorporó sobre los codos y le miró.

—Ven aquí. Quiero mamártela.

Diego terminó de quitarse la camisa. Se bajó el pantalón y los calzoncillos de una vez. Se le salió la polla dura, tiesa contra el vientre, con el glande brillante ya de líquido. Elena se relamió sin ningún disimulo y se puso de rodillas en el suelo, delante de él.

—Joder, Diego. La tienes más gorda de lo que imaginaba.

—¿La habías imaginado?

—Muchas veces.

Y se la metió en la boca hasta la mitad. Diego echó la cabeza atrás y soltó un gruñido. Elena empezó a chuparla despacio, entrando y saliendo, envolviéndosela con la lengua, con la mano en la base ayudando. Después la sacó entera, escupió sobre el glande y volvió a metérsela, más adentro esta vez, hasta que le tocó el fondo de la garganta. Se atragantó un instante, se le saltaron las lágrimas, y volvió a hacerlo. Diego le puso la mano en la nuca sin apretar, dejándola marcar el ritmo, viéndola mamársela con las tetas al aire y la boca abierta.

—Joder, Elena, así, chupa así.

Ella le sacó la polla y la dejó descansando contra su mejilla, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes, mientras le lamía los huevos uno por uno. Diego pensó, sin poder evitarlo, que Mauricio nunca la había visto así. Ese pensamiento —esa certeza de estar viendo lo que otro tenía y no conocía— le puso la polla todavía más dura.

—Fóllame ya —dijo Elena, poniéndose de pie—. No aguanto más.

La empujó de espaldas otra vez sobre la cama y se subió encima. Le abrió las piernas con las rodillas, se agarró la polla por la base y le pasó el glande por la raja, arriba y abajo, empapándose de sus flujos. Elena arqueó la pelvis buscándolo.

—Métemela, joder, no me tortures.

Diego se la metió de una sola embestida, hasta el fondo. Elena gritó y él soltó un jadeo bestia contra su cuello. El coño de Elena estaba tan caliente y tan apretado que tuvo que quedarse quieto un instante para no correrse ahí mismo. Después empezó a moverse. Despacio al principio, saliendo casi entera y volviéndola a hundir hasta los huevos. Elena le clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte.

Diego aceleró. Empezó a follársela en serio, con el ritmo pesado y seco de quien ya no tiene nada que demostrar. La cama chirriaba. Las tetas de Elena rebotaban con cada embestida. Ella tenía la boca abierta, gimiendo cada golpe.

—Sí, sí, así, rómpeme el coño.

Del otro lado del pasillo llegó, apagada por la pared, la voz de Lucía. Un gemido largo, agudo, inconfundible. La cama del cuarto pequeño golpeaba también, en un ritmo distinto pero igual de claro. Diego se paró un instante dentro de Elena, escuchando. Elena escuchó también.

—Se la está follando —dijo Elena, con una sonrisa que era medio morbo medio incredulidad—. Escúchala.

—Y ella se deja.

—Y ella lo pide.

Ese detalle —la certeza compartida de que su mujer estaba en el otro cuarto, abierta debajo de otro— le hizo a Diego algo raro por dentro. No fue rabia. Fue una descarga. Empezó a follar a Elena con más fuerza, agarrándole las caderas para hundirse más profundo, mientras del otro cuarto los gemidos de Lucía subían de tono.

—Ponte a cuatro patas —le dijo a Elena—. Quiero verte el culo.

Elena se dio la vuelta sin protestar. Se puso a gatas en el centro de la cama, arqueó la espalda y le ofreció el culo levantado. Diego se arrodilló detrás. Le miró un instante el coño rosa, hinchado, entreabierto, y el ojo del culo apretado justo arriba. Le pasó el pulgar por la raja, mojado, y le rozó el ano. Elena se estremeció.

—Por ahí también —dijo ella, la cara contra la almohada—. Otro día.

—Apuntado.

Le clavó la polla en el coño de una embestida, agarrándola de las caderas, y empezó a follársela a lo bruto. El culo de Elena chocaba contra su pelvis con un sonido plano, repetido, que llenaba la habitación. Diego le dio una palmada seca en la nalga y ella soltó un grito de placer.

—Otra.

Diego le dio otra, más fuerte. Y otra. La piel se le puso roja. Elena se metía sola contra la polla, chocando el culo contra su vientre, gimiendo cada vez más alto, sin cuidarse ya de nada. Del otro cuarto, Lucía gritó algo que sonó a nombre —al de Mauricio— y Elena se rió contra la almohada.

—Tu mujer se está corriendo, cariño.

—Ya lo oigo.

—Córreme tú a mí. Ahora.

Diego se inclinó sobre su espalda, le pasó la mano por debajo y le buscó el clítoris. Empezó a frotárselo mientras se la seguía metiendo por detrás, cada vez más profundo, cada vez más rápido. Elena empezó a gemir descontroladamente, sin ninguna vergüenza, chillando en cada embestida.

—Ya, ya, ya, joder, ya.

Se corrió por segunda vez, con el coño apretándose sobre la polla de Diego en oleadas, temblando entera. Diego aguantó un segundo más, apretando los dientes. Sacó la polla del coño chorreante justo a tiempo y se corrió sobre el culo de Elena, sobre la espalda, chorros gruesos y calientes que le mancharon la piel enrojecida. Elena giró la cara sobre la almohada y le sonrió, agotada, con los ojos entornados.

—Joder.

—Joder.

Se dejó caer al lado de ella. Elena se dio la vuelta despacio, sin importarle que el semen le corriera por el costado. Se pegó al pecho de Diego.

—No hay vuelta atrás, ¿no?

Diego le pasó la mano por el pelo.

—Ninguna.

Del otro cuarto, ahora, llegaba solo el murmullo bajo de una conversación y una risa suave. La misma risa corta de Lucía que había atravesado antes el pasillo, pero más asentada. La risa de alguien que acaba de descubrir algo y ya no piensa devolverlo.

El mar seguía ahí fuera. La luna, también. Y la noche, por fin, empezaba de verdad.

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Comentarios(10)

Romina_84

Me quede sin palabras, que relatazo!!

Fernando8090

Necesito una segunda parte ya, me quede con ganas de saber que paso despues con los cuatro. Como termino la noche???

PatricioV

Buenisimo, me recordo a unas vacaciones en Mar del Plata que casi casi... jaja nunca llegamos tan lejos pero se me vino todo a la mente leyendo esto

ElPlayero22

La tension del principio esta muy bien lograda. Se siente el momento exacto en que todo cambia

Nadia_R

Cuanto tiempo llevas escribiendo? porque esto es muy bueno. Quiero leer mas relatos tuyos

DiegoNqn

Uff, tremendo. Solo eso jaja

CuentasViejas87

Se me hizo corto, estaba tan metido en la historia que cuando termino quede queriendo mas. Seguí escribiendo!

Verano_84

La playa de fondo le da un ambiente increible, queda muy bien ambientado todo

SofinaBS

Por favor mas relatos asi, de parejas que se animan a algo diferente. Son los mejores!!!

Inquieto68

Muy bien escrito, se nota que quien escribe esto sabe lo que hace. Esperando el proximo

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