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Relatos Ardientes

Desde la buhardilla, sin que ellos lo supieran

Ricardo había llegado a la casa de verano con la intención de descansar. Nada más. Ese año arrastraba meses de trabajo acumulado y la casa familiar en la sierra era el único lugar donde conseguía dormir más de cinco horas seguidas.

La buhardilla era su rincón favorito desde niño. Techo inclinado, olor a madera vieja, una ventana pequeña que daba justo hacia la parcela de los vecinos. Subía ahí a leer, a no hacer nada en particular. Era un espacio que el resto de la familia ignoraba por completo, lo cual lo hacía perfecto.

Esa mañana, el calor lo despertó antes de las nueve. No había aire acondicionado en la buhardilla, solo el ventilador de aspas que zumbaba sin demasiada convicción. Se levantó, se asomó a la ventana para ver cómo amanecía el día, y entonces la vio.

Estaba sentada al borde de la piscina.

Llevaba un bañador negro de una sola pieza, ajustado, que se ceñía a su cuerpo como si hubiera nacido con él puesto. Era de estatura media, cabello corto que le rozaba apenas las mejillas, y tenía esa clase de figura que Ricardo tardó un par de segundos en dejar de observar. No porque fuera extraordinaria en ningún sentido concreto, sino porque había algo en su postura, en la forma en que dejaba colgar los pies en el agua y miraba el horizonte sin prisa, que lo hizo quedarse quieto.

¿Quiénes son estos vecinos?

La casa de al lado había estado vacía las dos últimas temporadas. Alguien debía haberla alquilado este verano. Ricardo no había prestado atención cuando su madre lo mencionó la semana anterior.

La mujer chapoteaba los pies despacio, dibujando pequeñas olas en la superficie quieta. El agua era de ese azul artificial que tienen las piscinas de plástico pintado, luminoso bajo el sol de agosto. Ella no parecía tener prisa. Solo estaba ahí, dejándose calentar por la mañana.

Ricardo fue a buscar café. Cuando volvió, seguía en el mismo sitio.

Se sentó en el suelo de la buhardilla, apoyó la espalda contra la pared y bebió despacio, mirando por el borde de la ventana. No era su intención espiar. O quizá sí, pero en ese momento no se lo cuestionaba demasiado.

Entonces llegó él.

***

Era un hombre de unos cuarenta años, moreno, con el torso descubierto y una toalla enrollada en la cintura. Se acercó desde la puerta de cristal de la casa, descalzo sobre las baldosas de terracota que debían estar ya ardiendo a esa hora. No dijo nada. Se sentó junto a ella en el borde de la piscina, tan cerca que sus hombros se tocaron.

Ella giró la cabeza y sonrió.

Era una sonrisa que Ricardo no podría haber descrito con exactitud, pero que entendió de inmediato. No era el saludo entre dos conocidos. Era algo más antiguo, más cómplice.

El hombre le pasó la mano por el pelo. Un gesto lento, casi distraído, como quien acaricia sin pensar. Ella apoyó la cabeza hacia ese lado un instante, cerrando los ojos.

Ricardo dejó de respirar.

La mano del hombre bajó por el cuello, siguió por el hombro y llegó al borde del bañador. Sin brusquedad, con una calma que resultaba casi más erótica que cualquier movimiento rápido, introdujo los dedos por la copa del sujetador y la bajó.

El pecho salió al aire. Redondo, blanco en contraste con el tono más bronceado del escote y los hombros. El pezón ya estaba endurecido antes de que él lo tocara.

Mira hacia otro lado, se dijo Ricardo. Ahora mismo.

No lo hizo.

El hombre inclinó la cabeza y tomó el pezón entre los labios con una suavidad estudiada. No se lanzó sobre ella. Lo hizo despacio, como si tuviera todo el día y supiera exactamente el efecto que cada milímetro de contacto producía. La mujer arqueó ligeramente la espalda. Un gemido suave, casi inaudible a esa distancia, pero Ricardo creyó escucharlo de todas formas.

O quizá lo imaginó. Ya no estaba muy seguro de la diferencia.

El sol de agosto caía sin misericordia sobre la parcela. La luz era tan intensa que la escena tenía algo de irreal, como vista a través de un filtro que agudizara cada detalle. El cabello corto de la mujer brillaba. La espalda del hombre relucía de sudor.

Ella abrió los ojos castaños, miró hacia el agua y sonrió otra vez. Luego, con un movimiento tan natural que Ricardo tardó un segundo en procesar lo que estaba viendo, retiró a un lado la parte inferior del bañador.

***

El vello era oscuro y abundante, recortado apenas. Y entonces, con la misma calma con que lo había hecho todo desde el principio, ella dejó brotar un hilo de orina entre sus muslos.

Un arco fino, dorado bajo la luz del sol, que cayó en el agua de la piscina dibujando una pequeña parábola.

Ricardo abrió la boca.

No era algo que hubiera visto antes en circunstancias como esas. Nunca en persona, al menos. Y sin embargo, algo en él no apartó la mirada. Algo en él observó el arco ambarino con una atención que no era exactamente repulsión ni tampoco la curiosidad neutral de quien mira sin implicarse.

El hombre tampoco apartó la mirada. Al contrario. Se inclinó hacia adelante y colocó la mano bajo el hilo de orina, dejando que cayera sobre su palma. Abierta, sin dudar.

Ella rió.

Era una risa suave, un poco ronca, que rompió el silencio de la mañana como una piedra en el agua. Lo miró mientras él levantaba la mano mojada y la observaba, y luego la tomó por la muñeca y guió esos dedos hacia su propio sexo.

Él no necesitó más instrucciones.

Introdujo dos dedos con la misma lentitud deliberada con que lo había hecho todo. Ella contuvo el aliento un instante. Después exhaló despacio, apoyándose hacia atrás con las manos en el borde de la piscina, con el pecho al sol y los ojos cerrados, completamente expuesta en esa parcela que debería haberle parecido demasiado visible para cualquier cosa de lo que estaba ocurriendo.

Pero no parecía importarle.

O quizá lo sabía.

No lo sabe, se dijo Ricardo. No puede saberlo.

Sin embargo, en algún momento entre ese pensamiento y el siguiente, la mujer giró la cabeza hacia la buhardilla. No exactamente hacia la ventana. Hacia el tejado. Hacia la dirección general de la casa de al lado.

Y sonrió.

***

Ricardo se echó hacia atrás instintivamente, derramando el resto del café sobre la rodilla. El borde de la ventana lo ocultaba lo suficiente. O eso quería creer.

Cuando volvió a asomarse con más cuidado, la escena había continuado sin pausa.

Ella tenía la mano dentro del albornoz del hombre. Lo buscó sin abrirlo del todo, metiéndola directamente bajo la tela. Él aceleró el ritmo de los dedos en respuesta, un movimiento rítmico que Ricardo podía adivinar más que ver desde esa distancia y ese ángulo.

La mujer echó la cabeza hacia atrás.

El sol le iluminó la garganta. La línea del cuello se tensó. Los labios entreabiertos.

Ricardo tenía la boca seca.

No era el tipo de persona que hacía cosas así. O así se lo decía a sí mismo mientras permanecía inmóvil en el suelo de la buhardilla, sin apartar los ojos, con el corazón golpeándole en el pecho a una velocidad que no era proporcional al calor de la mañana.

Los movimientos de abajo se volvieron más lentos. No más tranquilos, sino más deliberados. Como cuando algo llega a su punto máximo y no hay ninguna razón para apresurarlo.

Él presionó la frente contra la sien de ella. Ella dejó escapar un sonido que Ricardo no escuchó pero que vio en la apertura de su boca, en el modo en que apretó los ojos y dobló ligeramente las rodillas.

Los dedos del hombre siguieron moviéndose. Ella apretó el puño sobre él, acelerando también desde afuera, sincronizadas las dos manos en ese ritmo que solo tiene sentido cuando dos personas llevan tiempo conociéndose.

Durante un instante largo y quieto, ninguno de los dos habló.

El agua de la piscina reflejaba el sol en destellos irregulares. Algún pájaro cantó en el pino del fondo de la parcela. El ventilador de aspas seguía zumbando por encima de la cabeza de Ricardo.

Luego, con una exhalación que él casi creyó sentir desde ahí arriba, ella dejó caer los hombros. Él retiró los dedos despacio. Se miraron.

Ella dijo algo que Ricardo no pudo leer en sus labios. Él respondió con una sonrisa corta y sacudió la mano en el agua de la piscina, lavándola. Después le bajó la copa del bañador de vuelta al sitio, con la misma calma con que se la había bajado veinte minutos antes.

Se levantaron.

Entraron a la casa sin mirarse otra vez, como si fuera lo más natural del mundo.

***

Ricardo permaneció en el suelo de la buhardilla durante un rato sin moverse. La taza vacía en la mano. El sol subiendo ya por encima del tejado, convirtiendo el espacio bajo la madera en algo parecido a un horno.

Bajó a ducharse. Desayunó tarde. Estuvo toda la mañana con el libro abierto sobre la mesita de la terraza sin leer una sola página.

Esa noche, durante la cena, escuchó voces en la parcela de al lado. Risas, el sonido de sillas arrastrándose sobre la piedra. Una pareja en sus vacaciones de verano.

No fue a asomarse.

Pero a la mañana siguiente, antes de las nueve, subió a la buhardilla con el café recién hecho y se sentó en el mismo rincón de siempre, con la espalda contra la pared y la vista justa al nivel del borde de la ventana.

La parcela estaba vacía.

La piscina, quieta.

Esperó.

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Comentarios (7)

NightRider77

tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final

curiosoLector

Por favor que haya una segunda parte!! me quede con las ganas de saber que paso despues

MartinBaires

Lo del voyerismo siempre me parecio uno de los temas mas intensos y este lo captura muy bien. Se siente tenso todo el tiempo, bien logrado.

Mauro_TL

excelente!!! sigue asi

Inesita_R

Me encanto como lo narraste, da la sensacion de estar ahi mirando junto a Ricardo. Muy buena pluma

DiegoCba_91

Corto pero intenso. Me dejo con mas preguntas que respuestas y eso esta buenisimo jaja

solitaria_bn

me recordo una situacion parecida que me paso de chica, jamas lo olvide. Los relatos de voyerismo tienen algo especial que no tienen otros

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