Mi cita conmigo misma esa noche del 14 de febrero
Hola, sé que hace muchísimo que no escribía nada por aquí. La última vez que abrí esta libreta digital fue en septiembre, creo, cuando les conté lo del fin de semana en la cabaña. No hubo tiempo, no hubo ganas, no hubo nada. La rutina se comió todo y, cuando volvía a casa, lo único que quería era tirarme en el sillón y mirar series que ni recuerdo después.
Pero hoy es 14 de febrero y me parecía feo dejar pasar la fecha sin un regalito para ustedes. Y para mí, sobre todo, porque lo que voy a contar también fue una manera de regalarme a mí misma una noche distinta. Sin pareja, sin compromisos, sin nadie esperando nada en la puerta. Solo yo, mi coño mojado y aquel juguete que llevaba meses guardado en el cajón de las cosas íntimas.
El juguete lo había comprado en septiembre, justo antes de la pausa. Recuerdan que les conté que me había animado a entrar a esa página y pedirlo con nombre falso y todo, muerta de vergüenza de que el repartidor adivinara qué llevaba la caja. Llegó, lo abrí, lo probé y fue un fracaso. Demasiados nervios, demasiada urgencia, ninguna paciencia. Lo guardé y prometí volver a intentarlo cuando estuviera de mejor humor. Pasaron seis meses.
Hoy a la mañana, mientras tomaba café, me dije: esta noche me voy a coger sola como Dios manda. Estaba sola en el departamento. Mi compañera de piso se había ido a un asado en otra ciudad y volvía recién mañana. Tenía el lugar para mí, sin paredes finas, sin pasillos que crujen, sin la posibilidad de que alguien escuchara nada. Podía gritar, podía gemir como una perra, podía correrme a los alaridos si me daba la gana.
***
A las nueve cené algo liviano: una ensalada y una copa de vino blanco bien frío. Ni mucho ni poco, lo justo para soltarme un poco los hombros. Después me metí en la ducha y me tomé mi tiempo. Me afeité con calma el coño entero, dejándolo liso, sintiendo cómo la mano se me resbalaba entre los labios cada vez que pasaba la maquinita. Me puse esa crema con olor a vainilla que solo uso para mí cuando estoy de buen humor, y me sequé el pelo con paciencia, como si me estuviera arreglando para una cita importante.
Y de alguna manera lo era.
Saqué del cajón un conjunto que también había comprado y casi no había usado: bombacha y corpiño de encaje negro, fino, con detalles bordados en el escote. Me lo puse despacio, mirándome al espejo, evaluando. No es que necesitara estar linda para nadie esa noche, pero quería sentirme deseable. Quería que la mujer del espejo me gustara. Me miré las tetas apretadas por el encaje, los pezones ya duros marcándose contra la tela, el triángulo negro entre las piernas donde apenas se transparentaba el coño depilado. Me gustó. Me gustó tanto que me pasé la mano por encima de la bombacha y sentí la humedad que ya empezaba a filtrarse.
Apagué el celular. Esa fue la mejor decisión de la noche. Sin notificaciones, sin la ansiedad de revisarlo cada cinco minutos, sin la posibilidad de que un mensaje me sacara del momento. Lo dejé boca abajo en la cocina y volví a la habitación.
Encendí dos velas en la mesa de luz, no porque quisiera convertir esto en un ritual cursi, sino porque la luz cálida me favorecía y me ayudaba a salir de mi cabeza. Puse una playlist suave, sin letra, solo piano y cuerdas. Y abrí el cajón.
***
El juguete me esperaba ahí, en su funda de tela. Un dildo de silicona color rosa pálido, no muy grande, no muy chico, con una textura suave que recordaba bien aunque hacía meses que no lo tocaba. Lo saqué, lo lavé como dice el manual, lo sequé y volví a la cama. Lo apoyé al lado mío en la sábana, erguido, casi obsceno bajo la luz de las velas, y me quedé mirándolo un rato como si fuera un tipo al que acababa de meter en mi habitación.
Me senté contra el respaldo y lo miré un rato. Es raro, pero antes de empezar quise hablarle, casi. Decirme a mí misma que esta vez no había apuro. Que si funcionaba, perfecto, y si no, también. Que el plan era escucharme, no rendir.
Empecé como había leído en algún foro: tratando de excitarme antes que nada. Cerré los ojos, respiré profundo y dejé que la mente vagara. Pensé en escenas viejas, en alguien que conocí hace años y al que nunca le dije nada. Pensé en manos en mi nuca empujándome hacia abajo, en una boca cerca de mi oído diciéndome "abrí bien la boca, puta", pensé en una polla dura entrando y saliendo de mi garganta mientras yo lloraba y me corría a la vez. Me metí la mano dentro del corpiño y me apreté un pezón, tirando fuerte, hasta que se me escapó un gemido. La otra mano bajó sola, se coló por debajo del encaje, y me encontré el coño empapado, chorreando literalmente sobre la bombacha. Pasé dos dedos entre los labios, sintiendo cuánto me había mojado nada más de pensar, y me los llevé a la boca para chuparlos. Estaba lista.
Agarré el juguete y lo llevé a mi boca. Sé que suena raro, pero la primera vez no había hecho esto y creo que ese fue uno de los problemas. Esta vez quise tomarme el trabajo de prepararlo y de prepararme yo. Pasé la lengua por la punta, despacio, como si fuera una polla de verdad. Le di vueltas alrededor del glande de silicona, la ensalivé entera, la lamí desde la base hasta arriba con la lengua plana, como me hubiera gustado que alguien me viera hacer. Cerré los labios alrededor y empecé a moverlo, hundiéndolo poco a poco, chupándolo con ganas, apretándolo con los cachetes hacia adentro.
Llegué a un punto en que sentí una arcada y me detuve. Lo saqué con cuidado y vi que la saliva caía en hilos gruesos desde mi boca hasta mi pecho, manchando el encaje del corpiño, chorreándome por el mentón, cayendo entre las tetas. Me sorprendió cuánto me gustó esa imagen. Me sentí una guarra, me sentí más mujer, más viva, más mía. Escupí encima del juguete a propósito, mirándolo, y esparcí la saliva con la mano de arriba abajo como si le estuviera haciendo una paja.
Volví a metérmelo en la boca, esta vez más adentro, empujándolo yo misma contra el fondo de la garganta hasta que se me hicieron lágrimas y se me corrió un poco el rimmel que me había quedado del día. Aprendí a respirar por la nariz, a relajar la garganta, a manejar el ritmo. Lo cogí con las dos manos y empecé a mamármelo en serio, marcando un vaivén parejo, escuchando el ruido húmedo que hacía mi boca cada vez que subía y bajaba. No sé cuánto tiempo estuve así. Quizás cinco minutos, quizás quince. Cuando lo saqué definitivamente, estaba completamente empapado, brillando de saliva de punta a punta, y yo también estaba chorreando, mucho más abajo. Sentí que la bombacha de encaje ya no daba más, que estaba pegada al coño y empapada, con un manchón oscuro que se había ensanchado hasta la costura.
***
Me la saqué despacio, todavía sentada, y la dejé caer al costado de la cama. Cuando la despegué del coño se hizo un hilito de flujo entre la tela y los labios, y me dio risa lo obsceno del detalle. El corpiño me lo dejé puesto. Me gustaba la sensación del encaje rozándome los pezones cada vez que respiraba hondo, y me gustaba verme medio vestida y con el coño al aire, como en las pornos que a veces miro cuando nadie me ve.
Me acosté de espaldas, doblé las rodillas y abrí las piernas bien abiertas, todo lo que daban. Con dos dedos me abrí los labios del coño para verme en el espejo del armario, que quedaba de costado. Me vi rosa, hinchada, brillando de humedad, con el clítoris asomando duro pidiendo que le hicieran caso. Empecé pasando el juguete por encima, sin entrar, frotándolo entre los pliegues, presionándolo suave contra el clítoris, moviéndolo en círculos, después arriba y abajo, ensuciándolo con mi propio flujo. La sensación era distinta de mis dedos: más firme, más constante, sin la ventaja de que mis dedos saben automáticamente dónde tocar. Pero por eso mismo me obligaba a guiarlo, a estar atenta, a no perderme en el piloto automático.
Después de un rato lo llevé a la entrada y empujé. Apenas la punta. Me dolió un poquito, pero no de manera desagradable. Era más una sensación de extrañeza, como cuando el cuerpo se acuerda de algo que no hace seguido. Sentí cómo se me abría el coño alrededor de la silicona, cómo cedía milímetro a milímetro. Lo retiré, esperé, volví a intentarlo. Y otra vez. Y otra. Cada intento un poquito más profundo, cada empuje ganando un centímetro más adentro. A la cuarta o quinta vez ya estaba entrando la mitad y yo mordía la almohada para no reírme sola de placer.
Mientras tanto, la otra mano no estaba quieta. Empecé a acariciarme el clítoris en círculos lentos, sincronizando el movimiento con el ritmo del juguete. Dos dedos apretados, dando vueltas, apretando más cuando entraba, aflojando cuando salía. Y ahí pasó algo que la primera vez no había logrado: el cuerpo dejó de pelearme. Se relajó. Aceptó. Se abrió. El coño se me tragó el resto de la polla de silicona de una sola vez, hasta el fondo, y sentí el tope contra algo adentro que me hizo temblar entera.
Empezó a entrar y salir fácil, resbalando en mi propio jugo, haciendo ese ruido húmedo tan puerco que solo se escucha cuando estás muy mojada. Empecé a moverlo, primero milímetros, después de a poco más, después con embestidas cortas, después con embestidas largas que me lo sacaban casi entero y me lo volvían a hundir de golpe. La incomodidad se fue transformando en otra cosa, algo cálido que subía desde abajo y se me trepaba por la pelvis, algo que me hacía apretar el coño alrededor del juguete pidiéndole más. Aceleré los dedos en el clítoris. Aceleré el juguete. Sentí que el cuerpo empezaba a moverse solo, a levantar la cadera para recibirlo, a buscar el ritmo que necesitaba, como si me estuvieran cogiendo de verdad.
***
Hubo un momento, tal vez a los diez minutos, en que necesité más. No era suficiente. Saqué el juguete entero y lo volví a meter de una sola vez, con más decisión, clavándomelo hasta la base. Esta vez no me dolió. Esta vez me arqueé en la cama, agarré la sábana con la mano libre y dejé escapar un gemido largo y ronco que ni sé si era mío. "Sí, así, más fuerte, cógeme", me escuché decir en voz alta, para nadie, para las paredes, y me sorprendió lo bien que se sentía hablar sucio sola.
Me empecé a coger en serio. Empujaba el juguete adentro con las dos manos, lo cambiaba de ángulo, buscaba ese punto que sabía que tenía en algún lado. Cuando lo encontré, casi grité. Era un punto de arriba, unos centímetros adentro, que cuando la punta lo golpeaba me mandaba un latigazo desde el coño hasta la nuca. Empecé a machacar ahí, corto y rápido, mientras la otra mano no paraba de darle vueltas al clítoris. Me cogí sin piedad, como si el juguete tuviera dueño y no fuera yo, como si alguien me estuviera partiendo al medio.
Me concentré en respirar. Inhalar, exhalar, mover, presionar. La cabeza se me empezó a vaciar. Lo único que existía era el calor que crecía, las velas que parpadeaban en la pared, el roce del encaje en los pezones, mis propios dedos, el ruido chapoteante de mi coño empapado tragándose el juguete una y otra vez, mis gemidos cada vez menos contenidos.
Sentí que estaba cerca. Las piernas me empezaron a temblar de a poco, primero los muslos, después las pantorrillas. Los dedos de los pies se me curvaron solos. La respiración se me cortó, el estómago se me tensó como si me hubieran pegado una patada, y el coño se me empezó a cerrar en espasmos alrededor del juguete, apretándolo, chupándolo hacia adentro. Aceleré todo: el dedo, el juguete, la mente. "Me corro, me corro, me corro", repetí en voz alta como una letanía. Y entonces llegó.
Grité. Esta vez sí grité. No fue un gemido delicado, fue un aullido ronco que me salió del fondo, mientras el orgasmo me estallaba en el coño y se me expandía hacia arriba en una ola larga, profunda, que me subió desde la cadera hasta los hombros y me dejó la espalda arqueada, sin fuerza para nada. Sentí un chorro tibio salirme de adentro, mojándome los muslos, la sábana, el juguete que seguía enterrado hasta el fondo. Me había hecho squirt sin querer, por primera vez en la vida, y en ese momento no me importó, solo seguí apretando el clítoris y moviendo la cadera contra la silicona porque la ola no terminaba nunca. Cerré los ojos y dejé que pasara, sin pelearle, sintiendo cada contracción como una vuelta más de la misma corrida.
Cuando empecé a volver, me di cuenta de algo divertido: el juguete había salido solo. No lo había sacado yo. Mi propio cuerpo, con tanta humedad, con tanto espasmo, lo había expulsado por sí mismo y estaba al lado de mi muslo, brillando bajo la luz tibia de las velas, cubierto de flujo espeso y transparente. Debajo de mí había una mancha oscura enorme sobre la sábana. Me reí sola en la habitación, una risa floja, agradecida, con el coño todavía latiéndome.
***
Me quedé tirada un rato largo, sin mover ni un dedo, con las piernas todavía abiertas y el corpiño torcido dejándome una teta afuera. Los ojos se me cerraban de cansancio, pero no quería dormirme todavía. Quería estar despierta para registrar la sensación, para que no se me fuera tan rápido como otras veces. Me pasé los dedos por el coño hinchado y me los volví a chupar, más por curiosidad que por otra cosa, y me gustó reconocer mi propio sabor.
Después de un rato me levanté con piernas de gelatina y fui al baño. Lavé el juguete con agua tibia y jabón neutro, lo sequé con una toalla limpia y lo guardé en su funda. Me lavé la cara, me limpié entre las piernas con un poco de agua, me puse una bombacha limpia, una remera vieja y enorme que uso para dormir, y volví a la cama. Cambié la sábana de arriba porque la de abajo iba a tener que esperar a la mañana.
Apagué las velas. Encendí el celular un segundo solo para poner el despertador y lo volví a apagar. Me metí entre las sábanas y me dormí casi en el acto, con esa paz rara que solo aparece cuando el cuerpo terminó de pedir lo que estaba pidiendo.
***
Hoy me desperté distinta. No sé si más calma o más alegre, pero distinta. Como si me hubiera reconciliado con algo. Pensé mucho en por qué la primera vez había fallado y por qué ahora no, y creo que tiene que ver con el apuro. Con esa idea de que tenía que pasar algo, de que tenía que llegar a algún lugar. Esta vez no esperaba nada y por eso me pasó todo, incluido correrme como nunca me había corrido sola.
La práctica hace al maestro, dice el refrán. En mi caso fue más bien la paciencia. Y el silencio. Y el haber dejado de tratarme como una tarea pendiente. Y haberme animado a hablarme sucio, a mamármela al juguete como si fuera de verdad, a dejar que el coño hiciera lo suyo sin apurarlo.
Prometo no tardar tanto la próxima vez. Hay algunas cosas más que me pasaron en estos meses y que en algún momento les voy a contar, pero por hoy con esto me alcanza. Espero que ustedes también se hayan regalado algo lindo en este 14, aunque sea cinco minutos a solas con la puerta cerrada y la mano bien metida entre las piernas.
Gracias por seguir leyéndome cuando aparezco. Besos mojados.