El escritor anónimo que me quitó el sueño
Fue una notificación lo que inició todo. Una de esas alertas pequeñas, casi imperceptibles, que aparecen entre los mensajes del trabajo y los memes del grupo familiar. Un nuevo seguidor en Instagram con el nombre de usuario @nocturno_ergo, sin foto de perfil real, sin nombre verdadero. Solo una imagen tomada de algún rincón de Pinterest: un hombre de espaldas mirando una ventana con lluvia. La clase de foto que usan quienes prefieren existir sin ser vistos.
Debí haberlo ignorado. Tenía doscientos seguidores falsos y al menos la mitad eran cuentas de spam. Pero algo me hizo tocar su perfil. Quizás el nombre, que sonaba a seudónimo literario. Quizás la descripción, que decía simplemente: «Escribo lo que otros piensan en silencio».
Y ahí estaba su contenido.
No eran fotos. No eran videos. Era texto. Publicaciones largas, a veces sobre fondo negro con letras blancas, a veces en capturas de notas del celular con tipografía irregular y márgenes torcidos. Relatos cortos. Poemas sin métrica fija. Fragmentos de algo más largo que nunca terminaba de revelar. Todo con una sola temática: el deseo. La intimidad. Los cuerpos que se encuentran en la oscuridad o bajo la lluvia o en habitaciones de hotel donde nadie conoce tu nombre.
Leí tres publicaciones seguidas y tuve que salir a tomar agua.
Este tipo escribe bien, pensé. Demasiado bien para las once de la mañana de un martes.
Su estilo era directo sin ser vulgar cuando no le convenía serlo, y absolutamente vulgar cuando sí. Describía una escena — dos desconocidos que en un ascensor se meten mano hasta que ella termina con la falda arriba y la bombacha corrida a un costado, una mujer que espera desnuda en una habitación a oscuras con dos dedos adentro pensando en el hombre que está por entrar, un tipo que recuerda cómo se sentía el coño de alguien que ya no está apretándole la verga hasta hacerlo correr — y lo hacía con la precisión de quien ha sentido exactamente eso. No inventaba. Recordaba. Al menos eso parecía.
Empecé a seguirlo esa misma noche. Él me siguió de vuelta en menos de diez minutos.
No dije nada. Él tampoco. Pero desde ese día noté que mis notificaciones incluían, casi cada dos días, una nueva publicación de @nocturno_ergo. Las leía siempre sola. Nunca en el trabajo, nunca cuando había alguien cerca. Había algo en su escritura que me hacía sentir observada, como si los textos estuvieran dirigidos a alguien en particular y esa alguien, de alguna manera inexplicable, era yo.
Eso era una tontería, por supuesto. Él tenía más de tres mil seguidores. Seguramente muchas de ellas se sentían igual. Seguramente muchas de ellas también terminaban con una mano metida en la bombacha después de leerlo, como me pasaba a mí casi cada vez.
Pero yo no pensaba en las otras cuando leía. Cuando me tocaba pensando en él, en el cuarto, en la oscuridad, no había nadie más.
***El primer mensaje lo mandé yo. Fue una decisión que disfracé de impulso para no tener que asumir del todo la responsabilidad.
Había publicado un fragmento que me golpeó en algún lugar que no esperaba. Hablaba de una mujer que se despertaba a las tres de la mañana sin saber por qué, se quedaba mirando el techo y pensaba en alguien a quien no debía pensar. Describía ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia como «el único momento en que el cuerpo dice la verdad». Y describía lo que esa mujer le hacía a ese cuerpo en la oscuridad: cómo se lamía dos dedos y se los pasaba por los pezones hasta que se le pusieron duros, cómo bajaba la mano por el vientre y se abría el coño con el índice y el mayor formando una V, cómo se buscaba el clítoris con la yema del dedo del corazón y empezaba a hacer círculos apretados y lentos, muy lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cómo se metía un dedo primero, después dos, y los curvaba hacia adelante buscando ese punto que la hacía apretar la mandíbula para no gemir en voz alta.
Leí ese fragmento cuatro veces. A la tercera ya tenía la mano donde la mujer del texto la tenía.
Luego le escribí: «Escribiste exactamente lo que yo vivo pero no sé cómo describir».
Tres minutos después, respuesta: «¿Y qué es lo que vivís?»
Tardé media hora en contestar. Escribí y borré cinco versiones distintas. Al final mandé algo ambiguo, algo como «la sensación de que las palabras llenan espacios que las personas no pueden». Él respondió con un fragmento nuevo, inédito, que no había publicado en ningún lado. Era corto, tres oraciones, pero esas tres oraciones describían con precisión lo que le haría a una mujer que le confesara eso: cómo la desnudaría despacio, cómo le abriría las piernas y le pondría la boca directamente en el coño sin preliminares, cómo la haría correrse una vez con la lengua antes siquiera de sacarse la ropa él. Sin metáforas. Sin adornos. Solo la acción cruda, escrita como quien anota una receta.
No dormí bien esa noche. Me toqué tres veces antes de que amaneciera y las tres pensando en él.
***Durante las semanas siguientes nos escribimos con una frecuencia que ninguno de los dos mencionó ni cuestionó. No todos los días, pero sí con suficiente regularidad como para que yo empezara a revisar el teléfono de manera diferente. Con una intención específica. Buscando esa conversación en el tope de la bandeja de mensajes.
Él nunca me mandó una foto suya. Yo tampoco le pedí. Había algo excitante en no saber. En construir una imagen a partir de sus palabras: las frases largas pero sin adornos innecesarios, la tendencia a usar puntos suspensivos solo cuando la pausa significaba algo, la manera de responder preguntas directas con preguntas aún más directas.
Me había dicho que tenía algo más de treinta años. Que vivía solo. Que escribía de noche porque de día no podía concentrarse. Que había tenido una relación larga que terminó de forma tranquila, sin drama, y que eso lo había dejado con más preguntas que respuestas sobre lo que quería de otra persona.
Eso era todo lo que sabía de él.
Y sin embargo lo pensaba.
Lo pensaba en momentos inapropiados. En el colectivo, apretando las piernas para no notarme mojada bajo la ropa del trabajo. En la ducha, con el chorro caliente cayéndome entre las tetas mientras me imaginaba que eran sus manos. En los cinco minutos antes de que empezara una reunión, encerrada en el baño de la oficina con una mano metida en la bombacha y la otra tapándome la boca. Antes de dormir, siempre antes de dormir, boca arriba, con dos dedos moviéndose en círculos hasta que me temblaban los muslos.
Me preguntaba cómo sería su voz. Si escribía igual que hablaba, con esa misma cadencia medida, o si en persona era distinto, más nervioso, más liviano. Me preguntaba si usaba las manos cuando explicaba algo. Si esas mismas manos me agarrarían del pelo cuando le chupara la verga o si me las pondría en las tetas cuando me la metiera por atrás. Me preguntaba cómo la tendría. Si sería gruesa, si sería larga, si tendría venas marcadas de esas que se sienten cuando la mujer se la pasa por la lengua. Me preguntaba si acababa mucho, si acababa adentro, si le gustaba ver correrse a la otra antes que él.
Me preguntaba otras cosas también. Cosas más concretas. Si le gustaría escucharme pedirle que me la metiera más adentro. Si me pediría que le abriera el culo con las dos manos mientras me la clavaba. Si me haría acabar tres veces seguidas hasta que le suplicara que parara. Ya las había pensado con suficiente detalle en mi cabeza y cada una de esas escenas la había terminado con los dedos entre las piernas, sola, mordiendo la almohada para que no me oyeran los vecinos.
***Fue él quien nombró lo que los dos ya sabíamos que estaba pasando.
Una noche me escribió: «Cuando publico algo nuevo, ¿lo leés antes o después de dormir?»
Le dije la verdad: «Antes. Siempre antes».
«¿Y qué pasa después?», preguntó.
Silencio de mi lado. No el silencio de quien no sabe qué decir sino el de quien sabe exactamente qué decir y está evaluando si vale la pena decirlo.
«Pasan cosas», escribí finalmente.
No necesité ser más específica. Él entendió.
«Contame una», dijo.
Y lo que hice a continuación fue algo que no había hecho nunca con un desconocido. Le conté. Le conté cómo había leído su último texto — el del hombre que describía las manos de una mujer que nunca había tocado pero que imaginaba con una precisión que asustaba, esas manos abriéndole el pantalón, sacándole la verga, envolviéndosela y bajando la boca hasta metérsela entera — y que lo había leído tres veces y que a la tercera ya no estaba pensando en los personajes sino en él. En la persona que había escrito eso. En cómo alguien era capaz de imaginar con tanto detalle cómo se le siente una lengua en la punta de la polla, o quizás sí lo había vivido y por eso podía describirlo así.
Le conté que apagué la lámpara de la mesita de noche y que en la oscuridad del cuarto las palabras de su texto seguían ahí, flotando, y que mi cuerpo respondió a esas palabras de la manera más honesta posible. Le conté que me saqué la remera con la que dormía y me quedé desnuda de la cintura para arriba, con los pezones ya duros contra el aire fresco. Que me llevé una mano a la boca y me lamí los dedos con saliva antes de pasármelos por los pezones, uno y después el otro, hasta que me arqueé sola contra las sábanas. Que la otra mano bajó por el vientre, se metió por debajo del elástico de la bombacha, y encontró el coño ya empapado, tanto que los dedos se me resbalaron sin esfuerzo.
Le conté que me la saqué. La bombacha, la tiré al piso. Que abrí las piernas con las rodillas dobladas y los pies apoyados en el colchón. Que me toqué primero por afuera, con toda la palma, apretando el hueso del pubis, sintiendo la humedad extenderse. Que después me abrí con dos dedos y busqué el clítoris con el del medio, y empecé a hacer círculos, primero suaves, después más firmes, hasta que las caderas empezaron a moverse solas contra la mano.
Le conté que pensé en él mientras me metía dos dedos adentro y los curvaba hacia arriba. En su voz imaginada diciéndome guarradas al oído. En sus manos que no conocía separándome las piernas. En su boca bajando por el vientre y quedándose ahí, entre mis piernas, sin apuro, con la lengua trabajándome despacio hasta hacerme rogar. Le conté que me imaginé la verga que no le había visto entrando y saliendo del coño en el que tenía los dedos, que me imaginé el peso del cuerpo sobre el mío, la respiración pesada en el cuello, los dientes en el hombro. Le conté que acabé mordiéndome el labio inferior tan fuerte que a la mañana siguiente todavía tenía la marca, con los dedos adentro y el pulgar sobre el clítoris, y que sentí las contracciones apretándome los dedos, chorreando sobre la mano, sobre la sábana, sobre todo.
Le conté que después me quedé quieta, mirando el techo que no podía ver, con la mano todavía entre las piernas y el olor mío en el aire, y que lo único en lo que pensaba era en él leyendo esto que yo todavía no le había escrito.
Mandé el mensaje y esperé con el teléfono sobre el pecho, sintiendo mi propio pulso contra la pantalla, y los pezones todavía duros porque me había vuelto a excitar escribiéndolo.
La respuesta tardó más de lo habitual. Casi cinco minutos. Luego apareció el tilde azul que indicaba que lo había leído. Y después, una sola línea:
«Gracias por contarme. Ahora yo voy a escribir algo».
Y después, treinta segundos más tarde, otra: «Antes de escribirlo necesito acabar pensando en lo que acabás de mandarme. Tengo la verga en la mano desde el segundo párrafo».
Leí esa línea diez veces. Me la metí en la boca como si fuera un caramelo. Me volví a tocar sin siquiera pensarlo, con el teléfono apoyado en la almohada al lado de la cara, imaginándomelo a él, de espaldas contra el respaldo de su cama, con la mano subiendo y bajando por la polla, mirando la pantalla en la que estaban mis palabras. Acabé por segunda vez esa noche pensando en cómo le acababa a él el semen sobre el vientre mientras leía cómo yo me acababa pensando en él.
***Lo publicó dos días después. Era más largo que sus textos habituales. Describía a una mujer — sin nombre, sin descripción física concreta, solo «ella» — que le mandaba un mensaje de noche y le contaba, con lujo de detalle, cómo se había hecho acabar pensando en él. Describía la línea exacta que él había leído cuando se dio cuenta de que ya no iba a poder aguantar sin sacársela. Describía cómo se abrió el pantalón con una mano, cómo se envolvió la verga con la palma, cómo se pasó el pulgar por la punta ya mojada de líquido preseminal y lo usó como lubricación para deslizarse mejor. Describía el ritmo, primero lento, después más rápido, siguiendo mentalmente el ritmo con el que se imaginaba a esa mujer moviendo los dedos entre sus propias piernas al otro lado de la ciudad.
Describía cómo acabó. Sin adornos. En la mano, en el vientre, sobre el teléfono en el que todavía estaba abierta la conversación. Describía el momento exacto del orgasmo como «la única manera en que el cuerpo firma un mensaje que no puede mandar». Y describía después, con la verga todavía en la mano y ya blanda, cómo releyó por cuarta vez lo que ella le había escrito y sintió por primera vez en mucho tiempo que el deseo no era una cosa solitaria.
Tres mil seguidores lo leyeron esa noche.
Solo yo sabía de qué hablaba en realidad. Solo yo sabía que la mano descrita en el texto era la mía. Solo yo sabía que el semen sobre el teléfono había caído mientras él leía palabras que yo había escrito boca arriba, desnuda, con el coño chorreado y los dedos adentro.
Eso era lo más excitante de todo. Más que cualquier cosa que hubiera pasado entre nosotros, más que los mensajes, más que el texto que me había hecho quedarme despierta tanto tiempo: el hecho de que existía algo entre dos personas que nadie más podía ver ni nombrar. Una cosa privada en un lugar público. Un secreto sin acuerdo previo. Tres mil personas leyendo cómo se había hecho una paja pensando en mí, y ninguna de ellas sabiéndolo.
Me toqué otra vez leyéndolo. Ya iban cinco veces en tres días. Empezaba a estar sensible, casi dolorida, pero no podía parar.
***Nunca nos encontramos. No en esa época, no todavía. Nuestra conexión existía exclusivamente en ese espacio extraño que es la pantalla de un teléfono a medianoche: sin cuerpos presentes, sin voces reales, sin el peso físico de otra persona en el mismo cuarto.
Pero era real. Era más real que muchas cosas que sí tenían cuerpo y voz y presencia.
Yo seguía leyendo sus publicaciones. Él seguía escribiéndome. A veces hablábamos de libros, de películas, de cosas cotidianas que no tenían nada de erótico. A veces la conversación derivaba hacia otro lugar y nos quedábamos ahí, en ese lugar, durante horas. Él me pedía que le contara cómo estaba tocándome mientras le escribía. Yo le pedía que me describiera qué le haría a mi coño si me tuviera desnuda sobre su cama. Nos mandábamos textos que empezaban con «imaginate que» y terminaban con dos personas acabando cada una en su propio cuarto, sin cruzarse nunca, pero al mismo tiempo, sabiéndolo. Hasta que alguno de los dos decía «me voy a dormir» y el otro respondía algo que no era una despedida sino la promesa de la próxima vez.
Y yo seguía construyendo esa imagen incompleta: la voz imaginada, las manos que no conocía, la manera de moverse que había inventado a partir de sus palabras, el sabor que me imaginaba que tendría cuando le pasara la lengua por el cuello, la forma que le suponía a la verga que ya me había hecho acabar más veces que ningún hombre real. Era una fantasía. Lo sabía. Estaba deseando a un personaje que yo misma había construido usando sus textos como materia prima, rellenando los huecos con lo que me convenía, con lo que necesitaba que fuera.
Pero a veces las fantasías son lo más honesto que tenemos.
A veces el deseo que sentís por alguien que no conocés del todo es más claro y más nítido que el que sentís por alguien que está frente a vos todos los días. Porque no está contaminado por lo cotidiano, por el cansancio, por las versiones menores que todos somos cuando no estamos siendo observados. Existe en estado puro. Sin contexto. Sin historia. Solo verga, coño, dedos, boca, saliva, semen, y la certeza de que del otro lado de la pantalla hay alguien haciéndose lo mismo que vos, al mismo tiempo, pensando en vos.
Solo el deseo. Solo las palabras. Solo la pantalla encendida en la oscuridad, la mano metida en la bombacha, y la certeza de que del otro lado alguien estaba con la verga en la mano pensando lo mismo que yo.
Eso pensaba cuando apagaba la luz.
Eso pensaba cuando encendía Instagram y veía que @nocturno_ergo había publicado algo nuevo.