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Relatos Ardientes

La gobernadora que me esperaba sin escolta

A los cuarenta años, uno ya sabe qué tipo de hombre es. Yo soy periodista de política económica en uno de los diarios más leídos del país, alguien que construye su reputación sobre la capacidad de ver más allá de lo que se dice en las ruedas de prensa. Mi rutina empieza a las seis de la mañana con una hora en el gimnasio —no por vanidad, sino porque necesito cansar el cuerpo para que la cabeza no me traicione durante el día— y termina rara vez antes de medianoche.

He entrevistado a ministros, a presidentes de grandes corporaciones, a líderes que mueven mercados con un comunicado. Creo que conozco el poder. Pero nunca había estado tan cerca de alguien que lo encarnara de esa manera particular, esa manera que te hace sentir que el suelo se inclina ligeramente cuando ella entra en una sala.

Valeria Iturriaga llevaba tres años como Secretaria de Estado de Economía y era, sin discusión, la figura más influyente del ejecutivo. Cuarenta y nueve años bien llevados, una inteligencia que cortaba el aire y esa clase particular de seguridad que solo tienen las personas que han ganado cada batalla que les importaba ganar. No era guapa en el sentido convencional. Era algo peor: era magnética. Había algo en la forma en que ocupaba el espacio —cómo inclinaba la cabeza cuando escuchaba, cómo dejaba un silencio antes de responder— que hacía imposible no observarla.

Empecé a obsesionarme con ella de un modo que no reconocía en mí mismo. En el mundo de la prensa política, los rumores circulan con la misma velocidad que las filtraciones. Y sobre Valeria Iturriaga, los rumores eran de otro calibre. Se hablaba de una vida privada radicalmente distinta a la imagen pública. Se decía que en la intimidad era una mujer sin filtros, alguien que buscaba la misma intensidad que ponía en todo lo demás. Que dejaba exhaustos a hombres más jóvenes que ella. No eran cotilleos maliciosos; eran confidencias susurradas con una mezcla de asombro genuino y algo que se parecía al respeto.

Y yo, en más de una noche solitario en mi apartamento de Malasaña, había cerrado el ordenador con esos rumores dando vueltas en la cabeza. Me había sorprendido a mí mismo imaginando su voz aterciopelada en contextos que no tenían nada que ver con los tipos de interés ni la balanza comercial. Me había preguntado qué habría debajo de esos trajes de chaqueta perfectamente entallados. Qué clase de mujer era cuando no había nadie grabando.

***

El jueves en que Valeria visitó la redacción, llegó con quince minutos de antelación —algo inusual en ella— y sin el despliegue habitual de asesores. Solo dos personas de su equipo y el jefe de gabinete. Llevaba un traje color burdeos que debía haber costado lo que yo gano en un mes, y el cabello recogido con esa clase de descuido estudiado que hace que uno se pregunte cómo quedaría suelto sobre los hombros.

Yo estaba revisando un editorial en mi mesa cuando la vi cruzar la sala. No hizo ruido. Pero todo el mundo la miró. Ese es el verdadero signo del poder: no el que grita, sino el que obliga a girar las cabezas en silencio.

Pasó cerca de mi puesto cuando se detuvo a cambiar unas palabras con la directora adjunta. No tendría ningún motivo para fijarse en mí. Había cuarenta personas en la sala. Pero sus ojos me encontraron, y no fue por accidente.

—Usted es Marcos Villanueva —dijo, separándose ligeramente de la directora. No era una pregunta.

—El mismo —respondí, poniéndome de pie.

—Leo sus análisis del mercado de deuda. Tiene una forma de describir la tensión entre lo que dicen los números y lo que callan los políticos que me parece... honesta. —Hizo una pausa de un segundo, exactamente el tiempo necesario para que la frase siguiente pesara más—. ¿O es que a veces escribe con demasiado calor para ser del todo objetivo?

Sentí el doble sentido antes de que mi cabeza lo procesara. Una señal discreta, perfectamente calibrada.

—La objetividad total no existe —dije—. Solo existe el compromiso con lo que uno ve de verdad.

Ella inclinó la cabeza un milímetro. Aquello podría haber pasado por un gesto profesional. Pero sus ojos se detuvieron en mis manos un instante —apretaba un bolígrafo con demasiada fuerza— antes de volverse hacia la directora adjunta.

—Interesante —dijo, y siguió caminando.

Me quedé de pie durante varios segundos después de que ella se fuera, con la sensación extraña de que algo había comenzado sin que yo lo hubiera decidido.

***

Tres días después, el diario celebraba su vigésimo aniversario en el Palacio de Festivales. Era uno de esos eventos donde el champán es demasiado frío y las conversaciones demasiado cálidas, donde todos fingen que están allí por la cultura cuando en realidad están haciendo política de pasillo.

Valeria llegó tarde. Siempre llegaba tarde a los eventos en los que no era la anfitriona —era su forma de recordar quién controlaba el ritmo. Se había cambiado el traje por un vestido negro sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos y la línea de sus hombros. Llevaba el cabello suelto. Desde el otro extremo del salón, el efecto era el de alguien que ha decidido aparecer exactamente así y no de ninguna otra manera.

La observé durante una hora, dejando que el whisky se calentara en mi mano. Ella se movía entre los grupos con facilidad, siempre atenta, siempre con esa expresión de quien escucha con la mitad de la mente y con la otra mitad ya está tres pasos más adelante. A la una de la mañana, la vi dirigirse hacia uno de los balcones laterales que daban a la plaza.

Estaba sola, apoyada en la barandilla de piedra, mirando hacia la calle. La luz de la ciudad le iluminaba solo el perfil.

Me acerqué. Era un riesgo absurdo. Mi editora estaba dentro, varias de mis fuentes también, y su equipo de comunicación podría aparecer en cualquier momento. Pero hay ciertos momentos en los que el cálculo simplemente deja de funcionar.

—Aquí se respira mejor —dije, situándome a su lado, lo suficientemente cerca como para notar el calor que emanaba de su piel.

Valeria no se sobresaltó. Giró la cabeza despacio, y a esa luz, su rostro se veía más joven, más directo.

—Los eventos así me agotan —respondió, con una franqueza que no esperaba—. Sonreír durante tres horas es más agotador que presidir una reunión de crisis.

—¿Y qué hace cuando no tiene que sonreír para nadie?

Ella me miró de frente. Fue una de esas miradas que evalúan sin disimulo, que pesan sin ocultarlo.

—Depende de con quién esté —dijo—. He observado que esta noche lleva usted el vaso vacío desde hace veinte minutos y no ha ido a rellenarlo. O bien está nervioso, o bien está esperando algo.

—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

Una pausa. El ruido del salón llegaba amortiguado desde dentro, como si el mundo que había ahí adentro perteneciera a otra conversación.

—Hay algo que dicen de usted en los pasillos del ministerio —dije, bajando el tono hasta hacerlo casi íntimo—. Que escribe como alguien que entiende que detrás de cada decisión pública hay una persona que quiere algo que no puede decir en voz alta.

—Y usted quiere algo que no puede decir en voz alta —respondió ella. Su tono era directo, sin el barniz diplomático que usaba en las entrevistas oficiales.

La brisa movió un mechón de su cabello. No lo retiró.

—En los pasillos también se habla de usted —dije—. Se dice que fuera de las cámaras es una mujer distinta. Que tiene apetitos que no caben en el protocolo. Que el poder no le es suficiente, que necesita algo más para sentirse de verdad..

Valeria no parpadeó. Me miró durante tres segundos que se hicieron largos.

—¿Y eso le parece un problema? —preguntó al final.

—Me parece lo más interesante que he oído en años.

Algo cambió en su expresión. No fue una sonrisa exactamente —era demasiado controlada para eso— pero en las comisuras de sus labios apareció algo que reconocí como satisfacción. La satisfacción de alguien a quien han dicho exactamente lo que quería escuchar y que, sin embargo, no lo muestra del todo.

Abrió el pequeño bolso que llevaba y sacó una tarjeta institucional. Con un gesto que debería haber sido impersonal y no lo fue, me la puso en la mano. Sus dedos rozaron los míos un segundo más de lo necesario.

—Hay una dirección escrita en el reverso —dijo, en voz baja—. Mi apartamento privado. No el oficial. El mío, sin asesores ni agenda. Mi escolta me deja allí en veinte minutos y después no hay nadie más. —Una pausa breve, medida—. Si decide ir, sepa que la conversación que tenemos aquí termina en cuanto cruce esa puerta. Lo que empieza después no tiene nada que ver con el periodismo ni con la política.

Se apartó de la barandilla. Se colocó el cabello detrás del oído con un gesto que parecía casual y que no lo era en absoluto.

—No espero nada —añadió, ya girándose—. Pero si viene, no llegue tarde. No me gusta esperar.

La vi alejarse hacia el interior del salón, donde alguien la detuvo para hacerse una fotografía. Sonrió para la cámara con la misma expresión de siempre, perfectamente compuesta. Era la misma persona y era otra completamente distinta.

Miré la tarjeta. En el reverso, con letra apretada y firme, había una dirección en el barrio de Salamanca y un número de piso. Nada más. Ninguna firma. Ninguna ambigüedad.

Dejé el vaso vacío sobre la barandilla de piedra.

Aquella noche, la ciudad seguía despierta. Y yo tenía exactamente dieciocho minutos para decidir qué clase de hombre era en realidad.

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Comentarios (6)

MarisolR22

tremendo!!! me quede con ganas de mas

GabrielNochero

Me encanto la tension que se va armando desde el principio. Sin duda uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo.

FantasiasLector

Por favor continualo, el final me dejo en suspenso total. Quiero saber que paso despues.

Pili_Nocturna

jaja si a mi me pasan el numero asi no lo pienso dos veces tampoco. Muy bueno

SergioBernal

hay segunda parte? me dejaste con una curiosidad tremenda, en serio

Maxi_Lector

Bien escrito y con mucho suspenso. Se nota que te esmeraste en los detalles, sigue asi!!

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