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Relatos Ardientes

Mi fantasía secreta de cada noche

Me llamo Natalia y tengo diecinueve años. Vivo sola desde hace ocho meses, en un departamento pequeño con las paredes delgadas y una ventana que da a un patio interior con naranjos que nadie riega. Nadie me espera. Nadie me controla. Y esa libertad, lo descubrí hace tiempo, es el mejor afrodisíaco que existe.

Esta noche es viernes. Llegué del trabajo a las ocho y media, me duché sin pensar demasiado, me puse una remera vieja de tirantes y nada más. Me calenté algo en el microondas que no llegué a terminar. Me senté frente a la pantalla y me di cuenta de que no quería ver nada, no quería hablar con nadie, no quería leer. Lo único que quería era esto: tirarme en la cama y darme tiempo.

Apagué todas las luces menos la del pasillo, que se filtra por debajo de la puerta y deja el cuarto en una penumbra anaranjada. Me gusta así. No oscuro del todo, pero tampoco con la crudeza de un foco directo. La penumbra suaviza las cosas y al mismo tiempo las hace más reales: puedo verme sin observarme como si fuera un experimento.

Me dejé caer en la cama boca arriba y cerré los ojos.

El ventilador no estaba encendido. El calor de mayo se había quedado dentro del departamento toda la tarde y los ladrillos lo devolvían ahora, lentamente, como si respiraran. Sentí el primer sudor en la nuca antes de moverme siquiera. Las sábanas todavía conservaban el olor del detergente del lavado del domingo y ese olor limpio, mezclado con el calor, me resultó curiosamente excitante.

Bien. Así es exactamente como quiero que sea esto.

Me gusta empezar sin apuro. Dejar que la anticipación haga su trabajo antes de tocarme siquiera. El deseo que se construye despacio tiene una intensidad diferente al que se resuelve rápido: dura más, llega más hondo, y cuando finalmente revienta no queda nada pendiente.

Empecé por el cuello, como siempre. La yema del índice trazando una línea desde la mandíbula hasta la clavícula, lenta, sin presión. Esa zona me tiene loca desde que tengo memoria: hay algo en la piel del cuello que conecta directo con algo más abajo, como si el cuerpo fuera un circuito y ahí hubiera un interruptor que casi nadie conoce. Me lo descubrió sin querer una chica en la universidad el año pasado, cuando me apartó el pelo para susurrarme algo al oído durante una clase. Yo no escuché lo que me dijo. Estaba demasiado concentrada en la línea de calor que me había dejado en la piel.

Nunca le conté eso. Nunca le conté nada.

De la clavícula bajé despacio. Sin saltearme nada. Esa es mi regla cuando estoy sola: no saltear nada. El tiempo sobra y el placer no es un destino, es el recorrido entero.

La remera sobraba ya. Me la saqué con un solo gesto y la tiré al suelo sin mirar dónde caía.

Mis pechos son medianos, más bien redondos, con pezones de un marrón claro que se endurecen rápido ante cualquier estímulo. Los cubrí con las palmas unos segundos, solo para sentir el contraste: mis manos todavía frías del agua del vaso que había tomado antes, contra la piel caliente. Ese diferencial de temperatura me provoca un escalofrío que sube desde el pecho hasta la garganta y me hace apretarlos sin querer, como un reflejo que el cuerpo tiene memorizado.

Empujé los pechos hacia arriba despacio, sintiendo el peso. Luego los solté. Los volví a apretar desde los costados, y noté cómo los pezones rozaban el aire y se ponían más duros todavía. Un sonido salió de mi boca. Corto. No un gemido, más bien un suspiro que no llegué a controlar.

Por fin.

El vientre me temblaba levemente. Lo noté cuando deslicé una mano hacia abajo, bordeando el ombligo. La piel ahí es más sensible de lo que la gente supone: si alguien te pasa los dedos por esa zona con la atención correcta, puede hacerte arquear la espalda solo con eso. Yo lo sé porque me lo he hecho a mí misma más veces de las que podría contar, y porque una vez, en la cama de una persona que no debería haber estado ahí, lo aprendí también desde el otro lado.

Seguí bajando.

La ropa interior era una traba innecesaria. Me la bajé por las piernas con paciencia, la dejé caer desde un tobillo, y abrí las rodillas.

El calor que salía de ahí era distinto al del resto del cuerpo: más húmedo, más concentrado, con un pulso propio que podía sentir incluso antes de tocarme. Me quedé un momento así, sin hacer nada, solo consciente de esa zona, de su peso y su latido. El deseo tiene su propio ritmo cuando llegás a ese punto: algo que late despacio pero con mucha fuerza, como si todo el cuerpo se hubiera convertido en un segundo corazón.

Toqué primero los muslos. El interior, cerca pero todavía no ahí. Los músculos se tensaron solos bajo mis dedos y apretélas rodillas por reflejo antes de volver a abrirlas.

—Tranquila —me dije en voz baja. Nadie iba a escucharme de todos modos.

Cuando finalmente me toqué donde quería tocarme, el aire me salió de los pulmones de golpe. No porque fuera inesperado —lo esperaba con todo el cuerpo— sino porque la diferencia entre el borde del deseo y su centro es siempre más grande de lo que uno recuerda. Esa pequeña sorpresa, repetida cada vez, es una de las cosas que más me gustan de esto.

Me moví en círculos primero, lentos, sobre el clítoris. Sentí cómo se hinchaba bajo la yema, cómo aumentaba su presencia, como si antes hubiera estado esperando que lo llamara. La humedad que había ido acumulándose durante todo el recorrido previo lo hacía fácil, resbaladizo, y eso también tiene su propio placer: la evidencia de que el cuerpo ya estaba listo mucho antes de que yo lo reconociera.

Aceleré apenas. Las caderas se movieron solas, levemente, buscando más presión. Me dejé llevar por ese movimiento, sin corregirlo, sin controlarlo. Hay una diferencia entre masturbarse y dejarse ir, y esa noche quería lo segundo.

Metí dos dedos adentro, despacio, sintiendo cómo las paredes cedían y se ajustaban al mismo tiempo. El calor interior es diferente al de la piel: más profundo, más absorbente. Curvé los dedos hacia arriba y encontré ese punto que te hace ver con los ojos cerrados.

Ahí. Exactamente ahí.

Mantuve la presión en ese lugar mientras seguía con los círculos del pulgar en el clítoris. El doble estímulo tiene una lógica propia: los dos focos de placer no se suman, se multiplican, y hay un momento en que ya no podés distinguir dónde termina uno y empieza el otro. El cuerpo se convierte en una sola cosa que quiere una sola cosa.

Empecé a jadear. No un jadeo exagerado, nada que escenificar porque nadie miraba, sino el jadeo involuntario que pasa cuando el cuerpo empieza a necesitar más oxígeno del que le das. Los pulmones van a su ritmo. Los dedos van al suyo. Y en algún punto los dos se sincronizan solos, y eso también es una forma de perder el control.

Las piernas me temblaban. El interior del muslo derecho picaba de tanto tensarse. No importaba.

Pensé en ella. En la chica del cuello. En cómo olía su pelo cuando se inclinó hacia mí en esa clase, ese perfume suave de vainilla mezclado con algo más oscuro que no supe identificar. En la curva de su boca cuando se reía de algo. En cómo nunca le dije nada de lo que sentí esa tarde.

Qué idiota fui.

La imagen me hizo acelerar los dedos. Adentro y afuera, curvados en el camino de vuelta. El sonido húmedo del movimiento en ese silencio de viernes por la noche era el único sonido del cuarto, junto con mi respiración y el crujido ocasional del colchón.

Pensé en cómo hubiera sido decirle algo. Cualquier cosa. Quedarnos después de clase, ir a tomar algo, dejar que las cosas pasaran sin empujarlas demasiado. Pensé en cómo hubiera sido que ella pusiera esa mano en mi cuello otra vez, esa vez a propósito, esa vez mirándome.

Los dedos dentro se movían más rápido ahora. El pulgar no paraba. Y mi cabeza ya no distinguía entre lo que era real y lo que era la fantasía que me había construido durante meses con materiales pequeños: un gesto, un perfume, una tarde que no volví a tener.

Sentí el orgasmo acercarse como se sienten las tormentas antes de que lleguen: un cambio en la presión, algo que se espesa en el aire. El cuerpo entero se preparó sin que yo lo pidiera: los pies se arquearon, los músculos del vientre se contrajeron, los dedos que tenía adentro sintieron cómo las paredes empezaban a ajustarse rítmicamente contra ellos.

—Ya —dije en voz muy baja, para nadie.

El orgasmo llegó en oleadas, no de golpe. Primero una contracción fuerte que me hizo doblar las rodillas hacia el pecho. Luego otra, más larga, que tardó en soltarme. Luego una tercera que llegó cuando ya creía que había terminado todo. Mis dedos siguieron adentro durante cada una de esas oleadas, quietos, solo sintiendo las contracciones contra ellos, ese pulso que va y viene y no pide nada, solo que lo dejes ser.

Cuando terminó, no me moví.

Me quedé boca arriba, los ojos cerrados, los dedos todavía ahí. El sudor se enfriaba en la piel del vientre y los costados. La penumbra anaranjada seguía filtrándose por debajo de la puerta y el cuarto olía a mí, a calor, a algo que no tiene nombre pero que reconozco cada vez.

Bien.

Saqué los dedos despacio y los apoyé en la cadera. Respiré hondo. El cuerpo estaba pesado de la manera correcta, satisfecho, como si hubiera corrido varios kilómetros y por fin pudiera detenerse.

Me pregunté si ella pensaba en mí alguna vez. Si en alguna noche de viernes, en algún cuarto con la luz apagada, yo aparecía en su cabeza como ella aparecía en la mía.

Probablemente no. Pero la fantasía no necesita ser recíproca para funcionar. Eso también lo aprendí sola, en esta cama, en noches como esta.

***

Me quedé dormida sin querer, con la remera en el suelo y la ventana entreabierta. En algún momento durante la noche el calor cedió y entró una brisa suave desde el patio. Me desperté lo suficiente para taparme con la sábana y volver a cerrar los ojos.

El viernes había terminado bien.

A veces me pregunto si algún día le voy a contar esto a alguien: que tengo una fantasía recurrente, que la protagonista tiene vainilla en el pelo, que me ha acompañado en más noches de las que debería. Pero esa es la gracia de las fantasías: son completamente tuyas. No le deben nada a nadie. No necesitan permiso ni reciprocidad ni un final feliz que nunca llegó.

Son solo tuyas, y eso, en el fondo, es lo más íntimo que puede existir.

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Comentarios (5)

Pablito32

Excelente!!! seguí subiendo relatos asi

LectorCba

Me dejo con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

MirtaRelatos

Que bien escrito, se siente muy real y cercano. Me encanto la forma en que lo contaste, sin rodeos pero con mucho detalle.

Tomi_BA

Me recordo a una noche de verano que tuve hace tiempo jaja... tremendo relato

Gonzalo_Vcba

increible, de los mejores que lei ultimamente en esta pagina

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