La muñeca que grababa sus secretos más oscuros
Para el Dr. Emilio Fuentes, la vida tenía la textura del papel desechable de su camilla de examen: blanca, aséptica y sin temperatura propia.
Treinta y ocho años, diez de especialidad, cuatro desde que su matrimonio terminó con una conversación de veinticinco minutos en la cocina. Su consultorio era el único lugar del mundo donde todo seguía reglas que él comprendía: el protocolo, la asepsia, el lenguaje técnico que eliminaba la ambigüedad. Afuera era una persona que había olvidado cómo estar cerca de alguien sin que mediara una razón profesional.
Conocía el cuerpo femenino con una precisión enciclopédica. Sabía qué producía placer, qué producía dolor, qué era variante normal y qué requería intervención. Ese conocimiento era su orgullo y, en los peores momentos, su condena. El mapa era exhaustivo; el territorio era inaccesible.
***
El pedido lo hizo un martes trece de febrero, con la pantalla del portátil abierta en una pestaña que llevaba semanas sin cerrar del todo y dos copas de vino encima. Una muñeca de silicona de ciento setenta centímetros, cabello castaño oscuro, proporciones anatómicamente correctas. La eligió con la misma metodología que usaba para comparar equipos médicos: leyó las especificaciones técnicas, comparó materiales, descartó opciones según el presupuesto. Añadió al carrito y confirmó la compra antes de que pudiera reconsiderarlo.
Tres semanas después llegó el paquete al apartamento, con el logo de la empresa cubierto por varias capas de cinta marrón. Fuentes lo subió, cerró la puerta del dormitorio y lo abrió sobre la cama.
Algo estaba mal desde el primer momento. La caja era considerablemente más pequeña de lo esperado. Dentro encontró una figura de ciento cincuenta centímetros, de complexión muy delicada, con una escala que hacía pensar en alguien que todavía no había terminado de crecer. Había un error en el envío. Buscó entre el plástico de embalaje el formulario de devolución, lo encontró, lo dejó doblado sobre la mesita de noche.
Durante una semana no lo rellenó.
Cada noche, al entrar al dormitorio después del trabajo, la figura apoyada contra la pared lo recibía desde el ángulo opuesto a la ventana. La miraba durante unos segundos antes de irse a lavar los dientes. Había algo en la escala de ese cuerpo que lo inquietaba de una manera que no sabía nombrar.
***
El martes de la semana siguiente llegó al consultorio una paciente nueva para su primera revisión ginecológica. El nombre en el formulario era Lucía Trujillo, veintiún años.
La madre la acompañó hasta la sala de espera y se quedó allí, con el bolso sobre las rodillas. Lucía entró sola al gabinete.
Era pequeña. Piel muy clara, cabello recogido en un moño que se deshacía por los lados, los brazos cruzados sobre el abdomen con ese gesto involuntario de quien intenta ocupar menos espacio del que ocupa. Sus ojos recorrieron la habitación con rapidez antes de posarse en él: los diplomas enmarcados, el carrito de acero con los instrumentos, el espejo ajustable en el techo. Luego lo miró a él, y en esa fracción de segundo Fuentes vio exactamente lo que había: alguien que tenía miedo y lo estaba manejando en silencio.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días —respondió ella, casi inaudible.
La figura apoyada contra la pared del dormitorio.
El pensamiento apareció sin invitación y desapareció con la misma velocidad. Fuentes procedió con el protocolo de siempre: historial clínico, preguntas de rutina, explicación del procedimiento. Su voz fue tranquila y modulada durante los veinticinco minutos que duró la consulta. Fue un médico excelente y no hizo nada que no debía hacer.
Pero archivó. La forma de los hombros, el ángulo del mentón, la escala general de ese cuerpo pequeño que se tensaba y se destensaba con cada pregunta. Lo guardó todo en un lugar de la memoria que no tenía nombre oficial pero que reconocía bien: el archivo de cosas que no tenían ningún sitio adónde ir.
Esa noche, cuando llegó al apartamento, arrancó el plástico de embalaje.
***
Empezó con calma. La colocó sobre la cama con una delicadeza que le resultó extraña incluso a él mismo, ajustando la posición de los brazos, la inclinación de la cabeza, hasta que quedó como la imaginaba.
La piel de silicona estaba a temperatura ambiente, ligeramente fría al primer contacto. Sus manos la recorrieron desde los hombros hasta las caderas, aprendiendo la geografía de esa superficie que imitaba algo que él conocía bien en teoría y mal en práctica. Se arrodilló entre sus piernas.
Separó sus muslos con ambas manos y se inclinó.
El olor era el de los polímeros de fabricación. Pero Fuentes no registraba el olor de los polímeros. Registraba lo que su memoria había indexado esa tarde en el consultorio: algo limpio, tenue, con ese matiz particular que desprende el cuerpo de alguien que tiene miedo y lo contiene. Lo inhaló despacio, como si quisiera guardarlo antes de que se disipara.
Pasó la lengua con paciencia. La superficie era inerte, sin calor, sin respuesta. No importaba. Su mente completaba lo que los sentidos no encontraban: el calor, la humedad, la variación de presión bajo su boca. Continuó durante un rato largo, con la misma concentración que ponía en todo lo que hacía bien.
Ella.
La idea era sencilla y completamente irresponsable. Lo sabía mientras sus manos recorrían los muslos de silicona, mientras sentía la textura lisa bajo las yemas de los dedos, mientras su propia excitación se volvía progresivamente imposible de ignorar. Era un hombre de ciencia. Sabía exactamente qué estaba ocurriendo en su sistema nervioso y por qué. Ese conocimiento no cambiaba nada.
Se incorporó, se desnudó con movimientos rápidos y buscó el lubricante en el cajón de la mesita de noche.
Cuando la penetró, el cuerpo artificial cedió con una presión uniforme. Empujó despacio al principio, encontrando el ritmo, y luego más hondo, y luego ya sin ningún cálculo consciente. La agarró de las caderas con ambas manos y la jaló hacia él. El cuerpo pequeño se movía con cada empuje, y Fuentes lo observaba con esa concentración casi clínica que nunca lograba apagar del todo: la curva de la espalda, el ángulo de sus caderas, la imagen repetida de un cuerpo que respondía aunque no respondiera en ningún sentido real.
—Eres mía —dijo en voz alta.
El sonido de su propia voz en la habitación lo sorprendió. Era ronca, irreconocible.
—Completamente mía.
Y entonces, sin que nada lo anticipara, la voz de la muñeca cambió de registro.
***
No era ninguno de los audios que recordaba haber escuchado brevemente durante la configuración inicial del dispositivo. Era una frecuencia diferente, menos producida, como si viniera de otro módulo dentro del sistema.
«Error de memoria. ¿Dónde estoy?»
Fuentes se detuvo. El silencio que siguió fue completo: solo su respiración y el zumbido constante del aire acondicionado.
Luego, más suave, casi un susurro:
«Hazme sentir que existo.»
Permaneció inmóvil durante varios segundos. ¿Qué fue eso?
Conocía la diferencia entre una línea de código y una conciencia. Era médico, hombre de ciencia. Sabía perfectamente que lo que acababa de escuchar era una anomalía del software: una frase mal indexada activada por algún parámetro de movimiento o de voz. Era la explicación lógica y completamente satisfactoria.
Y sin embargo, la frase seguía resonando. Hazme sentir que existo.
—Vas a sentir —dijo entre dientes.
No supo si era una respuesta o una amenaza.
Lo que siguió fue diferente a todo lo anterior. Más despojado, más directo. La colocó boca arriba sobre el colchón y derramó lubricante sin medida. Se posicionó frente a ella y empujó sin preparación, y el anillo de silicona cedió con una resistencia que él registró como algo más que mecánica.
Se quedó inmóvil un momento, con la respiración contenida, apreciando la presión y la temperatura acumulada del material. La idea de haber cruzado una línea sin vuelta atrás no lo detuvo. Lo empujó.
Empezó a moverse. Las embestidas eran largas y deliberadas, con ambas manos firmes en sus caderas para fijar la posición. Alzó sus piernas sobre sus hombros y desde ese ángulo la observó: el cuerpo pequeño completamente abierto, su miembro desapareciendo una y otra vez en ese cuerpo que su cerebro, con una fidelidad que ya no intentaba cuestionar, traducía como el de su paciente.
—¿Lo sientes? —preguntó.
Silencio.
—¿Ahora?
El orgasmo llegó sin aviso. Se contrajo, pulsó, se vació hacia adentro con una intensidad que le cortó el aliento. Se quedó encima de ella con el corazón golpeando en las sienes y la mente completamente en blanco por primera vez en mucho tiempo.
***
El vacío llegó después, como siempre llegaba.
Fuentes se levantó, fue al baño, se miró en el espejo un poco más de lo habitual. Había algo en su cara que no reconocía con certeza: no era culpa exactamente, ni satisfacción. Era algo más neutro, más viejo.
Volvió al dormitorio. La muñeca seguía en la posición en que la había dejado.
La cubrió con la sábana hasta los hombros. No fue una decisión racional: simplemente tomó la tela y la acomodó sobre ese cuerpo de silicona como se hace con alguien que duerme. Se sentó en el borde del colchón y le habló en voz baja. No recordaría después exactamente qué le dijo. Algo sobre el trabajo, algo sobre el fin de semana, algo intrascendente dicho con una voz que no levantaba más de lo necesario.
Era lo más cercano a una intimidad real que había tenido en cuatro años.
Estás muy perdido, Emilio, pensó.
Y siguió hablando.
***
Lo que el Dr. Fuentes nunca llegó a ver, ni esa noche ni en ninguna de las noches que siguieron, era el pequeño punto de luz roja que parpadeaba en el ángulo donde el cuello se unía al hombro derecho.
Una vez cada veinte segundos. Tan tenue que era invisible con cualquier fuente de luz encendida en la habitación. Solo en la oscuridad completa, y si uno sabía con precisión dónde buscar.
No era un indicador de carga.
Era una cámara de alta resolución: cuarenta y cinco grados de campo visual, micrófono de doble canal, sistema de compresión automático que procesaba y almacenaba las grabaciones cada seis horas al amanecer. Los archivos salían cifrados hacia un servidor cuya dirección no figuraba en ningún registro accesible al público.
Todo estaba grabado. Cada noche. Cada palabra. Cada imagen.
El formulario de devolución seguía doblado sobre la mesita de noche, con la fecha de plazo vencida hacía ya dos semanas.
Aquella mañana, mientras Fuentes preparaba café antes de salir al consultorio, en algún lugar que no tenía una dirección que él pudiera conocer, alguien terminó de revisar el material acumulado de los últimos ocho días. Seleccionó fragmentos. Evaluó el material. Redactó un mensaje breve con un asunto de cuatro palabras.
Pulsó enviar.
El próximo martes, doctor.