La fantasía que le confesé a mi marido en la playa
Habíamos elegido un hostal pequeño frente al océano para celebrar nuestro segundo aniversario. Andrés llevaba semanas planeando los detalles, y yo me había dejado llevar por la promesa de tres días sin móvil, sin trabajo y sin más obligación que la de quererlo. La habitación tenía un balcón de madera vieja que daba directo al rumor del mar, y desde ahí, esa primera tarde, vi cómo el sol se hundía detrás de un horizonte naranja que parecía pintado a mano.
Después de cenar bajamos a la playa. La arena guardaba el calor del día y el viento traía un olor a sal que se metía hasta los pulmones. Caminamos descalzos, cogidos de la mano, hasta encontrar un trozo de costa donde no había nadie. Andrés extendió la manta que habíamos traído y nos sentamos a mirar la luna llena reflejarse sobre el agua.
—¿Te acuerdas de lo que te prometí en nuestra boda? —preguntó.
—Que ibas a quererme aunque me saliera otro pelo en la barbilla.
Se rió con esa risa baja que me había enamorado desde el primer día.
—Eso también. Pero te prometí honestidad. Y a veces siento que la honestidad de verdad se nos queda en lo cómodo.
Lo miré. Tenía la mandíbula tensa, y la luna le marcaba un perfil que yo había besado mil veces sin terminar de cansarme.
—¿Qué propones?
—Que esta noche nos confesemos algo. Una fantasía. La más íntima. Y que la cuentes desde el principio, desde dónde nació, sin saltarte nada. Si lo hacemos, vamos a saber si lo nuestro de verdad aguanta lo que somos.
Tragué saliva. La arena ya no se sentía tan tibia. Tenía una opción: inventarme algo dócil, algo que él pudiera digerir, o jugármela. Apreté su mano y supe que la cobardía me iba a doler más que la verdad.
—Yo empiezo —dije.
***
—La primera vez que sentí algo parecido al deseo tenía siete años.
Andrés no se inmutó. Solo me apretó los dedos, despacio, como diciéndome que siguiera.
—Estábamos en casa de mi abuela. Mi primo Tomás y mi prima Marina tenían mi misma edad y jugábamos al escondite. A Marina le tocó contar y yo me fui a la habitación del fondo, la de la abuela, que olía a alcanfor y a colonia barata. Me metí debajo de la cama, donde el polvo formaba bolitas grises, y cerré los ojos para que no me encontraran.
Hice una pausa. Era la primera vez en mi vida que decía esto en voz alta.
—Tomás entró sin hacer ruido y se metió debajo de la cama, conmigo. Pegamos los hombros porque no había espacio. Empezó a abrazarme, a darme besos en la mejilla, en el cuello, y después su cara bajó. Me besó por encima de la ropa interior, ahí, sobre la tela. Yo no sabía qué era eso. No tenía nombre todavía. Solo sentía un cosquilleo caliente que me subía desde las piernas y se me quedaba en el estómago. Y me gustaba. Eso fue lo más confuso. Que me gustaba aunque sabía que no debía gustarme.
—¿Pasó algo más? —preguntó Andrés, sin juicio.
—No. Marina nos encontró y empezamos a reírnos como si nada. Pero esa sensación se me quedó adentro. Y de adolescente, cuando empecé a pensar en chicos, siempre volvía a esa imagen del escondite.
El mar rompía a unos metros. La luz lo blanqueaba todo.
—Después vino Esteban —seguí—. Mi ex, el del banco. La primera vez que estuvimos juntos fue en el baño del trabajo. Yo iba con un pantalón de vestir gris y él me empujó contra la puerta del cubículo, me lo bajó hasta los tobillos y se arrodilló. Tardé veinte segundos en darme cuenta de que tenía las manos pegadas al azulejo y que no quería que parara. Me lamió hasta que se me doblaron las rodillas. La segunda vez fue en su auto, en aquel mirador del puerto. Pero esas dos no son las que recuerdo más.
Andrés me miraba sin parpadear. Esperaba.
—Lo que se me quedó marcado fue una tarde contigo, antes de que viviéramos juntos. Tu equipo jugaba en casa y tus amigos estaban en el salón gritando. Tú me dijiste «ven a la cocina un segundo, ayúdame con las cervezas». Y en cuanto cerraste la puerta corrediza me subiste a la mesa, me apartaste la falda y me besaste el cuello mientras yo te desabrochaba el pantalón con las manos temblando.
—Me acuerdo.
—Yo te tomé por primera vez en la boca esa tarde. Con tus amigos a tres metros, gritando un gol, y yo intentando no hacer ruido. —Bajé la voz—. Y mientras lo hacía, mientras te sentía en la lengua, pensé una cosa que nunca te conté.
—¿Qué cosa?
Respiré hondo. La arena ya no estaba fría.
—Pensé en cómo sería si tú estuvieras al mismo tiempo entre mis piernas. Tu boca en mí, mi boca en ti, los dos al mismo nivel, sin ganador y sin perdedor. Sin prisa. Solo esa entrega de los dos, los dos dándonos lo mismo a la vez.
Le miré los ojos. Brillaban. No de lágrimas. De algo más.
—Andrés, fantaseo con eso casi cada noche. Solo contigo. No es que quiera a nadie más. Es que quiero esa imagen contigo: los dos enredados, los dos perdiéndonos a la vez, hasta que ninguno aguante más.
Hubo un silencio largo. Solo el mar. Yo me había desnudado por dentro y esperaba el veredicto.
***
Andrés me soltó la mano. Por un segundo el corazón se me cayó al estómago. Pero no la soltó para alejarse. La soltó para pasarme el brazo por la espalda y atraerme contra él. Me besó la sien.
—Lucía, eso es… Dios, eso es lo más excitante que me has dicho en dos años. Y mira que has dicho cosas.
Se rió, pero la risa le salió rara, ronca, con la garganta seca. Yo sentía contra mi cadera lo que él trataba de disimular con la postura.
—Ahora me toca —dijo.
Tragó saliva, miró el mar como si las olas pudieran llevarse el peso de lo que iba a decir, y después volvió hacia mí.
—La mía empezó con Carolina. Mi ex, la de los últimos años antes de conocerte.
—Lo sé. La que te dejó destrozado.
—Esa misma. Carolina tenía una manera de hacerme sexo oral que… te juro que no es comparable a nada. Pero no era solo lo que hacía, era lo que decía. Mientras me la chupaba, me miraba hacia arriba y me decía cosas. Una era fija: «me encanta tu verga, tan gorda y tan larga». Y un día, sin que yo le hubiera dicho nada, añadió otra: «me pone imaginar que te la estoy chupando a ti y a otro a la vez, los dos en mi boca, los dos para mí».
Me quedé muy quieta. No por miedo. Por curiosidad.
—Al principio me corté —siguió—. Le dije que parara. Pero después, ya en mi casa, esa frase se me quedó pegada. Me masturbaba con esa imagen sin querer. Y cuando rompimos y empecé contigo, la imagen cambió. Carolina ya no estaba. Estabas tú.
—Yo.
—Tú. Arrodillada entre mis piernas, con los ojos brillantes, como me miras cuando me la haces a mí. Pero a mi lado hay otro hombre. No tiene cara. No es nadie en concreto. Tú estás entre los dos. Pasas de uno al otro, despacio, mirándonos. Y nosotros dos te miramos a ti, no nos miramos entre nosotros. Eres tú la que manda. La que decide.
Andrés se calló. Esperaba.
—¿Quién es ese otro? —pregunté.
—No tengo ni idea. Te juro que no le pongo cara. No es nadie del trabajo, no es ningún amigo. Es solo un cuerpo. Lo que me pone no es él. Eres tú al mando. Eres tú haciendo eso porque te da la gana, no por obligación, no por agradar a nadie. Tú decidiendo. —Hizo una pausa—. Y yo amándote igual cuando se acabe.
***
El mar siguió rompiendo. La luna se había movido un palmo. Yo tenía el vestido pegado a la espalda por el sudor, aunque la brisa era fría.
—¿Sabes qué es lo más raro? —dije al final.
—¿Qué?
—Que llevo dos años durmiendo a tu lado y no te conocía. No así. Y tú a mí tampoco.
—Ahora sí.
—Ahora sí.
Lo besé. No fue un beso de aniversario, ni de promesa, ni de hacer las paces. Fue un beso largo, sucio, con la lengua entrando despacio, como si los dos quisiéramos comprobar que el otro seguía ahí después de habernos desnudado de esa manera. Andrés me apoyó la mano en la nuca. Yo le mordí el labio inferior.
—¿Vamos a hacer algo de todo eso? —pregunté contra su boca.
—No tengo ni idea.
—Yo tampoco.
—Pero ahora lo sé. Y tú también lo sabes de mí. Y a partir de mañana vamos a poder mirarnos sin tener que esconder esa parte.
Me apoyé contra su pecho. Le escuchaba el corazón ir rápido, igual que el mío.
—Andrés.
—Dime.
—Te amo aunque me hayas dicho que sueñas con verme con otro.
—Y yo te amo aunque hayas pensado en chuparme y en que te chupara a la vez desde la primera tarde que te tuve en mi cocina.
Nos quedamos así, abrazados sobre la manta, escuchando el mar y la respiración del otro. No hicimos el amor en la playa. No hizo falta. Esa noche, lo que pasó entre nosotros pesaba más que cualquier orgasmo. Era saber que podíamos decirnos lo que nunca le habíamos dicho a nadie y seguir queriéndonos al final.
Cuando volvimos al hostal, ya de madrugada, él me desnudó sin prisa. Me besó cada centímetro como si me estuviera reconociendo. Recorrió con los labios la línea de la cadera, el hueco de la rodilla, el interior del muslo. Yo cerré los ojos y dejé que la confesión siguiera siendo confesión también con el cuerpo.
Y antes de meternos los dos bajo la sábana me dijo al oído algo que no voy a olvidar:
—Lucía, hoy nos casamos otra vez. Pero esta vez sin ropa de domingo y sin nadie mirando.
Me reí con los ojos llenos de agua. Lo abracé fuerte y entendí que la honestidad, esa honestidad tonta que yo había propuesto en broma caminando por la orilla, era el regalo más caro que un matrimonio se podía hacer. Más caro, incluso, que cualquier fantasía que decidiéramos cumplir o dejar dentro de la cabeza para siempre.