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Relatos Ardientes

Morimos el mismo día y elegimos pasar la eternidad juntos

Diego Salinas tenía treinta y cinco años y la sensación permanente de que su vida iba a terminar de la forma más estúpida posible. Medía casi un metro noventa, brazos gruesos de cargar tableros eléctricos por toda Córdoba, barba de tres días y un departamento chico en Nueva Córdoba que olía a cigarrillo y a comida fría. Era electricista freelance, cobraba en negro y no tenía pareja desde hacía dos años.

La última, Romina, lo había dejado con una frase corta: «Vos solo pensás en coger». Tenía razón. Diego cogía como si cada noche fuera un ensayo final. Cuando aparecía una mina por alguna app, la llevaba al departamento, le hablaba sucio al oído, le agarraba el pelo, le metía la verga hasta el fondo de la garganta y la dejaba volver para repetir la dosis. Tenía una pija gruesa, venosa, con la cabeza ancha, y sabía exactamente cómo usarla.

Cuando no había con quién, se masturbaba como un animal. Sentado en el sillón, pantalón abajo, mirando porno argentino casero, terminaba gruñendo con la panza llena de su propia leche. Su única pasión real era el morbo. Soñaba con orgías, con coger en lugares públicos, con romperle el culo a una mujer mientras otra le sentaba la concha en la cara. En la vida real nunca había llegado a vivirlo del todo. Siempre faltaba algo: plata, tiempo, vergüenza, miedo a que lo juzguen.

Esa mañana se había levantado con la pija dura como hierro, pensando en una clienta casada que el día anterior le había mirado el bulto cuando le arregló el aire acondicionado. Se hizo una paja rápida en la ducha, se puso el jean roto de siempre y salió al centro. Lo esperaba un cartel luminoso desprendido en una azotea vieja. No sabía que en menos de dos horas iba a estar muerto, con el cráneo aplastado contra un borde de cemento.

Tampoco sabía que la muerte iba a regalarle, sin trámite, todo lo que siempre había querido.

***

Camila Reyes tenía treinta y dos años y un cuerpo que paraba el tránsito sin proponérselo. Estatura mediana, piel apenas morena, pelo castaño largo y ondulado, tetas firmes, culo redondo que llenaba cualquier jean. Trabajaba como diseñadora gráfica desde un departamento en el barrio Güemes, rodeada de plantas, velas aromáticas y tres pantallas donde retocaba logos hasta la madrugada.

Su vida sexual era intensa y desordenada. Sin novio fijo desde hacía un año y medio, pero nunca le faltaba verga. Le gustaba que la cojan fuerte, que le agarren el cuello, que le hablen sucio mientras le llegaban hasta el fondo. Tenía una debilidad puntual: que le comieran el culo y le metieran dedos al mismo tiempo que la cogían.

En su casa era todavía peor. Un cajón con dildos gruesos, plugs, un succionador de clítoris que usaba casi todas las noches. Se sentaba frente al espejo de su cuarto con las piernas abiertas, se metía un consolador grueso y se observaba mientras su concha lo tragaba entero. Gemía fuerte aunque estuviera sola, se daba cachetadas en el culo, terminaba mojando las sábanas y susurrándose insultos.

Fantaseaba con orgías, con que la usaran varios al mismo tiempo, con que la ataran y la llenaran por todos lados. Había probado tríos un par de veces y le habían encantado, pero siempre quería más. Más sucio. Más sin reglas.

Esa mañana se había despertado con la concha hinchada. Se duchó, se puso una tanga negra mínima, un vestido corto y bajó al centro a una reunión. Después decidió pasar a buscar un café. Iba caminando por la vereda, sintiéndose el cuerpo, cuando el destino tomó la decisión por ella.

***

El cartel luminoso del edificio viejo se desprendió con un crujido seco. Cayó como un bloque sobre la cabeza de Diego en la azotea, lo aplastó contra el borde y rebotó. Una esquina afilada salió volando hacia la calle y le partió el cráneo a Camila, que en ese momento miraba la vidriera de una óptica. No fue tránsito. No fue causa noble. Fue mala suerte cósmica, calculada al milímetro por algo que se aburría arriba.

Cuando abrieron los ojos no había túnel ni coros celestiales. Estaban en una suite de mármol negro que parecía sacada de un hotel de Dubái. Sábanas de seda, ventanal con vista a un horizonte dorado y nubes rosadas, un sillón de cuero donde un hombre con traje impecable los esperaba como si fuera el gerente de un cinco estrellas.

—Bienvenidos al tránsito —dijo, sonriendo con dientes demasiado blancos—. No es paraíso ni infierno todavía. Llamémoslo sala de espera premium. Tienen que elegir dónde van a vivir para siempre. Pueden visitar los dos lados el tiempo que quieran. Sin apuro, sin juicios.

Diego se tocó la cabeza. Ni un moretón. Camila se miró las manos, perfectas, y notó que estaba completamente desnuda. Diego también. Ninguno se cubrió. El hombre les dejó una tarjeta negra con un logo dorado.

—Esto los mueve entre los planos. Y diviértanse. Acá el morbo no tiene techo. Es parte del paquete. Una indemnización por colaborar con el equilibrio entre los planos existenciales.

Cuando se fue, se miraron por primera vez en silencio. Diego tenía hombros anchos, brazos marcados, una verga que comenzaba a endurecerse bajo la mirada de ella. Camila tenía las tetas firmes, los pezones erguidos por el aire fresco y una sonrisa que mezclaba desafío y curiosidad.

Ninguno preguntó el nombre. El aire de la suite ya estaba cargado.

Camila dio un paso. Le recorrió el cuerpo con los ojos, sin pudor.

—Mirá cómo se te para —dijo con voz baja—. Apenas nos vimos y ya querés cogerme.

—Con esa cara de puta y ese culo, cualquiera —respondió él—. Estamos muertos, linda. No hay nada que disimular.

Ella sonrió de costado y se acercó hasta que sus pezones le rozaron el pecho. Le pasó las yemas por el abdomen, bajando despacio, hasta dejar la mano flotando a un centímetro de su verga.

—Sos grueso —murmuró—. Me pregunto cómo se sentirá esto abriéndome la concha. ¿Te imaginás metérmela hasta el fondo mientras te miro a los ojos?

Diego respiró pesado. Le acarició la cadera y subió hasta tomarle un pecho con firmeza, apretando la carne suave.

—Te imagino gritando mientras te la entierro. Mojada, apretándome. Quiero oírte decir lo puta que sos mientras te cojo contra esa pared.

Ella gimió cuando él le pellizcó el pezón. Por fin envolvió la verga con la mano, sin moverla todavía, midiendo el grosor.

—Estamos muertos juntos —susurró rozándole los labios—. Mejor que nos conozcamos de verdad. Quiero que me uses. Quiero que me rompas.

Diego no aguantó. La tomó de la nuca y le metió la lengua hasta el fondo de la boca. Ella respondió mordiéndole el labio, masturbándolo con movimientos lentos y precisos. Él bajó la otra mano entre sus piernas y encontró la concha empapada, los labios hinchados, el clítoris despierto. Hundió dos dedos hasta los nudillos.

—Estás hecha un río —gruñó—. Vas a mojar el piso cuando te coja.

—Meté más profundo. Imaginate que es tu pija la que me está abriendo. Quiero sentirte entero.

Él la levantó por las nalgas con facilidad. La apoyó contra el ventanal frío. Apoyó la cabeza de la verga en la entrada de su concha y empujó lento al principio, dejando que ella sintiera cómo la abría centímetro a centímetro. Cuando estuvo completamente enterrado, Camila gritó y le clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte, hijo de puta. Cogeme como si fuera la última vez. Que en realidad lo es.

Él empezó a embestirla con fuerza creciente. El golpe húmedo de la carne llenaba la suite. Ella se vino en pocos minutos, apretándolo con contracciones intensas, jugo corriéndole por los muslos. Diego no se detuvo. La bajó al piso, la puso de rodillas y le metió la verga todavía mojada hasta el fondo de la garganta. Camila la chupó con hambre, saliva colgando del mentón, ojos llorosos. Cuando él se vino, le llenó la boca de leche espesa y caliente. Ella tragó sin desperdiciar una gota y se limpió los labios con el dorso de la mano.

—Bienvenido al más allá, Diego —dijo, y solo entonces supieron sus nombres.

***

La primera visita fue al Paraíso. La tarjeta los transportó a un jardín infinito de flores luminosas, fuentes de agua cristalina, cuerpos perfectos caminando desnudos. Ángeles y ángelas con alas blancas, sin pudor, follando al aire libre en parejas, tríos y grupos enteros. El aire olía a sexo y a jazmín.

Caminaron tomados de la mano, la verga de Diego semidura, la concha de Camila todavía chorreando. Una ángela rubia de tetas enormes se les acercó.

—¿Quieren probar? Acá todo es placer puro. Sin culpa.

Camila no dudó. Se tiró al pasto con la ángela y empezaron a besarse, lenguas enredadas, pezones contra pezones. Diego se puso detrás de la ángela, le abrió el culo apretado y empujó despacio mientras ella le comía la concha a Camila. Los tres gemían como animales. La ángela tenía la concha dulce, casi adictiva.

Camila se vino una y otra vez. Después cambiaron: Diego se acostó, Camila se sentó en su pija y empezó a cabalgarlo, mientras la ángela le sentaba la concha en la cara. Él la lamió con ganas, tragando jugo celestial. Se vinieron los tres juntos, leche y jugos por todas partes.

El Paraíso era rico, pero después de tres días de orgías interminables —con ángeles, con ángelas, en piscinas de leche tibia, sobre nubes blandas— se aburrieron.

—Esto está bueno, pero me falta algo sucio —dijo Camila, secándose la concha con una hoja perfumada.

—Vamos al Infierno —respondió Diego, con la pija dura todavía.

***

El Infierno era otra cosa. Fuego que no quemaba, sino que calentaba la piel como una caricia ardiente. Cuevas de piedra negra iluminadas con antorchas rojas. Demonios y demonias con cuernos, colas largas, cuerpos hechos para pecar. Olor a azufre, sudor y concha mojada.

Una demonia de pelo negro, pezones perforados y cola gruesa los recibió.

—Acá no hay reglas, mortales. El dolor es placer. La vergüenza es lujuria. Quédense lo que quieran.

Camila se prendió fuego al instante. La demonia la tiró sobre un altar de piedra caliente y le abrió las piernas. Le metió la cola entera en la concha mientras le chupaba las tetas con fuerza. Diego miró un segundo y se ubicó detrás de la demonia. Le agarró los cuernos como si fueran manijas y le metió la verga en el culo hasta las bolas. La demonia rugió. La cola entraba y salía de Camila al ritmo de las embestidas de Diego.

—Más adentro, puta —gritaba Camila—. Cogeme con esa cola.

Se vino tan fuerte que salpicó el altar entero. Diego sacó la pija y se la metió en la boca a Camila, vaciándose en su garganta mientras la demonia le lamía la concha hinchada.

Lo mejor vino después. En una sala enorme llena de demonios los ataron a una cruz de hierro caliente, espalda contra espalda. Los rodearon. A Camila le metieron una verga en la concha y otra en la boca. A Diego le cogían el culo y le chupaban la pija al mismo tiempo. El fuego les lamía la piel sin quemar, solo aumentando el placer hasta volverlos locos. Ella se vino una y otra vez, chorros cayendo sobre la piedra. Él eyaculó tres veces sin parar, salpicando tetas y caras de demonias que lamían todo.

Pasaron días allí. Cogieron en ríos de lava tibia que les hacían arder el culo y la concha de gusto. Participaron en rituales donde cientos los usaban como juguetes. Camila se dejó coger por diez vergas al mismo tiempo: dos en la concha, una en el culo, dos en la boca, el resto en las manos y entre las tetas. Diego la miraba mientras una demonia le sentaba la concha en la cara y otra le cogía la pija con el culo. Se venían gritando insultos, sucios, sudados, felices.

Entre polvo y polvo hablaban. Desnudos, con la verga de Diego todavía adentro, moviéndose lento.

—¿Te imaginabas que la muerte iba a ser así? —preguntaba ella, apretándolo con los músculos internos.

—Ni en pedo. Pensaba que iba a estar tocándome la pija solo por la eternidad —respondía él, mordiéndole las tetas.

***

Después de semanas de alternar entre los dos planos, regresaron a la suite de tránsito. La tarjeta negra brillaba sobre la mesa de mármol. Estaban sentados desnudos en la cama, con las piernas entrelazadas y la mano de Diego apoyada en el muslo de Camila.

El hombre del traje volvió a aparecer, con una carpeta negra.

—Lamento interrumpir su recreación —dijo con su voz neutra—. Es momento de formalizar la residencia. No pueden vivir indefinidamente en los dos planos. Tienen que elegir uno como hogar. Podrán visitar el otro una vez al año, durante treinta días. Vacaciones eternas, las llamamos. Es la única excepción.

Dejó la carpeta sobre la cama y desapareció en silencio.

Se miraron largo rato. La pija de Diego descansaba semierecta sobre el muslo. Camila tenía las tetas marcadas por mordidas recientes, la concha hinchada todavía.

—Esto es una mierda —murmuró él, pasándose la mano por la barba—. Pensé que podíamos tenerlo todo.

Ella se acercó, apoyó la cabeza en su pecho y empezó a acariciarle la verga distraídamente con las yemas.

—Pensémoslo con calma. El Paraíso es hermoso, limpio, perfecto. Orgías suaves, placer puro, sin dolor. Las ángelas tienen conchas dulces y culos que se abren como manteca. Podemos coger en nubes, en fuentes de leche tibia, rodeados de cuerpos que solo quieren dar y recibir.

Diego asintió.

—Sí, pero después de un tiempo se vuelve aburrido. Demasiado perfecto. Falta el olor a sudor sucio, el insulto en el oído, el dolor que te hace correrte más fuerte. Ahí nadie te dice «puta» mientras te rompe el culo. Todo es «te amo» y «qué hermoso compartir». Me satura rápido.

Camila suspiró y le apretó la verga, sintiéndola endurecer.

—El Infierno, en cambio, es puro fuego. Ahí sí nos rompen como animales. Las demonias tienen colas que te llenan hasta el útero, vergas enormes que te destrozan, rituales donde te atan y te usan durante días. El dolor mezclado con el placer me vuelve loca. Me encanta que me insulten, que me escupan, que me llenen hasta que chorree. Ahí me siento usada. Y eso me prende fuego como nada.

Hizo una pausa y lo miró a los ojos.

—Pero también cansa. El azufre quema la nariz. El fuego constante te deja la piel sensible. A veces quiero paz. Quiero correrme sin que me peguen, sin que me ahoguen con una verga mientras me tiran del pelo. Quiero un lugar donde pueda cogerte lento, mirándote, sin demonios mirando.

Diego le acarició el pelo y bajó la mano hasta meterle dos dedos perezosos en la concha mojada.

—Entonces el Paraíso suma placer limpio, belleza y descanso. Pero le falta morbo y se vuelve monótono.

—El Infierno suma morbo sin techo, dolor que multiplica todo y orgías prohibidas. Pero agota, y a veces necesito sentirme amada, no solo cogida como un animal —siguió ella, gimiendo bajito cuando los dedos de él la penetraron más profundo.

Se quedaron un rato así, masturbándose mutuamente con movimientos lentos, pensando.

—Yo voto Infierno como base —dijo finalmente Diego, con voz grave—. Quiero tenerte disponible para cogerte salvaje cuando se me antoje, sin reglas. Pero esos treinta días al año en el Paraíso van a ser nuestras vacaciones de lujo. Cogemos suave, descansamos, recargamos y volvemos al fuego.

Ella le apretó la concha alrededor de los dedos.

—Me encanta. También elijo Infierno. Ahí soy más yo. Más puta. Más libre. Pero necesito esas vacaciones para no volverme loca. Treinta días de cogidas lentas con vos, y el resto del año que nos rompan.

Diego se sacó los dedos y se los chupó con gusto.

—Decidido. Infierno permanente. Paraíso una vez al año.

Camila se subió encima a horcajadas. Tomó su verga y la frotó contra su entrada empapada.

—Sellémoslo como corresponde —susurró, bajando despacio hasta que él la llenó por completo—. Cogeme pensando en nuestra eternidad. En el fuego y en las nubes.

Él la agarró fuerte de las caderas y empezó a embestir desde abajo.

—Infierno para siempre. Y treinta días de Paraíso cada año. La puta vida eterna perfecta.

Los gemidos volvieron a llenar la suite mientras sellaban la decisión con un polvo profundo y largo, sabiendo que, aunque tuvieran que elegir, seguirían teniendo lo mejor de ambos mundos.

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Comentarios (7)

PatricioR

Tremendo. Me dejó pensando un buen rato después de terminarlo. Bravo!

LunaSur19

por favor continua esto!! necesito saber que pasa despues

Karen931

El comienzo me atrapo de golpe, no pude soltar el celular hasta terminarlo jajaja

Marcos_Cba

Me recordo a un sueño muy extraño que tuve hace unos meses... que pluma tenes! Seguí escribiendo

rosaviuda

Es real esta historia? se siente demasiado vivida para ser inventada

GabyBaires

no se como describir lo que senti leyendo esto pero fue muy intenso. Gracias por compartirlo

toni

excelente!!!

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