Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Imagino a otro hombre cuando hago el amor con mi esposa

¿Estaré jodido de la cabeza?

Es lo único que pienso mientras estoy encima de Mariana, hundiéndome en ella con el ritmo lento que tanto le gusta. Su cuerpo está caliente debajo del mío, hay una capa fina de sudor entre nuestros pechos, sus pezones rozan mi piel cada vez que respira hondo. Me clava las uñas en la espalda, no fuerte, solo lo justo para recordarme que está ahí, que es real, que es mía.

Debería bastarme. Llevo doce años con ella. La conozco. Conozco la curva exacta de su cadera, el lugar preciso donde le gusta que la muerda, el segundo en que se le escapa ese gemido apenas audible que solo escucha la persona que está dentro de ella. Eso debería ser suficiente para cualquier hombre.

Y sin embargo, mi cabeza vuelve a irse.

Empieza siempre igual. Una imagen suelta, casi inocente, que se cuela entre dos embestidas. Otro tipo. Más alto que yo. Más ancho. Más fuerte. La verga más gruesa. La toma por la cintura como si supiera de memoria su cuerpo y la mete sin pedir permiso. Y ella —mi mujer, la madre de mi hija, la que me eligió hace años— gime con esa voz rota que casi nunca me regala a mí. Gime como si esa fuera por fin la verga que estaba esperando.

—Más despacio… —me pide al oído, porque está cerca.

Le hago caso. Bajo el ritmo. Pero adentro de mi cabeza el otro acelera. Le aprieta las muñecas contra el colchón y embiste duro, y ella le contesta con la cadera, subiendo a su encuentro, llamándolo. Mi polla se hincha más solo de imaginarlo. Mariana lo siente y abre los ojos, sorprendida, y sonríe como si supiera lo que pasa por mi cabeza, aunque no tenga la menor idea.

***

Esto no nació de un día para otro.

Empezó con tonterías. Likes en sus fotos de redes. Un comentario inocente de un compañero del trabajo. Aquella noche en el bar de la esquina, cuando un desconocido se acercó y le dijo, con la mirada fija, que era la mujer más linda que había visto en todo el mes. Yo estaba al lado. Él lo sabía. No le importó. Y a mí, en lugar de molestarme, se me puso dura por debajo de la mesa.

Después vino la cena de fin de año de su empresa. Volvió a las dos de la mañana, despeinada, con el lápiz labial corrido y el aliento a vino. Me dijo que se había quedado charlando con un cliente. Yo no le creí. O mejor dicho, no quise creerle. Esa noche la metí en la ducha, le subí el vestido y la cogí contra los azulejos como si efectivamente otro la hubiera tocado primero, como si yo fuera el segundo, el que recoge los restos. Se vino dos veces. Yo me corrí gritando.

Quise saber si eran celos o algo más oscuro. Inventé un perfil falso en un par de aplicaciones de citas, con tres fotos suyas viejas que no había subido a ninguna red. Los mensajes empezaron a llegar enseguida. La mayoría eran tibios, casi bobos: «hola guapa», «qué linda sonrisa», «me encantaría conocerte». Algunos se animaban más, con frases que pretendían sonar atrevidas pero eran predecibles. Contestaba haciéndome pasar por ella, y al cabo de dos semanas me aburrí. No era ella la que respondía. No era real. Era yo escribiéndome a mí mismo en tercera persona.

Cerré los perfiles. Pensé que se me iba a pasar.

No se me pasó.

***

Lo que terminó de torcerme fue otra cosa.

Una madrugada, sin poder dormir, le saqué una foto a Mariana mientras descansaba. Estaba boca arriba, con la sábana enredada en la cintura, las tetas afuera, los pezones marcados por el frío del aire acondicionado. Le saqué tres fotos seguidas y volví a tirarme a su lado con el corazón latiendo a mil. Las miré toda la noche.

Al día siguiente, en el baño del trabajo, abrí una cuenta anónima. Subí dos. La descripción era simple: «Mi mujer dormida, ¿qué le harían?». Esperaba que nadie respondiera. Cinco minutos después, las notificaciones empezaron a aparecer una atrás de la otra.

«Qué tetas perfectas, las mamaría hasta dejárselas moradas».

«Me la cogería despacio para no despertarla y le dejaría una sorpresa adentro».

«Pasala más, hermano, queremos verle el culo».

«Esa cara de inocente engaña, seguro le encanta que la callen con la verga».

«Si vivís cerca, mandame ubicación y te juro que te la cuido bien».

Leí cada comentario despacio, como si fueran monedas. Me empalmé en el inodoro de la oficina y no me animé a hacer nada ahí. Llegué a casa, me encerré en el baño y me corrí en dos minutos, mirando una y otra vez los mensajes, repitiéndolos en voz baja como si fueran un mantra.

A partir de ese día empecé a buscarle ángulos nuevos. La fotografiaba dormida. La fotografiaba saliendo de la ducha sin que se diera cuenta. La fotografiaba en la cocina, a contraluz, cuando el camisón se le transparentaba. Las subía siempre a grupos distintos, sin patrón fijo, para no dejar rastro. Y leía. Leía todo lo que escribían los otros. Algunos se ofrecían directamente. «Soy del centro, mido uno noventa, paso por tu casa cualquier viernes». «Mandame ubicación y la lleno».

Cada ofrecimiento me ponía la verga como una piedra. Imaginaba a esos tipos llamando a mi puerta, entrando a mi cuarto, ocupando mi lado de la cama. Imaginaba a Mariana abriendo los ojos y sonriendo en lugar de gritar.

***

Ahora, mientras la sigo cogiendo en silencio, otra escena se me arma sola.

Está boca arriba, igual que en este momento. Pero no soy yo el que la cubre. Es uno de los que escribieron ayer en el grupo. Un tipo grande, de espalda ancha, sentado a horcajadas sobre su vientre. Mariana le agarra las tetas con las dos manos, se las junta y le envuelve la verga gruesa en el medio. Empieza despacio, dejando que él vea cómo la cabeza asoma entre la piel suave. Lo mira a los ojos con una sonrisa traviesa que yo nunca le saqué.

—Así, mi amor… —le dice ella, y el «mi amor» le sale natural, como si lo hubiera ensayado.

El otro respira hondo, gruñe algo que no se entiende, mueve las caderas para encontrar el ritmo de las manos de mi mujer. Le dice cosas. «Qué tetas, mami», «no pares, dale así». Mariana empuja más fuerte, frota los pezones contra el tronco, acelera. Él ya no aguanta. Tira la cabeza para atrás y se vacía sobre ella en chorros largos, le pinta el cuello, el escote, el labio inferior. Mariana se ríe bajito, satisfecha, y se pasa el dedo por la mejilla para llevarse un poco a la boca.

Vuelvo a la realidad de golpe. Mariana arquea la espalda y se viene apretándome con las piernas. Me corro adentro de ella con una fuerza que me deja temblando, mientras en mi cabeza el otro sigue acabando entre sus tetas.

Después, cuando se acomoda en mi pecho y se queda dormida, paso una hora entera con los ojos abiertos. Le miro el perfil iluminado por la luz de la calle y me pregunto, una vez más, qué carajo me pasa.

***

Hace un par de meses, después de una botella de vino, me animé a tantear el terreno. Le dije que tenía una fantasía y que necesitaba contársela. Se incorporó en el sillón, divertida.

—A ver, contame.

—Imaginarte con otro tipo. Mientras yo miro.

La sonrisa se le cayó de la cara. Tardó un par de segundos en contestar.

—No, amor. Eso no.

—Solo era una fantasía…

—Está bien que sea fantasía, pero no me la cuentes así. No me hace gracia. No quiero que me veas como algo que se comparte.

Me besó en la frente, cambió de tema y se fue a buscar otra copa. No volvimos a hablarlo. Yo nunca más insistí. Aprendí la lección: con ella no era por ahí.

Pero adentro de mi cabeza la fantasía no se apagó. Al contrario. Se hizo más fina, más detallada, más mía. Como un cuarto secreto al que entraba todas las noches después de que ella se durmiera.

***

El porno cuckold dejó de servirme. Todo me parecía falso. Actrices que actuaban un orgasmo, tipos con pollas alquiladas para la cámara, esposos que miraban con cara de circunstancia. Nada de eso me alcanzaba. Yo quería algo verdadero. Quería escuchar a mi mujer gimiendo de verdad. Quería ver cómo se movía cuando estaba realmente cachonda. Quería oír su respiración real… mientras imaginaba que esa respiración la provocaba otro.

Por eso empecé a grabar.

Al principio fueron audios. Dejaba el celular cargando en la mesita de luz, pegado a la almohada, con la grabadora abierta. Mariana no se daba cuenta. Y yo, después de coger, me bajaba al estudio, me ponía los auriculares y la escuchaba. Eran audios cortos, de quince o veinte minutos. Se la oía entera. Cada beso. Cada risa nerviosa. Cada «vení» dicho al oído. Cada gemido que se le escapaba cuando la penetraba. La respiración acelerándose. El instante exacto en que se le quebraba la voz.

La primera vez que me masturbé con uno de esos audios me corrí en menos de un minuto. Pero en mi cabeza no era yo quien estaba dentro de ella. Era un desconocido, gruñendo más ronco que yo, embistiéndola más fuerte, sacándole gemidos que conmigo nunca llegan tan alto.

Después de unas semanas, los audios tampoco alcanzaron. Quería verla. Quería poner imagen al sonido. Quería ser un voyeur en mi propia habitación.

***

Compré tres cámaras minúsculas. Las pedí a una página que las anuncia como cámaras de seguridad para casas de veraneo. Visión nocturna. Sin luces visibles. Las escondí con paciencia: una arriba, en la rendija del aplique del techo. Otra de frente, dentro del marco de la cómoda, apuntando directo a la cama. La tercera detrás de un cuadro, bajita, calibrada para captarla cuando me cabalga.

Las reviso cada vez que ella sale a hacer las compras o se queda dormida temprano.

La cámara del techo es brutal cuando le hago sexo oral. Se le ve el cuerpo entero arqueándose, los talones clavándose en la sábana, las manos tirándome el pelo. Se la oye decir «no pares» con la voz cada vez más ronca. Mientras la miro me pajeo pensando que abajo no estoy yo. Que es otro el que la chupa, alguien con la lengua más larga, alguien al que se entrega de un modo que conmigo se cuida.

La cámara del frente la captura cuando está a cuatro patas. Ahí me pierdo. Las tetas le cuelgan y se mueven con cada embestida, el culo en alto, la curva de la cintura iluminada por la lámpara. Al fondo soy yo cogiéndola, pero no me miro. Borro mi cara con la imaginación y pongo la del otro. El que gruñe ronco. El que respira como si le faltara el aire. El que la hace pedir más fuerte.

La cámara de atrás del cuadro es mi favorita. Es la más cercana al colchón. La graba de espaldas cuando se me sienta encima y empieza a moverse despacio, rotando la cadera. Se le ve la espalda perfecta, el lunar bajo el omóplato, el pelo cayéndole sobre los hombros. En esos videos casi me convenzo de que estoy mirando a través de un agujero en la pared. Que estoy en el cuarto de al lado. Que la persona debajo de ella no es mi cuerpo, es el de cualquier otro.

Muchas veces algo sale mal. Se mueve la cama y se va el encuadre. El sonido se pisa con el ruido del ventilador. La luz cambia y todo se quema. Me da una bronca enorme. Quiero registrar cada detalle: cómo se le ponen los pezones, cuánto se humedece, en qué momento exacto se le escapa el primer «ay». Pero cuando un video sale bien… es oro.

***

Tengo una carpeta entera. Cuatrocientos archivos. La nombré con una palabra inocente para que nadie sospeche si me agarra el celular en la mano.

Sé qué pasaría si los subiera a los grupos. Conozco la dinámica. En cinco minutos los comentarios me llenarían la pantalla.

«Esa sí que gime de verdad».

«Mirá cómo se mueve, no actúa».

«Yo le doy lo que necesita, mandame ubicación».

«Hermano, te la cuido un fin de semana y te la devuelvo doble de cachonda».

Y atrás de los comentarios, las ofertas privadas. Tipos que mandarían dirección. Tipos con foto de la verga adelantada. Tipos que se ofrecerían como toros, con pedigrí, con experiencias previas, con discreción garantizada.

No subí nada todavía. Cada vez que estoy a punto, me detengo. Porque sé que cuando lo haga no habrá vuelta atrás. Mariana no se va a enterar nunca de que existió un grupo con su cuerpo adentro. Pero los videos van a estar ahí, dando vueltas, multiplicándose. Y lo que hoy es una fantasía dentro de mi cabeza va a empezar a empujar para salir.

A veces me quedo con el dedo encima del botón de subir, escuchando el aire acondicionado y la respiración de Mariana en la habitación de al lado. Y me pregunto cuánto falta para que un día ya no me alcance con imaginar. Para que un día le dé like al primer mensaje serio de un toro y le pase, sin temblar, la dirección de mi propia casa.

Hoy no fue ese día.

Pero mañana, no sé.

Valora este relato

Comentarios (7)

nocheoscura21

Que relato tan profundo. Pocas veces algo de esta categoría me llega de verdad, pero este sí.

Martin_BA

Excelente!! Por favor continuacion!!

FedericoM

jajaja el titulo me hizo pensar en algo muy distinto y al final resulto ser lo mas interesante que lei en semanas. Buenisimo.

PatricioB

Muy bien escrito, se nota que hay algo real detras de esto. Segui asi.

DulceTormenta

Me quede pensando en el final un buen rato. Hay algo muy humano ahi que pocas historias logran transmitir.

Rodrigo88

La tensión interna del personaje esta perfectamente lograda. Autentico y creible, enhorabuena.

Gustavo_mdq

De los mejores de la categoria, sin dudas. Gracias por compartir

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.