La senadora me esperaba descalza esa noche
A mis treinta y seis años, mi vida es un equilibrio frágil entre el cinismo profesional y un cuerpo que a veces me cuesta domesticar. Como cronista político del diario más leído del país, mi territorio son los pasillos del Senado, los cafés discretos de la Avenida de Mayo y las ruedas de prensa donde el subtexto pesa más que la declaración oficial. Pero fuera de la redacción soy otro hombre. Soy un tipo de hambres claras. El gimnasio a las seis y media de la mañana no es por estética, es por necesidad: necesito agotar el cuerpo para que la cabeza no me juegue malas pasadas durante el resto del día.
Entre las mujeres que me rodean tengo fama de intenso. Alguien que no se conforma con el primer plano. Y en esa búsqueda de intensidad había aparecido ella: Camila Urrutia, senadora del partido en el gobierno y nombre obligado en cualquier portada que se respete.
Camila no es solo política. Es un fenómeno climático. Tiene cuarenta y nueve años, una edad que para muchos es madurez tranquila y que en ella es una bomba de seguridad personal. Tiene una mirada de loba paciente, una melena oscura que siempre parece a punto de despeinarse y una manera de cruzar una sala que dice «esta ciudad me pertenece» sin tener que abrir la boca. Pero lo que me obsesionaba no era su gestión de los hospitales ni su discurso sobre transporte público.
Era el mito.
En el periodismo todo se sabe. En las cenas con jefes de prensa, después de la tercera copa de Malbec, los rumores se sueltan. Se decía que Camila era una mujer de un apetito sexual feroz, alguien que entendía el poder como una prolongación natural del deseo. Se hablaba de encuentros furtivos en hoteles del centro, de jóvenes asesores que salían de su despacho con la corbata torcida y las rodillas flojas, de una boca que sabía chupar como si le fuera la carrera en cada mamada, de un coño que —según decían— dejaba a hombres treinta años más jóvenes pidiendo agua y perdón. Esos relatos, a medio camino entre la leyenda urbana y la confidencia de pasillo, se me habían colado en la cabeza. Más de una noche, en la soledad de mi departamento de Palermo, me había sorprendido con la polla en la mano y su imagen pegada al techo: ella detrás de un atril, dando un discurso, y yo cascándomela pensando qué habría debajo de esos trajes entallados, imaginando sus tetas rebotando sobre mi cara, su culo abierto sobre mi boca, esa voz aterciopelada convertida en gemido cerdo cuando nadie la estuviera grabando. Me corría rápido y mal, con rabia, sabiendo que era una fantasía imposible.
***
El martes amaneció con una electricidad rara en la redacción. Camila venía a una entrevista «sin filtros» con el director. El despliegue era completo: fotógrafos, asesores con pinganillo, esa mezcla de laca y café importado que acompaña a las altas esferas en cualquier país.
Yo estaba en mi escritorio, hundido entre notas y teletipos, cuando la vi entrar. El sonido de sus tacones sobre el piso de madera no era un caminar, era un redoble. Llevaba un vestido rojo sangre, ajustado lo justo para ser elegante, lo bastante para que cada giro de cadera fuera una ofensa a la objetividad periodística. Al pasar cerca de mi puesto, el aire se desplazó. Su perfume —una mezcla de sándalo y algo casi animal— me pegó en el pecho como una bofetada amable.
Se detuvo a saludar al subdirector a apenas tres metros de mí. Pude ver lo que las cámaras suavizan: las pequeñas pecas del escote, la firmeza de los hombros, la humedad de los labios de quien está disfrutando demasiado de la atención. Entonces sus ojos cruzaron los míos.
No fue una mirada de cortesía política. Fue un choque frontal. Camila me sostuvo la vista durante tres segundos que parecieron mucho más. Sus pupilas recorrieron mi cara, bajaron por el cuello y se detuvieron en mis manos, que apretaban un bolígrafo con fuerza inútil. Algo le brilló adentro, una chispa que decía «te conozco». Ya me conocía por mis columnas, claro. Pero en ese instante me estaba reconociendo como hombre. Y yo sentí, sin exagerar, que la polla empezaba a hincharse dentro del pantalón nada más de ese repaso.
—Sus crónicas del viernes son… interesantes —dijo, levantando un poco la voz para que yo la escuchara, mientras una sonrisa torcida se le instalaba en la boca—. Aunque a veces escribe usted con demasiada sangre caliente, ¿no le parece?
—La pasión es necesaria para entender la realidad, senadora —respondí, poniéndome en pie. Mi voz salió más grave de lo habitual, más densa.
Soltó una risa breve, un sonido bajo que me bajó por la columna como un dedo helado.
—Espero que esa pasión no le nuble el juicio cuando le toque entrevistarme en serio. Nos vemos.
Se dio la vuelta. El movimiento de la falda al girar me dejó entrever la curva perfecta de la pantorrilla y, un segundo, la línea de la nalga marcándose bajo la tela. Me quedé de pie, con la boca seca, la verga a media asta contra la bragueta y la certeza de que el ruido de fondo de mis fantasías se había convertido en una señal de radio que ya no podía apagar.
***
La oportunidad llegó tres noches después. El décimo aniversario del diario se festejaba en la terraza de un hotel viejo del centro, uno de esos edificios que conservan los techos altos y la pátina del tabaco de generaciones anteriores. Era una noche pegajosa de verano, de las que hacen vibrar la ciudad debajo de los pies.
El salón estaba lleno de lo que llamamos «la casta»: ministros, empresarios, modelos cuyo único trabajo aparente era ser vistas. Yo intentaba mantener la compostura, pero no dejaba de barrer la sala con la mirada. Ella llegó tarde, como siempre, abriendo un vacío a su alrededor. Había cambiado el rojo por un negro profundo, un vestido de tirantes finos que dejaba al desnudo unos brazos tonificados y una espalda que pedía a gritos ser recorrida con la punta de los dedos.
A eso de la una de la mañana la vi salir a uno de los balcones laterales, lejos de los fotógrafos. Estaba sola, apoyada en la baranda de hierro forjado, mirando hacia las luces del Obelisco. Me acerqué con el corazón golpeándome las costillas. El riesgo era absoluto. Su pareja andaba dentro, mis jefes también, y un gesto fuera de lugar bastaba para terminar mi carrera. Pero el hambre podía más que el miedo.
—La ciudad parece chica desde acá, ¿no? —dije, parándome a su lado, lo bastante cerca para sentir el calor de su piel.
Camila no se sobresaltó. Giró la cabeza despacio. Bajo la luz tibia del balcón, su cara se veía más joven, más fiera.
—Buenos Aires nunca es chica. Hay que saber por dónde entrarle —respondió, con una doble intención que me dejó sin oxígeno—. Lo estuve mirando ahí adentro. No paró usted de tomar whisky y de mirar hacia la puerta. ¿Esperaba a alguien o buscaba algo?
—Buscaba una confirmación —confesé, bajando la voz hasta el susurro—. Quería saber si lo que se dice de usted en los pasillos es verdad.
Se separó de la baranda y se plantó frente a mí. El pecho le subía y bajaba con una cadencia pesada. Con los tacones me sacaba unos centímetros, lo que la obligaba a inclinar apenas la cabeza para mirarme. Esa inclinación era, por sí sola, insultante.
—¿Y qué se dice de mí, periodista? —su mano, tibia y firme, me rozó el antebrazo «sin querer». El contacto eléctrico me cerró los puños.
—Se dice que es usted insaciable. Que el poder no le alcanza. Que folla como si cada vez fuese la última. Que necesita sentir el control… y perderlo.
Camila guardó silencio. Las pupilas se le pusieron casi negras. Por un segundo pensé que iba a abofetearme o a llamar a su escolta. En lugar de eso, abrió el pequeño bolso de pedrería que llevaba colgado de la muñeca. Sacó una tarjeta blanca, rectangular, con un escudo en relieve.
Con una calma que me estaba matando, me sacó el bolígrafo del bolsillo del saco —sus dedos se demoraron sobre mi pecho un segundo de más— y escribió algo en el reverso. Me puso la tarjeta en la palma de la mano y me cerró los dedos encima con los suyos.
—Esa es la dirección de mi departamento privado. No el oficial. El mío. El de la mujer que no sale en los diarios —susurró, pegando los labios a mi oreja. Su aliento olía a champán y a algo más viejo, más oscuro—. Mi escolta me deja ahí en veinte minutos y se va. Si tiene usted el coraje que se le supone por sus columnas, búsqueme. Pero piénselo bien antes de cruzar esa puerta. Si entra, no va a haber grabadoras, ni censura, ni piedad. Va a acabar con la lengua donde yo diga y la polla adentro hasta que yo lo suelte.
Se dio la vuelta y se alejó con ese paso rítmico que ya me sabía de memoria. Dejó tras de sí la estela del perfume y una promesa que me apretó los pantalones contra la piel. Miré la tarjeta. Un número de departamento y una calle de Recoleta.
***
Tomé un taxi en la puerta. Le di la dirección al chofer y miré por la ventanilla sin ver nada. Toda la ciudad parecía haberse vaciado para mí. Iba pensando en titulares —«Senadora recibe en privado a periodista», «El cuarto poder se acuesta con el primero»— y en lo absurdo que era pensar en titulares cuando lo único que importaba era la imagen de su boca acercándose a mi oreja y aquella última frase, «la polla adentro hasta que yo lo suelte», resonándome en las sienes como un tambor.
El edificio era de los antiguos, de fachada art déco, uno de esos en los que el portero ya no pregunta nada. Subí al sexto piso en un ascensor de rejas que crujía como una protesta. Antes de tocar el timbre me miré en el espejo dorado del descanso. Tenía la cara de un hombre que sabe que va a perder algo y le da exactamente lo mismo. La verga ya me tiraba contra la bragueta desde el taxi.
Camila me abrió antes de que mi dedo tocara el botón. Se había soltado el pelo. Iba descalza. Llevaba puesto el mismo vestido negro pero se había desabrochado los tirantes, que le caían sobre los hombros como una invitación a tirar de ellos.
—Llegaste —dijo. Ya no me trataba de usted. Le había bastado el viaje en taxi para decidirlo.
—Llegué.
Me dejó entrar sin tocarme. El departamento olía a su perfume y a libros viejos. Una luz baja, una alfombra gruesa, una pared entera ocupada por estantes. No había fotos familiares en ningún lado. Ese lugar era exactamente lo que había prometido: el de la mujer que no sale en los diarios.
Cerró la puerta a mis espaldas. La oí girar la traba con calma quirúrgica. Cuando me di vuelta, la tenía a un palmo. Me apoyó la palma abierta sobre el esternón, firme, como midiendo el latido.
—¿Sabes qué fue lo que más me gustó de tu cara cuando me viste en la redacción? —preguntó. Su voz no era la de los discursos. Era más áspera, más usada—. Que no disimulaste. La mayoría disimula. Tú no.
—No tenía cómo —admití.
—Por eso te traje.
Me empujó contra la puerta con los dos brazos extendidos. No con fuerza, con autoridad. La misma con la que callaba a un periodista incómodo en una rueda de prensa. La misma con la que rompía un acuerdo de gobierno a las tres de la tarde. Me agarró la nuca con una mano y me besó como si me debiera ese beso desde hacía años. Me besó con dientes, con lengua, con una calma feroz que no había probado nunca. La otra mano bajó sin trámite y me apretó la polla por encima del pantalón. Me la midió, me la sopesó, la apretó con el pulgar recorriéndomela de la base a la punta.
—Buena —murmuró contra mi boca, casi con reproche—. Ya la había supuesto así. No me falles.
Le mordí el labio. Ella se rió contra mi boca.
—Bien —dijo—. Esa era la parte que faltaba.
Me abrió el cinturón sin dejar de besarme. Los dedos le funcionaban solos, como quien desabrocha una carpeta de firmas mientras habla por teléfono. Me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta los muslos de un solo tirón. La verga saltó afuera, dura, hinchada, con la punta ya húmeda. Camila bajó la vista, se mordió el labio y dejó escapar un suspiro corto, satisfecho, como quien confirma un dato importante.
—Mírame a los ojos —me ordenó.
Se arrodilló ahí mismo, contra la puerta, sin ninguna elegancia programada, con la eficiencia brutal de quien lleva años haciéndolo cuando le da la gana. Me agarró la polla con la mano derecha, me pasó la lengua desde los huevos hasta el glande y me miró desde abajo, sonriendo, antes de metérsela entera en la boca. La sentí bajar hasta el fondo de la garganta y quedarse ahí, apretada, sin arcada. Cerró los ojos un segundo, para acomodarse, y después empezó a mamármela como si me castigara. Con ganas. Con saliva. Con ese ruido cerdo que solo hacen las mujeres que disfrutan de verdad de tener una polla en la boca.
—Mierda, Camila —solté, echando la cabeza contra la puerta.
Ella se apartó un segundo, con la boca brillante y un hilo de saliva colgándole del labio.
—Nada de «mierda, Camila». Aguantás —dijo, y me la volvió a tragar hasta la raíz.
Me sostuvo así minutos que no supe contar. Me chupó las bolas mientras me sacudía la verga con el puño cerrado. Me lamió la punta con la lengua plana, despacio, mirándome, y después me la metió de un golpe hasta ahogarse. Sentí la garganta apretándomela y las lágrimas subiéndole a los ojos por el esfuerzo. Cuando noté que se me subía la corrida, quise apartarle la cabeza. Me clavó las uñas en la cadera.
—Ahí, no —gruñó, sacándola de la boca con un plop obsceno—. Todavía no. Yo digo cuándo.
Me hizo girar y me empujó por el pasillo hasta una habitación con la cama deshecha, como si supiera de antemano que íbamos a usarla. Se sacó el vestido de un solo tirón, sin teatro, con la eficiencia de quien ya ha hecho esto cien veces y todavía le interesa hacerlo cien más. No llevaba nada debajo. Ni bragas, ni sujetador. Tenía el cuerpo de una mujer que se cuida por placer, no por miedo. Cicatrices pequeñas en el abdomen, una marca clara de bikini en la cadera, los pechos firmes con las aréolas oscuras y duras, el coño depilado casi al ras con los labios internos hinchados y brillantes de humedad. Nada de pudor. Pura presencia.
—Ahora vamos a ver —me dijo, sentándose al borde de la cama y abriendo las rodillas de par en par— si la pasión también te sirve para callar de una buena vez.
Me arrodillé entre sus piernas sin esperar permiso. La piel del muslo le olía a su mismo perfume mezclado con algo más íntimo, algo que ningún jefe de prensa había olido nunca. Le pasé la lengua por la cara interna del muslo, despacio, mirándola desde abajo. La vi cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás. Por primera vez en toda la noche dejaba de actuar.
—Más arriba —ordenó. La voz le había perdido la pulida soberbia.
Obedecí. Cuando la boca le encontró el coño, soltó un quejido bajo, casi enojado, como si le doliera reconocer que necesitaba aquello. Le abrí los labios con dos dedos y le pasé la lengua entera, desde la entrada hasta el clítoris, saboreándola. Estaba empapada. Chorreaba. Le clavé la lengua adentro y ella dio un respingo, arqueó la espalda y me apretó la cabeza contra el pubis con las dos manos.
—Ahí, así, la lengua adentro, hijo de puta —jadeó, sin nada de la senadora en la voz.
Le sostuve las caderas con las dos manos. Ella me agarró el pelo con una fuerza sin disculpas y dictó el ritmo con la pelvis, marcándome los movimientos como quien dirige una sesión. Le chupé el clítoris hinchado con los labios apretados, se lo trabajé con la punta de la lengua rápido, con saña, y le hundí dos dedos al mismo tiempo, curvándolos adentro, buscándole el punto. Encontré la zona rugosa y ella soltó un aullido corto, animal.
—Ahí, ahí, no pares, no pares, no pares —repetía, con la voz cada vez más aguda—, seguí, seguí, me vas a hacer correr, me vas a hacer correr…
Le clavé un tercer dedo. Le empujé el pubis con la nariz. Le succioné el clítoris fuerte, sin piedad, y noté cómo las paredes del coño se le empezaban a cerrar sobre los dedos, apretándomelos rítmicamente.
Cuando se vino la primera vez, no gritó. Apretó los muslos contra mis orejas y se quedó muda durante varios segundos, temblando, con la respiración cortada, mientras el coño le latía sobre mi lengua y una nueva oleada de humedad me bañaba la barbilla. Después aflojó los dedos, me tiró del pelo hacia arriba y me miró con una sonrisa nueva, una que no había usado conmigo todavía.
—Ahora subes —me ordenó—. Y trae la corbata.
Se la había arrancado del cuello al pasar por el pasillo. La tenía enredada en la mano. Me la puso en el puño con una tranquilidad que asustaba.
—Me atás las muñecas a la cabecera —dijo, tumbándose de espaldas y estirando los brazos por encima de la cabeza—. Fuerte. No quiero poder soltarme. Y después me la metés como si me odiaras. Yo aviso cuando pare. ¿Estamos?
—Estamos.
Le até las muñecas con la corbata a un barrote de hierro forjado, apretando el nudo el doble de lo que hubiera hecho con cualquier otra. Ella tironeó una vez para probar, sonrió satisfecha, y abrió las piernas. Me subí encima. Le agarré la verga con una mano y se la pasé por los labios del coño, arriba y abajo, empapándomela en su humedad. Ella arqueó la pelvis buscándome.
—Metela ya, no me hagas rogar.
Se la metí de una sola embestida, hasta el fondo. Camila abrió la boca sin sonido, con los ojos en blanco un segundo, y después soltó un gemido largo, ronco, que le salió del estómago. Me quedé ahí, quieto, sintiendo cómo me apretaba, cómo el coño se le acomodaba a la polla mía centímetro a centímetro.
—Cerdo —jadeó—. Movete. Fuerte. Como te dije.
Empecé a follármela con todo. Sin ternura. Con la cadera abriéndosela a cada embestida, con los huevos golpeándole el culo, con las manos apretándole las tetas hasta ponerle las aréolas rojas. Le pellizqué los pezones y ella dio un tirón contra la corbata, mostrando los dientes. Le mordí el cuello, la garganta, esa garganta con la que dictaba leyes. Le dejé la marca clara de mis dientes justo donde al día siguiente no iba a poder tapar con ningún cuello alto.
—Más fuerte —gruñó—. Más. Rompeme. Follame como si nunca hubieras vuelto a follar en tu vida.
Le levanté una pierna, le apoyé el tobillo contra mi hombro y le clavé la polla en ese ángulo nuevo. Ella gritó, esta vez sí, un grito seco y feo, y empezó a insultarme entre dientes: hijo de puta, más, así, rómpeme el coño, dame, dame, dame. La cama crujía. La cabecera golpeaba la pared con un ritmo obsceno que cualquier vecino habría sabido leer.
La saqué. La di vuelta sin desatarla, torciéndole los brazos, y la puse boca abajo con el culo levantado. Le enredé el pelo en el puño, tironeando para atrás. Le pasé la otra mano por la espalda, por la cadera, por las nalgas. Le abrí las nalgas con el pulgar y le vi el ojete apretado, rosado, y más abajo el coño chorreando por los dos.
—¿Acá también? —le pregunté al oído, presionando con el pulgar.
—Todavía no —dijo, con el aliento entrecortado—. La próxima. Hoy me la metés por el coño y me llenás. Quiero sentírtela adentro.
Se la volví a meter así, en cuatro, y me la follé como me pidió. Le agarré las caderas con las dos manos y la usé como si fuera un juguete, entrando hasta el fondo, tirando de ella hacia atrás para clavarme más adentro cada embestida. Ella empujaba el culo contra mí, sacudiéndolo, gimiendo con la cara contra la almohada, mordiendo la tela para no despertar al edificio entero.
Se vino otra vez, más largo, más sucio. Le sentí las paredes cerrándose sobre la polla en oleadas, y el flujo caliente bañándome los huevos. Los muslos le temblaban. La espalda le brillaba de sudor bajo la luz baja.
—Ahora sí —jadeó, sin darme respiro—. Corrémela adentro. Todo. No te salgas. Quiero irme a dormir con tu semen chorreándome.
Le clavé los dedos en las caderas, le di seis, siete embestidas brutales, y me solté. La corrida me subió desde los huevos con una fuerza que me dobló hacia adelante. Descargué chorro tras chorro contra el fondo del coño, aguantándomela adentro, apretando los dientes, mientras ella soltaba un gemido largo y satisfecho, disfrutando de cómo la llenaba. Sentí la polla latiéndome, vaciándose en ella, y a Camila apretándome con el coño como si quisiera exprimirme hasta la última gota.
Me quedé un rato así, encima de ella, la polla todavía adentro, la respiración rota. Ella giró la cara sobre la almohada. Tenía el rímel corrido, el pelo pegado a la frente y una sonrisa de gata satisfecha que no había visto nunca en ninguna foto de campaña.
—Desatame —me dijo, casi con dulzura—. Todavía nos queda toda la noche.
Y así fue. Le desaté las muñecas, le di agua, la dejé fumar un cigarrillo sobre mi pecho, y después me montó ella. Se me sentó encima de espaldas, apoyándose en mis muslos, y se cabalgó la polla sacudiendo el culo hasta correrse otra vez, esta vez apoyándose una mano en el clítoris para acabar más rápido. Después me la chupó otra vez, despacio, sin apuro, hasta ponérmela dura de nuevo, y me pidió que la follara de costado, cuchara, con una mano apretándole el cuello y la otra masajeándole el clítoris. La hice acabar dos veces más en esa posición, mordiéndole el hombro, susurrándole al oído todas las guarradas que llevaba años queriendo decirle desde detrás de un teclado.
Cerca del amanecer, agotados los dos, me dejó correrme por segunda vez en su boca. Se arrodilló entre mis piernas, me la mamó con los ojos clavados en los míos y no se apartó cuando me vine. Tragó todo. Me lamió la punta hasta la última gota. Después me sonrió con los labios brillantes y me dio un beso en la boca, para que me probara.
—Buen periodista —murmuró.
***
Salí de aquel departamento a las seis y media de la mañana, con la corbata en el bolsillo del saco, los hombros marcados con la huella inequívoca de unas uñas, el cuello con dos moretones oscuros y las piernas flojas como si acabara de terminar una maratón. Un taxi me dejó en mi casa antes de que el primer noticiero abriera con su voz aterciopelada hablando de presupuestos. La escuché desde la cocina mientras me preparaba un café. Sonaba exactamente igual que siempre. Nadie en el país habría podido sospechar lo que yo sabía: que unas horas antes esa misma voz me había pedido que la rompiera, que le corriera adentro, que no parara.
Mis crónicas posteriores nunca volvieron a sonar igual, claro. Pero la única que de verdad importaba —la que jamás se publicó— se quedó conmigo, intacta, archivada en algún cajón de la memoria que reservo para los hechos verdaderamente confidenciales. Allí donde guardo las cosas que un periodista, por suerte, no siempre tiene la obligación de contar.