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Relatos Ardientes

Una tarde sola que no pude controlar

Era martes y hacía cuarenta días que no llovía. Lo sé porque llevaba esa cuenta, como si el calor fuera una deuda que alguien me debía y que todavía no habían pagado. El departamento estaba tranquilo, el ventilador del techo giraba en su velocidad más alta sin hacer ninguna diferencia real, y yo estaba tirada en la cama desde hacía una hora sin haber hecho nada útil.

Me había levantado temprano, hecho todo lo que tenía que hacer antes del mediodía, y ahora el tiempo se extendía frente a mí como esas siestas de la infancia que no terminaban nunca. Solo que ahora no tenía sueño. Solo tenía calor y ese cosquilleo vago, casi molesto, que a veces aparece sin que nadie lo invite.

Llevaba solo una tanga de encaje color crema y una musculosa blanca que hacía tiempo le había robado a una amiga y que desde entonces se había convertido en mi ropa de casa favorita. La tela era tan fina que no cambiaba mucho con respecto a estar directamente desnuda. Me puse boca arriba, cerré los ojos un momento y escuché el ruido del tráfico abajo, un perro ladrando en algún piso de arriba, el zumbido constante del ventilador.

No me vino el sueño.

Lo que me vino fue otra cosa.

Agarré el teléfono sin pensarlo demasiado. Empecé a revisar cosas sin mucho orden, mensajes, redes, la misma vuelta que uno da cuando en realidad no busca nada. Pero después el dedo fue solo, como si supiera adónde iba, y en dos minutos tenía en la pantalla un video que no era exactamente educativo.

Era una pareja. Una mujer tumbada exactamente como yo, con las piernas levemente abiertas, y un hombre que le tomaba tiempo, que no tenía prisa ninguna. Lo que me enganchó no fue nada explícito todavía sino esa lentitud, esa forma en que él le pasaba los labios por el cuello y ella dejaba caer la cabeza hacia atrás como si ese simple contacto le pesara demasiado para sostenerse.

Yo también tenía ganas de eso.

No de esa persona ni de ninguna en particular. Solo de eso: que alguien me tocara así, despacio, sin destino fijo. La idea se instaló con esa insistencia específica que tienen los pensamientos cuando el cuerpo ya decidió antes que la cabeza. Hay una diferencia entre querer algo de forma vaga y sentirlo como una necesidad física concreta. Esto último era lo que me estaba pasando.

Apoyé el teléfono contra la almohada y lo dejé reproducirse solo. Pasé los dedos por el borde de la musculosa, me la subí lentamente hasta los hombros, la dejé caer a un lado de la cama. El aire del ventilador sobre la piel desnuda era casi agradable. Casi.

Me llevé una mano al vientre. Solo eso, nada más, y ya sentía el pulso ahí, ese latido que baja cuando uno empieza a prestar atención al propio cuerpo. Moví los dedos despacio hacia arriba, bordeé el contorno de los pechos sin tocarlos todavía, como si quisiera hacerme esperar a mí misma. Era un juego ridículo pero funcionaba mejor que cualquier otra cosa que pudiera hacer en ese momento.

En el video, el hombre había bajado. La mujer tenía los dedos enredados en su pelo y la boca entreabierta.

Deslicé las yemas de los dedos sobre el pezón izquierdo y se me tensó de inmediato, antes de que terminara el gesto. Hice lo mismo con el derecho. Los presioné suavemente primero, después con más fuerza, alternando entre los dos, y ese hilo directo que conecta los pechos con otro lugar del cuerpo vibró con una claridad que no dejaba margen para ignorarlo.

Solté el aire despacio.

Ya estaba mojada. No como algo que ocurriera de a poco sino como algo que ya había pasado mientras yo miraba el techo y me hacía la que no sabía. El encaje de la tanga estaba tibio y húmedo contra la piel, y cuando pasé los dedos por encima de la tela, el roce fue suficiente para que se me cerraran los ojos un segundo.

Me tomé tiempo igual. Moví la mano sobre la tela, sin meterme por debajo todavía, marcando el contorno de lo que había debajo, la presión justa en el lugar justo. El encaje era suave y al mismo tiempo áspero de la forma exacta en que eso resulta agradable. Lo noté todo: la textura, el calor que salía de ahí, la manera en que la tanga ya no me servía de barrera para nada.

Me imaginé que eran unas manos ajenas las que hacían eso. Unas manos que conocieran el camino, que supieran exactamente qué buscar y cuánto tardar en encontrarlo. Que me besaran ahí abajo con paciencia, con la clase de atención que uno no siempre recibe pero que sabe perfectamente cómo pedir cuando está solo y no tiene que negociar nada con nadie.

Metí los dedos por debajo del encaje.

Estaba empapada. Los dedos se deslizaron solos, sin ninguna resistencia, y el primer contacto directo fue tan preciso que tuve que apretar los dientes para no hacer ruido. Moví dos dedos en círculos lentos sobre el clítoris, sin presionar todavía, solo rozando, y las piernas se me abrieron solas como si el cuerpo quisiera facilitar el acceso a lo que viniera después.

Arqué la espalda un poco. Las sábanas se arrugaron bajo mi peso cuando cambié de posición para encontrar el ángulo que buscaba. Había algo en estar completamente sola en ese cuarto, sin tener que pensar en nada más que en lo que estaba sintiendo, que hacía que cada detalle se amplificara: el olor a sábanas limpias, el ruido del tráfico que llegaba amortiguado desde abajo, el zumbido del ventilador que de pronto sonaba más lejos.

Más.

Aceleré los círculos apenas. La respiración cambió, se volvió más corta, más consciente. Con la otra mano seguí tocándome los pechos, alterné entre uno y otro, los apreté, los solté. Cada punto de presión se sumaba al siguiente y todo se iba concentrando en ese centro donde tenía los dedos.

Levanté las caderas sin querer. El movimiento fue involuntario, una respuesta directa del cuerpo a lo que estaba pasando, y eso me gustó más que cualquier cosa deliberada que pudiera hacer: ese momento en que uno deja de conducir y empieza simplemente a responder. El cuerpo sabe lo que quiere antes que uno.

Introduje un dedo.

Despacio, hasta el fondo, lo curvé un poco hacia arriba mientras con el pulgar seguía haciendo presión sobre el clítoris. La combinación era tan específica que tuve que quedarme quieta un segundo, solo sintiendo, antes de empezar a moverme. Dos movimientos lentos, tres, el ritmo buscándose solo, sin que yo tuviera que pensar en él.

En la pantalla del teléfono sonaba algo, voces, respiraciones, pero ya no prestaba atención. Lo que me tenía ocupada era el sonido de mi propia respiración en el cuarto vacío, los muelles de la cama cuando cambiaba de posición, el roce de las sábanas contra la espalda. La realidad se había reducido a ese cuadrado de cama y a lo que estaba ocurriendo ahí adentro.

Metí un segundo dedo.

Llenarse así, de la propia mano, tiene algo que ninguna otra cosa tiene exactamente: la precisión total. Uno sabe cuánto es demasiado y cuánto es insuficiente, sabe cuándo apretar y cuándo aflojar, sabe en qué milímetro exacto está el punto que hace que todo lo demás desaparezca. No hay que explicar nada ni esperar que alguien entienda. Yo conocía mi cuerpo mejor que nadie y en ese momento lo usaba sin ninguna consideración.

Los muslos se tensaron.

Me llevé los dedos a la boca un segundo, los humedecí con la lengua, y ese gesto simple fue como echar combustible encima de algo que ya ardía. Volví a bajar la mano, esta vez con todos los dedos sobre el clítoris, haciendo círculos rápidos, la palma apoyada contra toda la vulva, la presión repartida por todas partes al mismo tiempo.

Me imaginé una boca ahí. Una lengua tomándose su tiempo, sin ningún apuro por terminar. Unas manos sosteniéndome los muslos abiertos con una firmeza que no deja escapatoria. La imagen fue tan clara y tan concreta que gemí sola en el cuarto y no me importó en absoluto.

Saqué los dedos de adentro y los llevé todos sobre el clítoris, haciendo círculos cada vez más rápidos, sin parar, sin juegos, sin hacerme esperar. La espalda se arqueó del todo, la cabeza se echó hacia atrás contra la almohada, y todo el peso del cuerpo se concentró en ese único punto.

***

Los pies se me tensaron primero. Siempre es así, una señal del cuerpo que avisa antes de que llegue lo principal. Luego los muslos, luego todo el abdomen contrayéndose como si se preparara para algo que no puede sostenerse mucho tiempo. La respiración se cortó en seco y por tres segundos no hubo nada salvo esa tensión acumulada buscando salida, ese borde donde uno sabe que ya no puede dar marcha atrás aunque quisiera.

Cuando llegó, llegó entero.

Un orgasmo que empezó en la pelvis y se extendió hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo, en oleadas, cada una un poco más larga que la anterior. Gemí sin pensarlo, un sonido breve y contenido que se perdió en el cuarto. Las caderas seguían moviéndose solas, el cuerpo exprimiendo cada segundo de eso hasta que los últimos temblores se fueron apagando en algo parecido al silencio.

Me quedé quieta.

La mano todavía entre las piernas, el corazón golpeando fuerte, los pechos subiendo y bajando con cada respiración. Tardé un momento en volver a tener consciencia del cuarto, del ventilador, del calor que seguía igual que antes.

El ventilador seguía girando. El perro de arriba se había callado. En el teléfono el video había llegado al final y la pantalla se había vuelto negra.

Tenía calor todavía, pero era un calor diferente, más liviano, del tipo que uno lleva bien. Me acomodé sobre las sábanas, extendí los brazos a los costados, solté el aire despacio por la nariz. La musculosa seguía en el piso. La tanga se había corrido. Las sábanas eran un desastre.

No me importaba nada de eso.

Afuera, la tarde seguía exactamente igual que antes: el mismo tráfico, el mismo calor, la misma luz blanca y quieta de un martes sin nada especial.

Yo no.

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Comentarios (8)

CuriosaRosario

Que rico relato!!! Me encantó, seguí escribiendo por favor

nikoBA

El verano y el calor del inicio me metieron de lleno en la historia. Muy bien narrado.

MarisolRio

Me recordó a una tarde de verano que tuve de chica, esa sensacion de estar sola en casa con los pensamientos disparados... exactamente asi. Muy real.

PatoMDQ

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de mas

Luciana_Sur

increible como lo contaste, se siente autentico. Una de las mejores de la categoria

Mateo_BA

Buen relato aunque se me hizo corto :)

CaroMdz

Uff que bueno. El inicio ya me engancho y el relato cumplió con creces. Espero mas de este estilo.

Fede_Noc

jaja la siesta de verano tiene algo especial que te pone en ese estado... muy bien capturado

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