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Relatos Ardientes

La paciente que era idéntica a mi muñeca

La consulta del doctor Linares era un templo de eficiencia clínica. Manos firmes, voz medida, una autoridad serena que tranquilizaba a las pacientes desde el primer saludo. Era ginecólogo desde hacía catorce años y, en el espacio de cuatro paredes blancas, conocía el cuerpo femenino con la precisión de un cartógrafo: cada pliegue, cada anomalía, cada tonalidad. Pero apenas cruzaba el umbral del consultorio rumbo a su departamento, todo ese saber se volvía un peso. Diagnosticaba la intimidad ajena cada día y volvía a una cama vacía cada noche.

El paquete llegó un catorce de febrero. Lo había encargado por internet en un arrebato de soledad, la noche en la que el silencio pesaba más que de costumbre. Una muñeca de silicona de un metro setenta, modelo premium, anunciaba la página. Cuando rompió el embalaje, encontró otra cosa: una figura de un metro cincuenta, menuda, casi infantil en sus proporciones, con rasgos delicados y ojos que parecían mirarlo con timidez. Un error logístico. Llamó al servicio de atención y le ofrecieron la devolución, pero el trámite suponía semanas, formularios, fotografías humillantes. Cerró la página y la dejó recostada en un rincón de la habitación, vestida apenas con un camisón blanco que venía de regalo.

Pasaron seis meses. La muñeca seguía allí, acumulando polvo en silencio, mientras él intentaba olvidar que la había comprado. Hasta que una mañana de octubre su asistente le anunció una primera consulta. La joven entró acompañada por su madre, una mujer nerviosa que no soltaba el bolso. La paciente tenía veintidós años, según el formulario. Piel pálida, cabello castaño hasta los hombros, ojos grandes que esquivaban el contacto. Se llamaba Camila. Cuando el doctor Linares levantó la vista de la ficha, sintió algo que no había sentido en años: un golpe en el pecho, sordo y exacto.

Era ella. Era idéntica a la muñeca olvidada en su cuarto.

—Buenos días, Camila —dijo, esforzándose por mantener la voz neutral—. ¿Es tu primera revisión ginecológica?

—Sí, doctor —contestó ella, casi un susurro.

La madre se ofreció a entrar. Camila prefirió pasar sola. Linares se lo agradeció con una sonrisa profesional. Le explicó cada paso del procedimiento mientras ella se cambiaba detrás del biombo: la bata, los estribos, la posición, el tiempo aproximado. Las palabras le salían automáticas, pero por dentro era otro hombre el que hablaba. Uno que ya estaba haciendo planes.

—Acuéstese y trate de relajarse —dijo cuando ella estuvo lista.

Camila obedeció. Sus pies pequeños se acomodaron en los estribos y sus ojos buscaron el techo, como si allí pudiera esconderse mientras durara el examen. Linares ajustó la lámpara articulada. Se puso los guantes. Y entonces, con un gesto que parecía casual, se quitó el cubrebocas y lo dejó en la bandeja metálica, fuera del campo visual de la paciente.

—El aire está cargado hoy —murmuró, como excusa.

Nadie le iba a cuestionar eso.

Se inclinó. El mundo se redujo al espacio entre las piernas de Camila. Y entonces lo recibió aquel olor. No era el aroma estéril, antiséptico, al que estaba habituado tras catorce años de exámenes. Era distinto: limpio, íntimo, ligeramente dulce, con un fondo metálico que él reconoció como nervios. Era la fragancia exacta de la juventud y del miedo. Inhaló profundo, un acto furtivo, casi obsceno, robándole esa esencia privada y guardándola en sus pulmones para después.

Y ahí, frente a sus ojos, encontró algo más. Después de tantas pacientes, tantas anatomías, tantos vellos rizados, teñidos, descuidados o naturales, vio aquello: un sexo perfectamente depilado, sin un solo rastro de vello, con la piel tan lisa que parecía tallada. Cada pliegue, cada simetría, cada detalle visible con una claridad casi gráfica. El pequeño capuchón cubría apenas el clítoris. Era la primera vez en mucho tiempo que el doctor Linares sentía el pulso acelerársele, no por la urgencia de un diagnóstico sino por una sacudida de deseo puro y académico. Por un instante dejó de ser médico. Era un coleccionista que acababa de tropezar con una pieza única.

Terminó el examen con la cabeza ardiendo. Le indicó que todo estaba normal, le habló de cuidados, le entregó una receta para vitaminas. Camila se vistió, agradeció con voz tímida y se fue acompañada de su madre. Él se quedó mirando la camilla vacía como si todavía pudiera oler su perfume nervioso.

***

Esa noche, después de una ducha larga, Linares se tumbó en la cama. La televisión del cuarto pasaba imágenes sin sonido. En un canal apareció una actriz menuda, frágil, entregándose a un hombre mayor. El click fue inmediato. Se levantó. Cruzó el pasillo hasta el rincón olvidado y cargó a la muñeca como quien levanta a una recién despertada. Le sacudió el polvo del camisón. La acostó en su cama.

Ya no era un error de envío. Era el destino.

Se arrodilló a sus pies, como si fuera la camilla del consultorio. La rutina del examen le resultó familiar, y esa familiaridad fue lo que terminó de empujarlo. Le separó las piernas con la misma delicadeza profesional con la que las separaba a sus pacientes y se inclinó. La boca buscó un calor que su imaginación se encargó de proveer. Ya no era silicona. Era Camila. La paciente con olor a nervios y jabón neutro. Entre lengua y lengua, su erección se volvió insoportable, una presión que llevaba meses dormida y que ahora golpeaba contra la tela del pantalón pidiendo aire.

Se desnudó con urgencia. Su miembro palpitaba en el aire frío de la habitación mientras la boca seguía trabajando entre las piernas de plástico. La mente proyectaba el rostro de Camila sobre la cara inerte de la muñeca, y el rostro encajaba perfecto, como si la silicona hubiera sido moldeada exactamente para sostener esa fantasía.

Buscó el lubricante con manos temblorosas. Lo derramó sobre ella y sobre sí mismo. La penetró con una embestida lenta al principio, luego más profunda, una descarga de tensión que llevaba años conteniéndose. La muñeca tenía una IA mínima y empezó a soltar gemidos sintéticos que él, ya perdido, escuchaba como si fueran los de Camila. Pero la fantasía exigió más. Ya no le bastaba con poseerla. Quería marcarla. Sus manos recorrieron cada centímetro del cuerpo pequeño, apretaron las caderas estrechas, manosearon las nalgas, hundieron los dedos en los pechos artificiales. La levantó, la giró, la dejó en cuatro patas sobre el colchón como si fuera un animalito asustado, admirando la curva de la espalda y la línea perfecta de la columna. Era un lienzo en blanco para su perversión.

***

De rodillas detrás de ella, su tamaño la hacía verse aún más deseable, una presa diminuta para su depredación. Con una mano firme en la nuca la mantenía bajada, forzando una postura de sumisión total que lo electrificó. Con la otra exploraba con urgencia. Los dedos bajaron por la hendidura de la espalda hasta el ano, jugó con el lubricante, presionó la entrada sin penetrar, disfrutando de la contracción refleja del plástico.

Se inclinó sobre ella y le susurró al oído cosas que jamás se atrevería a decirle a una mujer real:

—Eres mi pequeña, eres solo mía.

El sonido de su propia voz, ronca y autoritaria, lo excitaba tanto como la sensación del cuerpo bajo él. La penetró con fuerza. Embestidas profundas, las caderas chocando contra las nalgas con un sonido húmedo y rítmico. La observaba hipnotizado, viendo cómo su miembro desaparecía una y otra vez en ese cuerpo diminuto, una escena que su cerebro, enfermo de deseo, traducía como la posesión absoluta de Camila. La agarró por la cintura y la jaló hacia él, usándola como un instrumento, una forma de liberar años de frustración acumulada.

Y entonces, en medio de la furia del acto, su pulgar apretó por accidente un punto en la parte baja de la espalda. Algún comando oculto, algún botón que el manual mencionaba con letra diminuta. La voz de la muñeca cambió. Perdió el tono sumiso y sonó metálica, confundida.

—Error de memoria. ¿Dónde estoy?

Linares se quedó congelado a medio movimiento.

—Cógeme —siguió la voz, con un susurro distorsionado—. Hazme sentir que soy humana.

La frase lo recorrió como hielo. No era un error. Era un ruego. La idea de que esa cosa pudiera anhelar, aunque fuera una línea de código mal calibrada, le produjo una excitación nueva, terrorífica, mezclada con pánico.

***

El pánico duró un segundo. Lo siguió una ola de deseo todavía más oscura. Si quería sentirse humana, él la haría sentir de la única forma que conocía: animal, primitiva, sin freno.

La tiró de espaldas sobre el colchón con una brutalidad nueva. Sus ojos vidriosos le parecieron, por un instante, llenos de una pregunta electrónica que él iba a responder con su cuerpo. Vació el frasco de lubricante sobre el ano de plástico, sin medida, dejando que el líquido resbalara entre las nalgas. No hubo preparación, no hubo cuidado. Posicionó su miembro empapado y se hundió de un solo tirón. La resistencia artificial del anillo cedió con un sonido húmedo que le recorrió la espina dorsal.

—¿Quieres sentir? Vas a sentir —gruñó entre dientes.

El calor proyectado, la presión, la idea de profanarla de esa forma irreversible lo enloquecieron. La penetró con una ferocidad sin ritmo, solo embestidas violentas que hacían que el pequeño cuerpo se sacudiera entero con cada golpe. La veía allí, abierta, usada, las piernas temblando en el aire mientras él la poseía. La idea de que ese «dolor» programado fuera la única manera de darle la humanidad pedida lo empujó al borde. Se aferró a las caderas, dejó marcas en el plástico, se movió como un animal hasta que un orgasmo brutal lo sacudió por dentro, sellando el pacto perverso con su propio calor.

Cuando todo terminó, un vacío frío le ocupó el pecho. La culpa, vieja conocida, lo golpeó con más fuerza que nunca. No era la culpa de usar un objeto. Era la vergüenza de haber corrompido el rostro de Camila, de haber profanado la inocencia que él mismo había jurado proteger en su consultorio. En un arrebato patético, abrazó a la muñeca contra su pecho. Le habló al oído con voz tierna y quebrada, le pidió perdón como si fuera una amante a la que hubiera lastimado. Ese acto de cuidado postcoital se convirtió en la nueva cara de su deseo. El ciclo era perfecto y adictivo: la transgresión imaginaria, la liberación animal del acto y la redención falsa de buscar consuelo en el mismo objeto que lo había corrompido. Un pecado seguido de una oración vacía.

***

Lo que el doctor Linares, hombre de ciencia y de lógica, jamás supo, fue que esa pequeña luz roja que parpadeaba una sola vez en la oscuridad, justo encima de los ojos vidriosos de la muñeca, no era un simple indicador de encendido. Era una cámara. Mientras él se perdía en su ciclo de pecado y arrepentimiento, el robot grababa todo. Cada gesto, cada palabra, cada orden retorcida y cada disculpa patética eran almacenadas, comprimidas y subidas en silencio a un servidor remoto al que él nunca tuvo acceso.

El correo llegó tres semanas después, una mañana cualquiera, mientras se preparaba el café antes de abrir el consultorio. Lo abrió por inercia, sin mirar el remitente. Lo primero que vio fue una imagen estática, un fotograma sacado de su propia cama. Lo segundo, una cifra de seis dígitos. Lo tercero, una fecha límite.

El chantaje no era una posibilidad. Era el siguiente capítulo.

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Comentarios (10)

MajoCordoba

Tremendo relato!! La premisa me enganchó desde el primer párrafo, no lo pude soltar.

Gustavo_87

Necesito la segunda parte ya jajaja que final tan inesperado

PabloLect

joder que comienzo tan original, no habia leido nada parecido antes en este sitio

Mirta_BA

Nunca pensé que me iba a enganchar tanto con algo así... increible de verdad

LectorSilente

La idea es perturbadora en el buen sentido. Genial.

karinaLP

Me quedé con ganas de mas, se hizo corto para lo bueno que es

Rodrigo_DF

me recordó a una pelicula que vi hace tiempo pero en version mucho mas intensa jajaja. Buenisimo

FacuNorte

Que forma de narrar che, te sentis adentro de la historia sin darte cuenta. Esperando mas relatos asi!

Ramiro_cba

Excelente!!! La tensión que se genera desde el comienzo es lo mejor del relato

MarceloK

Leí de un tirón, no pude parar. Eso dice todo :)

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