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Relatos Ardientes

El ritual de deseo que nunca contamos

Era viernes por la tarde, y el sol todavía colgaba bajo sobre los edificios cuando llegué a la calle donde vivían los padres de Valeria. Conocía ese trayecto de memoria: cada bache, cada semáforo, cada esquina con su árbol inclinado sobre la banqueta. Lo había recorrido tantas veces que el cuerpo lo hacía solo mientras la cabeza ya estaba en otro lugar, anticipando lo que vendría.

Valeria me esperaba en la entrada.

Apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que no tenía nada de inocente. Llevaba un vestido de tirantes color crema, el dobladillo a mitad del muslo y un escote que dejaba ver el comienzo de sus pechos. Supe, incluso antes de bajarme del auto, que no llevaba nada debajo. Era el acuerdo no escrito entre nosotros: cuando salíamos solos los viernes por la noche, ella se vestía para mí y para nadie más.

Lo habíamos hablado una de esas noches en que nos quedábamos abrazados después, con la ventana abierta y la respiración todavía acelerada. Le había contado mis gustos sin filtro, con la honestidad que solo existe cuando el cuerpo ya no guarda secretos. Ella me había escuchado con los ojos abiertos, sin juzgar, y al final había dicho: «Puedo hacer eso».

Y lo hacía.

—Llegaste —dijo ella mientras yo abría la puerta del copiloto.

—Como siempre —respondí.

Valeria se acomodó en el asiento con esa precisión deliberada que tenía cuando quería que yo mirara. El vestido se subió un poco al sentarse. Ella no hizo nada por bajarlo.

—Estás increíble —dije, arrancando el motor.

Se rio bajito, mirando por la ventana, pero le vi la comisura del labio subir.

Apenas dejamos atrás el barrio y entramos a la avenida principal, mi mano abandonó el volante y se posó sobre su rodilla. Era un gesto que ya conocíamos los dos, el inicio de un lenguaje sin palabras.

—Tócate —dije, con la vista en el camino—. Quiero escucharte mientras conduzco.

No era una orden brusca. Era una petición que los dos sabíamos que ella cumpliría con gusto. Valeria giró levemente en el asiento y dejó que su mano se deslizara bajo el vestido. Un suspiro suave, casi imperceptible, fue lo primero que salió de ella.

—Ya estaba húmeda desde que te vi llegar —murmuró.

La miré de reojo. Tenía los ojos entrecerrados y los labios ligeramente separados, la mejilla apoyada contra el respaldo. Sus dedos se movían despacio, con esa concentración particular que yo había aprendido a reconocer. No necesitaba ver para saber lo que pasaba; me bastaba escuchar el cambio en su respiración, las pausas breves seguidas de exhalaciones más largas.

El tráfico se espesó en un semáforo. Aproveché para mirarla de frente. Ella abrió los ojos y me encontró mirándola, y en lugar de apartar la vista, sostuvo la mía con una intensidad que me apretó el pecho.

—No pares —dije.

Ella obedeció. El ritmo fue acelerándose gradualmente, los gemidos conteniéndose detrás de los dientes apretados cuando el auto avanzó de nuevo y un camión pasó a nuestro lado. La velocidad, la exposición tenue, la posibilidad de que alguien mirara por la ventanilla en el momento equivocado: todo eso formaba parte del juego, y los dos lo sabíamos.

Cuando llegamos a la altura del centro comercial, Valeria se tensó contra el asiento, arqueó la espalda un instante y luego soltó el aire lentamente, con esa quietud que seguía siempre al primer orgasmo.

—Bien —dije, y volví a poner la mano en el volante.

Ella se acomodó el vestido con calma y se recostó contra la ventanilla, con una sonrisa satisfecha que duró hasta que llegamos al estacionamiento del cine.

***

La sala estaba casi vacía esa noche. Una pareja joven en el centro, dos personas solas dispersas entre las butacas. Nosotros nos sentamos en la última fila, donde la oscuridad era más generosa.

La película empezó a los pocos minutos. Valeria se recostó levemente contra mi hombro, y yo dejé que mi mano encontrara el camino conocido: primero el muslo, luego el dobladillo del vestido, luego el territorio cálido que había debajo.

Ella cruzó y descruzó las piernas.

—No aquí —susurró, pero no hizo nada por detenerme.

—Aquí —respondí, y eso fue suficiente.

Valeria abrió las piernas apenas unos centímetros, lo justo. Sus ojos seguían fijos en la pantalla, donde dos actores discutían algo que ninguno de los dos escuchamos. Yo me movía despacio, sin prisa, aprendiendo de nuevo algo que ya sabía de memoria. Ella tenía el cuello rígido de tanto contenerse, la mandíbula apretada, y cada tanto llevaba los dedos a la boca para sofocar un sonido que se negaba a quedarse dentro.

—Para —susurró, y al mismo tiempo empujó levemente contra mi mano.

Aceleré el ritmo.

Valeria hundió la cara en mi hombro en el momento exacto, y el sonido que escapó de su garganta quedó aplastado contra la tela de mi camisa. Su cuerpo se contrajo en silencio, los muslos cerrándose por un instante antes de relajarse del todo. La sostuve quieta con el brazo, esperando a que el temblor pasara.

—Eres un problema —murmuró contra mi cuello, con la voz todavía ronca.

—Lo sé.

Salimos antes de que terminara la película. En el pasillo, Valeria caminaba con esa lentitud particular que yo ya conocía, como si el suelo estuviera levemente inclinado. Afuera, en el estacionamiento casi vacío, se detuvo junto a la puerta del auto y me miró.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

Sonreí.

—Ya sabes.

***

El camino de terracería quedaba a veinte minutos del cine, pasando la salida norte y tomando una desviación sin señales que solo conocíamos porque alguien nos la había señalado sin querer, una noche de mucho tiempo atrás. Entre árboles y maleza baja, el camino se abría en un espacio lo suficientemente amplio para aparcar y lo suficientemente oscuro para que desde la carretera no se viera nada.

Apagué el motor.

El silencio que siguió no era incómodo. Era ese tipo de silencio que antecede algo, cargado de anticipación.

—Quítate los tirantes —dije.

Valeria lo hizo sin dejar de mirarme, dejando caer el vestido hasta la cintura. El aire de la noche era fresco, pero ninguno de los dos lo notó. Salí del auto y abrí la puerta trasera, y ella me siguió sin que hiciera falta decir nada más.

Lo que pasó después no tenía mucho de romántico ni pretendía tenerlo. Tenía urgencia, y esa urgencia era exactamente lo que los dos queríamos. Primero ella de espaldas contra el costado del auto, las manos apoyadas en la carrocería todavía caliente y el vestido arremangado hasta la cadera. Sus jadeos se dispersaban en la oscuridad entre los árboles, y yo no hacía ningún esfuerzo por contener los míos.

Luego adentro, en el asiento trasero, con ella encima y el techo bajo obligándola a inclinarse sobre mí. La sentí moverse con esa determinación que solo aparecía cuando estaba cerca del límite: los muslos apretando los míos, las manos en mis hombros para mantener el equilibrio, la cara vuelta hacia un costado con los ojos cerrados.

—Así —dijo, sin más palabras. Y yo entendí.

Después de un rato largo, cuando ya no quedaba urgencia sino solo la respiración revuelta y el sonido de los árboles moviéndose afuera, nos acomodamos con la portezuela trasera abierta y los pies colgando al aire fresco de la noche.

—Me gusta este lugar —dijo Valeria.

—A mí también.

—Aunque casi siempre lleguen.

Me reí.

***

Había sido un par de meses antes cuando la patrulla nos iluminó por primera vez. Estábamos en pleno desorden —ella encima, el vestido en el suelo del asiento— cuando los faros barrieron el interior desde la entrada del camino. Tuvimos tiempo apenas de cubrirnos antes de que el oficial golpeara la ventanilla con los nudillos.

—Documentos.

Los di con las manos todavía temblorosas. El oficial revisó mi credencial bajo la linterna, luego nos miró a los dos con una expresión entre cansada y resignada, y devolvió el documento.

—Mucho cuidado —fue todo lo que dijo.

La segunda vez nos encontraron apenas llegando. La tercera, Valeria estaba haciendo algo con la boca que lamenté tener que interrumpir. Después de esa noche, cuando la patrulla pasaba por el camino, el auto ya solo tenía las ventanas empañadas. Los oficiales ni frenaban.

El miedo de los primeros meses se había convertido en otra cosa, algo más difícil de nombrar. Una mezcla de adrenalina y rutina, de riesgo conocido que se había vuelto parte del ritual tanto como el vestido sin ropa interior y el camino sin señalizar. El riesgo era parte del acuerdo, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.

***

Fue esa misma noche, abrazados en el asiento trasero con la portezuela abierta hacia el cielo, cuando le conté el resto. Le había ido diciendo cosas en pedazos a lo largo de los meses: primero los gustos más simples, después los que costaban más trabajo articular. Esa noche le tocó el turno a lo que me pasaba cuando la veía en ciertos contextos, rodeada de personas que no sabían nada de lo que había entre nosotros.

—Me pone saber que estás así vestida delante de tu familia —dije—. Que llevás el vestido corto y no llevás nada debajo y nadie lo sabe excepto yo. Como si tuviéramos algo que los demás no pueden ver.

Valeria guardó silencio un momento.

—¿Y eso qué te hace sentir?

—Como si tuviera un secreto que los demás no merecen saber.

Ella asintió despacio, procesando.

—¿Y qué más?

Tardé en responder.

—Me excita oírte hablar de antes. De lo que pasó con otros. No por celos, al contrario: me imagino en esas situaciones y eso me enciende.

Valeria se irguió levemente para mirarme de frente.

—¿En serio?

—En serio.

Hubo una pausa larga. Afuera, algo se movió entre los árboles, probablemente un animal pequeño. Los dos lo ignoramos.

—Una vez —empezó ella—, en una reunión en casa de alguien que apenas conocía, estábamos todos sentados a la mesa jugando cartas. El tipo que estaba a mi lado empezó a hablarme bajito, a acercarse un poco. En algún momento su mano apareció sobre mi rodilla y yo no la aparté de inmediato.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—No sé. Unos minutos. Me quedé quieta mirando las cartas, como si calculara el siguiente movimiento, mientras su mano subía por mi muslo muy despacio.

—¿Y?

—Y alguien me llamó desde la cocina y me levanté. Y no pasó nada más.

No dije nada durante un momento.

—Pero esos minutos —dije finalmente.

—Esos minutos los recuerdo perfectamente.

Mi mano se movió sobre su vientre sin que yo lo planeara. Valeria no me detuvo.

—¿Querés contarme algo más? —pregunté.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Depende de qué hagas mientras te cuento.

Afuera, los árboles seguían quietos. La noche era todavía joven y ninguno de los dos tenía apuro por volver.

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Comentarios (8)

FerRomero

buenisimo!!! el principio me engancho de una, muy buen relato

RosaLectora

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino esa noche. Excelente

Mauri_PBA

Me gusto mucho como esta escrito, se siente real sin ser exagerado. Seguí subiendo cosas así!

Nocturno_MX

jajaja me imagino la escena del inicio y es tremenda. Muy bueno, gracias por compartir

Luna_de_noche

Ojala todos los viernes fueran asi jajaja. Buen relato

Lector2984

Se hizo corto, lo lei de un tiron y al final quede queriendo mas. Espero que sigas escribiendo, se nota que tenes habilidad para esto

CaroP

me recordo a algo que me paso hace tiempo... jaja no cuento detalles. Muy buen relato!

josgon

excelente!!! seguí así por favor

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