Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fantasía que escondo entre correos en la oficina

La pantalla del ordenador me devuelve mi propia cara, seria, concentrada, la de una mujer que revisa correos un martes cualquiera. Nadie en la oficina sabe que detrás de esa fachada hay otra bandeja de entrada, una privada, donde mis lectores me escriben cosas que harían que mi jefe me echara en el acto.

Empecé a escribir relatos hace dos años, casi por accidente, una noche de insomnio y vino tinto. Los publiqué bajo un nombre falso, Marlene, y nunca imaginé que alguien los leería. Ahora tengo cientos de personas esperando cada entrega, y muchas de ellas me escriben.

Esta mañana abro el primero antes de mi café.

«Sé que finges trabajar mientras lees esto. Eres una provocadora insaciable. Si te tuviera cerca, no te dejaría descansar ni un segundo.»

Siento el calor subir por el cuello. Bajo el brillo de la pantalla por reflejo, como si las letras pudieran proyectarse en la pared de enfrente. A mi lado, Daniel teclea un informe sin levantar la vista. No tiene idea.

El segundo correo es más directo. Me describe con detalle lo que haría con sus manos, cómo me sujetaría las muñecas contra la mesa, cómo me obligaría a pedirle más. Lo leo dos veces. Cruzo las piernas bajo el escritorio y aprieto, despacio, intentando que el movimiento no se note.

Otro me llama suya, me dice que soy su debilidad, que sueña con tenerme de rodillas frente a él. No sé quién es, nunca lo sabré, y eso es justo lo que me enloquece. Son voces sin rostro, deseos puros, palabras que existen solo para mí.

Hay uno en particular que me escribe casi a diario, siempre antes del amanecer. Firma como «El Insomne» y tiene una forma de elegir las palabras que me desarma. No me ordena, no me suplica: me describe con una calma que es casi peor, como si ya hubiera decidido lo que va a pasar y solo me estuviera avisando. Hoy me ha escrito que sabe que obedecería sin protestar, y lo más inquietante es que tiene razón.

Releo su mensaje tres veces, palabra por palabra, sintiendo cómo cada frase se me clava un poco más adentro. Me descubro respondiéndole en mi cabeza, imaginando una conversación que jamás tendremos en voz alta. Ese es el verdadero juego: vivir en ese hilo invisible entre lo que escriben y lo que yo me atrevo a sentir.

***

A media mañana ya no puedo concentrarme. Cada vez que llega una notificación, mis pezones se endurecen contra la tela del sujetador y un escalofrío me recorre la espalda. Es un fuego lento, constante, que no me abandona ni cuando voy a la cafetera, ni cuando finjo escuchar a una compañera hablar de su fin de semana.

—¿Estás bien? Tienes las mejillas rojas —me dice Rocío, apoyada en mi cubículo.

—Es la calefacción —miento, y le sonrío con la mayor inocencia que puedo fingir.

No es la calefacción. Soy yo, ardiendo por dentro.

Vuelvo a mi silla y leo otro mensaje. Este me imagina caminando por la calle sin nada bajo la falda, expuesta y secreta a la vez, y me pregunta si me atrevería. La sola idea me deja sin aliento. Muerdo el interior de mi mejilla. La humedad entre mis muslos ya es imposible de ignorar, y cada pequeño movimiento sobre la silla la delata.

Paso el resto de la jornada en ese estado, suspendida entre la responsabilidad y el deseo, respondiendo correos de trabajo con la mente en otra parte. Cuando por fin son las seis, casi corro hacia la salida.

***

En el metro de regreso, apretujada entre desconocidos, ya no aguanto. Hay algo en el anonimato del vagón, en esos cuerpos que me rozan sin verme, que me empuja a la audacia. Con la mochila contra el pecho y un cuidado de cirujana, deslizo las manos bajo mi abrigo y desabrocho el sujetador.

Lo guardo en el bolso. Siento mis pechos libres bajo la blusa, los pezones rozando la tela a cada frenazo del tren, y la sensación es eléctrica. Nadie lo nota. Una mujer lee su libro, un chico escucha música con los ojos cerrados, y yo viajo con un secreto ardiendo bajo la ropa.

Cierro los ojos un instante e imagino unas manos firmes deslizándose por mi cintura, subiendo lentas hasta cubrir mis pechos, unos labios bajando por mi cuello. La fantasía es tan vívida que tengo que sujetarme de la barra con fuerza. Mi parada llega justo a tiempo. Salgo casi temblando.

***

En cuanto cierro la puerta de mi piso, el personaje de la oficina se desploma. Dejo caer el abrigo en el suelo del recibidor, luego la blusa, la falda, cada prenda marcando un paso hacia mi habitación. El aire fresco me eriza la piel desnuda.

Me detengo frente al espejo de cuerpo entero. Ahí está Marlene, no la empleada gris del martes, sino la mujer que sus lectores imaginan: encendida, sin pudor, lista para entregarse. Me gusta lo que veo. Me gusta más lo que siento.

Voy a la cómoda y saco el pequeño estuche que guardo en el último cajón, bajo los pañuelos. Esta noche no quiero prisa. Quiero alargar cada sensación hasta el límite.

Me tiendo sobre la cama y dejo que mis manos recorran mi cuerpo sin destino fijo, los costados, el vientre, la cara interna de los muslos. Tomo un poco de crema y la extiendo sobre mis pechos en círculos lentos, imaginando que no son mis manos las que me tocan, sino las de uno de esos hombres sin rostro. La piel me brilla, sensible, despierta.

Pienso en El Insomne, en esa calma suya con la que decide por mí. Me gusta imaginarlo dándome instrucciones en voz baja, diciéndome qué hacer y a qué ritmo, y obedezco a esa voz inventada como si fuera real. Detengo las manos cuando creo que él me lo ordenaría, las muevo de nuevo cuando imagino su permiso. El control que cedo es mío y de nadie más, y eso lo hace todavía más excitante.

Del estuche saco las pinzas. Las coloco con cuidado, primero una y luego la otra, y el pinchazo se mezcla con un placer que me arranca un jadeo largo. Es un dolor dulce, exacto, que me concentra entera en ese punto. Mi respiración se vuelve más densa.

Me doy una palmada suave en el muslo, después otra, y el escozor cálido se extiende y baja directo hacia mi entrepierna. Estoy empapada. Lo compruebo con la punta de los dedos y la confirmación me hace cerrar los ojos.

***

Voy a la cocina envuelta solo en mi propia piel y saco un cubo de hielo del congelador. De vuelta en la cama, lo paso despacio por mi cuello, y el frío me corta el aliento. Lo dejo resbalar entre mis pechos, donde el contraste con el calor de las pinzas me hace arquear la espalda.

Bajo el hielo por el vientre, lento, dibujando una línea húmeda, hasta detenerme justo donde más lo deseo. El frío contra mi clítoris me hace temblar de pies a cabeza, una descarga que me obliga a morder la almohada para no gritar.

Dejo que el cubo se derrita entre mis dedos mientras alterno el frío del agua con el calor de mi propia mano. Cada contraste es una sacudida nueva, un sobresalto que me mantiene al borde sin dejarme caer del todo. Juego con esa frontera, la rozo y me retiro, una y otra vez, hasta que mi cuerpo entero me pide a gritos que deje de torturarlo.

Me retiro las pinzas y el regreso de la sangre es otra oleada de placer. Con una mano amaso mis pechos, con la otra empiezo a acariciarme en círculos lentos y profundos. Los gemidos se me escapan, ya no quiero controlarlos. Estoy sola, soy libre, esta es mi noche.

Introduzco un dedo, luego dos, y siento cómo mi cuerpo los recibe y los aprieta, pidiendo más. Recuerdo las palabras de los correos, las voces que me llamaban suya, y las uso como combustible. Imagino que es uno de ellos quien me sujeta, quien me ordena no parar.

Aumento el ritmo. Mis dedos alternan entre el clítoris y el interior, y cada cambio me eleva un poco más. La respiración se me dispara, los latidos retumban en mis oídos, pierdo por completo la noción del tiempo. Mi cuerpo se arquea solo, los talones se hunden en el colchón.

El placer se acumula como una ola que crece y crece hasta que ya no cabe en mí. Cuando estalla, me sacude entera, desde la nuca hasta los dedos de los pies, y dejo escapar un gemido largo que rebota en las paredes vacías del cuarto.

***

Me quedo tendida, jadeando, con la piel todavía húmeda y el corazón galopando. Llevo los dedos a mi boca casi sin pensarlo, saboreando la prueba de mi propio deseo. El cansancio me envuelve dulce y pesado, y los párpados empiezan a cerrarse.

Mañana volveré a ser la mujer seria de la pantalla, la que revisa correos un miércoles cualquiera, la que dice que es la calefacción. Nadie sospechará nada. Y eso, lo sé bien, es la mitad del placer.

Antes de dormir alcanzo el teléfono y abro un nuevo borrador. Empiezo a escribir lo que acaba de pasar, palabra por palabra, para mis lectores. Ellos me encendieron. Es justo que reciban el incendio de vuelta. Me duermo con una sonrisa, pensando en cómo reaccionarán, en los correos que llegarán mañana, en este juego secreto que solo nosotros compartimos.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.