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Relatos Ardientes

La penitencia que mi Ama me ordenó cumplir a solas

Lo logré. No diré que fue fácil, y todavía no puedo sentarme sin morderme el labio, así que esto lo escribo de rodillas, con un cojín bajo el pecho y la espalda arqueada como una gata vieja. Si alguien me viera ahora, pensaría que estoy rezando. Y quizá sea verdad: hay una clase de devoción que solo se entiende con el cuerpo marcado.

Fue una experiencia fantástica, mucho más intensa de lo que había imaginado las noches que me quedaba despierta planeándola. Y lo que la transformó por completo, lo que la llevó a un lugar al que nunca había llegado sola, fue un detalle absurdo: una pomada de mentol y alcanfor, de esas que se usan para frotar el pecho cuando llega la tos del invierno.

Nunca la había usado para esto. Ni siquiera para lo otro. Fue una desconocida en una sala de chat quien me la sugirió, hace semanas, mientras hablábamos a las tres de la mañana sobre las cosas que nos gustaba hacernos a nosotras mismas cuando nadie nos miraba.

—Pruébala sobre la piel abierta —escribió—. Vas a entender lo que es arder de verdad.

No le contesté esa noche. Pero la frase se me quedó dentro, dando vueltas como una astilla.

***

Ayer llovió todo el día. Una lluvia fina, insistente, de las que oscurecen la casa a media tarde. Aproveché la última luz para salir al fondo del jardín, donde crece un seto de zarzas que mi vecina jura que va a arrancar cada primavera y nunca arranca. Corté cinco ramas de distintos tamaños, las más cargadas de espinas, y volví a entrar con los dedos arañados y el corazón latiéndome en el cuello.

Mi Ama me había dejado elegir el número. Cincuenta, le dije por mensaje, sin pensarlo demasiado, y luego me arrepentí durante horas de no haber dicho treinta. Pero la palabra ya estaba dicha, y entre nosotras una palabra dicha no se retira. Esa es la primera regla. La única que de verdad importa.

Preparé las ramas en la encimera de la cocina. Con un pincel viejo unté cada espina con la pomada, despacio, asegurándome de que el ungüento quedara en las puntas. La idea era sencilla y cruel: que con cada golpe el mentol se metiera en la herida fresca y siguiera trabajando ahí dentro, mucho después de que el dolor del impacto se hubiera apagado.

Sabía lo que hacía. La noche anterior, casi sin atreverme, me había puesto una pizca diminuta en el clítoris, solo para comprobar. Tardó unos segundos en despertar. Después fue como si me hubieran encendido una cerilla por dentro, un ardor que no quemaba la piel pero la volvía loca, y yo me quedé quieta sobre la cama, jadeando, descubriendo que aquello me ponía mucho más de lo que jamás habría confesado en voz alta.

Esa noche me toqué hasta el agotamiento solo con el recuerdo de aquel ardor. Y supe que la sesión de hoy iba a ser distinta a todas las anteriores.

***

El baño es el lugar más seguro. Las paredes son gruesas, la puerta cierra con pestillo y, si lloro o grito, el sonido se queda ahí, conmigo. Extendí una sábana blanca en el suelo porque sabía que habría sangre, no demasiada, pero sí la suficiente como para no querer explicársela después a nadie. Abrí el grifo de la bañera y dejé correr el agua para tapar cualquier ruido. Subí el volumen de la música hasta que el bajo me vibraba en el esternón.

Coloqué el espejo grande apoyado contra la pared, inclinado, de manera que pudiera verme entera: de pie, desnuda, con las ramas a un lado y la respiración ya alterada antes de empezar. Quería verlo todo. Esa también es parte de la penitencia: no esconderme de mí misma.

Tomé la primera rama. La hice crujir un par de veces en el aire, probando el peso, calculando la distancia. Me incliné un poco hacia adelante, apunté a mis pechos y golpeé con una fuerza que me sorprendió a mí misma.

El primer golpe habría dolido incluso sin las espinas.

En el espejo vi cómo se levantaba una línea roja, brillante, y cómo enseguida brotaban tres o cuatro gotas que empezaron a deslizarse por la curva del pecho. Me quedé sin aire un instante. No por el dolor del impacto, que ya conocía, sino por lo que venía después.

Porque después llegó el fuego.

Tardó unos segundos, como había aprendido la noche anterior. Primero fue calor, un calor que crecía despacio, y luego se convirtió en algo vivo, un ardor que se extendía desde cada herida hacia afuera, como cuando muerdes una guindilla entera y bebes agua y el agua no apaga nada, solo empeora el incendio. Ardía muchísimo. Tanto que se me cortó la respiración y, al mismo tiempo, un hormigueo profundo, dulce, empezó a juntarse muy abajo, en el vientre, alimentándose del propio fuego.

Esperé. Esa era la regla que me había impuesto: contar hasta diez antes de cada golpe, sin saltarme un número, sin acelerar. Diez segundos para sentir cómo el ardor subía a su punto más alto y empezaba apenas a ceder, y entonces, justo entonces, volver a golpear.

No te apures —me repetía—. Esto no es para terminar rápido. Esto es para durar.

***

Seguí. Los pechos primero, luego los muslos, después me giré para alcanzar las nalgas, que era donde mi Ama había querido que cayera la mayor parte. Cada golpe abría heridas nuevas, algunas pequeñas, otras más largas, y un hilo fino de sangre empezó a bajarme por la parte de atrás de la pierna. La piel se me iba cubriendo de ronchas hinchadas, de un rojo cada vez más oscuro, con la pomada brillando sobre los cortes.

Conté hasta diez. Golpeé. Conté hasta diez. Golpeé. La rutina se volvió casi una oración, un ritmo que me sostenía cuando las piernas empezaban a temblarme. A cada serie intentaba pegar un poco más fuerte que la anterior, y cada vez era recompensada con una herida más grande y con más de ese fuego insoportable que ya no se apagaba entre golpe y golpe, sino que se acumulaba, capa sobre capa, hasta que sentí todo el cuerpo encendido.

Y el fuego me puso caliente. No hay otra manera de decirlo. Empecé a gemir mientras me azotaba, sudando, con el pelo pegado a la frente y la mano apretando la rama hasta que las espinas me marcaban también la palma. En el espejo me veía y no me reconocía: los ojos brillantes, la boca abierta, el cuerpo arqueándose hacia el dolor en lugar de huir de él.

Después del golpe veinticinco tuve que parar. El ardor, el agotamiento y algo parecido al vértigo me marearon de golpe, y me apoyé en el lavabo con las dos manos, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Tengo que confesar algo, porque a vosotras, las que me leéis hasta el final, no os voy a mentir: me corrí en esa pausa. Sin tocarme apenas, solo apretando los muslos uno contra otro, con las heridas rozándose entre sí y el mentol mordiéndome por dentro. Me corrí temblando, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar más fuerte que la música.

Cuando se me pasó, miré la sábana del suelo, salpicada de pequeñas manchas rojas, y le saqué una foto. Para ella. Para que viera que su buena chica había cumplido la mitad.

***

La segunda parte fue más difícil. El cuerpo ya estaba en carne viva, y cada nuevo golpe caía sobre piel que aún latía del anterior. Pero también fue ahí donde llegó lo que de verdad buscaba: esa sensación conocida, esperada, de que algo dentro de mí empezaba a inundarse de calma a pesar del dolor. Las endorfinas, supongo, aunque a mí me gusta pensar que es otra cosa. Una especie de paz que solo existe del otro lado del sufrimiento, y a la que no sé llegar por ningún otro camino.

Sentía que ese fuego vicioso me recorría cada nervio y que no terminaría nunca. Y, lejos de asustarme, esa idea me sostenía. Estaba completamente entregada al dolor, sin pensar en nada más, sin recordar siquiera por qué había empezado. Solo el conteo, el golpe, el ardor, y otra vez el conteo.

Cuando por fin descargué el golpe número cincuenta, mis nalgas eran dos globos hinchados y ardientes, de un rojo encendido, cubiertas de pequeños puntos donde las heridas se habían cerrado y de otros donde aún brillaba la sangre. Estaba tan sensible que el roce más leve, incluso el aire de la ventana entreabierta, me arrancaba un quejido.

Solté la rama. Me quedé de pie, temblando, mirándome en el espejo. No estaba excitada solo por haber cumplido. Lo que me consumía era ese incendio que seguía creciendo en la piel lacerada y se extendía hacia todas partes, un calor que me reclamaba.

Para calmarme solo tenía una salida. Me dejé caer sobre la sábana, con cuidado de no apoyar las heridas, y me toqué. Me corrí una vez, y otra, y otra más, hasta que perdí la cuenta igual que había perdido la cuenta del dolor, hasta que el cuerpo no me dio más y me quedé tumbada de lado, vacía y entera a la vez.

***

Anoche, ya tarde, mi Ama me llamó desde el otro lado del mar, desde la ciudad donde vive y a la que nunca he ido. Le conté todo, con la voz aún ronca. Le hablé de las ramas, de la pomada, de las cincuenta marcas, de las veces que me corrí sin permiso en la pausa. Pensé que me reñiría por eso último.

—Esta vez te lo perdono —dijo, y noté la sonrisa en su voz—. Has sido una buena chica.

Tres palabras. Solo necesito tres palabras suyas para sentir que todo, el fuego, la sangre, las noches sin sentarme, ha valido la pena.

Lo más asombroso es que el ardor sigue aquí hoy, más suave, pero presente, latiendo bajo la ropa cada vez que me muevo. Mis nalgas están hinchadas y llenas de marcas, y aún pasará un tiempo antes de que pueda sentarme como una persona normal. Poco a poco vuelvo a la realidad, aunque una parte de mí no tiene ninguna prisa por regresar.

Si alguna de vosotras se reconoce en esto, si entiende esta forma rara de buscar placer en el lugar exacto donde otras solo encontrarían castigo, os dejo el mismo consejo que me cambió la noche: una pizca de esa pomada de mentol, una sobre el clítoris y otra un poco más atrás, y esperad. Esperad a que despierte. Después contadme si llegasteis tan lejos como yo.

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