La primera visita al club que cambió todo
Claudia llevaba semanas siendo una voz en mi teléfono, una foto en la pantalla, unas palabras que llegaban siempre en los momentos menos oportunos. Cuando al fin me propuso conocernos en persona, no dudé ni un segundo. La idea era ir a cenar primero, romper ese hielo que siempre existe entre personas que se conocen en la red, y después dar el paso hacia el local liberal al que llevábamos tiempo haciendo referencia sin nombrarlo del todo.
Marcos, su marido, eligió el restaurante. Un buffet tranquilo donde podríamos comer sin prisa, levantarnos de uno en uno a buscar la comida y aprovechar esos breves momentos para hablar a solas. Fue su idea, y fue buena: en aquella cena tuve dos conversaciones muy distintas con dos personas muy distintas, y en ambas quedó claro que la noche iba a acabar bien.
—Convenceré a Claudia de que venga con leggings —me escribió Marcos desde el baño, a escondidas, mientras ella revisaba la carta de postres—. A ella le quedan bien y a mí también me gustan. Condición: que vengas tú igual.
Acepté sin pensarlo dos veces.
***
Cuando llegué al restaurante, los vi aparecer juntos por la esquina. Claudia llevaba los leggings prometidos, negros, completamente ceñidos, y una sonrisa que me llegó antes de que llegara ella. Nos dimos dos besos y me quedé mirando cómo ese tejido marcaba cada curva de sus caderas. Marcos me saludó igual y noté que me miraba con la misma atención que yo prestaba a su mujer.
La cena duró casi dos horas. Nadie mencionó lo de después. Hablamos de trabajo, de viajes, de películas, con esa naturalidad que tienen las personas que ya saben que no hace falta forzar nada. No hubo caricias por debajo de la mesa ni insinuaciones torpes. Solo miradas que decían más de lo que decían las palabras. Cada vez que Marcos se levantaba a buscar algo, Claudia se inclinaba un poco hacia mí, bajaba la voz y la conversación cambiaba de registro. Cada vez que era ella la que se alejaba, Marcos hacía lo mismo. Era un juego de tres, aunque todavía estuviéramos sentados alrededor de una mesa con manteles de papel.
Tras el postre, pagamos y salimos directos hacia el local. Había nervios, claro, pero también esa sensación de que el siguiente paso era justo el que tocaba.
***
El local era exactamente como lo había imaginado. Música suave, luz escasa, parejas en distintos rincones haciendo distintas cosas. No sabías si llevaban juntos tres años o se habían conocido esa misma tarde. No había manera de distinguirlo, y eso era exactamente lo que me resultaba fascinante de ese ambiente: la normalidad de lo que para otros sería impensable.
Dejamos los abrigos y los teléfonos en la entrada. Cuando cruzamos al interior, la música y la penumbra hicieron el resto.
Pedimos copas en la barra. Claudia apoyó el codo junto al mío y bajó la voz:
—Allí hay salas privadas. Podemos cerrar la puerta o dejar que alguien mire, si quieres.
—¿Seguimos lo que hablamos los días anteriores? —dije, recordando los mensajes de la semana pasada.
—Por mí, sí. Y dame tiempo, que a lo mejor hoy me suelto contigo del todo.
Esa frase me quitó el poco nerviosismo que me quedaba. Marcos señaló con la cabeza una de las puertas al fondo. Vacía. Nos miramos los tres y fuimos hacia allí sin decir nada más.
***
Dentro de la sala, con la puerta cerrada y el cartel colocado en el pomo, el volumen de la música bajó lo suficiente como para poder hablar sin gritar. Marcos me miró directamente:
—Sabes que necesito oírte decir algunas cosas en voz alta.
—Sí a todo —dije, bromeando a medias.
—Eso ya pinta bien. A ver: ¿me das permiso para tocarte, besarte?
—Sí. Puedes besarme, tocarme, abrazarme.
—¿Y penetrarte?
Me lo pensé medio segundo.
—Hoy no. No lo descarto, pero cuando lleguemos a ese punto, lo volvemos a hablar.
Me gustó que pudiera decirlo con total tranquilidad. Me gustó más todavía que él lo aceptara con la misma calma, sin insistir, sin poner cara de decepción. Todo fluía.
Claudia fue la primera en quitarse la ropa. Se sacó la camiseta despacio, luego el sujetador, y me quedé mirando sus tatuajes, su pecho, la forma en que su piel absorbía la poca luz de la habitación. Marcos bajó los pantalones y sin rodeos pude ver que estaba completamente excitado.
Me quité la parte de arriba mientras Claudia bajaba los leggings. Estaba depilada, igual que yo. Nos miramos en silencio unos segundos. Ese silencio que no es incómodo sino todo lo contrario: el que se produce cuando dos personas se permiten mirarse de verdad por primera vez.
***
Tal y como habíamos acordado, me senté en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las piernas abiertas. Marcos se tumbó frente a mí, boca arriba. Claudia se colocó sobre él, una pierna a cada lado, y empezó a descender despacio hasta que su cuerpo envolvió al de su marido. Gimió en voz baja cuando lo notó dentro. Un sonido corto y contenido que decía más que cualquier actuación exagerada.
Yo empecé a tocarme.
Mis dedos encontraron mi clítoris y comencé a moverlos en círculos, despacio, mientras los miraba. Claudia se movía con un ritmo lento y preciso, inclinada ligeramente hacia adelante, los ojos semicerrados. Marcos tenía las manos en sus caderas pero no las forzaba, solo las acompañaba. Era su danza de siempre, y yo era el público que habían elegido.
—¿Estás bien? —me preguntó Claudia entre un movimiento y el siguiente, mordiéndose el labio inferior.
—Muy bien. Me está gustando mucho veros.
—¿Alguna petición? —preguntó Marcos.
—Una sola —dije, sin parar de tocarme—. Quiero que os beséis. Quiero que os demostréis que estáis enamorados.
No tardaron ni dos segundos. Sus bocas se encontraron y sus lenguas se mezclaron mientras el ritmo entre sus cuerpos se intensificaba. Había algo en eso que me llegó en un lugar que no esperaba: no era solo excitante, era genuino. Se querían de verdad. Y eso lo hacía todo diferente, más cargado, más real.
Intensifiqué los círculos con los dedos e introduje uno dentro de mí, buscando ese punto de presión que me hacía contener la respiración. Los miraba y me miraban. Eran tres conversaciones distintas ocurriendo al mismo tiempo.
***
Claudia llegó antes que su marido. Su cadera perdió el ritmo ordenado y empezó a moverse de forma errática, hacia atrás y hacia adelante, buscando ese ángulo exacto. Cerró los ojos y tembló, despacio primero y luego con una sacudida que recorrió todo su cuerpo, soltando un gemido largo que no intentó disimular.
Marcos la siguió casi de inmediato. Vi cómo sus hombros se tensaban, cómo sus manos la atraían hacia él para profundizar un poco más, cómo su cuerpo se sacudía durante unos segundos y luego se quedaba quieto.
Yo seguía sin llegar. Los dos me miraron con la respiración todavía cortada.
—¿Quieres que te ayude? —dijo Claudia, poniéndose de pie y acercándose hacia donde yo estaba, sin importarle lo más mínimo el rastro que le quedaba en la cara interna de los muslos.
—Sí —dije.
—¿Te fías de mí? —preguntó Marcos, colocándose detrás de mí y ayudándome a ponerme de pie.
—Claro que me fío.
Me rodeó por la espalda, sus manos abiertas justo por encima de mi cintura. Noté su cuerpo contra el mío, ya más tranquilo pero todavía cercano, todavía presente. Claudia se plantó frente a mí y me miró de una manera que era difícil de definir: no era solo deseo, era también algo parecido a la curiosidad.
—Al final me has convencido —dijo, justo antes de que su mano llegara a mi entrepierna.
Su dedo encontró mi clítoris y lo acarició despacio, con una precisión que me hizo soltar el aire de golpe. Marcos me sostenía y me daba un masaje suave en el pecho. Yo estaba entre los dos, completamente sostenida, sin tener que hacer nada más que sentir.
Claudia se acercó hasta que sus ojos quedaron a pocos centímetros de los míos. Sus labios, que tanto había imaginado, se aproximaron despacio, sin apresurarse, sin necesitar demostrar nada, hasta que los sentí rozar los míos.
La besé.
Coloqué una mano en su muslo mientras nuestras bocas se movían juntas. Su lengua era suave y segura. Nada torpe, nada forzado. Un beso de alguien que ha decidido darlo y sabe perfectamente lo que hace. Mis terminaciones nerviosas reaccionaron todas a la vez: la presión de sus dedos, el calor de los brazos de Marcos en mi espalda, y esa boca que llevaba días imaginando.
Empecé a temblar antes de darme cuenta. Las piernas primero, luego todo lo demás. Me aferré a su muslo para no caer y me corrí con un orgasmo que no esperaba tan largo, tan ondulante, con los ojos cerrados y los labios todavía pegados a los suyos.
Cuando todo pasó, seguimos besándonos unos minutos más. No había prisa. Ella también había tenido miedo antes, me confesó después en voz baja. Miedo a no saber si le gustaría, a lo desconocido. Pero lo había hecho de todas formas, y eso decía mucho de ella.
***
Nos vestimos sin apuro. Dejamos la sala libre y volvimos a la barra a pedir algo de beber. Los tres nos sentíamos un poco observados, aunque probablemente nadie miraba. Era esa sensación de quien acaba de hacer algo que importa y necesita un momento para volver a la tierra.
—¿Y ahora qué? —pregunté, mirando el vaso.
—Ahora te digo algo para que te quede claro —dijo Claudia—. Esta noche nos ha gustado mucho. Queremos repetir. Hemos roto el hielo y hay muchas cosas que me encantaría explorar contigo.
—Suena a que hay un pero.
—Hay un pero, sí —dijo Marcos, riendo porque se dio cuenta de que había repetido la palabra en la misma frase—. Pero es bueno. Mientras estabais con los preparativos, una de las camareras se asomó a la sala. Y me parece que le gustó lo que vio.
Miré hacia la barra. La camarera estaba de espaldas, con un mono de licra oscuro que le marcaba cada línea. Pelo liso hasta los hombros, postura tranquila, como quien no ha hecho nada fuera de lo ordinario esa noche.
Claudia la llamó con un gesto.
Cuando se giró, me encontré con unos ojos claros y una sonrisa que no necesitaba ninguna explicación. Se acercó por fuera de la barra y se colocó a nuestro lado.
—Te explico, Valeria. Bueno, os explico a las dos —dijo Claudia, asegurándose de que ambas escuchábamos—. Esta noche ha sido perfecta. Y seguiremos viéndonos, porque te hemos elegido y no nos arrepentimos. Pero precisamente por eso, por el aprecio que te tengo ya, me gustaría darte aquí un cierre y dejarte en muy buena compañía.
Tal vez no era lo que esperaba. Tal vez sí. Marcos me dio un abrazo largo, luego Claudia hizo lo mismo. Me susurró al oído que repetiríamos, que esto era solo el principio. Y después los dos se fueron hacia la salida con la naturalidad de quien ha hecho exactamente lo que quería hacer esa noche.
Me quedé con la camarera y su sonrisa en el taburete de al lado. Ella pidió dos copas sin preguntar qué quería yo, y acertó.
Cuando desperté al mediodía siguiente, abrazada a ella en una cama que no era la mía, me acordé de Claudia. De lo que había sentido al besarla. De lo que era capaz de pasar cuando alguien decidía soltarse de verdad.
Todo eso ocurrió en aquella primera visita al local.