El círculo en la playa que nadie quiso interrumpir
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Marcela me miraba por el retrovisor con una sonrisa que no era la de una madre tranquila. Yo no sabía que esa tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Solo quería descansar un rato en la camilla. No imaginé que terminaría con la mano dentro de la ropa, mordiéndome el labio para que nadie en el pasillo me oyera.
Nunca me había tocado. Pero esa noche, con la pantalla del teléfono iluminándome la cara, mis dedos bajaron solos y ya no quise que pararan.
El siseo venía del cuarto de mis padres, y cuando me asomé en la oscuridad ya no pude moverme. Entonces mi hermana apareció al otro lado del pasillo.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Llevaba semanas pensándolo. La caja llegó un martes cualquiera, sin remitente, y Adrián la escondió en el armario hasta que la casa quedó en silencio.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
No era el ruido lo que no me dejaba dormir. Era saber que al otro lado de la pared ella estaba viviendo justo lo que yo había rechazado esa misma tarde.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Entró en la cueva pensando en la guerra. La adivina lo esperaba con el rostro de su reina, la túnica apenas cubriendo su cuerpo, y una promesa en los ojos que no era solo una visión.
Cuando el trono pasó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron un segundo. Fue suficiente para que esa noche acabara de una manera que jamás hubiera imaginado.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Nunca me había sentido así: el vientre todavía plano, el cuerpo en llamas, y una necesidad tan urgente que no podía esperar a nadie más que a mí misma.
La casa olía a vino y a silencio. Esa noche, con el kimono abierto y la copa en la mano, decidí que no iba a necesitar a nadie para sentirme viva.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.