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Relatos Ardientes

Tres horas encerrados y su hermano casi nos pilla

Llevaba casi un año sin acostarme con un hombre cuando tomé la decisión de publicar ese anuncio. Había tenido algunos encuentros en el pasado, nada serio, pero el cansancio de la rutina y cierta pereza social habían terminado por aislarme. Una noche de martes, con la pantalla del teléfono como única luz en el cuarto, escribí cuatro líneas en una web de contactos y le di a enviar antes de que el miedo me hiciera borrarlo todo.

Las respuestas llegaron al día siguiente. La mayoría eran mensajes de una sola línea, fotos de pollas sin contexto, hombres que querían quedar esa misma tarde sin haber cruzado más de tres palabras. Los fui descartando uno por uno hasta que apareció Marcos.

Marcos escribía oraciones completas. Preguntaba cosas antes de pedir nada. No empujaba. Estuvimos intercambiando mensajes casi dos semanas —largo para este tipo de plataformas— y cuando me pidió el número de teléfono lo di sin dudarlo demasiado. Con el número las conversaciones se alargaban y se volvían más concretas, hasta que un jueves me preguntó si quería pasar por su departamento el sábado por la tarde.

Le dije que sí.

***

El departamento quedaba en una zona residencial de Zapopan, cerca de un centro comercial sobre la avenida Patria. Subí tres pisos por la escalera porque el elevador estaba en mantenimiento. Marcos me abrió la puerta antes de que tocara, como si hubiera estado esperando al otro lado.

Era más o menos como en las fotos: complexión media, poco más de un metro setenta, cabello oscuro y corto. Tendría unos veintinueve años, quizás algo menos. Me hizo pasar y me ofreció agua. El departamento lo compartía con su hermano y con el padre de ambos, pero me aseguró que esa tarde estarían fuera. Recorrí la sala con la vista sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Nos sentamos a hablar un rato. Lo suficiente para que el nerviosismo se fuera asentando. Después me miró de una manera que no necesitaba interpretación y nos levantamos juntos hacia la recámara.

***

Empezamos despacio. Lo besé mientras le quitaba la camiseta y él hizo lo mismo con la mía. Tenía el torso liso, sin vello, cálido al tacto. Me pasó los brazos por la espalda y nos caímos juntos a la cama.

Le bajé el pantalón de un tirón, después el bóxer, y su polla saltó afuera medio dura, gruesa ya desde el reposo. Se la agarré con la mano y empecé a menearla despacio, sintiendo cómo se ponía más firme a cada pasada. Él hizo lo mismo con mi pantalón, me sacó la verga y me la trabajó con el puño mientras nos besábamos con lengua. Le bajé la cabeza y se la metí en la boca. Me la chupó entera, hasta el fondo, con una destreza que no me esperaba. Yo le agarré la cabeza y empecé a follarle la boca con embestidas cortas, mirándole cómo se le escurría la saliva por la comisura. Después me tocó a mí: bajé por su pecho, le mordí un pezón, seguí lamiendo hasta llegar a la ingle y me tragué su polla de un solo movimiento. La mamé largo rato, apretando con los labios, jugando con la lengua bajo el glande, mientras con la mano libre le manoseaba los huevos.

Estuvimos así un rato, chupándonos y tocándonos, acostumbrándonos al otro, cuando escuché que alguien tocaba a la puerta del departamento.

Marcos se quedó inmóvil con mi polla todavía en la boca.

—Es mi hermano —dijo en voz baja, sacándomela con cuidado—. Se le olvidó algo.

Se levantó, se puso el pantalón a toda prisa sobre la verga tiesa que apenas le entraba en la tela, y salió de la recámara cerrando la puerta detrás de él. Yo me quedé en la cama, escuchando los pasos en el pasillo, una voz al fondo, el ruido de cajones abriéndose y cerrándose en algún cuarto. Hubo un momento en que las voces se acercaron y el corazón me dio un vuelco. Después se alejaron, sonó la puerta principal, y el departamento volvió al silencio.

Marcos entró a la recámara con cara de disculpa y una erección que se le marcaba otra vez bajo el pantalón.

—Ya se fue. Saltó por una ventana del baño porque el seguro principal estaba echado y no quise abrir desde aquí.

Me senté en el filo de la cama. La interrupción había roto el momento y los dos lo sabíamos. Me puse la camiseta.

—Si quieres lo dejamos para otro día —dije.

—No. —Se sentó a mi lado y me puso la mano sobre el bulto—. Quédate.

Lo dijo sin presión. Solo como una petición. Me quedé.

***

Pasaron diez minutos sin que nadie volviera a llamar. Diez minutos en los que nos fuimos acercando otra vez, sin prisas, hasta que el ambiente se recompuso por sí solo. Cuando volví a sentir las ganas con claridad lo puse boca abajo sobre la cama.

Empecé por detrás: le di un par de palmadas fuertes en los glúteos y él respondió apoyándose en los codos y arqueando la espalda, ofreciéndome el culo. Tiene muy buen cuerpo por esa parte. Unas nalgas firmes y bien formadas que me tomé mi tiempo en trabajar. Le abrí los cachetes con las dos manos y me quedé mirando el ojete rosado, apretado, palpitando de anticipación. Bajé la cara y se lo lamí. Le pasé la lengua entera de arriba abajo, lo ensalivé bien, se lo metí adentro todo lo que pude. Él soltó un gemido largo y empujó el culo contra mi boca. Le trabajé el agujero con la lengua un buen rato hasta que lo tuve mojado y blando, después le metí un dedo. Entró sin resistencia. Le metí otro. Se los moví adentro, buscándole el punto, mientras él gruñía contra la almohada y movía las caderas.

—Métemela ya —dijo con la voz ronca—. Cógeme.

Me puse el condón y saqué el lubricante. Le eché un chorro generoso sobre el agujero y se lo esparcí con el glande, restregando la punta contra la abertura sin llegar a entrar todavía. Él empujaba hacia atrás intentando ensartarse solo. Le agarré la cadera con una mano para sujetarlo y con la otra me guie la polla.

Entré despacio. Él tensó la espalda al principio y respiró hondo, pero no me pidió que parara. Fui avanzando centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo se le abría alrededor de mi verga, apretándome caliente, hasta que lo sentí relajarse del todo. Le apoyé el pecho contra la espalda, le mordí la nuca, y le clavé lo que me quedaba de golpe. Soltó un jadeo. Entonces empecé a moverme.

Primero lento, midiendo su reacción con cada embestida, sacándola casi entera y volviéndosela a meter hasta los huevos. Empezó a gemir suave y a moverse hacia atrás con cada empuje, buscando más. Aumenté el ritmo. Mis huevos golpeaban contra los suyos, sus glúteos rebotaban contra mis caderas y él hundía la cara en la almohada para amortiguar los sonidos. Le di alguna nalgada seca y él la recibió arqueándose todavía más, apretándome la polla adentro. Le agarré del pelo, le tiré la cabeza hacia atrás y lo cogí duro, follándole el culo con ganas mientras le susurraba al oído todo lo que le estaba haciendo.

—Qué bien coges —le dije—, qué culo más apretado tienes, puta.

—Más —contestó él—, dame más fuerte.

Cuando se cansó de esa posición lo giré. Quedó sobre la espalda con las piernas extendidas y le metí una mano bajo los muslos para levantarlos hasta apoyárselos en mis hombros. Así, tumbado y abierto de par en par, con el culo en el aire, se la volví a meter de una sola estocada. Su polla dura le rebotaba contra el vientre a cada embestida y yo se la agarré y empecé a menearla al mismo ritmo que le cogía. Lo miraba a la cara mientras lo hacía: tenía los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, la respiración corta y rítmica, las mejillas rojas. Le escupí en la boca y él se tragó la saliva sin dejar de mirarme.

Le follé así un buen rato, hasta que sentí el cosquilleo subir desde los huevos. Antes de llegar al final lo volteé de nuevo boca abajo, lo agarré de las caderas y le di las últimas embestidas rápidas y profundas, hasta que me corrí dentro del condón con la polla clavada hasta el fondo. Me quedé adentro sin moverme hasta el último espasmo, sintiendo cómo el culo se le contraía alrededor de mi verga con cada latido de la corrida. Después salí con cuidado, me quité el condón cargado de semen y lo até antes de tirarlo a la papelera.

***

Nos quedamos un momento en silencio. Después fue mi turno.

Marcos ya tenía la polla otra vez tiesa, apuntando al techo, con el glande brillante de líquido preseminal. Me la enseñó de cerca antes de ponerse el condón: dieciocho centímetros de verga gruesa, dura, con las venas marcándose por toda la caña. Me hizo la boca agua. Me la metí en la boca un momento, la mamé bien, la ensalivé de arriba abajo mientras él me acariciaba el pelo. Después me embadurnó el culo con lubricante, me metió dos dedos para abrirme, y me colocó de costado en posición de cucharas, con un brazo bajo mi cabeza. Me levantó la pierna de arriba y así entró. La posición lo hace más llevadero: menos ángulo, más control, más tiempo para adaptarse. Aun así, los primeros segundos no fueron fáciles. Su verga era gorda y el ojete me ardió al ceder. No importa cuánto lubricante uses, el cuerpo siempre necesita su momento.

—Relájate —dijo al oído—, respira, déjame entrar.

Lo intenté. Aflojé el esfínter, respiré hondo, y sentí cómo la polla iba avanzando dentro de mí centímetro a centímetro hasta que noté sus huevos apoyados contra mis nalgas. Y funcionó.

El dolor fue cediendo hasta convertirse en algo completamente distinto: una sensación de llenura que al principio incomoda y después no quieres que pare. Marcos se movía despacio, con paciencia, deslizándome la verga adentro y afuera con embestidas largas, y cuando escuchó que mi respiración cambiaba y que empezaba a gemir empezó a aumentar la intensidad de a poco. Me mordía el hombro, me manoseaba el pecho, me apretaba los pezones entre los dedos mientras me cogía por detrás.

Me puso de rodillas. Sus manos en mis caderas, marcando el ritmo. Sus caderas golpeando las mías con fuerza, sus huevos chocándome contra el perineo. Me dobló hacia adelante hasta que mis manos tocaron el colchón y así me cogió durante un rato largo, cambiando el ángulo cada cierto tiempo, a veces con más fuerza, a veces muy despacio. Cada variación llegaba sin aviso y eso lo hacía mejor todavía. A veces empujaba hacia arriba y me rozaba la próstata de lleno, haciéndome ver estrellas; a veces hacia el costado, y cada dirección era diferente. Yo tenía la polla dura goteando contra las sábanas y me la agarré para pajearme al ritmo de sus embestidas.

—No te corras todavía —me dijo, apartándome la mano—. Aguanta.

Me agarró de los hombros y tiró hacia atrás hasta ponerme de rodillas contra su pecho, ensartado en su polla hasta el fondo. En esa postura me abrazó desde atrás, me metió una mano en la boca para que se la chupara, y empezó a moverme él, subiéndome y bajándome sobre su verga como si yo pesara la mitad. Sentí que se le tensaba todo el cuerpo detrás de mí.

Se corrió dentro de mí. Lo sentí claramente: la presión, los espasmos, los jadeos que soltó apretando mis caderas con los dedos, la verga hinchándose todavía más adentro con cada chorro. Se quedó un momento quieto, con la polla enterrada hasta las pelotas, respirándome en el cuello. Después salió despacio y se tiró a mi lado boca arriba con el condón cargado.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —respondí. Y era verdad.

***

Pensé que habíamos terminado. Me equivoqué.

A los pocos minutos Marcos ya quería otra vuelta. Lo miré y efectivamente estaba listo de nuevo: la polla otra vez erguida, dura como si no acabara de correrse. Tiene esa edad en la que el cuerpo no necesita demasiado tiempo para recuperarse. Me dio algo de envidia, no voy a mentir. Yo todavía tenía el culo abierto y palpitando, lleno de lubricante, con la corrida anterior filtrándose por el borde.

Esta vez me puso en el filo de la cama. Él de pie, yo con las piernas sobre sus hombros, el culo colgando fuera del colchón. Se puso otro condón, se lo lubricó bien, y me la volvió a meter de una sola embestida hasta el fondo. Grité. Desde esa posición tenía todo el control del ángulo y la profundidad, y lo usó bien: embestidas largas, brutales, con toda la cadera detrás, martillándome el culo con un ritmo constante que hacía sonar sus huevos contra los míos. Me miraba mientras lo hacía, con la mandíbula apretada. Yo le devolvía la mirada sin apartar los ojos, con la polla parada, agarrándomela y pajeándomela al compás de sus estocadas.

Después subió a la cama y se puso de rodillas con la espalda recta, la verga tiesa apuntando al techo. Me indicó con un gesto que me pusiera encima. Me monté a horcajadas sobre él, le agarré la polla, la coloqué contra mi agujero y me bajé despacio, dejándola entrar por mi propio peso. Me tomé el tiempo que necesitaba hasta sentir sus huevos contra mis nalgas. Cuando estuve acomodado empecé a moverme yo, marcando mi propio ritmo, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho, y así estuvimos un rato largo: a veces yo controlaba la cadencia, subiendo y bajando lento para saborear cada centímetro; a veces él empujaba desde abajo, agarrándome de la cintura, y me hacía perder el equilibrio de la mejor manera posible. Se inclinó a chuparme un pezón sin dejar de embestir.

Hicimos varias posiciones más. Yo encima de frente mirándonos a los ojos, después de espaldas para que él pudiera ver cómo su polla entraba y salía de mi culo abierto. La de rodillas otra vez, un rato breve porque ya empezaba a cansarme y las piernas me temblaban. Le pedí que me pusiera de costado con las piernas semiflexionadas, la más cómoda para acabar, y así terminó la sesión. Me pajeé mientras él me daba las últimas embestidas y me corrí sobre las sábanas en chorros largos, apretando el culo alrededor de su verga con cada espasmo. Eso lo llevó a él al borde. Se corrió dentro de mí por segunda vez, aferrado a mis caderas, gruñendo contra mi nuca, y sentí ese efecto doble que todavía no sé describir del todo bien: el placer físico de los espasmos de su polla dentro y algo más interno, más profundo, que se propaga en ondas y dura más que el propio orgasmo.

***

Cuando terminamos era de noche. Habían pasado más de tres horas desde que llegué. Me duché, me vestí y nos dimos un beso en la puerta antes de que bajara por las escaleras.

—Ven cuando quieras —dijo.

Volví varias veces. Siempre empezábamos igual: yo lo cogía primero, se lo mamaba, le follaba el culo hasta dejárselo lleno de corrida en el condón, después él me daba sus dos o tres turnos. Con el tiempo le fui agarrando más gusto a que me penetrara. Lo que al inicio era algo que aguantaba por la calentura se fue convirtiendo en lo que más esperaba de cada visita.

Marcos tiene una verga de unos dieciocho centímetros, gruesa, con venas marcadas y muy dura. Él tendría unos veintinueve años entonces, yo rondaba los cuarenta y siete. Más o menos la misma estatura, complexión similar. Siempre lo hicimos con condón y con limpieza.

Las últimas veces que nos vimos ya casi no íbamos por turno. Yo llegaba directamente para que me cogiera. Me bajaba los pantalones nada más entrar, me ponía a cuatro patas sobre su cama, y él me metía la polla sin más preámbulo. Era lo que quería. Su verga se había vuelto una necesidad concreta, no abstracta, y lo sabía desde que salía de casa hacia su departamento con el culo ya preparado.

Después me enteré de que su novia estaba embarazada. Se fueron a vivir juntos y perdí el contacto. No sé si él piensa en aquellas tardes de sábado. Yo, de vez en cuando, sí.

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Comentarios(9)

lector_ansioso

Me engancho desde la primera linea, que historia!!!

Guenco

Tres horas... vaya resistencia tiene Marcos jajaja. Excelente relato

CuriosoMx

Y el hermano nunca se entero de nada? jaja quede con la duda

NicolasMdq

Me encanto como esta narrado, se siente muy real. Espero que haya segunda parte

Iker

El titulo ya me vendio pero el relato supero las expectativas. Buen trabajo

DiegoBaires

Que tension la parte del hermano, casi me da un ataque leyendolo jaja

Fantasi4ever

Me recordo a una situacion parecida que vivi... esos momentos de adrenalina son inolvidables. Seguí subiendo cosas!

SantiagoK

Buenisimo. De los mejores que lei en esta categoria ultimamente

RobertoK21

Seguí escribiendo, tenes talento para esto. Me quede con ganas de mas

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