Dos semanas de miradas en el gym y lo que vino después
Llegué a los Estados Unidos con mi familia cuando tenía dieciséis años, y ya habían pasado bastantes desde entonces. Soy colombiano de nacimiento, aunque Nueva York ya me parece más mi ciudad que Cali. Soy delgado, tranquilo, de los que hablan poco y observan mucho. Y en el gimnasio, sobre todo, observo.
Llevo entrenando en el mismo gym del barrio desde que cumplí veinticuatro. Es uno de esos sitios sin lujos: máquinas viejas, música que nadie eligió y un horario amplio que lo compensa todo. Me concentro en piernas y glúteos, aunque también trabajo el tren superior. Soy gay, y tampoco es que lo oculte. Lo que sí hago es entrenar en paz, sin darle vueltas a nada.
Hasta que llegó Kwame.
Apareció un martes de octubre. Moreno oscuro, alto, con hombros anchos pero sin esa musculatura exagerada que algunos se esfuerzan en construir. Tenía buen cuerpo, el tipo de cuerpo que se nota que es natural. Desde el primer día lo noté mirándome. No con discreción, sino con una fijeza directa, de esas que hacen que apartes la vista y luego mires de vuelta para comprobar si siguen mirando. Seguía.
Yo también le lanzaba señales, claro. Me acercaba a la zona donde entrenaba, ajustaba el peso de una máquina que tenía al lado, tomaba agua cerca de él. Nada explícito. Pero tampoco neutro.
Pasaron dos semanas.
Una tarde, ya cuando me estaba secando el sudor antes de irme, se acercó y me habló en inglés. Tenía un acento que no supe identificar de inmediato, algo africano pero suavizado. Me preguntó si yo venía seguido, yo le dije que sí, él comentó que acababa de mudarse al barrio. Intercambiamos más palabras de las que esperaba. Me dijo que se llamaba Kwame, que tenía treinta y dos años, que era ghanés. Nos reímos de algo que ya no recuerdo. Era fácil estar con él.
Desde ese día nos saludábamos siempre. A veces entrenábamos en zonas cercanas. A veces él me daba consejos sobre la postura, y yo lo escuchaba aunque no los necesitara. Un par de veces, agachado haciendo sentadillas, sentí que se me quedaba mirando el culo sin ningún disimulo. Se me marcaba en el pantalón corto, y a él no le importaba que yo lo notara. Al contrario.
***
Un viernes, al terminar mi rutina, me preguntó si podía darle mi contacto. Le di mi cuenta de Instagram. Esa misma noche me llegó su solicitud, la acepté, y empezamos a escribirnos.
Al principio era casual: cómo estuvo el entrenamiento, qué tal el día. Pero las conversaciones fueron cambiando de tono poco a poco. Me preguntó si tenía novia. Le dije que no, que me gustaban los hombres. No hubo pausa larga ni reacción extraña: simplemente me respondió que él hasta entonces solo había estado con mujeres, pero que desde que me había visto en el gym estaba pensando en cosas que no había pensado antes.
No me esperaba eso.
Me preguntó si ya había tenido encuentros con hombres. Le dije que sí, que tenía experiencia, que sabía chupar una polla y que sabía recibirla. Me contestó con un audio corto de risa grave, y a los pocos segundos me envió una foto sin advertencia. Era su verga, gruesa, larga, con las venas marcadas y el glande oscuro asomando fuera del prepucio a medio retirar. Se la estaba sujetando con la mano y todavía le sobraba tramo. Le respondí con una foto mía de perfil, en calzoncillos, con el culo empinado hacia el espejo. Él escribió que desde la primera vez que me vio entrenar piernas había querido metérmela hasta el fondo y verme la cara.
Le propuse que viniera a mi apartamento un sábado por la mañana, cuando mis vecinos suelen estar fuera.
***
Me levanté temprano. Me duché con calma, me limpié bien por dentro con la pera, desayuné fruta y un café, y me puse un pantalón de tela que me quedaba ajustado en las caderas, sin ropa interior debajo. Estaba nervioso de una manera agradable, esa mezcla de anticipación y adrenalina que hace que todo parezca más vívido. La polla se me ponía dura cada vez que pensaba en la foto que me había mandado.
A las once sonó el timbre.
Abrí la puerta y estaba él: más alto de lo que lo recordaba fuera del gym, con una camiseta blanca simple y una mochila pequeña. Olía a jabón. Entró, miró el apartamento, se sentó en el sofá. Estuvimos hablando casi media hora sobre nada en particular. Él me preguntó por Colombia, yo le pregunté por Ghana. Habría podido seguir así otro rato, pero en un momento se inclinó hacia mí y puso la mano sobre mi muslo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije.
Y él sonrió.
Empezó a acariciarme la pierna lentamente, subiendo hacia el muslo y bajando hacia la rodilla. Luego pasó la mano por mis glúteos con una presión suave y deliberada, apretándome una nalga por encima del pantalón. Me giré hacia él y nos besamos. Tenía los labios gruesos y sabía exactamente cómo usarlos. Me metió la lengua en la boca sin pedir permiso, y yo lo dejé. Con la otra mano me buscó la entrepierna y me apretó la polla dura por encima de la tela.
—Se te para rápido —murmuró contra mi boca, en español apenas comprensible.
Le dije que pasáramos al cuarto.
***
Cerramos la puerta. Me quité la camiseta y empecé a quitarme el pantalón. Él me miraba sin moverse, con los brazos cruzados, con calma. Me gustó eso: que no tuviera apuro. Cuando el pantalón cayó al piso y quedé desnudo, con la polla dura apuntando hacia arriba, él sonrió de lado.
—Sin nada debajo —dijo—. Bien.
Fui hacia él y le quité la camiseta. Tenía el pecho oscuro, firme, con una pequeña cicatriz cerca de la clavícula. Le lamí el pezón y se lo mordí despacio; él soltó aire por la nariz. Le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón. Ya estaba semi-erecto dentro de la ropa interior, y el bulto era considerable, curvado a un lado y marcando la forma del glande contra el algodón. Le puse la mano encima y lo sentí crecer bajo la tela, latir contra mi palma con cada respiración suya.
Me arrodillé y le bajé la ropa interior.
La verga le saltó afuera pesada, golpeándome contra el mentón antes de asentarse. Era exactamente lo que la foto prometía y algo más. Gruesa, oscura, con las venas hinchadas recorriendo el tronco y el glande brillando de una gota espesa que ya asomaba por la punta. La tomé con la mano y no me alcanzaban los dedos para cerrar el puño alrededor. La sopesé, sintiendo el peso muerto de la polla en la palma, y le pasé la lengua por la punta, recogiendo esa primera gota de precum salado. Él exhaló largo por la nariz.
Abrí la boca y me metí el glande entero. Grande, caliente, con ese sabor limpio de piel recién duchada y ese fondo más denso de macho excitado. Empecé a chupársela con más profundidad, bajando poco a poco, sintiendo cómo se me iba estirando la garganta para acomodarla. No pude tragarla toda de golpe; los primeros intentos me hicieron toser y se me llenaron los ojos de lágrimas. Él no me apuró. Me sujetaba el pelo con una mano y me dejaba encontrar mi ritmo.
—Así, así —susurró—. Chúpamela bien.
Le pasé la lengua por toda la longitud, desde los cojones hasta la punta, y luego bajé a chuparle los testículos. Los tenía grandes y pesados, colgando bajos, y yo intentaba metérmelos en la boca de uno en uno mientras lo miraba desde abajo. Le pasé la lengua por el rafe hasta la base de la polla y volví a subir, empapándosela de saliva. Cuando volví a tragármela, ya entró más profundo. La cabeza me tocaba el paladar y luego el fondo de la garganta.
—Dios —dijo en inglés, entre dientes.
Me acariciaba el cabello mientras yo lo chupaba, y de vez en cuando bajaba la vista para encontrarse con la mía. Yo mantenía el contacto visual, con los labios estirados alrededor de su verga, la baba escurriéndoseme por la barbilla y goteando sobre mis propios cojones. Eso era lo que más le gustaba, lo noté desde el primer momento: verme la cara mientras me la comía. Empezó a empujar suave con las caderas, follándome la boca sin brusquedad, hasta que le sentí los testículos apretarse contra mi mentón. Le tenía la polla entera adentro. Se quedó así un segundo, tocándome la garganta con la cabeza, antes de sacarla despacio para dejarme respirar. Un hilo largo de saliva quedó colgando entre mis labios y su glande.
Después de un rato, me levantó por los brazos con una facilidad que me sorprendió, me dio vuelta y me empujó con suavidad hacia la cama. Me tumbé boca abajo y él me abrió las nalgas con las manos. Sentí su lengua.
Empezó a comerme el culo con paciencia, sin apuro, pasando la lengua plana desde el perineo hasta el hueco, una y otra vez, hasta empaparme entero. Luego apretó la punta contra mi agujero y empezó a metérmela, penetrándome con la lengua a la vez que me chupaba el borde. Yo ya no podía quedarme quieto. Gemía contra la almohada, con la polla dura apretada contra las sábanas, y sin darme cuenta le empujaba el culo hacia la cara. Él me sujetaba las caderas con las dos manos para inmovilizarme y seguía comiéndome, escupiéndome dentro del agujero y volviendo a lamer.
—Quieto —dijo en voz baja, y siguió.
Me metió un dedo. Entró fácil, embarrado de saliva. Luego dos. Los movía en tijera para irme abriendo, sin dejar de lamerme alrededor. Cuando pasó al tercero, ya me temblaban las piernas y le rogaba en español que me la metiera.
—Por favor —le dije—, métemela ya.
Cuando por fin paró, tomó su mochila y sacó un condón y un lubricante. Me lo esperaba. Me puse en cuatro sobre la cama, con el culo bien empinado y la cara apoyada en el antebrazo. Él se colocó detrás. Escuché el crujido del envoltorio, el clic del pomo, y luego el sonido húmedo del lubricante corriendo entre sus dedos. Me embarró bien el agujero, metiéndome dos dedos hasta el fondo para repartirlo por dentro, y después se untó la polla entera.
***
La primera vez que sentí la cabeza empujando contra mi entrada, me tensé. Era más de lo que estaba acostumbrado. La sentía dilatándome de a poco, forzando el círculo del músculo, y por un segundo pensé que no iba a entrar. Me dijo que respirara, que aflojara, que él iba despacio.
Y fue despacio. Muy despacio.
El glande cedió con un tirón sordo y se me hundió adentro. Se me escapó un gemido largo, casi un quejido. Él se quedó quieto ahí, dejándome ajustar, mientras me acariciaba la espalda. Después empezó a empujar el resto, milímetro a milímetro. Cada centímetro era una negociación entre el dolor y el placer. Sentía la polla abriéndose paso, apartando todo por dentro, hasta que los muslos de él se apretaron contra mis nalgas y supe que ya la tenía toda.
—Toda adentro —murmuró—. Bien abierto.
Después de un momento el dolor fue cediendo, y en su lugar se instaló algo distinto: una presión profunda, constante, que se extendía hacia el vientre y me subía por la columna. Empezó a moverse con más ritmo, sacándola casi entera y volviendo a hundirla de una sola vez, y yo empecé a empujar hacia atrás para recibirlo. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la habitación.
Me susurraba en inglés al oído. No entendí todo, pero el tono era suficiente: fuck, so tight, take it all. Me agarraba del pelo con una mano y del hombro con la otra, y me la clavaba entera cada vez con más fuerza.
Cambiamos de posición. Me tumbé de espaldas y lo envolví con las piernas, subiéndomelas hasta los hombros para que me penetrara más hondo. Volvió a metérmela de un solo empuje y esta vez no hubo resistencia. Desde ahí lo veía: la concentración en su cara, el sudor bajándole por la sien, el movimiento de sus hombros, los tendones del cuello cuando empujaba con fuerza. Me miraba a los ojos mientras me la clavaba, sin dejar de sostenerme la mirada, y eso también me excitó, quizás más que cualquier otra cosa. Con una mano me apretó el cuello, sin llegar a apretar de verdad, solo marcando. Con la otra me agarró la polla y empezó a hacerme una paja al mismo ritmo de sus embestidas.
—Mírame —dijo—. No cierres los ojos.
Luego me subí encima de él.
Me coloqué a horcajadas y agarré su polla por la base para acomodármela. Bajé poco a poco hasta tenerla entera dentro. Solté el aire lento. Se sentía llena, densa, presente, tocándome un punto adentro que me hizo temblar. Empecé a moverme, subiendo y bajando, y él puso las manos en mis caderas para guiarme, marcándome el ritmo. Nos mirábamos. No hablábamos. Yo me apoyaba las manos en su pecho y me la ensartaba yo mismo, sintiendo cómo me abría cada vez que bajaba. La polla mía se me sacudía contra su abdomen con cada rebote, dejándole hilos de precum sobre la piel oscura.
Estuvimos así un buen rato, marcando el ritmo entre los dos, hasta que él tomó el control otra vez: me sujetó por las caderas y empezó a embestir desde abajo, clavándomela seco, y yo me quedé quieto encima recibiéndolo. Después me giró, me puso boca abajo y me aplastó contra el colchón con todo el peso de su cuerpo. Me abrió las piernas con las rodillas y volvió a metérmela hasta el fondo, empujando con más fuerza, con el pecho pegado a mi espalda y la boca en mi cuello. Yo ya no pensaba en nada. Solo escuchaba el sonido húmedo de los dos cuerpos, el golpe de sus cojones contra los míos, y mis propios gemidos, que ya no intentaba controlar.
—Me voy a correr —dijo con voz tensa—. Estoy cerca.
—Adentro —le dije—. Córrete adentro.
Se tensó, empujó dos, tres veces más, hasta el fondo, y a la última se hundió entero y se quedó ahí. Sentí la polla latir dentro de mí, cada palpito descargando el semen contra la pared del condón, y ese calor profundo que no se puede describir bien con palabras. Gruñó contra mi nuca, con los dientes apretados. Siguió moviéndose unos segundos más, lento, ordeñándose adentro, hasta que paró del todo. Yo me corrí debajo de él, contra las sábanas, sin siquiera tocarme, solo por la presión de tenerlo entero adentro.
Se quedó quieto encima de mí, con la polla todavía dura y clavada. Los dos respirando fuerte. Cuando por fin la sacó, despacio, sentí el vacío de golpe y un hilo tibio bajarme por el muslo. Él se sacó el condón, anudado y lleno, y lo dejó a un lado.
***
Después se duchó en mi baño. Yo me quedé en la cama mirando el techo unos minutos, sin moverme, con el culo latiéndome y las piernas todavía abiertas. Escuché el agua correr, escuché cuando se apagó, escuché cómo se vestía.
Salió del baño secándose el cuello con la toalla, con la misma calma con que había llegado.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Muy bien —le dije.
Sonrió. Se puso los zapatos, recogió su mochila y yo lo acompañé hasta la puerta. Nos dimos un beso corto antes de que saliera. Cerré con llave y fui a ducharme.
El agua caliente sobre la espalda, el cuerpo todavía sensible, el culo todavía abierto, el apartamento en silencio. Pensé que había valido la pena cada semana de miradas en el gym, cada mensaje ambiguo, cada señal lanzada al aire sin saber si llegaría a algún lado.
Había llegado.
Kwame y yo nos volvimos a ver algunas veces después de ese sábado. Nunca fue nada más que eso: encuentros sin complicaciones, sin expectativas, sin drama. Pero ese primero siempre va a tener un lugar aparte. Fue la primera vez con alguien así, y marcó una diferencia que no había anticipado.
Si les gustó el relato, tengo otras historias que contar.