Lo que siempre quise hacerle a mi mejor amigo
La habitación estaba en silencio cuando Andrés abrió los ojos y me encontró sentado al borde de la cama, mirándolo. Llevaba años mirándolo así cuando creía que nadie podía verme: con esa mezcla de admiración y de algo que tardé mucho en nombrar correctamente. Esa noche, por primera vez, no me importó que me descubriera.
—¿Qué haces? —preguntó con la voz ronca del sueño.
—Nada —dije—. Te estaba viendo dormir.
Se quedó callado un momento. La luz que entraba por la ventana le iluminaba la mandíbula, el cuello, el pecho descubierto. Andrés tiene ese cuerpo que parece construido sin esfuerzo, como si el tiempo que pasa en el gimnasio fuera para él solo una costumbre más y no una obsesión. Esa noche lo tenía todo expuesto: sin camiseta, con la sábana apenas cubriendo la mitad de su abdomen, los brazos abiertos sobre la cama. Llevaba demasiado tiempo esperando ese momento para desviar la mirada.
—Ven —dijo.
Una sola palabra. Sin explicaciones, sin preguntas.
No supe si me estaba diciendo que me acostara a dormir a su lado o que me acercara de otra manera. Elegí lo segundo.
Me moví despacio hacia él, sin quitarle los ojos de encima, esperando que en cualquier momento cambiara de idea o dijera que se había equivocado. No lo hizo. Cuando estuve lo bastante cerca, extendió una mano y me la puso en la nuca con una firmeza suave, y ese gesto simple me deshizo por completo.
—¿Cuánto tiempo llevas queriendo esto? —preguntó.
—Mucho —admití.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
No tenía una respuesta buena para esa pregunta. La verdad era complicada: miedo, orgullo, la certeza de que si lo decía en voz alta dejaría de ser solo mío. Andrés era mi mejor amigo desde hacía cuatro años, y ese deseo había crecido tan despacio y con tanta discreción que cuando quise darme cuenta ya no podía sacármelo de adentro. Había aprendido a vivir con él como se vive con algo que no tiene solución: aceptándolo en silencio.
—No sabía cómo —dije al final.
Él asintió, como si eso le bastara. Después bajó la mano de mi nuca al borde de la sábana y la apartó de un tirón lento, sin dramatismo, como quien saca una carta que ya tenía decidida. Debajo estaba desnudo. La polla se le marcaba a medio despertar contra el muslo, gruesa incluso así, con esa pesadez que solo tienen las de verdad. Se me secó la boca.
—Mírala bien —dijo—. Es lo que llevas años imaginándote, ¿no?
—Sí —dije, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
—Tócala.
Alargué la mano y se la cerré alrededor. Sentí el peso, el pulso caliente subiendo por debajo de la piel, la forma en que se le fue endureciendo entre mis dedos con cada latido. Le di un par de tirones lentos, de arriba abajo, mirándole la cara. Andrés soltó un suspiro corto por la nariz y se le entrecerraron los ojos.
***
Lo que pasó después no fue como lo había imaginado en las noches que me acosté pensando en él, y hubo muchas de esas noches. Lo había imaginado torpe, nervioso, lleno de incomodidad. Había imaginado que tendría que convencerlo de algo. Pero Andrés no necesitó convencerse de nada. Tomó el control desde el principio con esa calma que tiene para todo, y yo me dejé llevar.
Me acerqué hasta que nuestras caras quedaron a centímetros. Él no se movió. Me estaba mirando como se mira algo que ya se conoce de memoria pero que aún tiene el poder de sorprender. Sentí su respiración en mi boca antes de que nuestros labios se rozaran, y ese medio segundo —ese instante suspendido antes del contacto— fue quizás lo más intenso de toda la noche.
Cuando nos besamos, el tiempo hizo algo raro. Se estiró y se contrajo al mismo tiempo. Era un beso largo y pausado, sin prisa, como si Andrés hubiera decidido que esa noche no había ningún lugar al que llegar. Le puse las manos en el pecho y sentí su corazón acelerado bajo la piel. Eso me confirmó que él también llevaba algo guardado adentro. Que esto no era solo mío.
Sin dejar de besarme me metió la mano por debajo del calzoncillo y me agarró la polla entera. La tenía dura desde antes de sentarme al borde de la cama. Me la apretó una vez, dos, calibrándome, aprendiéndome de golpe. Se me escapó un gemido dentro de su boca y él se rió por lo bajo sin apartarse del beso.
—Estás empapado —murmuró contra mis labios, restregándome el pulgar por la punta mojada—. Cuánto tiempo llevas así, dime.
—Desde que abriste los ojos —dije.
—Mentira. Desde antes.
Nos separamos. Me miró un segundo. Después dijo:
—Baja. Chúpamela.
Lo supe al instante. Supe exactamente lo que quería decir, y supe también que quería hacerlo más de lo que había querido nada en mucho tiempo.
Me moví hacia abajo por su cuerpo despacio, sin dejar de tocarlo. Le pasé los labios por el cuello, por la clavícula, por el centro del pecho. Le mordí un pezón sin pensarlo y él dio un respingo pequeño, sorprendido. La piel de su abdomen se tensó cuando llegué al ombligo. Seguí bajando, dejándole un rastro de saliva por la línea de vello que le bajaba desde el estómago. Cuando llegué adonde quería llegar lo miré desde ahí, esperando. Estaba completamente duro, la polla apoyada contra el vientre, gruesa, con esa vena marcada en el dorso y la cabeza brillante e hinchada. Verla así —así de clara, así de sin ambigüedades— me produjo una mezcla de orgullo y deseo que no había sentido nunca antes.
Empecé con cuidado. Le pasé la lengua plana desde la base hasta la punta, siguiendo esa vena centímetro a centímetro, y cuando llegué arriba le di una vuelta lenta al glande con la punta de la lengua. Besitos en la cabeza, en el frenillo, sin apurarme. Le lamí los huevos uno por uno, me metí uno en la boca y lo chupé sin moverme durante unos segundos, sintiendo cómo se le contraía todo el saco contra mi lengua. Dejé que el calor entre nosotros fuera subiendo de temperatura sin quemarnos de golpe. Andrés tenía los ojos cerrados y una mano apoyada sobre la sábana junto a su cadera, los dedos apenas apretados. Oírle cambiar la respiración fue la primera señal de que iba bien.
—Métetela toda —dijo en voz baja—. No juegues más.
Lo hice. Me la metí entera en la boca, tan profundo como pude, hasta que sentí la cabeza empujándome contra el fondo de la garganta, y aguanté ahí. Se me llenaron los ojos de agua enseguida. Sentí cómo se tensaban los músculos de sus muslos a los lados de mi cabeza, cómo se le contraía el abdomen. Empecé a moverme, lento primero y luego con más ritmo, dejando que la polla me entrara y me saliera de la garganta con un ruido húmedo y obsceno que llenó la habitación entera. La saliva se me caía por las comisuras y le bajaba por los huevos, y yo la usaba para hacerle una paja con la mano en la base mientras chupaba la parte de arriba.
—Joder —bufó—. Así, exactamente así.
No hubo más instrucciones después de eso. Andrés entendió que no las necesitaba.
***
Pasaron varios minutos. Perdí la noción del tiempo concentrado en él, en sus reacciones, en aprender qué le gustaba y qué lo sacaba de sí mismo. Aprendí que cuando le pasaba la lengua por debajo del glande, ahí en el frenillo, cerraba los ojos con fuerza y soltaba el aire de golpe. Aprendí que cuando lo presionaba contra mi garganta y aguantaba sin respirar hasta que se me saltaban las lágrimas, apretaba los dedos en mis cabellos sin darse cuenta y susurraba tacos entre dientes. Aprendí que gemía muy bajo, casi sin querer, como si intentara no dejar escapar ningún sonido, y que cuando se le escapaba uno más fuerte se ponía la mano en la boca como si le diera vergüenza.
En un momento me puso ambas manos en la cabeza con firmeza y empezó a follarme la boca. No con violencia, pero sí con claridad, marcando él el ritmo, empujando la cadera hacia arriba cada vez que yo bajaba. Le siguió el ritmo a mi boca como si hubiera estado esperando hacerlo durante años. Yo abrí la garganta lo más que pude y aguanté las arcadas hasta que me soltó. La saliva se me caía a hilos por el mentón. Tomé aire durante unos segundos, con la cara empapada, la polla dándome golpecitos húmedos en la mejilla, y volví a empezar.
—Mírame mientras me la chupas —me pidió—. No cierres los ojos.
Le hice caso. Andrés se incorporó un poco sobre los codos para verme mejor. Esa imagen —él mirándome desde arriba con los ojos entrecerrados, la boca abierta, completamente entregado a lo que yo le estaba haciendo— es algo que no voy a olvidar en mucho tiempo. Le devolví la mirada sin apartar la boca, con los labios estirados alrededor de él, y le vi la cara cambiar. Sentí cómo se le aceleraba la respiración otra vez. Se le hinchó todavía más dentro de mi boca.
—Para un segundo —dijo de pronto—. Para o me corro ya y no quiero.
Me detuve al instante. Lo miré con la pregunta en los ojos, la polla saliéndoseme de la boca despacio, un hilo de saliva uniéndonos.
—Ven aquí —me pidió, señalando el espacio a su lado.
Subí hasta quedar tumbado junto a él. Me puso una mano en la mejilla y me besó de nuevo: diferente esta vez, más urgente, con los dientes rozando levemente mi labio inferior, saboreándose a sí mismo en mi lengua sin ningún reparo. Le puse una mano en el pecho y la otra en su nuca, y nos quedamos así un momento respirando el uno en la boca del otro, sin prisa. Sentí que me buscaba la polla otra vez con la mano, cerrándome el puño alrededor, marcándome un ritmo lento que me hizo temblar entero.
—¿Quieres seguir? —preguntó.
—Sí —dije sin dudar.
—¿Todo? ¿Hasta el final?
—Todo.
Se rió. Era una risa baja, de las que no hace para que nadie lo escuche, sino solo para sí mismo. La oía pocas veces en cuatro años de amistad, y cada vez que la escuchaba me recordaba por qué me había enamorado de él sin haberlo planeado.
Porque sí. Lo quería. Con todo lo que esa palabra implica y con todo lo que complica.
***
Volví a bajar. Esta vez con más confianza, sin la tensión del principio. Me tomé el tiempo que quise: exploré lo que no había explorado antes, probé lo que me daba curiosidad, aprendí los límites y las preferencias de ese cuerpo que llevaba tanto tiempo mirando de lejos. Andrés se entregó con una generosidad tranquila que no esperaba. No se puso rígido ni se cerró en ningún momento. Solo dejaba que pasara, y de vez en cuando ponía una mano suave en mi cabeza para hacerme saber que seguía ahí.
Le abrí las piernas con las manos y me acomodé entre ellas. Le lamí desde abajo del todo, por detrás de los huevos, subiendo despacio por la costura del saco, chupándole cada uno con calma, sintiendo el sabor salado de la piel y el peso de los cojones contra la lengua. Andrés soltó un jadeo largo que no intentó disimular. Me metí los dos huevos en la boca a la vez y los chupé despacio, moviéndolos con la lengua, mientras le pajeaba la polla con la mano por encima. Andrés se arqueó un poco hacia atrás y puso los ojos en blanco. Lo escuché soltar un gemido que no intentó contener, ronco, animal, y eso me enloqueció más que cualquier otra cosa de esa noche.
—Joder, joder —repitió, agarrándose a las sábanas.
Volví a la cabeza. Se la envolví con los labios y empecé a subir y bajar rápido, apretando bien con la boca, mientras con la mano seguía haciéndole una paja en la base al mismo ritmo. Sentí cómo se ponía aún más duro, cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le contraían los muslos a los lados de mi cara. Los huevos se le habían pegado al cuerpo. Le sentí latir la polla contra el paladar.
—Me estoy viniendo —me avisó, la voz tirante—. Me corro, me corro ya.
No me aparté. Al revés: me la metí más profunda todavía, hasta la base, y me la quedé ahí, ahogándome un poco, con la nariz apretada contra su vientre y la garganta cerrándose alrededor. Sentí la primera sacudida latir dentro de mí, larga, gruesa, y después el chorro caliente saliéndole en el fondo de la boca. Me eché un poco hacia atrás para no ahogarme y dejé que las siguientes cayeran directas sobre la lengua. Una, dos, tres, cuatro descargas fuertes, y otras dos más chicas después. Sentí el sabor espeso llenándome la boca entera, caliente, salado, con ese punto amargo que solo tiene recién salido. No lo solté hasta que terminó del todo, hasta que su cuerpo se relajó de golpe y soltó el aire que había estado aguantando. Lo retuve todo sin perder nada.
Me lo saqué despacio. Lo miré. Abrí la boca para que viera lo que tenía dentro —esa piscina blanca y espesa sobre la lengua—, la mantuve abierta un par de segundos para que se le quedara grabado, después la cerré y tragué de una, mostrándole la lengua vacía al terminar. Vi cómo le cambiaba la expresión de la cara cuando lo hice.
—Dios —dijo en voz muy baja—. Dios, mírate.
Lo limpié con cuidado, con calma, sin prisa ninguna. Le pasé la lengua por toda la polla todavía dura, recogiendo los últimos restos que le habían bajado por el tronco, chupándoselos con paciencia. Un par de lametones suaves para terminar en la cabeza sensible, un último beso en la punta que lo hizo estremecerse una vez más y soltar un gemido corto, casi de queja, de puro exceso.
***
Subí hasta quedar tumbado a su lado. Andrés tenía los ojos abiertos y me miraba con una expresión que no le había visto nunca: completamente relajada, sin ninguna defensa. Se le notaba en toda la cara, en los hombros caídos, en cómo apoyaba los brazos sobre la cama sin tensión ninguna.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Muy bien —dijo—. ¿Y tú?
—Mejor que en mucho tiempo.
Bajó la mano y me encontró todavía duro contra su cadera. Me la agarró sin decir nada y empezó a pajearme despacio, mirándome a los ojos, marcándome un ritmo constante con la muñeca. Escupió en la palma y volvió a cerrarla alrededor, y el ruido húmedo de su mano subiendo y bajando por mi polla me hizo cerrar los ojos.
—Córrete para mí —me dijo al oído—. Encima. Sin miedo.
No aguanté mucho. Llevaba demasiado tiempo empalmado, con la boca todavía llena de su sabor, y bastaron unos tirones firmes más para que empezara a temblarme todo. Me corrí sobre su puño y sobre mi propio vientre en varios chorros seguidos, aguantando la respiración, con la cara escondida en su cuello. Andrés no soltó, siguió sacándome hasta la última gota, ordeñándome con la calma con la que hacía todo. Cuando terminé se llevó la mano manchada a la boca y se la limpió con la lengua sin dejar de mirarme, como si me estuviera devolviendo lo que yo acababa de tragarme.
—Joder —dije, sin más vocabulario.
Se rió otra vez, esa risa baja.
Nos quedamos callados. No había nada que explicar ni nada que resolver esa noche. Lo que había pasado había pasado, y los dos lo sabíamos. Las conversaciones difíciles podían esperar al día siguiente, o al otro, o para cuando tocara. Esa noche solo queríamos estar ahí, en esa cama, sin que el mundo de afuera entrara todavía.
Apagué la lámpara de la mesita. La habitación quedó en penumbra, con apenas la claridad que se filtraba por debajo de la puerta. Andrés levantó el brazo sin decir nada y yo me acomodé contra su pecho. Sentí cómo respiraba, cómo su cuerpo se iba relajando del todo, cómo el calor entre los dos se volvía manso y constante.
Cuatro años de amistad. Cuatro años de quererle en silencio, de mirarle a escondidas, de guardar ese deseo en algún lugar donde no pudiera estorbar. Y ahora estaba aquí, con la cabeza apoyada en su pecho y su brazo rodeándome los hombros, escuchando cómo se le iba haciendo más profunda la respiración mientras se dormía.
No pedía nada más. Nunca había querido nada más que esto.
Se quedó dormido antes que yo. Lo escuché durante un rato, sintiendo el ritmo de su pecho subir y bajar. Afuera, la ciudad seguía con lo suyo: coches lejanos, viento en las ventanas, algún ruido de la calle que no llegaba a identificarse. Dentro, en esa habitación pequeña con las sábanas revueltas y el olor a sexo todavía flotando, todo estaba exactamente donde tenía que estar.
Me dormí sin hacer ruido, con la mano abierta sobre su pecho, escuchando el corazón de mi mejor amigo.