La función de medianoche que compartimos los tres
Habíamos planeado aquella noche durante semanas y, aun así, los tres nos comportábamos como si todavía pudiéramos arrepentirnos. Damián manejaba sin decir nada. Camila, en el asiento de atrás, jugaba con el cierre de su cartera. Yo iba de copiloto, mirando la calle desfilar y repitiéndome que era una idea de los tres, no solo mía.
—¿Vamos al de Belgrano? Es el que menos gente tiene los martes —dijo Camila.
Damián asintió. Yo también. Nadie aclaró por qué nos importaba tanto la cantidad de gente.
El cine quedaba dentro de una galería vieja, con alfombra gastada y un olor dulzón a pochoclo recalentado. Compramos las entradas para la sala más chica y la película más larga de la cartelera: un drama francés que prometía aburrir a cualquiera. La chica de la boletería ni nos miró cuando le pedí los tres tickets juntos. Tenía los auriculares puestos y la cabeza metida en el teléfono.
—Últimas tres butacas de la fila de arriba, esquina derecha —recité de memoria, porque las había elegido yo desde la app esa misma mañana.
Subimos despacio. La sala estaba casi vacía: una pareja mayor en la cuarta fila, un tipo solo más adelante y nada más. Las luces todavía estaban encendidas y la pantalla mostraba publicidades estridentes de gaseosas. Nos sentamos en silencio: Damián en el medio, Camila a su derecha, yo a su izquierda. Era nuestro acuerdo tácito desde el primer día. Él era el puente entre los dos.
Todavía estamos a tiempo de no hacer nada, pensé, mientras dejaba la campera sobre la butaca de adelante.
—¿Estás bien? —me preguntó Damián por lo bajo.
—Sí. ¿Vos?
—Nervioso. Pero bien.
Camila se inclinó por encima de él y me miró con una sonrisa que no le había visto antes. Tenía el delineador corrido a propósito, los labios pintados de un rojo casi negro y un perfume nuevo que llenó toda la fila. Cuando nos habíamos conocido, hacía poco más de un año, era una chica de jean y zapatillas. Esta versión suya, planeada hasta el último detalle, era otra cosa.
—Si en algún momento alguno quiere parar, lo decimos y listo —murmuró—. Nadie se enoja.
Asentimos los dos al mismo tiempo.
Las luces bajaron. La sala se hundió en esa penumbra azulada de los tráilers. Una voz en off anunció que el siguiente estreno era imperdible. Nadie le prestó atención.
Camila se levantó de su butaca y, sin hacer ruido, se acomodó en el suelo angosto entre nuestras piernas. Sentí el roce de su pelo en mi rodilla antes de verla del todo. La oscuridad la convertía en una silueta, apenas un brillo en los ojos cada vez que la pantalla cambiaba de color.
—Hola, chicos —dijo, y soltó una risa baja que me erizó la nuca.
Empezó por los muslos. Sus manos eran tibias, firmes, y subían y bajaban sin apuro. Damián exhaló largo, despacio, como si llevara conteniendo el aire desde que entramos. Yo cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, ella ya estaba trabajando los botones de su jean y del mío al mismo tiempo, con una destreza que me dio risa y vértigo.
—Sin ropa interior los dos. Qué obedientes —susurró.
Habíamos discutido eso por chat la noche anterior. Una idea tonta que terminamos cumpliendo al pie de la letra.
Lo bajó todo apenas lo justo. El aire frío de la sala me golpeó la piel y, casi al mismo tiempo, su boca subió por la cara interna de mi muslo en una línea de besos sueltos. No llegaba a destino y volvía a bajar, como una broma cruel. Damián se reía bajito a mi lado, con los dientes apretados.
—No empieces así o no aguanto —le murmuró él.
—Aguantás lo que yo quiera que aguantes —contestó ella.
Giré la cabeza hacia Damián. Él me miró y, casi sin pensarlo, nos buscamos en el medio. Su boca tenía gusto a la cerveza que habíamos compartido en la previa. La barba corta me raspaba la mandíbula. Cuando metió la lengua y le respondí, sentí que Camila se decidía por fin: me envolvió con la mano y, un segundo después, con la boca entera.
El primer gemido se me escapó dentro de la boca de Damián. Lo silenció él mismo con un beso más profundo. Camila trabajaba con paciencia, sin prisa, alternando la lengua y la mano, y yo perdí la noción de lo que pasaba en la pantalla. Cada tanto, una explosión de luz nos delataba durante un instante; nadie giraba la cabeza desde abajo.
De golpe noté el cambio: ya no estaba en mí. Abrí los ojos justo para alcanzar a ver cómo se llevaba a Damián a la boca. Él dejó caer la cabeza hacia atrás, contra el respaldo, y se mordió el labio para no hacer ruido. Me había quedado sin su beso. Ella, sin embargo, no me dejó solo: con la mano izquierda seguía recorriéndome de arriba a abajo, sin perder el ritmo.
Ese fue el sistema durante los siguientes minutos. Iba y venía. Dos minutos a uno, dos al otro. Mientras le hacía a uno, masturbaba al otro. La diferencia entre la boca y la mano era exquisita y cruel a la vez: justo cuando empezabas a perderte, te dejaba en suspenso y todo se volvía espera.
Damián, sin soltarme de la nuca, me atrajo y volvimos a besarnos. Esta vez con más hambre. Su mano libre buscó la mía y me la apretó. Yo le devolví el apretón. No hacía falta hablar.
—Esperen —dijo Camila.
La oímos moverse en la penumbra. Se desabrochó la blusa de a un botón por vez. Le costó el corpiño, se rió de su propia torpeza y, cuando por fin se lo sacó, lo dejó colgando del apoyabrazos de Damián. La pantalla iluminó por un instante la curva de sus pechos. A Damián se le escapó una palabrota en voz baja.
—Vení —le ordenó ella.
Él se deslizó un poco más en la butaca. Camila se acomodó entre sus piernas, lo apresó entre los pechos y empezó a mover el cuerpo entero, lento, hacia arriba y hacia abajo. La cabeza de él asomaba apenas por encima del escote. Cuando lo tenía cerca de los labios, se inclinaba y lo recibía en la boca sin soltarlo del pecho. La combinación era brutal.
—No me dejes afuera —le pedí, medio en broma, medio en serio.
—Nunca —respondió Damián, y me agarró del cuello.
Llevó la mano libre a mi pene y empezó a moverla con el mismo ritmo con que ella se movía sobre él. Era la primera vez que él me tocaba en público, y no era casualidad que justo eligiera ese momento. Camila lo miraba a él, él me miraba a mí, yo no sabía a quién mirar primero. La sala se había convertido en un triángulo cerrado de respiraciones contenidas.
Aguanté lo que pude. No fue mucho. La mano de Damián era firme, segura, conocida. Sabía exactamente dónde apretar. Me corrí en silencio, mordiéndome el puño para no hacer ruido, y sentí cómo el calor me subía por las piernas hasta la nuca. Damián siguió moviéndome unos segundos más, suave ya, casi una caricia. Después se llevó los dedos a la boca y los probó sin dejar de mirarme.
—Mi turno —murmuré, cuando recuperé el aliento.
***
Bajé al suelo con cuidado de no chocar la butaca de adelante. La alfombra picaba en las rodillas pero no me importó. Camila me hizo un lugar a su costado, sin soltar a Damián del pecho. Compartimos una mirada cómplice en la oscuridad y nos repartimos el trabajo sin necesidad de palabras: ella seguía moviendo los pechos contra él, yo me ocupaba de la parte que el escote no alcanzaba a cubrir.
Damián tenía más resistencia que yo. Siempre la había tenido. Pero contra dos bocas no había aguante posible. Sus dedos se enredaron en el pelo de los dos al mismo tiempo, sin apretar, solo presentes, como si necesitara confirmar que estábamos ahí. Lo escuché contener el aliento, después soltarlo en una serie de jadeos cortos que se mezclaron con la música de la película.
—Avisame —le murmuré.
—Ya —dijo él, casi sin voz.
Camila se le adelantó un segundo. Lo abrazó con la boca entera y lo recibió sin moverse, sin un solo gesto de queja. Yo le besé el muslo, la cadera, lo que tuviera cerca, mientras él temblaba bajo nuestras manos. Cuando ella se irguió por fin, tenía los ojos llorosos por el esfuerzo y una sonrisa enorme que la pantalla iluminó durante un segundo.
Me incliné y la besé. Después le limpié con el dorso de la mano lo que se había escapado y se lo limpié también con la lengua. Ella se rió bajito, casi un suspiro.
—Son una porquería los dos —murmuró Damián, con la voz rota.
—Vos pediste —contestamos a la vez.
Nos quedamos así un rato largo, sin hablar. Yo apoyado contra la rodilla de él, Camila acurrucada contra la mía, los tres haciendo equilibrio en ese metro cuadrado de alfombra húmeda. En la pantalla, una mujer francesa lloraba mirando el mar.
Después, con la torpeza típica de quien se reacomoda en la oscuridad, volvimos a vestirnos. Camila buscó su corpiño, no lo encontró, se rió, lo encontró colgando del apoyabrazos. Yo me alisé la campera sobre el regazo por las dudas. Damián me pasó el brazo por los hombros y me besó la sien.
—¿Vemos lo que queda? —preguntó Camila.
—No entendí nada hasta ahora —dije.
—Yo tampoco —admitió Damián.
Igual nos quedamos. Vimos a la mujer francesa terminar de llorar, vimos los créditos subir despacio, vimos cómo las luces volvían a encenderse de a poco. Cuando salimos a la calle, ninguno se animó a comentar lo que acababa de pasar. Caminamos en silencio hasta el auto, los tres tomados de la mano por debajo de mi campera.
En el camino de vuelta, Camila se durmió en el asiento de atrás con los labios todavía pintados de rojo. Damián manejaba con una mano y con la otra buscaba la mía sobre la palanca de cambios. Pensé que íbamos a tener que hablar de todo eso al día siguiente, y que probablemente nos iba a costar más de la cuenta.
Pero también pensé que repetiríamos. Y, de algún modo, eso era lo que más me gustaba de los tres: que ninguno tenía miedo de la siguiente vez.