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Relatos Ardientes

Cerré el año cogido por un desconocido en una cabina

Eran las siete y media de la tarde del treinta y uno de diciembre y yo seguía dando vueltas por el centro de la ciudad sin ganas de volver a la pieza del hotel. Sabía perfectamente cómo iba a terminar la noche si subía a ese cuarto: cerveza tibia, televisor encendido sin volumen y una soledad insoportable apenas reventara el primer petardo del año nuevo. No estaba con humor para eso.

Caminaba por una avenida transitada cuando me acordé de un local que había visitado meses atrás. Un sótano discreto, sin cartel a la calle, con cabinas individuales conectadas por un chat interno donde uno podía buscar encuentros del ambiente gay sin tener que cruzar palabra con nadie en el pasillo. Cruising silencioso, anónimo, exacto para esa noche.

Tardé unos minutos en ubicar la entrada. Estaba medio escondida entre una librería cerrada y un local de tatuajes que tampoco abría esa noche. Bajé la escalera angosta y llegué a una recepción mínima donde un chico con anteojos y cara de aburrido me alcanzó una llave sin mirarme dos veces. Pagué la cabina individual, recorrí el pasillo apenas iluminado, encontré la puerta con el número grabado en chapa y entré.

Cerré por dentro. Me acomodé en el banco angosto, encendí la computadora y abrí el chat del local. La pantalla mostraba una sala general con mensajes que se actualizaban cada pocos segundos. La mayoría eran pasivos pidiendo verga, alguno que otro voyer queriendo simplemente mirar por una mirilla. Yo buscaba lo otro: un activo decidido que me hiciera olvidar la fecha.

Mientras revisaba los mensajes, alguien insistió en abrir mi puerta tirando del picaporte. Le había puesto la traba; esa noche pensaba elegir yo.

Entonces lo vi escribir en el chat general. «Soy activo, cuarenta y un años, llenito, cabina veintisiete. Pasivos discretos, escríbanme».

Había varios candidatos disponibles, pero algo en la sequedad del mensaje me gustó. Le respondí en privado.

«Hola. Me llamaste la atención. Treinta y cinco, nalgón, pasivo, discreto. ¿Buscas algo concreto?».

Pasaron dos o tres minutos largos hasta que apareció su respuesta.

«Ven a la veintisiete. Llave en la puerta. Lo vemos en persona».

Cerré la sesión, salí al pasillo y caminé hasta el fondo. El cartelito decía veintisiete con la pintura un poco saltada. Empujé apenas la manija y la puerta cedió sin resistencia. Adentro, sentado en el banquito, estaba él. Cabello negro corto, anteojos de armazón fino, un poco más alto que yo cuando se puso de pie, panza redondeada bajo un bóxer azul oscuro que era lo único que tenía puesto.

Antes de que terminara de cerrar la puerta detrás de mí, ya me estaba metiendo adentro de un tirón. Pasó la traba, me empujó contra la madera y me clavó la mirada como si estuviera midiendo si valía la pena.

—Quédate quieto —dijo bajito, con una sonrisa que no era amable.

Apoyó un antebrazo contra la puerta, a la altura de mi cabeza, y con la otra mano me levantó la barbilla. Me besó. No fue un beso tímido. Fue una boca abierta, hambrienta, que me sacó el aire en dos segundos. Le respondí enroscando los brazos en su cintura y dejé que él decidiera el ritmo. Sentí su erección presionar a través de la tela contra mi muslo.

Sin dejar de besarme, bajó la mano hasta mi cinto. Lo soltó de un movimiento, desabrochó el botón del pantalón y, cuando me tuvo desarmado, se separó apenas para mirarme.

—A ver qué tienes —murmuró.

Tomó los costados del pantalón y me lo bajó de un tirón hasta los tobillos. El bóxer se fue con el pantalón. Me quedé desnudo de la cintura para abajo, con la espalda contra la puerta y el corazón golpeándome la garganta.

Me agarró del brazo derecho y, con un giro firme, me dio vuelta. Quedé de cara a la pared, las manos abiertas contra el revestimiento de fórmica. Me apoyó la mano abierta en la nuca y me empujó apenas para que me inclinara. Después se acercó a mi oreja.

—Este culo va a ser mío. Vas a terminar el año bien cogido —dijo, y la voz le salió ronca.

***

Me dio dos palmadas secas, una en cada nalga, lo suficientemente fuertes para que las sintiera arder pero no para hacerme retroceder. Después dejó la palma quieta, apretándome la carne. Empezó a masajear, a abrirme y cerrarme las nalgas con una lentitud que me erizó todo.

Se inclinó sobre mi espalda. Sentí su aliento en la nuca primero, su lengua en el lóbulo después. Lamió el costado del cuello, las clavículas, mientras seguía amasándome. Solté el primer gemido sin poder evitarlo. Él se rio bajito, como si lo hubiera estado esperando.

Bajó la boca por la columna. Besó cada vértebra, lentamente, hasta llegar al hueco de la espalda. Cuando me llegó a las nalgas, me dio un beso casi tierno en cada una y después me las separó con las dos manos. El aire frío del local me golpeó el culo expuesto y sentí cómo se contraía solo, sin permiso.

—Mira qué respingón —dijo, divertido—. Este culito ya tiene hambre.

Inclinado todavía, sentí algo familiar deslizarse entre mis nalgas. Se había bajado el bóxer y me estaba pasando la verga por la grieta, sin penetrar todavía, solo restregándola. Era gruesa y caliente, lo notaba aun sin verla. Me agarró la cintura con las dos manos para sostener el ritmo. Estuvo así un rato, jugando, haciéndome esperar.

Después se separó. Me tomó del brazo, me hizo girar otra vez y me empujó contra el banquito hasta que quedé sentado. Su verga me quedó a la altura de la boca, a centímetros. Era grande, gruesa, depilada, con el glande limpio y una gota de líquido preseminal asomando en la punta.

La agarró con la mano y empezó a pasármela por la cara. Por las mejillas, por los labios, por el mentón. Marcando territorio. Cuando llegó a la comisura de la boca, abrí.

Empecé despacio, solo la cabeza, lamiéndole el glande con la punta de la lengua, jugando con el frenillo. Él soltó un gemido grave y me puso una mano en la nuca, sin presionar todavía, solo apoyada. Fui metiéndola más, milímetro a milímetro, hasta donde me dio el reflejo. Después empecé a moverme, marcando un ritmo propio. Lo escuchaba respirar más fuerte. Sus dedos se me cerraron en el pelo.

—Así, dale.

Subió la intensidad. Me empujó la cabeza un poco más, no demasiado. Sus caderas empezaron a acompañarme. Cuando estuvo a punto de algo, me agarró la cara con las dos manos y me sacó la verga de la boca con una respiración entrecortada.

—Todavía no —dijo.

Me tomó del brazo, me levantó, me hizo girar y me puso de rodillas sobre el banquito, con el pecho apoyado contra el respaldo y el culo al aire. Apoyó la palma entre mis omóplatos para que mantuviera la posición.

***

Escuché el chasquido de un sobrecito. Después sentí el líquido frío caerme entre las nalgas y bajar por el perineo. Su mano siguió el recorrido, frotando, abriéndome, untándome el orificio con una lentitud que me hacía morderme el labio para no quejarme en voz alta.

Empujó un dedo. No entró a la primera. Insistió con paciencia, agregó más lubricante, volvió a empujar. Esta vez se abrió paso. Sentí el ardor breve, la dilatación, el dedo girando dentro de mí en círculos pequeños. Lo sacó, soltó más líquido, volvió a meterlo, esta vez sin resistencia. Movimiento adentro, afuera, círculos otra vez. Trabajándome.

—Listo o no, prepárate —dijo, y se incorporó.

Me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí la punta de su verga apoyada en el centro, haciendo presión. Mi esfínter se resistió, después cedió. Hubo un instante en que el dolor y el placer fueron la misma sensación y solté un gemido que rebotó contra las paredes de la cabina. Entró hasta la mitad de un solo empujón y se quedó quieto.

—Qué apretado estás —dijo, y la voz le tembló—. Qué culito me estoy comiendo para cerrar el año.

Esperó. Me dejó respirar. Cuando notó que me había acomodado, sacó la verga del todo, agregó más lubricante, volvió a apoyar la punta y empujó otra vez, ahora sí hasta el fondo. Sentí sus huevos pegarse contra los míos, sus caderas pegadas a mi culo, su mano firme entre mis hombros.

Empezó despacio. Sacaba hasta la mitad, volvía a entrar hasta el fondo. Despacio, midiendo, sintiéndome. Cada embestida me arrancaba un gemido que no podía controlar. Después aumentó el ritmo. La cabina se llenó del sonido húmedo de su pelvis contra mis nalgas, de su respiración pesada, de mis gemidos cada vez más altos.

En un momento me la sacó del todo. Me abrió las nalgas con las dos manos otra vez y se quedó mirando.

—Mira qué linda quedó abierta —dijo, casi en un susurro—. Estoy disfrutando esto como no tienes idea.

Y volvió a meterla de un golpe, hasta el fondo. Esta vez sin pausa. Me agarró firme de la cintura con las dos manos y empezó a embestir con un ritmo nuevo, más rápido, más profundo, casi violento. Yo me agarré del respaldo del banquito como pude y dejé que me llevara.

Su respiración se volvió un jadeo continuo. Los gemidos se le mezclaban con palabras sueltas, fragmentos.

—Voy a terminar adentro —me dijo cerca de la oreja, sin dejar de moverse—. Aguántate.

Tres, cuatro embestidas más, profundas, brutales. Después la sentí. Una pulsación caliente adentro, una vez, otra, otra. Él clavado al fondo, las uñas marcándome la cintura, un gemido largo que se cortó en un suspiro.

Se quedó quieto unos segundos. Después salió despacio. Me abrió las nalgas para mirar lo que había hecho. Me dio dos palmadas más, ahora suaves, casi cariñosas.

Me tiró del brazo para levantarme. Cuando me tuvo enfrente, me besó. Un beso largo, sin apuro, completamente distinto al primero.

—Feliz año nuevo —dijo, todavía con la cara pegada a la mía—. Qué buen culito para cerrar.

Me volvió a besar. Me masajeó las nalgas un rato más, ya sin urgencia. Después me ayudó a vestirme casi con afecto, mientras yo intentaba recuperar el equilibrio. Cuando estuve presentable, abrió la puerta y me hizo una seña con la cabeza para que saliera.

Volví a mi cabina, cerré la sesión sin mirar el chat, subí la escalera y salí al aire del último día del año. La avenida ya tenía gente con bolsas de hielo y botellas de sidra. Caminé hasta el hotel sin apuro, con el culo todavía caliente y la cabeza extrañamente liviana. Esa noche dormí mejor que en mucho tiempo.

Nunca volví a entrar a ese local. Nunca volvió a pasarme algo parecido. Pero cada vez que escucho fuegos artificiales el treinta y uno a la noche, me acuerdo del tipo de la cabina veintisiete y de cómo cumplió, a su manera, la promesa.

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