Cera caliente y un desconocido en el pasillo
El tiempo que estuve con Fabián fue algo que, en el momento, no reconocí como lo que era. Éramos un hombre de cuarenta y tantos años y un muchacho casado de veintiséis que nos veíamos a escondidas en su departamento del centro. Él decía que me estaba enseñando. Yo creía que solo íbamos a coger, y durante los primeros meses eso fue suficiente para no hacerme preguntas.
Una tarde llegué y me lo encontré en la entrada despidiéndose de alguien: un tipo de unos cuarenta, bien vestido, con esa sonrisa tranquila que tienen las personas que ya no le piden demasiado a nadie. El hombre me miró un segundo y bajó las escaleras. Fabián me hizo pasar.
—Un amigo de hace muchos años —dijo, cerrando la puerta—. Entre nosotros ya no hay nada de eso, pero viene a verme y hablamos. Le hablé de vos. Quiere conocerte.
La idea de que alguien quisiera conocerme por lo que hacía con Fabián me revolvió algo por dentro que no supe si era orgullo o vergüenza. Le dije que sí. Él asintió sin darle más importancia y abrió la puerta del dormitorio.
***
La habitación estaba llena de velas. No era la primera vez que las usaba para la luz, pero esa noche había demasiadas: en la mesita de noche, en la cómoda, en el estante donde guardaba los implementos que a veces usábamos. Aceites, consoladores, cosas así. Esa noche: velas. Muchas. Pensé que era un gesto romántico y estaba a punto de quitarme la camisa cuando él levantó una mano.
—Despacio. Vení, sacame la ropa mientras me besás.
Me acerqué y lo besé mientras mis dedos iban abriendo los botones de su camisa. Su pecho liso, sin un pelo, siempre me generaba esa mezcla de atracción y desconcierto que no terminé de entender nunca del todo. Bajé los besos hacia su abdomen, hacia sus caderas. Me fui poniendo de rodillas. Le bajé el pantalón y el calzoncillo, y antes de tomarlo en la boca besé despacio cada centímetro de su erección. Después sí lo tomé entero, sus testículos también, el interior de sus muslos. Me puse de pie y lo abracé, y durante un momento largo nos besamos con una intensidad que yo solo conocía con mi mujer.
Entonces me hizo acostar en la cama.
Empezó a desvestirme con una lentitud calculada, acariciándome a medida que quedaba expuesto. Cuando el pantalón cayó y mi erección asomó por el costado del bóxer, la tomó con la boca de un solo movimiento. Gemí fuerte, más de lo que esperaba.
—Así te quiero hoy —murmuró un momento después, mirándome directo mientras saboreaba la punta—. Mi chico.
Eso me calentó de una forma que no anticipé. Aprendí algo en ese instante que después tardé años en articular: que lo que más excita a los hombres no siempre es lo que se toca, sino lo que se mira.
Me dio vuelta. Abrió mis glúteos con las manos y su lengua fue directa al centro, explorando, profundizando, mordiéndome los bordes. Yo tenía la cara hundida en la almohada y los puños cerrados sobre la sábana. Cuando dejó de hacerlo, se paró junto a la cama con una vela encendida en la mano.
Entonces la primera gota de cera caliente cayó sobre el centro de mi espalda.
El ardor fue inmediato. No insoportable, pero sí intenso, y se expandió hacia los costados antes de que pudiera procesar qué había pasado. Me estremecí de pies a cabeza.
—¿Muy caliente? —preguntó.
—No la esperaba.
—¿Podés aguantarlo?
Esperé un segundo. El ardor empezaba a transformarse en algo más difuso, algo que no era exactamente dolor ni exactamente placer.
—Sí.
Continuó. Gota a gota cubrió mi espalda, mis glúteos, la parte alta de los muslos. Algunas gotas rodaban por mi costado antes de solidificarse. El dolor era real pero contenido, y debajo de ese dolor su otra mano me abría y empezaba a meter los dedos muy despacio. Las dos sensaciones juntas, la que ardía por afuera y la que presionaba por adentro, me dejaban sin saber a cuál prestarle atención.
Cuando ya tenía la espalda cubierta de cera, se colocó de rodillas frente a mi cara con la erección dura y me ordenó que lo tomara en la boca. Lo hice. Él se movía con fuerza, sin detenerse cuando yo tosía o cuando las lágrimas me corrían por las mejillas. En un momento traté de apartar la cabeza y me sujetó con la palma sobre la nuca, firme, sin brutalidad.
No tardó mucho en llegar al límite. Pero en ese preciso momento lo sacó y descargó sobre mi cara, bombeando hasta que no le quedó nada. Algo llegó hasta mis labios y lo tragué sin pensarlo.
Me quedé quieto, bocabajo, con el semen enfriándose en mi mejilla y la espalda todavía ardiendo bajo la cera endurecida. Pasaron unos segundos antes de que me diera vuelta y me mirara. Vi algo en su cara que no era solo satisfacción.
—Así te vas a ir hoy. Para que llegués a casa con ganas. Ahora levantate y duchate.
Lo obedecí, como siempre. Me duché, me vestí, y cuando salí del baño nos besamos en el pasillo durante un buen rato antes de que él abriera la puerta. Un beso apasionado, de los que guardaba uno solo para la despedida.
—Yo sabía que uno como vos iba a ser así —dijo mientras sostenía la puerta abierta—. Me gustás.
No supe qué responder a eso. Bajé las escaleras y me fui a casa.
***
Esa fue la última vez que vi a Fabián. No hubo pelea, no hubo una conversación en la que alguien decidiera terminar con algo. Simplemente dejamos de vernos, como a veces ocurren las cosas más definitivas: sin que nadie lo declare. Yo tenía veintisiete años y casi dos habían transcurrido en aquel departamento aprendiendo cosas que no buscaba aprender.
La vida continuó exactamente igual que antes. Mi mujer, mi trabajo, los mismos días. De vez en cuando compraba alguna prenda femenina y la escondía en el fondo del placard hasta que me cansaba y la desechaba. El sexo con hombres se acabó. Tres años pasaron así.
No salía a buscar. Pero hay radares que no se apagan porque uno quiera.
***
Un mediodía de semana me mandaron a buscar materiales a un negocio en una zona que no frecuentaba. Al salir, cargando dos bolsas pesadas, un hombre cruzó la vereda en sentido contrario y me miró. Solo eso. Pero la fracción de segundo duró demasiado para ser accidental.
Moreno, pelo corto, unos treinta y pico de años. Caminaba con las manos en los bolsillos y esa mirada directa que tienen las personas que ya saben lo que quieren antes de que suceda.
Llegué al auto, cargué las bolsas en el asiento trasero y no arranqué. Lo vi detenerse en la esquina, sacar el celular, no mirarlo. Volverme a mirar.
Arranqué el motor y lo seguí despacio, manteniendo la distancia.
Él lo supo enseguida. No aceleró ni giró para esconderse. Caminó dos cuadras con una calma que ya era en sí misma una respuesta, y desapareció en el portal de una pensión de aspecto discreto. Paré el auto a unos metros de la entrada. Treinta segundos después, su cabeza asomó desde adentro del portal.
Me hizo una seña mínima con la cabeza.
Bajé del auto. Era la primera vez que seguía a un desconocido en la calle y el corazón me iba más rápido de lo que me hubiera gustado admitir.
El pasillo de la pensión olía a humedad y madera vieja. Él caminó adelante sin mirar atrás, abrió una puerta en el corredor y me dejó pasar primero. Cerró con llave. Se dio vuelta.
—¿Cómo te llamás?
—Tomás.
—Rodrigo.
Nada más. Se acercó, me puso una mano en la mejilla, y nos besamos. Al principio suave, tanteando la respuesta del otro. Después más hondo, con más urgencia. La ropa fue desapareciendo sin que ninguno lo organizara: primero las camisas, después el resto, y antes de que alguien lo verbalizara ya estábamos en su cama, desnudos, reconociéndonos con las manos sobre la piel.
Su piel oscura contra la mía, tan blanca que el contraste se notaba incluso en la penumbra de esa habitación. Era lampiño de pecho y abdomen, olía a jabón y a algo más propio que no supe identificar, pero que resultó inmediatamente atractivo. No hablábamos. Solo las respiraciones aceleradas y el sonido de las manos moviéndose sobre la piel caliente.
Bajé por su cuerpo con la boca. Sus pezones, el abdomen, el pubis. Tomé en mi boca su erección dura, sus testículos. Él arqueó la espalda con un sonido largo y grave. Cuando empecé a bajar todavía más, levantó las piernas sin que yo se lo pidiera y me entregó lo que yo iba buscando. Lo saboreé con calma, abriéndole el camino con la lengua, hasta que me rogó en voz baja que lo penetrara.
Lo hice despacio. Centímetro a centímetro, buscando en cada avance la señal de que podía seguir. Hasta que mi cuerpo quedó completamente pegado al suyo. Entonces empecé a moverme.
Sus gemidos llenaron la habitación sin que él hiciera el menor esfuerzo por contenerlos. Eso me aceleró. El ritmo fue creciendo solo, sin que ninguno lo decidiera, y en pocos minutos sentí la descarga y acabé dentro de él con las manos apretadas en sus caderas.
Me quedé encima sin moverme. Lo besé en la espalda, en el cuello. Escuché su respiración recuperarse debajo de la mía.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Muy bien.
—Bárbaro. Volvé cuando quieras.
Me senté al borde de la cama y lo acaricié en el costado. Él hizo lo mismo conmigo. Sin decir nada, de esas caricias pasamos a besarnos de nuevo, y de los besos volvimos a acostarnos. Esta vez él me indicó con una presión suave sobre mis caderas que me diera vuelta.
Sentir eso otra vez, después de tres años, fue una sensación difícil de nombrar. No exactamente nostalgia, pero tampoco algo completamente nuevo. Me besó los glúteos, los abrió despacio, me preparó con paciencia. Arrimó su erección con una delicadeza que no esperaba de alguien que acababa de conocerme. Cuando ya estuvo adentro del todo, le di el visto bueno y empezó a moverse.
No fueron más de diez minutos. Pero cuando acabó adentro de mí, y el calor se derramó por mi cuerpo hacia los muslos, me abrazó con todo su peso y me besó en el cuello durante un buen rato.
—Hacía mucho que no me pasaba algo así —murmuró.
—A mí también —dije. Era verdad a medias.
Nos vestimos despacio, sin apuro. Al terminar de calzarme los zapatos le pregunté a qué se dedicaba.
—Técnico de laboratorio. Trabajo en turnos, tengo varios días libres en la semana.
Me acompañó hasta la puerta. Bajé las escaleras, crucé el portal, salí a la vereda. Antes de subir al auto miré hacia atrás. Él estaba en el umbral de la entrada, apoyado en el marco con los brazos cruzados. Le hice un gesto mínimo con la cabeza. Él respondió igual.
Arranqué el motor. En el espejo retrovisor, la silueta de Rodrigo fue haciéndose pequeña hasta desaparecer en la distancia.
Iba a volver. Los dos lo sabíamos.