Volví a casa del travesti sin que me llamaran
Trabajaba para una empresa de instalación de servicios de telecomunicaciones. El trabajo era rutinario la mayor parte del tiempo: llegar, instalar el equipo, revisar la señal, explicar lo básico al cliente y salir. Algunos turnos los hacíamos en pareja cuando la instalación era compleja o el edificio lo requería. Fue en uno de esos turnos dobles que llegamos al departamento de Marcos.
Antes de tocar el timbre ya se notaba que algo era distinto. En el pasillo que llevaba al departamento del fondo había fotografías colgadas en las paredes: el mismo hombre en distintos momentos, con distintas ropas. En algunas posaba para carnaval, con tacos altos, cola de plumas y lentejuelas que le cubrían apenas lo necesario. En otras estaba con ropa informal, pero la forma en que sostenía el cuerpo, el gesto de la mano, el ángulo de la cabeza, eran los de alguien que no se preocupaba por encajar en ningún molde.
Mi compañero de turno, Darío, murmuró algo mientras esperábamos que nos abrieran. Tenía esa costumbre de necesitar clasificar todo para sentirse cómodo. No le respondí.
Marcos nos abrió la puerta. Tendría unos treinta y cinco años, la piel muy cuidada, ropa suelta. Había en su manera de moverse algo que no era exactamente femenino pero tampoco era la masculinidad rígida a la que estaba acostumbrado. Era simplemente él, sin ningún esfuerzo visible por ser otra cosa. Nos saludó con calma, nos indicó dónde estaba el equipo y nos ofreció café que ninguno de los dos aceptó.
Darío fue directo al router. Yo hice el recorrido del departamento revisando la señal en cada habitación. En el cuarto había un espejo grande sobre la cama, perfumes alineados sobre el tocador, ropa colgada en el armario abierto donde se mezclaban prendas que uno no esperaría encontrar juntas. Hice mi trabajo sin decir nada, pero lo observé más de lo necesario para hacerlo bien.
Durante el viaje de vuelta al depósito, Darío hizo otro comentario. Le pedí que se callara. No respondió nada.
Pensé en Marcos el resto de la tarde. No de manera especial, no exactamente como cuando uno piensa en alguien que le gusta, sino de manera curiosa, como cuando algo no se va solo y no entendés por qué. Había algo en él que yo no sabía cómo nombrar pero que tampoco podía ignorar.
***
Pasaron casi tres semanas. Me asignaron una zona que incluía ese barrio. No había ningún reclamo a nombre de Marcos en el sistema. Igual tomé la calle que llevaba a su edificio, estacioné frente a la puerta y me quedé sentado en el auto con el motor apagado.
No tengo ningún motivo para estar acá.
Bajé. Toqué el timbre.
Tardó un minuto en atender. Cuando apareció en el interfono, inventé que habíamos recibido un reporte automático de intermitencia en su línea. No era verdad. Él dijo que no había notado nada pero que pasara de todas formas, que más valía revisar.
Abrió la puerta con una bata clara, el pelo todavía húmedo. El departamento olía a jabón y a algo cítrico que no supe identificar.
Me dejó espacio para revisar el router. Me senté frente al equipo, fingí leer los datos en la pantalla, y después de unos minutos dije que todo estaba bien, que probablemente fue una falsa alarma del sistema.
—Menos mal —dijo sin moverse del sillón—. ¿Querés tomar algo? Tengo limonada natural.
—Bueno.
Fue a la cocina. Volvió con dos vasos y se sentó a medio metro de mí. Bebimos sin prisa. Mi mirada volvió a las fotos en las paredes.
—¿Bailás siempre en la comparsa? —pregunté.
—Cada año desde que tengo veintiún años. —Señaló una foto específica—. Esa es del carnaval pasado. Tardé casi un mes en hacer ese traje.
Era una fotografía desde atrás: tacos altos, una cola de plumas verdes y doradas, el cabello recogido en un tocado elaborado.
—Quedaste muy bien —dije.
—Gracias. —Me miró un momento—. Sé que hay gente que lo encuentra raro.
—A mí no me parece raro.
Nos miramos. Él se levantó despacio, sin urgencia, como si lo que iba a pasar ya estuviera decidido y no hiciera falta apurarlo. Se sacó la bata y quedó con una lencería de tiro alto, encaje negro que apenas contenía la forma de su polla marcada contra la tela. Extendió la mano hacia mí.
Me levanté. La tomé.
Me llevó por el pasillo hasta la habitación.
***
Adentro cerró la puerta con el pie y me empujó contra la pared. Me besó con la boca abierta, la lengua directa buscando la mía, mientras sus dedos me desabrochaban el pantalón del uniforme sin torpeza. Sintió que ya la tenía dura antes incluso de tocarla y sonrió contra mi boca.
—Mirá cómo estás —dijo bajo—. Todo este tiempo pensando en venir, ¿no?
—Callate —murmuré.
—No. Decilo.
Me bajó el pantalón hasta las rodillas y me metió la mano dentro del calzoncillo. Me agarró la verga entera de una y empezó a sacudírmela despacio, con la palma tibia, midiéndome el largo. Yo apoyé la nuca en la pared y solté el aire que tenía guardado hacía tres semanas.
—Vine para esto —dije.
—Ya sé.
Se arrodilló ahí mismo, en el pasillo del cuarto, con la lencería negra marcándole el culo cuando bajó. Me sacó el calzoncillo hasta las rodillas y me tomó la polla en la boca sin preámbulo. La chupó entera, hasta el fondo, hasta que sentí el calor de su garganta apretándome la punta. Después la sacó despacio, con los labios firmes, dejando un hilo de saliva que le colgó del mentón.
—Puta madre —dije.
Levantó la vista sin soltarme. Tenía los ojos brillantes, la boca abierta, la mano izquierda envolviéndome la base mientras la derecha me apretaba los huevos con una delicadeza que era todo lo contrario a la brutalidad de cómo me la mamaba. Chupaba con los cachetes hundidos, con ritmo, con una técnica que ninguna mujer con la que había estado tenía. Sabía exactamente qué hacer con la lengua bajo el frenillo, con la garganta, con los labios apretados en el surco de la corona.
Le agarré el pelo húmedo. Empecé a moverle la cabeza sin pensar. Él no se resistió. Al contrario, aflojó la mandíbula y me dejó cogerle la boca a mi ritmo, dejándome empujar hasta el fondo cada dos o tres golpes. Cuando sentí que estaba por acabarle en la garganta lo agarré de los hombros y lo separé.
—Pará, pará —dije en voz baja.
Levantó la vista y sonrió sin decir nada. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se paró. Me terminó de sacar la ropa ahí de pie, camisa, cinturón, todo al piso. Después me empujó suave hacia la cama.
Caí de espaldas sobre el colchón. Él se puso encima, todavía con la lencería puesta, y se me sentó en el estómago. Le miré el bulto tenso contra la tela negra, el vientre plano, las caderas más anchas de lo que había imaginado la primera vez que lo vi. Le puse las manos en los muslos y las subí hasta la cintura.
—Sacátela —dijo.
Le bajé la lencería. La polla le saltó dura contra el vientre, más grande de lo que había supuesto por como se movía vestido. Se la agarré. Estaba caliente y le latía en la mano. Me quedé mirándola un segundo, sin saber qué se suponía que tenía que hacer, hasta que él me tomó la muñeca y me marcó el ritmo.
—Así. Como te la hacés vos.
Se la empecé a sacudir despacio. Él cerró los ojos y arqueó apenas la espalda. Cuando abrió los ojos otra vez me miró desde arriba con una calma que era casi provocación.
—¿Nunca chupaste una? —preguntó.
—No.
—¿Querés?
Asentí sin pensarlo. Se corrió del estómago, se puso de rodillas al costado de mi cara y me la acercó a la boca. Le pasé la lengua por la punta primero, con cuidado, sintiendo el sabor salado del líquido que ya le brotaba. Después abrí la boca y me la metí como pude. Se me hizo grande enseguida, me arqueé y él me la sacó al toque.
—Despacio —dijo—. Con la lengua. Sin dientes. Ya vas a aprender.
Volví a probar. Esta vez le pasé la lengua por toda la caña, desde los huevos hasta la punta, lento, mojándosela entera. Le chupé la cabeza como me acordaba que a mí me gustaba que me chuparan. Escuché cómo se le cortaba la respiración arriba mío y eso me prendió más que cualquier otra cosa.
—Así, así —dijo—. Metela un poco más.
La metí. Se movió apenas, dándome tiempo. Le agarré el culo con las dos manos mientras se la chupaba, sintiendo la carne tensa de las nalgas, la piel afeitada. Él me acarició la nuca con los dedos, no empujó, me dejó ir aprendiendo.
Después de un rato se apartó. Me miró desde arriba con los ojos oscuros.
—Voy a hacerte algo —dijo—. Confiá.
Se bajó de la cama, abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un frasco de lubricante y un preservativo. Volvió a subir. Me abrió las piernas con las rodillas y se acomodó entre ellas. Me echó un chorro de gel en la mano y me la llevó a mi propia polla.
—Seguí sacudiéndotela —dijo—. Yo hago lo otro.
Se echó lube en los dedos y me los pasó entre las piernas, en el perineo, más atrás. Cuando el primer dedo me tocó el culo me tensé entero. Se detuvo.
—Respirá —dijo—. Nadie te obliga a nada.
Respiré. Aflojé. El dedo entró de a poco, hasta el nudillo. Después empezó a moverlo en círculos, buscando algo. Cuando lo encontró se me escapó un gemido que no sabía que tenía dentro.
—Ahí —dijo él, más para sí que para mí.
Metió un segundo dedo. Yo me la seguía sacudiendo mientras él me abría, y era la mezcla de las dos cosas lo que me tenía a punto de acabar antes de que empezara nada más. Cuando sintió que ya podía, sacó los dedos, se puso el preservativo, se echó lubricante encima y me puso las piernas sobre sus hombros.
—Mirame —dijo—. No cierres los ojos.
Empujó despacio. La punta entró primero y yo hice el gesto de apartarme por instinto pero él me tenía sujeto de las caderas. Siguió empujando. Sentí un ardor que me hizo apretar los dientes, y después algo que se aflojó de golpe, y él estaba adentro, hasta el fondo, con el vientre contra mi culo y los ojos clavados en los míos.
—Puta madre —dije otra vez.
Se quedó quieto un momento. Después empezó a moverse. Salidas largas, entradas hasta el fondo, un ritmo que iba subiendo sin apuro. Me la seguía sacudiendo yo mismo, con la mano llena de lube, y él con cada empujón me daba adentro en el punto que me había encontrado con los dedos. Era como si me la estuvieran cogiendo por dos lados a la vez.
—Decime si te gusta —dijo entre dientes.
—Me gusta —dije—. Seguí. No pares.
Me agarró de las corvas y me abrió más las piernas. Empezó a cogerme más rápido, más profundo, con la cama crujiendo y el espejo del techo devolviéndome la imagen de él encima mío, la espalda arqueada, el culo tensándose con cada estocada. Yo veía en el espejo mi propia polla en mi mano, mojada, y la de él entrando y saliendo de mí. Me acabé antes de darme cuenta. El chorro me llegó hasta el pecho, después al vientre, en golpes que me dejaron temblando.
Él aguantó unos segundos más, todavía cogiéndome mientras yo terminaba de acabarme, hasta que se puso rígido, hundido hasta el fondo, y soltó un gemido ronco que le salió de la garganta. Sentí el latido de la verga adentro mío, el preservativo llenándose, y él caía despacio sobre mi pecho, con el pelo húmedo pegado a la frente.
Cuando terminamos, quedamos recostados en la cama con el techo reflejado en el espejo grande. Afuera el ruido de la calle seguía igual. Adentro, silencio.
—Me alegra que hayas vuelto —dijo él después de un rato.
—A mí también.
—¿Vas a volver de nuevo?
—Sí.
No dudé en responder.
***
Volví durante casi dos años. No con ninguna regularidad fija, no con promesas de ningún tipo, pero sí con una frecuencia que los dos aceptamos sin necesidad de nombrarlo. Cada vez que podía organizarme, lo llamaba al número de celular que me había dado en un papel la segunda vez que fui, y acordábamos un horario. Él siempre estaba.
Lo fui conociendo de otras maneras en ese tiempo. Trabajaba en diseño gráfico de forma independiente, hacía encargos desde casa para empresas pequeñas y agencias. Tenía sentido del humor seco y opiniones firmes sobre cosas inesperadas. Me habló del carnaval, de cómo había empezado a coser sus propios trajes a los diecinueve años, de lo que sentía cuando bailaba frente al público. No era alguien que necesitara explicarse, pero cuando hablaba de esas cosas lo hacía con una claridad que me parecía admirable.
Una tarde, mientras se vestía después de que yo ya estaba listo para irme, me dijo sin mirarme:
—Si no estuvieras en pareja, creo que querrías quedarte más tiempo.
—Probablemente —dije.
—No está mal. Solo lo digo.
Ninguno de los dos agregó nada más. Yo me fui. Él me acompañó hasta la puerta y me besó antes de que saliera, como siempre hacía.
***
La cena fue idea de él. Se había mudado a un departamento más grande en el mismo barrio, un cuarto piso con ventanas que daban a un patio interior silencioso. Me llamó un miércoles para avisarme.
—El viernes a las ocho, si podés organizarte.
Pude.
Llegué puntual. Marcos me abrió con ropa que no le había visto antes: una blusa de seda con escote amplio sobre pantalones negros ajustados, el cabello suelto, maquillaje leve solo en los ojos. Llevaba unos aretes largos que brillaban cada vez que giraba la cabeza. El departamento nuevo olía a comida y a velas encendidas.
—Bañate si querés —dijo señalando el baño—. Hay ropa para vos sobre la silla.
En el baño encontré una bata de seda gris, toalla limpia, jabón nuevo. Me bañé despacio. Cuando salí, la mesa del comedor estaba puesta con platos de porcelana, servilletas de tela dobladas, una vela en el centro.
—Sentate —dijo Marcos desde la cocina.
Cenamos durante más de una hora sin apuro. Hablamos de una película que los dos habíamos visto sin saber que el otro también, de un local del barrio que había cerrado hacía poco, de una historia graciosa con un cliente que le había pasado esa semana. La comida era buena, hecha por él mismo según me confirmó cuando le pregunté. Debajo de la mesa, en algún momento, su pie rozó el mío. Ninguno lo retiró.
Cuando terminamos, me levanté para llevar los platos a la pileta. Al darme vuelta, Marcos estaba de pie junto a la mesa, apoyado en el borde con los brazos cruzados y una expresión que ya conocía bien.
—Dejá los platos —dijo.
Me acerqué. Nos besamos de pie con el sabor del vino todavía en los labios. Sus manos recorrieron mi espalda por encima de la bata. Las mías encontraron su cintura, luego sus caderas. Le desabroché el pantalón y lo dejé caer al piso ahí mismo. Debajo tenía una tanga de encaje que apenas le contenía la polla ya dura.
—Sentate en la mesa —le dije.
Me miró un segundo, sorprendido de que ahora fuera yo el que hablara así. Le corrí los platos con el antebrazo, mandé una copa al piso sin importarme, y él se sentó de culo en el borde de la mesa con las piernas abiertas. Le arranqué la tanga de un tirón. La polla le rebotó contra el vientre.
Me arrodillé entre sus piernas. Había aprendido en dos años. Se la agarré por la base y me la metí en la boca hasta el fondo, sin dientes, con la lengua apretada contra la parte de abajo, tal como él me había enseñado. Se la chupé entera, hasta hacerlo gemir bajo con la cabeza tirada para atrás. Le pasé la lengua por los huevos, se los chupé uno a uno mientras seguía sacudiéndole la verga con la mano llena de saliva.
—Vení acá —dijo al final, con la voz rota.
Me paré. Me sacó la bata. Me hizo dar vuelta y me apoyó contra la mesa, boca abajo, con los brazos extendidos entre los platos y la vela. Escuché el cajón del aparador abrirse, el ruido del preservativo, el frasco de lube que ya no sé cuándo había puesto ahí.
Me abrió el culo con las dos manos y me pasó la lengua entre las nalgas. Me tensé y después me aflojé de golpe. Nunca me lo había hecho así. Me lamió despacio, en círculos, hundiendo la lengua hasta que se me escapó un ruido que ni yo reconocí. Después vinieron los dedos, después la punta de la polla, después él entero adentro mío, con las manos agarrándome de las caderas y la mesa crujiendo bajo mi peso.
Me cogió despacio primero, después más fuerte. Yo tenía la mejilla apoyada contra el mantel, sentía las migas de pan contra la cara, la vela chorreando cera al piso, cubiertos cayendo con cada empujón. No me importaba nada.
—Mirá —dijo él en un momento, tirándome del pelo para que levantara la cabeza.
Levanté la vista. En el espejo del pasillo, visible desde donde estábamos, se veía todo: yo doblado sobre la mesa, él parado detrás cogiéndome con la blusa de seda todavía puesta, medio abierta, los aretes moviéndose con cada estocada. Era una escena que parecía de otra persona, de otra noche, no la mía.
—Mirá —repitió más bajo—. Mirá cómo te cojo.
—Seguí —dije—. No pares.
Me la metió más fuerte. Me la sacudí yo mismo apoyado contra la mesa, con la mano libre, mientras él me daba adentro. Sentía cada golpe en la próstata, cada envestida haciéndome ver blanco. Cuando me acabé fue arriba del mantel, en dos, tres chorros que empaparon la tela y siguieron goteando. Él aguantó, me clavó las uñas en las caderas y se corrió inmediatamente después, con un gruñido apretado entre los dientes, todavía adentro mío.
Quedamos apoyados en la mesa, él sobre mi espalda, respirando fuerte. Después me dio vuelta despacio, me besó la boca con el gusto del vino y del sudor mezclados, y me llevó al baño de la mano.
***
Nos duchamos juntos después. Había cera del velón sobre el mantel y el piso del comedor necesitaba una pasada de trapo. Marcos lo inspeccionó desde la puerta del baño con una expresión entre la risa y el asombro.
—Voy a tener que comprar mantel nuevo —dijo.
—Te lo debo.
—Sí, me lo debés.
Nos reímos. Era de las pocas veces que lo escuché reírse así, sin controlarlo, de verdad.
Mientras me vestía, él ordenaba despacio con la bata puesta, moviéndose por el departamento sin ninguna prisa. Me quedé observándolo desde el pasillo durante un momento antes de que me viera.
Podría quedarme, pensé. Inventar cualquier cosa.
No me quedé. Pero antes de salir, en la puerta, me retuvo con una mano en el pecho y me besó de una manera que duró más de lo que duraban los besos de despedida habituales.
—Hasta pronto —dijo.
—Hasta pronto —repetí.
Esa cena no la repetimos exactamente igual. Pero sí hubo otras noches, otras cenas, otros momentos que guardé para mí sin decírselos a nadie. Marcos siguió siendo Marcos: directo, sin pedir nada que yo no pudiera dar, sin hacer que nada fuera más complicado de lo que tenía que ser.
Yo seguí volviendo durante un tiempo más, hasta que las circunstancias cambiaron y las visitas se espaciaron sin que ninguno de los dos lo decidiera del todo.
Algunos encuentros no tienen nombre. Simplemente suceden, se repiten, y un día te das cuenta de que te dejaron algo que no sabés dónde poner, pero que tampoco querrías devolver.