Mi socio y yo cruzamos un límite en la oficina
Con Rubén veníamos arrastrando una historia que no se nombraba. Empezó dos veranos atrás, en una salida de pesca que el mal tiempo había arruinado, cuando nos quedamos encerrados en su camioneta esperando que parara de llover. No sé bien cómo pasó, pero pasó. Después de aquello las mamadas siguieron, aunque tardamos en retomar el tema. Quizás porque no lo hablábamos nunca, quizás porque trabajábamos cada uno por su lado y los horarios no calzaban. Pero el deseo seguía ahí, latiendo bajo la superficie de cada llamada de trabajo, de cada presupuesto que revisábamos por teléfono.
Lo que terminó de cambiar las cosas fue lo que vi en aquella obra del barrio norte. Yo había ido sin avisar, a buscar unos planos que él me debía, y lo encontré en el contenedor de obra en cuatro patas, con uno de sus albañiles dándole por detrás. No me vio. Cerré la puerta despacio y me fui sin decir nada. Quedé mosqueado varios días. Pensé que conmigo había sido un experimento, un calentón, una boludez de fin de semana, y resultaba que el tipo iba mucho más lejos cuando le convenía.
Después, pensándolo con más calma, entendí que lo de Rubén era otra cosa. A él le gustaba todo. Le gustaba mamar como otros gustan del cigarrillo: con esa devoción rara de quien encuentra paz en algo concreto. Conmigo era distinto. Yo le hacía la mamada porque me parecía justo, porque él me la hacía a mí y la suya era de otro nivel. Cuando estábamos en el auto, por ejemplo, y le tocaba primero a él, terminaba en mi boca rápido, casi con apuro. Pero cuando me tocaba a mí, demoraba mucho más en venirme. Su lengua recorría todo, desde la base hasta la punta, y se metía debajo del prepucio con una paciencia de relojero. Su pija volvía a ponerse dura mientras me chupaba, y cuando finalmente yo le daba mi leche en la boca, él se venía de nuevo. Sin tocarse. Nunca dejé de impresionarme con eso.
Por trabajo empezamos a reunirnos en mi oficina, sobre todo los miércoles a la tarde, cuando la secretaria se iba a las cuatro y el piso quedaba vacío. Planificábamos obras, presupuestos, llamadas a proveedores. Y, como no podía ser de otra manera, retomamos lo nuestro. Lo del «chup chup» era casi un chiste interno entre los dos. Una mirada bastaba. Un silencio largo después de cerrar la carpeta. Rubén nunca pasó de ahí ni insinuó otra cosa, y yo tampoco se lo pedí, porque la verdad era que sus mamadas me dejaban completo. Llegaba a mi casa con los huevos vaciados y la cabeza tranquila, y eso me bastaba.
Una costumbre que adoptamos de común acuerdo fue la de afeitarnos las zonas bajas. Habíamos coincidido, sin tener que decirlo demasiado, en que los pelos molestaban en la boca, en que el olor a «segundo tiempo» era desagradable, en que para lo que hacíamos había que cuidar ese tipo de detalles. Así que cada quince días, a veces cada semana, nos «reuníamos» en la oficina, nos duchábamos en el baño chico que tenía atrás del despacho y, después, nos afeitábamos el uno al otro. Yo había comprado una de esas maquinitas eléctricas pensadas para recortar pelos de oreja y nariz, sin cuchillas expuestas, y la dejaba siempre cargada en el cajón de abajo del escritorio.
A veces lo hacíamos arriba del escritorio, otras en el sillón largo de la recepción. Uno se acostaba o se sentaba desnudo, y el otro se inclinaba con la maquinita y una toalla debajo para no manchar nada. Pubis, huevos, perineo. Todo con cuidado, milímetro a milímetro. Y, claro, con tanto toqueteo en los huevos y con la piel del miembro subiendo y bajando, era imposible no terminar duro. Después del enjuague para quitar los pelos sueltos, lo que venía era inevitable. Mamadas largas, sin apuro, con las piernas todavía abiertas y la luz de la oficina apagada salvo por una lámpara de escritorio.
Con el tiempo empecé a notar algo. Cuando le afeitaba a Rubén la zona del perineo, él se abría un poco más de la cuenta. Levantaba las rodillas hacia el pecho y me pedía que siguiera un poco más para atrás, que ahí también había pelos. Yo usaba las dos manos para separar la carne y, a veces, sin querer, le rozaba el orificio con el dedo o con el costado de la maquinita. Las primeras veces no dijo nada, pero después empecé a escucharle unos suspiros muy discretos. Apenas un quejido contenido, una respiración que se le cortaba un segundo. Era evidente que quería más. Que estaba esperando que yo entendiera el código y avanzara.
Yo no me daba por enterado. No porque me molestara la idea, sino porque me costaba dar el paso. Era una línea que no había cruzado nunca con un hombre, y una cosa era la boca, otra muy distinta meterse en territorio que yo asociaba con lo más íntimo del cuerpo del otro. Pero la curiosidad estaba ahí, masticándome. Llevaba semanas pensándolo cuando apareció la oportunidad de cerrarlo de una vez.
***
La salida al camping fue en marzo, el último fin de semana antes de que arrancara el otoño en serio. Éramos siete, la patota de siempre: Rubén, Fernando, Damián, Lucas, el Negro, Sergio y yo. Llevábamos años haciendo esa escapada al delta, con asado, vino tinto barato y guitarra hasta las cuatro de la mañana. El tema era que las carpas eran para dos personas y, como siempre, alguien tenía que rifar pareja. Sergio venía con mujer, Fernando se traía a su hermano, y los demás éramos cuatro hombres solos. La distribución se decidió a la suerte, pero yo ya sabía cómo iba a terminar. Rubén me miró cuando se nombraron los pares y me sonrió de costado, como diciendo «esto se viene».
Aquella noche, después del asado y del fogón, los demás se fueron retirando uno a uno. Lucas y el Negro se quedaron dormidos casi sobre la mesa de madera. Sergio y la mujer hacía rato que estaban encerrados en su carpa. Fernando se fue temprano porque al día siguiente arrancaba un viaje largo. Rubén y yo nos quedamos un rato más cerca de las brasas, hablando de pavadas, de obras pendientes, de la última reunión con un cliente que nos había hecho perder dos semanas. Él tomaba a sorbos cortos. Yo lo miraba sin decir nada.
—¿Te metés? —le dije al final, señalando la carpa con la cabeza.
—Vamos.
Adentro había un par de bolsas de dormir abiertas, un colchón inflable doble que él había traído porque tenía mala espalda y una linterna colgada del techo en modo bajo. Olía a lona nueva y a humo del fogón. Cerré el cierre detrás de mí y me quedé un segundo de rodillas, mirándolo. Él ya se había sacado la campera. Tenía la remera arrugada y una mancha de vino en el cuello.
—Vení —dijo, sin levantar la voz.
Me acerqué. Nos besamos por primera vez. Hasta esa noche, en todos los meses de la oficina y de la camioneta, nunca lo habíamos hecho. Las mamadas eran una cosa y los besos en la boca eran otra. Yo había mantenido esa distancia como quien guarda un detalle que define algo. Esa noche dejé caer la distancia. Su lengua me buscó adentro y sentí, por primera vez de manera nítida, que esto no era un experimento ni una boludez de fin de semana.
Nos desnudamos despacio. No había apuro, no había gente cerca y la noche del delta era larga. Le aparté el pelo de la nuca, le besé el cuello, le mordí el hombro, le pasé la lengua por el pecho. Él se reía bajito cuando le tocaba las costillas, decía que tenía cosquillas, y después se ponía serio otra vez cuando yo bajaba. Le tomé la pija en la mano, ya dura, y se la mamé un rato largo, sin prisa, sintiendo cómo se hinchaba contra mi paladar. Él hablaba en susurros, decía cosas que no se entendían del todo, palabras sueltas. Y entonces, en algún momento, se dio vuelta sin que yo se lo pidiera.
Quedó boca abajo sobre el colchón, con las caderas un poco levantadas y las piernas apenas separadas. Era una invitación clarísima. Lo entendí sin que dijera nada.
—¿Seguro? —le pregunté.
—Hace meses que quiero —contestó, con la cara hundida en la almohada.
Tenía un frasco de aceite de almendras en su mochila, de esos que se usan para masajes. Lo había traído. El detalle me pareció graciosísimo, casi enternecedor. Que hubiera planeado todo, que se hubiera preparado para esta posibilidad, me dejó pensando que aquello no era impulso, era esperanza. Le puse aceite en el dedo y empecé despacio, primero rodeando, después adentro. Estaba más relajado de lo que yo esperaba. Trabajé con paciencia, con dos dedos primero, después tres, mientras él respiraba largo y soltaba pequeños gemidos que nunca le había escuchado.
Cuando me sentí listo, me acomodé encima. Aceité bien todo, me sostuve un segundo en la entrada para que él se acostumbrara, y empujé. Apenas un poco al principio. Él se tensó. Esperé. Volví a empujar. La cabeza entró. Él soltó un suspiro largo, hondo, como si se hubiera sacado un peso de encima. Empujé otro poco. Y otro. Hasta que estuve adentro hasta los huevos.
No me había imaginado que se sentiría así. Caliente, apretado, vivo. Empecé a moverme con cuidado, midiendo el ritmo, y él me acompañaba con la cadera, hacia adelante y hacia atrás, en silencio salvo por la respiración. Le pasé el brazo por debajo del pecho, lo levanté un poco, le besé la nuca. Su pija, debajo, estaba dura como nunca. Le metí la mano y empecé a masturbarlo al ritmo de las embestidas.
Duró menos de lo que me hubiera gustado. Después de tantos meses de tensión acumulada, de afeitadas a medianoche y de mamadas a escondidas, fue inevitable. Sentí cómo se contraía alrededor mío y, casi en el mismo momento, él se vino sobre mi mano. Yo no aguanté ni medio minuto más. Le terminé adentro, con una embestida lenta y honda que me dejó respirando contra su espalda, hundido sobre él, sin querer separarme.
Nos quedamos así un rato largo, sin decir nada. La linterna del techo seguía en modo bajo. Afuera, alguien tocaba la guitarra muy lejos, en otra carpa, una zamba vieja que no terminé de identificar.
—Era esto —dijo al final, sin darse vuelta.
—Era esto —repetí.
Aquella noche fue el debut de nuestro primer entierro, como lo bautizamos después entre risas. Y aunque al día siguiente desayunamos con el resto de la patota como si nada, como si fuéramos los dos amigos de siempre, los dos socios cumplidores con sus respectivas familias en casa, yo supe que algo había cambiado para no volver. Las reuniones de oficina, los miércoles a la tarde, no iban a volver a ser nunca lo mismo.