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Relatos Ardientes

La noche en que el marido de mi prima subió

Clara me llamó un martes por la tarde. Habían vuelto de Cancún hacía unos días y quería que viniera a ver las fotos, que les contara cómo me había ido mientras ellos estaban de viaje de novios. Me encanta escuchar historias de viajes, y Clara sabía que era el pretexto perfecto para reunirnos.

Por una parte, tenía ganas de verlos. Por otra, tenía miedo de volver a estar en la misma habitación que Diego.

Lo que había pasado en la boda tres semanas antes no había salido de mi cabeza. Nada concreto, nada que pudiera contarle a nadie. Solo una mirada que duró demasiado en el pasillo del salón de banquetes, una fracción de segundo en que los dos supimos algo que ninguno de los dos quería saber. Eso fue todo. Pero había sido suficiente.

***

El edificio nuevo estaba en la zona sur, junto a un parque. Un bloque de apartamentos con portero automático y ascensor de cristal. Clara me abrió antes de que terminara de pulsar el botón.

—¡Primo! —la escuché gritar desde arriba antes de verla asomarse por la barandilla.

Llevaba una botella de vino blanco porque no sabía si les gustaba el tinto. Subí las escaleras despacio, como si el edificio entero fuera en cuesta.

Diego me abrió la puerta.

Estaba en vaqueros oscuros y una camiseta gris sin mangas. Tenía el pelo algo más largo que en la boda, un poco revuelto, y una sonrisa que me descolocó más de lo que debería. Había algo en esa sonrisa, en la forma en que arrugaba los ojos al mirar.

—Marcos. —Me dio un abrazo rápido, palmadas en la espalda.— ¿Qué tal?

—Bien —dije, y no supe qué más añadir.

Clara apareció desde la cocina con el delantal puesto y las manos húmedas.

—Primo, te dejo en buenas manos, que se me va a pegar la pasta —me dio dos besos y desapareció de nuevo.— Diego, enséñale la casa.

Diego me miró con una expresión que mezclaba la diversión y algo más difícil de nombrar.

—Obedecemos —dijo, e hizo un gesto para que lo siguiera.

El piso era amplio y luminoso. Me enseñó el salón con cajas todavía por desembalar, la terraza con vistas al parque, el cuarto que iban a convertir en estudio. Yo seguía sus pasos sin escuchar demasiado lo que decía. Me fijaba en sus manos cuando señalaba algo, en el movimiento de la espalda bajo la camiseta, en el bulto que se le marcaba en los vaqueros cada vez que se giraba.

En el salón paramos frente a la ventana. Los dos miramos hacia afuera un segundo antes de que cualquiera dijera algo. Fue uno de esos silencios que pesan más de lo que deberían entre dos personas que apenas se conocen.

—Bonitas vistas —dije al final.

—Sí —dijo él, y no estaba mirando hacia afuera.

***

La cena fue sencilla: pasta con salsa casera, pan de ajo y el vino que llevé. Clara habló casi todo el tiempo, que si el vuelo, que si el calor en Cancún, que si el hotel, que si la gente de la playa. Diego comía despacio y de vez en cuando me miraba desde el otro lado de la mesa sin decir nada. Yo bebía más vino del necesario.

Después de cenar, Clara sacó el portátil y empezamos con las fotos. Primero las de la boda, que yo en parte ya conocía. Luego las del viaje: playas, excursiones, restaurantes. Clara las comentaba todas con esa energía suya que llena cualquier habitación.

Y entonces llegaron las fotos que no debían estar mezcladas con las demás.

—Esta no, esta no —dijo Clara intentando pasar rápido, pero yo ya la había visto.

Era Diego tumbado en la cama, boca abajo, con la sábana a medio cuerpo. La espalda al descubierto, las piernas largas, y el borde de la cadera visible donde la tela se quedaba corta, dejando adivinar el nacimiento del culo. Tenía esa expresión que tienen las personas cuando duermen de verdad, sin ninguna pose.

—Qué foto más bonita —dijo Clara, mirando a su marido.— ¿Verdad, Marcos?

—Sí —dije, y no añadí nada más.

Diego cogió su copa de vino y miró hacia otro lado.

Seguimos con las fotos durante un rato más. Cuando Clara fue al baño, Diego y yo nos quedamos solos en el salón. Los dos con la vista en la pantalla del portátil, ninguno de los dos diciendo nada. Era uno de esos momentos en que el silencio habla por los dos con más claridad que cualquier palabra.

—Tengo que ir al baño —dije, y me levanté.

No recordaba bien cuál era la puerta. Diego se levantó también y me acompañó hasta el pasillo. Cuando abrí la correcta, noté su mirada bajar un instante hacia mi entrepierna antes de que encendiéramos la luz. No fue mucho tiempo. Lo suficiente para que los dos supiéramos que el otro lo había notado.

En el baño me miré en el espejo. Tenía la cara algo colorada, probablemente del vino. Me eché agua fría en las muñecas y esperé a que el corazón se me asentara. Y a que la polla se me bajara, porque solo con esa mirada suya ya la tenía medio dura apretándome la bragueta.

***

Era tarde cuando me despedí. Clara me dio un abrazo largo y me hizo prometer que volveríamos a vernos pronto, con más tiempo. Diego me dio la mano y luego, casi sin que me diera cuenta, también me abrazó. Un segundo más de lo necesario. Lo suficiente para que notara su cadera pegada a la mía, y algo firme en sus vaqueros que no era ni la hebilla del cinturón ni el llavero.

Bajé solo en el ascensor.

En la calle, el aire de la noche estaba fresco. Busqué las llaves, entré en el coche, puse el contacto. Nada. Lo intenté tres veces. El motor no arrancaba, solo hacía un ruido seco y luego silencio.

—Mierda —dije en voz alta, sin nadie que me escuchara.

Desde el balcón del tercer piso, Diego me vio. Se asomó y preguntó si pasaba algo. Le hice un gesto. Al minuto, tanto él como Clara estaban en la calle, agachados junto al capó, intentando ayudar.

Probamos todo lo que se nos ocurrió. No hubo manera. El coche estaba muerto.

—Llámate un taxi —dijo Clara.

—O te llevo yo —dijo Diego.

Clara lo miró un segundo.

—Sí, venga, llévale tú. Yo recojo un poco mientras tanto.

Y dicho y hecho. Antes de que pudiera decir nada, los dos estábamos en el coche de Diego, solos, con las ventanillas subidas y la ciudad pasando afuera.

***

No hablamos durante el trayecto. La radio estaba encendida en voz baja y los dos mirábamos hacia delante. De vez en cuando, en los semáforos, yo notaba que giraba la cabeza hacia mí sin llegar a decir nada. Yo hacía lo mismo. Y en un semáforo largo, cuando su mano cambió de marcha, los nudillos me rozaron el muslo y ninguno de los dos apartó la pierna.

Mi apartamento estaba a diez minutos. En condiciones normales habría parecido poco tiempo. Esa noche, cada minuto se fue haciendo más denso.

Cuando apareció mi calle, Diego aparcó despacio. Apagó el motor pero no hizo ademán de marcharse.

—Gracias —dije, con la mano en la manija de la puerta.

—De nada.

Silencio.

—¿No me invitas a tomar la última? —preguntó.

No lo dijo mirando al frente. Lo dijo mirándome a mí, directamente, con esa misma calma que había tenido en el salón con las fotos, en el pasillo, en el abrazo de despedida.

Sabía lo que significaba. Los dos lo sabíamos.

Pensé en Clara recogiendo el piso en ese momento, en el delantal de cocina, en la foto enmarcada de la boda que tenían en el salón. Pensé en muchas cosas en muy poco tiempo.

—Sube —dije.

***

No llegamos al salón.

En cuanto cerré la puerta del apartamento, Diego me dio la vuelta, me empujó contra la pared del recibidor, me cogió la cara con las dos manos y me besó. Fue un beso sin rodeos, sin preámbulos, con la lengua entrando directa, buscando la mía, mordiéndome el labio de abajo con hambre acumulada de semanas. Noté su cuerpo contra el mío, su pecho, sus manos que me bajaban por el cuello hacia los hombros, y la polla dura marcándose contra mi cadera a través de los vaqueros.

Tardé unos segundos en reaccionar. Tanto tiempo pensando en esa posibilidad que cuando llegó me quedé paralizado un instante, como si necesitara confirmarlo antes de creerlo. Cuando reaccioné, le metí la mano por delante y le apreté el bulto entero. Estaba durísimo. Lo escuché gemir dentro de mi boca.

—Joder —murmuró contra mis labios—. Llevo tres semanas empalmado por ti.

—Y yo pensando en tu polla desde la boda —le contesté, y volví a besarlo.

Le cogí la camiseta por el bajo y se la saqué de un tirón. Tenía el torso que me había imaginado, liso, con el rastro del sol caribeño todavía marcado en los hombros, los pezones pequeños y oscuros. Le pasé la mano por el pecho, por el abdomen, se los pellizqué hasta que gimió, le bajé la lengua por el cuello. Él me quitó la camisa con más cuidado del que yo hubiera esperado y después me clavó los dientes en el hombro.

Nos quitamos los pantalones en el pasillo, tropezando un poco, sin dejar de tocarnos. Diego llevaba un bóxer oscuro que no disimulaba nada: se le marcaba la forma entera de la polla contra la tela, un cerco húmedo en la punta. Le metí la mano por dentro y se la agarré. Era gruesa, caliente, palpitando en mi puño. Se la moví despacio arriba y abajo mientras él dejaba caer la cabeza hacia atrás contra la pared.

—Joder, sí —susurró—. Así.

Me puse de rodillas despacio, le miré a los ojos antes de bajarle la ropa interior, y lo que vi en su cara fue algo entre el deseo y la rendición. La polla le saltó tiesa contra el estómago, gruesa, la punta brillando de líquido. Se la cogí por la base con una mano y le pasé la lengua entera desde los huevos hasta el glande. Diego apretó los dientes.

Cerré los ojos y me la metí en la boca. Olía a sudor limpio, a piel caliente, a hombre. Empecé despacio, con la lengua rodeando la punta, chupando solo el capullo, sacándomela para escupir en ella y volvérmela a meter más honda cada vez. Escuché cómo cambiaba su respiración, cómo empezaba a jadear entrecortado. Sus manos se posaron en mi cabeza, sin apretar al principio, solo apoyadas, como si necesitara algo a lo que aferrarse. Después, cuando fui acelerando, cuando le fui tragando más hondo hasta que la punta me chocaba en la garganta, me agarró del pelo y empezó a empujarme la cabeza al ritmo que le pedía la cadera.

—Mama esa polla —le oí decir, con la voz rota—. Joder, cómo la mamas.

Le chupé los huevos también, uno primero, después el otro, mientras le meneaba la polla llena de mi saliva con la mano. Le pasé la lengua entera otra vez, de abajo arriba, y me volví a hundir hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Diego jadeaba cada vez más fuerte, con la espalda pegada a la pared del pasillo y las rodillas empezando a temblarle.

—Para, para —dijo tirándome del pelo hacia arriba—. Que me corro.

Cuando me puse de pie, él no dijo nada. Solo me miró con los ojos vidriosos, me bajó el bóxer de un tirón y me agarró la polla dura con las dos manos. Empezó a descender por mi cuello, por mi pecho, por mi abdomen. Se detuvo en cada pezón, me los mordisqueó, me pasó la lengua por el ombligo. Lo hacía con atención, como si quisiera aprenderse cada centímetro. Cuando llegó, cerró los ojos y respiró hondo una vez antes de abrir la boca.

No tenía mucha experiencia. Se notaba en los detalles, en la manera en que buscaba el ángulo, en la tensión de los hombros, en algún roce con los dientes que corregía enseguida. Pero lo que le faltaba en técnica lo compensaba con ganas, y eso valía más que cualquier otra cosa. Me chupaba entera, se ahogaba un poco y volvía a hundirse, sacaba la polla y me lamía los huevos con hambre, me escupía encima y volvía a metérsela en la boca. Le puse la mano en la nuca y le marqué el ritmo despacio, viéndole la cara mientras mi polla le entraba y le salía de los labios estirados y brillantes.

—Qué bien la mamas para ser tu primera vez —le dije.

Levantó los ojos y sin sacársela de la boca me sonrió con la mirada. Me la chupó más hondo todavía.

***

Lo levanté del pelo y lo llevé, todavía desnudo, hasta el sofá. Lo puse de espaldas, con el culo al borde del cojín, le levanté las piernas y se las abrí. Le vi el culo tenso, apretado, virgen. La polla se le movía sola contra la barriga, chorreando líquido preseminal hasta el ombligo.

—Joder, qué culo tienes —murmuré.

Bajé la boca hasta donde el cuerpo empieza a estar en otro territorio. Le pasé la lengua entera por la raja del culo, de abajo arriba, y lo escuché soltar un jadeo agudo que no se esperaba. Lo hice despacio, con la lengua primero, buscando el agujero, dando vueltas alrededor, sintiendo cómo se tensaba y luego, poco a poco, cedía. Le escupí encima y volví a lamerlo, ahora hundiendo la punta de la lengua dentro, presionando hasta que empezó a abrirse.

Gimió entre dientes, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Tenía las manos aferradas a los cojines del sofá, las piernas abiertas y flexionadas contra el pecho, ofreciéndose entero. Lo escuché intentar controlarse y no poder del todo.

—Sigue —dijo con la voz ronca—. Sigue, joder.

Le metí un dedo mojado en saliva. Le entró apretado, resistiéndose al principio. Se lo moví despacio hasta que noté que aflojaba, y después le metí un segundo. Diego apretó los dientes y jadeó más fuerte. Le busqué la próstata por dentro y en cuanto se la rocé le vi los ojos ponerse en blanco.

—Ahí, ahí, joder —jadeó, con la polla dando saltos sola contra la barriga.

Me tomé el tiempo necesario. Quería que estuviera preparado, quería que lo pidiera sin pedirlo, y cuando noté que sus caderas empezaban a moverse hacia mis dedos, buscándolos, supe que era el momento. Le saqué los dedos, me escupí en la mano, me la pasé por la polla dejándola bien mojada, y le apoyé la punta contra el agujero.

—¿Seguro? —le pregunté.

—Métemela ya —dijo él.

Entré despacio. La punta se le abrió camino entre mucha resistencia y Diego apretó la mandíbula tan fuerte que le temblaron los tendones del cuello. Paré con el capullo dentro, esperé, le puse una mano en la espalda baja y otra en el vientre, y lo sentí relajarse, solo un poco, lo suficiente. Empujé un centímetro más. Después otro. Hasta que se la tenía entera dentro, hasta los huevos.

—Joder —susurró Diego, con los ojos cerrados y la boca abierta—. Qué gorda la tienes.

Empecé a moverme con cuidado al principio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio, midiendo cada movimiento, prestando atención a cada señal que daba su cuerpo. Le veía la cara descomponerse de a poco, la boca aflojarse, los ojos entornarse.

Los sonidos que hacía eran contenidos, casi ahogados, como si no quisiera oírse a sí mismo. Ese esfuerzo por callarse me puso más que cualquier otra cosa. Fui encontrando el ritmo, empecé a follármelo más fuerte, más hondo, y él dejó de luchar contra lo que sentía. Empezó a gemir de verdad, a jadear con cada embestida, a decir cosas sueltas que le salían solas.

—Fóllame, joder, fóllame —repetía en voz baja—. Más fuerte, dámela toda.

Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí más, doblándoselas hasta casi tocarle los hombros, y le empecé a dar de arriba abajo, con toda la cadera, chocándole los huevos contra el culo en cada embestida. El sofá se movía con nosotros. Diego se agarraba a los cojines, al respaldo, a mis brazos, a lo que fuera. Se cogía la polla y se la meneaba a mi ritmo, con la mano llena de su propio líquido.

Le di la vuelta. Lo puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo hacia mí. Me hundí otra vez en él de una sola embestida y Diego gritó contra el cojín. Le agarré las caderas y me lo follé así, viéndole el culo tragarse mi polla entera cada vez, viendo cómo se le tensaba la espalda, cómo bajaba la cabeza cuando le tocaba dentro donde tenía que tocar. Le di una nalgada. Le di otra. La piel se le puso roja y él soltó un gemido largo, obsceno.

—Joder, cómo aprietas —le dije—. Vas a hacer que me corra.

—Córrete —jadeó él, hundiendo la cara en el cojín—. Córrete dentro, córreme.

No tardé mucho. Tenía demasiado tiempo esperando ese momento. Aceleré, le clavé las manos en las caderas, le di las últimas embestidas a fondo, y me corrí dentro con un gruñido, notando cómo se me sacudía la polla descargando en su culo estocada tras estocada. Me quedé quieto un instante con la frente apoyada en su espalda, sin decir nada, jadeando, sintiendo cómo el semen se me escurría entre los dos.

Salí despacio. Le di la vuelta otra vez, lo dejé tumbado boca arriba con las piernas todavía abiertas y la polla dura, roja, empapada, dando latidos contra el ombligo. Me acosté entre sus muslos y me la metí en la boca hasta el fondo. Esta vez no se contuvo. Me agarró del pelo con las dos manos y empezó a follarme la cara, empujándome la cabeza hacia abajo mientras levantaba las caderas contra mi boca.

—Me corro, me corro —jadeó a los pocos segundos—. Joder, trágame, trágame.

Cerré los ojos y me hundí entera hasta el final. Sentí cómo se le disparaba la polla en la boca, chorro tras chorro, caliente, espesa. Me lo tragué todo sin sacármela, chupándole hasta la última gota, con Diego temblándome debajo, jadeando mi nombre con la voz rota.

Cuando dejé de chupar y levanté la cabeza, tenía la cara mojada y él me miraba desde arriba como si no supiera dónde estaba.

***

Después se quedó unos minutos tumbado, con los ojos fijos en el techo, la respiración volviendo lentamente a la normalidad, la polla todavía medio hinchada apoyada contra el muslo. Yo me senté en el otro extremo del sofá. Ninguno de los dos decía nada. Afuera, algún coche pasó por la calle y el silencio volvió.

Al cabo de un rato se levantó, recogió la ropa del suelo y fue al baño. Escuché el grifo. Cuando volvió ya estaba vestido, la camiseta por dentro del pantalón, como si nada.

No me miró al pasar. Solo cogió las llaves del coche que había dejado en la mesita del pasillo y salió. La puerta hizo un clic suave al cerrarse.

Me quedé sentado en el sofá durante un buen rato, desnudo, con el sabor de él todavía en la boca y una mancha húmeda en el cojín. La radio baja del coche de Diego todavía sonaba en mi cabeza.

Pensé en Clara recogiendo el piso en ese momento, tres semanas después de la boda más bonita a la que había ido en años.

Y pensé en la sonrisa de Diego cuando me abrió la puerta esa noche, como si todo lo que vino después ya estuviera escrito desde entonces.

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Comentarios(8)

NikoBaires

buenísimo!!! me dejó sin palabras

Facundo_GBA

Por favor continualo, no puedo creer que cortaste ahi...

Ernesto_B

La tension de ese momento en el auto se siente fisicamente leyendolo. Tremendo.

GatoNocturno

increible como con tan poco decis tanto. genial

MiguelTucuman

Espero que haya segunda parte, quedé con ganas de saber como termino todo esto

Marcos_Lee

Me recordó a una situación parecida que viví hace años, esa misma mezcla de nervios y adrenalina que se siente en ese tipo de momentos. Muy bien descripto.

cantodecisne

muy bien escrito, con mucho suspenso desde el principio. sigue asi!

LoboNocturno_ar

Se me hizo cortísimo. Mas por favor!!

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