Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Después de pelearme con mi hermana, llamé a un hombre

Soy viudo desde hace nueve años y llevo casi todo ese tiempo sin tocar a nadie. No por convicción, ni por luto sostenido, ni por nada que se parezca a una postura moral. Simplemente, en algún momento, dejé de buscar y la costumbre del silencio se asentó en mí como se asienta el polvo en una casa que ya nadie limpia.

La pandemia me terminó de quebrar. Yo trabajaba haciendo reparaciones por horas, instalaciones eléctricas, pequeños arreglos en casas de gente que me conocía desde hacía años. Cuando todo se cerró, la lista de llamados se redujo a tres o cuatro al mes. Mi hermana Lorena me ayudaba con algo de dinero cuando podía, y yo lo aceptaba con esa vergüenza que se acumula en las paredes del estómago, esa que con el tiempo deja de doler pero nunca se va del todo.

Una tarde de abril discutimos por teléfono. Yo le había pedido prestado lo justo para pagar la luz y ella, con la voz apretada, me dijo que ese mes no podía. Entendí, claro que entendí, pero algo se rompió igual. Le dije cosas que no debí decirle, cosas sobre mi orgullo y sobre lo poco que ella entendía lo que era depender de otro a los cincuenta y dos años. Me cortó. Quedé sentado en la mesa de la cocina, con el teléfono caliente todavía en la mano y la mirada perdida en la mancha de humedad que crecía sobre la pileta desde hacía dos inviernos.

Pensé en hacerme daño. Lo pensé con la misma frialdad con la que se piensa en cambiar una lamparita. Y enseguida me di cuenta de que había algo, una sola cosa, que no quería irme sin probar.

Quería que un hombre me cogiera el culo.

Esa frase, tan vulgar, tan exacta, me devolvió la respiración. Llevaba años cargando esa fantasía como un secreto envuelto en otro secreto. Nunca me había animado a buscar fotos, ni a leer relatos, ni a meterme en un foro. Y de pronto, en el peor día de mi vida adulta, supe que si no lo hacía ese mismo día, no lo iba a hacer nunca.

Prendí la computadora. Las manos me temblaban un poco, pero no de miedo, sino de una urgencia rara, como si el cuerpo hubiera estado esperando esa señal sin que yo lo supiera. Abrí dos o tres páginas, me hice un usuario con un nombre que ni recuerdo y empecé a escribirles a hombres que aparecían conectados a esa hora.

—Hola, ¿estás disponible hoy? —escribí, una y otra vez, sin pretensiones, sin filtros.

El primero vivía en la otra punta de la ciudad y no quería viajar. El segundo me dijo enseguida que él también era pasivo y que buscaba a alguien que lo metiera, y nos disculpamos los dos con una risa nerviosa. El tercero se llamaba Damián y me contestó dos minutos después de que le escribiera.

—¿Primera vez? —me preguntó.

—Sí.

—¿Y por qué hoy?

Le conté. No todo, pero lo suficiente. Le hablé de la discusión con mi hermana, de la mancha de humedad, del cansancio. No de la otra cosa. Y él, en lugar de cortarme o de mandarme una foto de la pija como hacían los otros, me escribió un párrafo entero diciéndome que no tenía por qué hacer nada que no quisiera, que si lo hacía conmigo iba a cuidarme y que primero íbamos a tomar un café para mirarnos a los ojos.

Algo en esa respuesta me destrabó por dentro. Le dije que sí.

—No vengo a tu casa, eh —aclaró—. No nos conocemos. Buscamos un alojamiento en el centro.

—Está bien.

—¿A las siete?

—A las siete.

***

Llegué quince minutos antes a la esquina que habíamos elegido, una farmacia con luces blancas frente a una plaza pequeña. Me había bañado dos veces, me había puesto una camisa azul que no usaba desde el último cumpleaños de mi mujer, y había caminado las doce cuadras desde mi casa repitiéndome que todavía estaba a tiempo de no aparecer. No me fui.

Damián llegó cinco minutos después. Lo reconocí enseguida, aunque la foto del perfil estaba a contraluz. Era más alto de lo que yo había imaginado, llevaba una campera de cuero negra y olía a algo limpio, a colonia masculina y a jabón recién enjuagado. Tendría unos cuarenta y largos, el pelo entrecano, la barba prolija.

—Vos sos —dijo, y sonrió.

—Yo soy.

Caminamos en silencio las dos primeras cuadras. Él habló primero, de cosas tontas, del clima, de la plaza, del perro de una vecina que ladraba todas las noches. Yo le contesté con monosílabos al principio, pero a la tercera cuadra ya estaba contándole sobre los arreglos que hacía y sobre el último cliente que me había pagado en harina porque no tenía efectivo. Damián se reía con una risa baja, casi un susurro, y cuando lo miraba de costado me daba cuenta de que ya no estaba nervioso, sino apurado.

El alojamiento estaba en una calle interna, con un cartel rojo y una puerta angosta. Insistió en pagar. Subimos por una escalera de mármol gastado y entramos a un cuarto con espejo en el techo y olor a desinfectante de pino.

—¿Estás bien? —me preguntó, dejando las llaves sobre la mesita de luz.

—No sé.

—Sentate. Tomate tu tiempo.

Me senté en el borde de la cama. Él se sentó a mi lado, sin tocarme. Me preguntó si quería que pidiéramos algo, agua, gaseosa, lo que fuera. Le dije que no. Le dije que prefería que empezara, que si me daba más tiempo me iba a arrepentir.

Damián me miró largo. Después me agarró la cara con las dos manos, suavemente, como si fuera a darme una noticia, y me besó.

No sé cuántos años hacía que no me besaban en la boca. Sentí ese beso primero en los labios, después en el pecho, después en una parte de mí que no tenía nombre. Fue lento, húmedo, sin apuro. Me agarró la nuca con una mano y con la otra me fue desabrochando los botones de la camisa, uno por uno, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me dejé caer hacia atrás. Él vino encima de mí, sin pesar, apoyándose en los codos. Me besó el cuello, el hombro, el pecho. Yo le agarré la espalda por encima de la campera y se la fui empujando, y él se incorporó un segundo para sacársela y volver a tirarse sobre mí.

—Avisame si querés que pare —dijo contra mi oído.

—No pares.

Las manos de Damián sabían exactamente qué hacer. Me bajó el pantalón sin urgencia, me sacó la camisa por las muñecas, me puso desnudo bajo una luz tibia que entraba desde el baño. Yo nunca me había mostrado entero frente a otro hombre que no fuera médico, y cuando me di cuenta de que estaba ahí, expuesto, con la respiración acelerada y la pija dura de una manera que hacía años no recordaba, me dio una risa rara, una risa de alivio.

Él también se desnudó. Tenía un cuerpo cuidado, sin marcar, con el pecho cubierto de un vello oscuro y una pija más gruesa que larga, dura y curvada hacia arriba. La miré como se mira algo prohibido durante demasiado tiempo, y entendí en ese segundo que la había estado esperando toda la vida.

Volvió encima de mí. Me besó otra vez, y mientras me besaba bajó la mano por mi vientre, por el costado, hasta las nalgas. Me apretó el culo con la mano abierta y un dedo se le escapó hasta la raya, sin entrar, solo dibujando un círculo apenas insinuado sobre la entrada.

Se me escapó un suspiro que no sabía que tenía adentro.

—Tranquilo —me dijo—. Vamos despacio.

Giré sin pensarlo. Quedé yo arriba, con las rodillas a los costados de su cintura, y mis manos empezaron a recorrer su pecho como si supiera de memoria un mapa que estaba viendo por primera vez. Bajé la cabeza, le besé el cuello, los pezones, el abdomen, esa línea de vello que se hunde y se ensancha. Cuando llegué a su pija me detuve un segundo. Estaba ahí, contra mi mejilla, caliente, con un olor masculino y limpio que me mareó.

La agarré con la mano. Pasé la lengua por toda la extensión, primero con miedo, después con curiosidad. Era suave en la superficie y dura por dentro, y al meterla en la boca por primera vez sentí que algo en mí, una compuerta que llevaba cincuenta años cerrada, se abría con un crujido silencioso.

Damián gimió bajo, no de espectáculo sino de verdad. Me apoyó una mano en la nuca, no para empujarme, sino para acariciarme el pelo. Yo me dejé llevar. Subía y bajaba sin técnica, atento a sus reacciones, aprendiendo. Cuando me animé a meterla más profundo se me escapó una arcada y me reí contra él, con la boca llena, y él se rio conmigo.

—Lo estás haciendo bien —me dijo—. Mejor que bien.

Pasé a sus huevos. Los lamí con cuidado, los tomé en la boca uno a uno, y mientras lo hacía me di cuenta de que estaba duro yo también de una manera que no recordaba, que mi pija dejaba un hilo de humedad sobre la sábana cada vez que me movía.

Él me agarró por los hombros y me subió hasta su cara.

—Date vuelta —me pidió—. Boca abajo.

Le obedecí. Me acomodó una almohada bajo la cadera, así mi culo quedó levantado, abierto, expuesto en un ángulo que yo nunca había visto. Sentí su respiración primero, bajando por mi espalda, por la cintura, por la base de la columna. Y después sentí su lengua, tibia, lenta, pasar por primera vez por el lugar exacto donde yo, esa misma mañana, había decidido morirme.

Cerré los ojos. Apreté la almohada con las dos manos. Y me dejé estar, por primera vez en años, en el cuerpo de otra persona.

***

Lo que pasó después merece su propio relato. No por pudor ni por suspenso barato, sino porque lo que recuerdo de esa parte de la noche no son las cosas que él me hizo, sino la manera en que me las hizo: con paciencia, con cuidado, deteniéndose cada vez que yo me tensaba, hablándome al oído como si tranquilizara a un animal asustado. Salí de ese hotel a las cuatro de la mañana con el cuerpo dolorido y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Caminé las doce cuadras hasta mi casa solo, en silencio, mirando las luces apagadas de los balcones. Llamé a mi hermana a las nueve de la mañana del día siguiente y le pedí perdón por lo que le había dicho. Ella me dijo que ya estaba, que no me preocupara, y por la voz me di cuenta de que también había llorado. No le conté nada de Damián. No se lo conté a nadie.

De aquella noche no me quedó culpa. Me quedó algo más raro: una especie de gratitud. Gratitud hacia un hombre que no me conocía y que me trató como si me conociera. Gratitud hacia mí mismo, también, por haber sido lo bastante terco como para no terminar la tarde de otra manera. La mancha de humedad sobre la pileta todavía está ahí, pero ya no la miro igual.

Lo de Damián, por cierto, no terminó esa noche. Pero esa es otra historia.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.