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Relatos Ardientes

Aquella tarde que seguí a un desconocido a su casa

Pasó hace nueve años, pero todavía recuerdo el calor de aquella tarde con una nitidez que me incomoda. Yo tenía veinte años, vivía cerca del centro de Mérida y nunca me había considerado guapo, aunque las mujeres siempre me prestaron atención. Tenía novia, una chica de mi facultad con un cuerpo que me volvía loco, y nada en mí indicaba que esa tarde fuera a torcerse del modo en que se torció.

Iba al dentista. Una muela del juicio que llevaba semanas haciéndome la vida imposible. Salí del consultorio con la mandíbula aún dormida, caminé por una calle larga y solitaria buscando un puesto donde tomar agua. Era una de esas calles del centro que a esa hora parecen abandonadas: portones cerrados, persianas bajas, el sol cayendo a plomo sobre el pavimento.

Lo noté por la sombra. Una sombra que llevaba un rato siguiendo el ritmo de la mía sin alcanzarla nunca. Volteé sin pensar y vi a un hombre que rondaba los sesenta y tantos, vestido con una guayabera blanca y un sombrero de palma. Tenía el pelo cano, la piel curtida y unos ojos pequeños y atentos que se quedaron fijos en mí cuando giré la cabeza.

Aceleré el paso. No por miedo, sino por incomodidad. Me detuve dos cuadras más adelante, junto a una farmacia cerrada, fingiendo mirar el escaparate. Quería confirmar si de verdad me seguía o si solo era una coincidencia. Por el reflejo del vidrio lo vi acercarse despacio, sin disimulo, y plantarse a unos metros de mí.

—¿Andas perdido, muchacho? —me dijo.

Su voz era ronca, baja, casi paternal. Le contesté que no, que estaba esperando a alguien. Mintió mejor él, porque no le creí cuando me explicó que necesitaba una mano para cargar unas cajas en el patio de su casa. Estaba allí mismo, a media cuadra. Si lo ayudaba un momento, me daría algo por la molestia.

No sé por qué accedí. Tal vez porque a esa edad uno tiene la cabeza hecha de cristales y todo lo nuevo brilla. Tal vez porque la palabra «patio» me sonó tan inofensiva que no supe oír lo que en realidad me estaba ofreciendo. O tal vez porque en algún rincón al que entonces no le ponía nombre, yo ya sabía perfectamente a qué clase de patio iba a entrar.

Caminamos en silencio. Él iba delante, andando despacio, y yo lo seguí dos pasos detrás, mirándole la espalda ancha y el cuello quemado por el sol. Sacó una llave grande del bolsillo y abrió un portón de hierro pintado de verde. Detrás había un zaguán largo, fresco, con un olor a humedad y a flor de mayo que se me metió hasta el pecho.

—Pasa, pasa. Cierra detrás de ti.

Cerré.

El zaguán daba a un patio interior con un limonero en el centro y una mecedora vieja en una esquina. No había cajas. No había nada que cargar. Cuando me di vuelta para preguntarle, lo encontré a un palmo de mi cara, mirándome con una calma que no me dejó moverme.

—Me gustaste apenas te vi —dijo—. No tienes que quedarte si no quieres.

Y sin embargo, no me fui.

Sentí la sangre bajándome de golpe, repartiéndose por sitios donde no la esperaba. Llevaba meses con la cabeza encendida, masturbándome dos veces al día, fantaseando con cualquier cosa que se moviera. Y de pronto un desconocido de la edad de mi abuelo me estaba diciendo en serio lo que las chicas de mi facultad solo me insinuaban en broma. Se me puso dura sin que yo pudiera evitarlo, y él lo notó antes de que yo pudiera disimularlo.

Me puso una mano sobre la entrepierna, encima del pantalón, y apretó suavemente. Cerré los ojos. Era la primera vez que sentía la mano de otro hombre ahí, y todo lo que pude pensar fue que pesaba más que la de cualquier mujer que me hubiera tocado.

—Déjame verlo —murmuró.

Asentí. No habría podido decir una palabra aunque lo hubiera intentado.

Me bajó el pantalón y el calzoncillo al mismo tiempo, con una habilidad de oficio que en ese momento no entendí. Me quedé desnudo de la cintura para abajo, en el patio de un hombre que no conocía, con la luz de la tarde colándose por las hojas del limonero. Y cuando se arrodilló frente a mí y me tomó con la boca, lo primero que sentí no fue placer: fue una vergüenza eléctrica que me recorrió la espalda y se me convirtió en deseo a la mitad del camino.

Su boca era distinta. No tenía la prisa de las chicas con las que yo había estado, ni el pudor, ni la queja silenciosa de quien lo hace por compromiso. Él lo hacía porque quería. Porque llevaba quién sabe cuánto tiempo esperando a un muchacho como yo en aquella calle larga y solitaria, y ahora me tenía. Eso lo entendí enseguida, y entenderlo me puso aún más cachondo.

—Estás riquísimo —dijo, separándose un instante para mirarme desde abajo.

Le agarré la nuca y lo volví a empujar contra mí. No lo pensé. Algo dentro me funcionaba solo.

Me lamió despacio, me tomó los testículos con una mano y con la otra me apretó las nalgas. Me las separó, me las amasó, me metió la punta de un dedo con una saliva que me hizo temblar las rodillas. Yo me agarré al respaldo de la mecedora para no caerme. Era demasiado: la lengua, los dedos, el olor del patio, la idea misma de lo que estaba haciendo.

—Tócame la cara —pidió.

Le pasé la mano por la mejilla. Tenía la barba dura, áspera, y el contacto de esa aspereza contra mi palma fue lo que me terminó de quebrar. Hasta ahí yo podía haberme contado a mí mismo que era casualidad, curiosidad, calentura. Pero al sentir esa barba de hombre bajo los dedos, supe que estaba haciendo lo que estaba haciendo y que me gustaba. Punto.

***

No duró mucho. Llevaba demasiada calentura acumulada como para resistir aquella combinación. Se la saqué de la boca un segundo antes, le agarré la cara con las dos manos y le acabé en los labios, en la barbilla, en la barba canosa. Él, sin moverse, abrió la boca y se lamió lo que pudo alcanzar.

—Qué desperdicio tirar esto al suelo —dijo.

Me quedé sin habla. No sabía si reírme, si pedirle perdón o si volver a empezar.

No hice ninguna de las tres cosas. La vergüenza me cayó encima como un balde de agua fría apenas se me bajó la calentura. Me subí el pantalón con manos torpes, me abroché mal el cinturón, me pasé la mano por el pelo como si eso fuera a ordenar algo. Él se levantó del suelo con calma, se limpió la barba con un pañuelo de tela y me miró con una sonrisa que no era burlona ni triunfal: era la de alguien que conoce bien lo que viene después.

—Ya me voy —dije.

—Te abro.

Me acompañó hasta el portón. Cuando ya tenía un pie en la calle, me sostuvo del brazo, me deslizó la mano hasta el culo por encima del pantalón y apretó.

—Qué bueno estás —me dijo al oído—. Vuelve cuando quieras. La puerta siempre está abierta para los muchachos que saben lo que les gusta aunque todavía no lo sepan.

Salí a la calle con el corazón disparado, la mandíbula todavía un poco dormida y una sensación rara en el estómago que no era hambre. Caminé varias cuadras sin saber a dónde iba. Pasé tres veces por la misma esquina antes de darme cuenta. Me senté en un banco de la plaza, me tomé la cabeza con las manos y me pregunté qué carajo acababa de hacer.

Y qué carajo iba a hacer con eso a partir de entonces.

***

Volví. Tres veces más, en las semanas siguientes. La segunda no le ayudé a cargar nada: toqué el portón, él abrió, me hizo pasar y me llevó directo a la habitación del fondo. La tercera me hizo bailarle desnudo en medio de la pieza, mientras él se masturbaba sentado en el borde de la cama y me decía cosas al oído que no pienso repetir aquí. La cuarta fue distinta y no la voy a contar todavía. Esa la guardo para otra confesión, cuando me anime.

Lo que sí puedo decir es esto: yo me sigo considerando heterosexual. Tengo pareja, una mujer a la que quiero, y todavía me derrito por un buen culo y unas piernas largas. Pero descubrí esa tarde, en aquel patio con olor a flor de mayo, que el deseo no se preguntaba por el sexo de quien lo despertaba. Que sentirme deseado por un hombre maduro, viejo, experimentado, me prendía de un modo que ninguna chica de mi edad había conseguido. Que ser visto como un objeto, por una vez, era una libertad que no sabía que estaba buscando.

Tengo otras historias parecidas. Tríos que no debería haber aceptado y acepté igual. Encuentros con mujeres mayores que me trataron como un juguete y a mí me encantó. Recuerdos con exnovias que se quedaron a vivir en un cajón cerrado de mi memoria. Si esta confesión les llega, si alguien la lee hasta el final sin juzgarme, prometo contarlas. Una a una, sin filtros, como las viví.

Por ahora me quedo con esta: la del muchacho de veinte años que siguió a un desconocido a su casa una tarde de mayo en Mérida, y que salió de allí sabiendo de sí mismo cosas que antes prefería no mirar.

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