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Relatos Ardientes

El sábado que el obrero casado entró a mi ducha

El depósito de materiales queda a tres cuadras de mi oficina, y siempre paso por delante cuando salgo a almorzar. Una mañana de marzo lo vi a él. Estaba descargando sacos de cemento de un camión, doblado sobre la rampa, y cada vez que se inclinaba el pantalón se le bajaba un poco más, dejando ver una franja de piel blanca que no encajaba con el resto del paisaje. La gente de la costa es morena, curtida por el sol y el aire salado. Él no. Él era pálido como una hoja de papel.

Me quedé mirándolo más de lo prudente. Tenía la espalda ancha, los brazos firmes de cargar peso todos los días, y un culo que se le marcaba bajo la tela del pantalón cada vez que se agachaba. Era grande, redondo, descarado. Un culo de mujer pegado a un cuerpo de hombre. Me acerqué con cualquier excusa, pregunté por una pieza que no necesitaba y le sonreí al pasar.

—Buenas, ¿usted es nuevo aquí? —le dije.

—Llevo tres semanas. Antes trabajaba en otro depósito.

Hablaba despacio, con un acento de tierra adentro que se le notaba mucho. Después supe que era de un pueblo en las montañas, de esos lugares donde la gente baja a la costa solo cuando ya no le queda otra opción. Se llamaba Hernán y tenía veintiocho años, aunque la cara de niño lo hacía parecer mucho menor. Cabello negro, abundante, ojos color café, una boca seria que solo se relajaba cuando hablaba de su hija.

Porque tenía una hija. Y una mujer. Eso lo descubrí en la tercera o cuarta conversación, esas charlas cortas que se daban cada vez que yo pasaba por el depósito con cualquier pretexto. Le pregunté qué hacía los fines de semana y me contestó que ayudaba a su esposa con la nena, que apenas estaba aprendiendo a caminar. Le pregunté si extrañaba las montañas y me dijo que sí, pero que aquí había más trabajo.

Cada vez le tiraba más cuerda. Le ofrecía cigarros, le preguntaba si tenía sed, le contaba historias que lo hacían reír. Y poco a poco, sin que él se diera cuenta, le iba demostrando que conmigo podía bajar la guardia. Un viernes le solté la pregunta directa.

—¿Por qué no te vienes un sábado a mi casa? Tomamos una cerveza y me arreglas un par de cosas que tengo pendientes. Te pago aparte, obvio.

Se quedó callado unos segundos.

—¿A qué hora?

—A eso de las tres. La nena duerme la siesta, ¿no?

Asintió sin mirarme. No hizo falta decir nada más. Los dos sabíamos que no se trataba de arreglar nada. Cuando dos hombres se citan a solas un sábado por la tarde no es para hablar del clima.

***

Llegó a las tres y diez. Pude verlo desde la ventana, parado en la vereda como si dudara, mirando el número de la casa varias veces antes de tocar el timbre. Le abrí en bermudas y camiseta. Él vino vestido como si fuera a una entrevista de trabajo: jean planchado, camisa azul, el pelo todavía mojado del baño que se había dado antes de salir.

—Le dije a mi mujer que venía a hacer un trabajito extra —murmuró apenas entró, sin que yo le preguntara.

Se sentó en el sillón y se tomó las primeras tres cervezas casi sin respirar, una detrás de otra. Yo lo miraba desde la cocina, preparando un trago fuerte de ron con hielo. Cuando se lo llevé, la mano le temblaba un poco al recibirlo.

—Tranquilo —le dije, parándome detrás del sillón—. Aquí no pasa nada que no quieras.

Le apoyé una mano en el hombro. Él no se movió. Bajé la mano hasta la nuca y le acaricié el cuello con el pulgar. Tampoco se movió. Entonces me acerqué por detrás, le rocé la oreja con los labios y le hablé bajito, sintiendo cómo se le erizaba la piel.

—Ven.

Lo levanté del sillón y lo llevé al dormitorio. Caminaba detrás de mí como un chico al que llevan al consultorio del médico. Apenas entramos cerré la puerta, lo di vuelta contra la pared y le metí las manos por debajo de la camisa. Tenía el cuerpo duro, firme, macizo. Esa firmeza rústica del hombre que carga peso todos los días, no la falsa firmeza del gimnasio. Le pasé las uñas por la espalda y vi cómo se le marcaban las líneas rojas en la piel blanca.

—¿Te gusta así? —le pregunté.

—No sé… —dijo, y se rio sin querer—. Nunca…

—¿Nunca qué?

—Nunca con un hombre.

Me hice el sorprendido, aunque ya lo había imaginado. Le mordí el cuello, le bajé los hombros de la camisa y le besé los omóplatos uno por uno. Mientras tanto le iba desabrochando el cinturón. Cuando le bajé el jean, su culo quedó al aire y yo me quedé un segundo sin respirar. Era exactamente como me lo había imaginado las tres semanas que llevaba mirándolo desde la vereda. Grande, blanco, lampiño, partido por el medio por una raya perfecta.

—Vamos a la ducha —le dije.

Lo guie hasta el baño y abrí el agua caliente. Nos terminamos de desnudar adentro, bajo el chorro. Él me sobaba la verga con curiosidad, casi con desconcierto. Yo la tengo bien peluda, los huevos me cuelgan pesados, y a él le llamaba la atención esa diferencia con su cuerpo. Porque él era completamente lampiño. Hasta la tenía rasurada, lo que me sorprendió en un hombre de pueblo. Después me confesó que su mujer le había dicho una vez que así le gustaba más, y él no se había animado a dejarla crecer de nuevo.

—Date la vuelta —le ordené.

Lo puse contra los azulejos, con las manos apoyadas en la pared. Tenía las nalgas chorreando agua y a mí se me hacía la boca agua. Me agaché y le pasé la lengua por toda la raya, de arriba abajo, despacio, sintiendo el sabor del jabón y del agua caliente. Después le clavé los dientes en una nalga y él pegó un saltito.

—Quieto.

Lo mordí otra vez, más fuerte. Y otra. Y otra. Le iban quedando marcas rosadas que se ponían moradas a los pocos segundos. Cada chupetón le arrancaba un quejido bajo, contenido, como si no quisiera que yo lo escuchara. Yo le levantaba las nalgas con las dos manos, le metía la cara entre ellas, le pasaba la lengua por el huequito, lo separaba con los pulgares para verlo bien. Era rosado, chiquito, apretado. Una pequeña fruta escondida entre dos montes de carne blanca.

Él intentó darse vuelta varias veces para mamármela. Cada vez le di un manotazo en la cadera y lo obligué a quedarse como estaba. Yo no quería su boca. Yo quería su culo. Llevaba tres semanas pensando en ese culo y ahora que lo tenía no iba a perder el tiempo en otra cosa.

***

Salimos de la ducha sin secarnos del todo. Lo llevé hasta la cama todavía mojado y lo tiré boca abajo sobre el cubrecama. Después fui al cajón de la mesa de luz y saqué el lubricante. Volví, me arrodillé entre sus piernas, le puse un poco en los dedos y le hurgué la entrada despacio. Estaba apretadísimo. Sentí que el primer dedo le entraba con dificultad y él soltó un quejido sordo contra la almohada.

—Aguanta —le dije—. Despacio.

Le metí el segundo dedo y se lo moví adentro, en círculo, abriéndolo. Él respiraba fuerte y se aferraba a la sábana. Su verga estaba dura contra el colchón, pero no se la tocaba, no se masturbaba, no buscaba ningún alivio. Lo que le gustaba era lo otro. Lo que le gustaba era que yo le metiera mano ahí donde nunca nadie le había metido nada.

Cuando sentí que ya estaba mínimamente preparado, me unté con bastante crema y me posicioné. La mía no es enorme, calculo siete pulgadas, pero es gruesa, y al apoyar la cabeza contra esa entrada apretada sentí que iba a costar.

Y costó. Empujé despacio y él chilló. Le hablé al oído, le pedí que se relajara, le dije que respirara hondo. Empujé otra vez y la cabeza apenas entró un poco. Tuve que separarle las nalgas con las dos manos porque ese culón se cerraba sobre mí como una trampa. Cuando finalmente la cabeza pasó del todo, él soltó un grito ahogado y yo me quedé quieto, esperando.

—¿Estás bien?

—Sí… sigue, despacio.

Empujé otra pulgada. Otra. Otra. Tardé varios minutos en entrar entero, y cuando lo conseguí, me quedé un rato apoyado encima de él, sintiendo cómo el cuerpo se le iba acostumbrando. Después empecé a moverme. Despacio al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar. Él respiraba fuerte, gemía contra la almohada, se mordía el antebrazo cada vez que la metía hasta el fondo.

Lo que más me gustaba era mirar. Mirar cómo entraba y salía entre esas dos masas blancas. Mirar cómo se le marcaban las huellas de mis dedos en la piel. Mirar la curva de su espalda, los hombros tensos, la nuca hundida contra el colchón.

—Eres un perro —le dije, agarrándole el pelo.

—Soy lo que tú quieras —contestó, y la respuesta me sorprendió.

Lo embestí más fuerte. Él soltó un quejido largo y empujó el culo hacia atrás, buscándome. Esa fue la confirmación que necesitaba: el hombre casado del depósito, el de la cara de niño y la nena que recién aprendía a caminar, ese hombre necesitaba que lo cogieran y no se lo había dicho a nadie hasta ese sábado.

Cuando sentí que estaba por terminar, salí de adentro de él. No quería acabar tan rápido. Le pedí que me apretara las nalgas, que me las cerrara fuerte sobre mí, y él lo hizo. Yo me quedé restregándome entre esos dos montes, deslizándome entre la carne tibia, embarrándolo todo con la crema y la saliva, y al cabo de unos minutos sentí que se me venía y dejé que se me viniera ahí, sobre la piel, entre las nalgas, sobre la espalda baja.

Me quedé encima de él, jadeando. Le mordí el hombro, le chupé la nuca, le pasé los dedos por el pelo mojado. Él no se movía. Tenía los ojos cerrados y respiraba despacio, como si se hubiera dormido. Por un momento pensé que sí, que se había dormido de verdad. Pero entonces giró un poco la cabeza y me miró por encima del hombro, con esa cara de niño y esos ojos café que parecían más tranquilos que cuando había llegado.

—Tengo que irme.

—Sí.

Se levantó, se vistió en silencio y se fue sin hacer ruido. Cuando salí al patio a fumar un cigarro, ya no estaba.

***

Me quedo pensando, a veces, qué cuento le habrá inventado a la mujer para explicar los chupones que le dejé en la espalda y en los hombros. Algunos eran tan grandes que se le iban a notar durante una semana entera. A lo mejor le dijo que se había golpeado contra una pila de bloques. A lo mejor ni le dijo nada y se cambió en el baño con la puerta cerrada hasta que las marcas desaparecieron.

Lo que sé es que volvió. Volvió tres sábados seguidos después de aquel primero. Siempre con la misma excusa del trabajito extra, siempre con el pelo mojado y la camisa planchada, siempre tomándose las primeras tres cervezas de un trago.

Hasta que un viernes me avisó que la mujer había encontrado algo y que se iban a las montañas a vivir con la familia de ella. No me explicó qué había encontrado. Yo tampoco pregunté.

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