Lo que descubrí en casa de mi compañero de maestría
Hace más de quince años cursé una maestría en Bogotá. Algunos de los trabajos finales debíamos resolverlos en grupo, casi siempre de tres o cuatro integrantes. En el curso de gestión estratégica, sin embargo, el profesor decidió hacerlo distinto: parejas de dos personas, elegidas por él mismo, sin opción a negociar.
Me tocó armar dupla con Alejandro, un compañero con el que apenas cruzaba palabras en clase. La relación era cordial, sin más. No coincidíamos en los corrillos donde nos juntábamos a tomar café entre clases, ni en las salidas de los viernes. Solo nos veíamos los martes y los jueves, en el aula, sentados a tres filas de distancia.
Cuando supimos que íbamos a trabajar juntos, lo busqué en el cambio de hora para coordinar. Calculamos tres o cuatro reuniones presenciales —era una época en la que todo seguía siendo cara a cara, antes de que la videollamada lo invadiera todo—. Le conté que tenía una hija de seis meses y que en mi casa, con el llanto y los pañales, era imposible concentrarse.
—Ven a la mía —dijo sin pensarlo—. Estoy casado, pero todavía no tenemos chicos.
Me dio su dirección. Vivíamos relativamente cerca, lo cual en una ciudad del tamaño de Bogotá era casi un milagro. Quince minutos en taxi, no más. Quedamos en vernos el sábado siguiente, a las tres de la tarde.
***
El sábado llegué puntual. Subí al piso once de una torre nueva en el norte de la ciudad y, en cuanto se abrió la puerta del ascensor, supe que Alejandro tenía un sueldo muy distinto al mío. Su departamento era amplio, luminoso, con grandes ventanales que daban a los cerros. Pisos de madera oscura, muebles de diseñador, cuadros enmarcados con buen criterio. Me recibió con una sonrisa franca y una camisa de lino bien planchada.
Charlamos cinco minutos de trivialidades en la sala y enseguida me invitó a su biblioteca. La palabra me pareció pretenciosa hasta que abrió la puerta. Dos paredes enteras cubiertas de estantes de madera fina, llenos de libros bien cuidados. Un escritorio de roble hacia un lado, una mesa de trabajo amplia en el centro y una butaca de cuero junto a la ventana. Olía a papel y a un perfume discreto. Nos instalamos en la mesa central, abrimos las carpetas y empezamos.
Trabajamos sin pausa hasta las cinco. Alejandro era metódico, ordenado, con esa forma de hablar pausada que solo tienen los que han leído mucho. Me sorprendió la facilidad con la que llegábamos a acuerdos. En un par de horas avanzamos lo que en otros grupos habría tardado un fin de semana.
A las cinco en punto se abrió la puerta y entró su esposa con una bandeja. Daniela. La presentación fue breve, pero a mí me llevó varios segundos volver a respirar con normalidad. Era una mujer espectacular, de unos veinticinco años, con una melena oscura recogida en un moño descuidado y un short corto sobre piernas firmes. La blusa de algodón blanco, abotonada solo a la mitad, dejaba ver una clavícula bronceada y el nacimiento de unos pechos llenos. No era voluptuosa de forma exagerada: era atlética, con curvas justas, de esas mujeres que parecen no necesitar maquillaje porque la luz les pega bien en cualquier ángulo.
—Les traje sándwiches y café —dijo con voz suave—. Sigan trabajando, no quiero interrumpir.
Dejó la bandeja, sonrió y salió. Yo me obligué a mirar mis apuntes. No mires el culo. No mires el culo. Cuando levanté la vista, Alejandro me sonreía con un dejo de orgullo. Sabía perfectamente que su mujer era un golpe a la mandíbula.
Comimos en silencio. Cuando terminamos, él recogió las cosas, dijo que ya volvía y se llevó la bandeja a la cocina. Tardó diez minutos. Pensé que estaría jugueteando con su mujer y, aunque la idea no me había encendido al principio, ahora me bullía la sangre. Cuando volvió, me bastó una mirada para notarlo: tenía la entrepierna abultada, demasiado abultada como para ser un bulto en reposo. Además de bien plantado, de buen gusto y de buena cabeza, estaba muy dotado.
Me subió la temperatura en un instante. No era la idea de él con ella lo que me ponía; era él. Su presencia al lado mío, con esa silueta tensándole el jean, fue suficiente para que me costara mantener la concentración. Pero no había otra: respiré hondo y seguí en lo nuestro. Un par de horas después dejamos cerrado el primer bloque del trabajo y quedamos en encontrarnos el martes a las siete, después de la oficina.
***
Llegué a mi casa con la cabeza llena de imágenes. Mi mujer estaba dormida con la bebé encima del pecho. Pasé al baño, me encerré, me bajé el pantalón y me corrí pensando en él, en su mano sosteniendo la lapicera, en la forma en que el jean se le tensaba al cruzar la pierna. No me había pasado nunca con un compañero.
El martes fui directo desde el trabajo. Subí al piso once con el portafolio en una mano y la respiración un poco alterada. Alejandro abrió la puerta en camiseta y pantalón de jogging. Entramos directo a la biblioteca. A los quince o veinte minutos me lanzó la frase sin levantar la vista de la pantalla:
—Daniela salió al cine con unas amigas. Después se van a cenar. Tenemos la casa para nosotros.
Lo dijo como si nada. Yo asentí como si nada. Pero sentí el aire engrosarse.
—¿Cerveza? —preguntó.
—Dale.
Volvió con dos latas heladas. Las destapamos y seguimos trabajando, ahora sí con menos rigor. Las terminamos rápido. Trajo otras dos. Cuando regresó de la cocina, su entrepierna ya no dejaba lugar a dudas. La hinchazón se marcaba contra la tela del jogging, larga, evidente. No había pasado nada todavía y ya estaba duro.
Su esposa no estaba. Y yo estaba seguro de que era por mí.
Aun así no me hice ilusiones. Me concentré en la pantalla y en el cuadro comparativo que llevábamos a medias. Alejandro acercó su silla a la mía con la excusa de leer mejor mi parte del análisis. Su muslo rozó el mío. No retiré la pierna. Él tampoco. Un minuto después, su mano se posó en mi rodilla y empezó a subir.
Sentí que era todo o nada.
Bajé la mía y la apoyé sobre su jogging. Lo sentí enorme, palpitante, atrapado contra la tela. Él suspiró sin hacer ruido. Se desató el cordón del pantalón y la sacó. La verga era exactamente como la había imaginado: gruesa, larga, con una vena pronunciada que la recorría de arriba abajo.
—Chúpamela —me dijo con suavidad, sin imponer.
Me arrodillé entre sus piernas y lo hice. Lo hice con ganas, sin medir, dejándome llevar por todas las imágenes que me había construido en el baño aquel sábado. Estaba caliente, mucho. Quería más.
—Para —me dijo después de un rato—. Vamos al cuarto.
***
La habitación principal olía al mismo perfume discreto que el resto del departamento. Cama enorme, sábanas blancas, una lamparita encendida sobre la mesa de luz. Alejandro caminó hasta el canasto de la ropa sucia con la calma de quien tiene un guion ensayado. Hurgó un segundo y sacó una tanga.
Era una pieza de lencería cara, de las que se compran en boutiques y no en tiendas de barrio. Encaje fino, color crema, con un detalle bordado a un costado. Me la acercó a la nariz.
—Huélela.
Olía a piel limpia, a hembra, a un perfume íntimo que no era el de los frascos del baño. Cerré los ojos.
—Póntela.
Lo obedecí. Me desnudé sin apuro y deslicé la tanga por mis piernas. Me quedaba justa, ajustada, con el encaje marcándome la cintura. Era la cosa más excitante que había sentido en años. Él se desnudó frente a mí, sin prisa, mirando.
Me acomodó en cuatro patas sobre el colchón. La tanga seguía puesta. La corrió apenas hacia un costado, lo justo para tener acceso, y empezó a lamerme con una intensidad que no esperaba. Primero suave, después salvaje, abriéndose paso con la lengua como si quisiera marcar territorio. Apreté las sábanas con los puños.
Sin sacarme la tanga, se acomodó detrás. Me la metió de a poco, atento a mis reacciones, pero no necesitaba esperar: yo estaba dilatado por las ganas, lo recibí entero al tercer empuje. Sentirlo cabalgarme con la tanga de su mujer todavía puesta fue una experiencia salvaje. La fina tela me rozaba la piel a cada embestida.
—Eres una puta —empezó a decirme con la voz ronca, golpeándome el culo con cadencia—. Mírate. Una zorra preciosa. Te encanta que te rompa, ¿verdad?
Lo decía sin agresividad, casi con cariño, como quien recita un libreto que sabemos los dos que nos pone. Yo gemía en respuesta, sin palabras. Cada insulto me apretaba el bajo vientre.
Paró un momento, me giró y me puso de espaldas. Me alzó las piernas sobre sus hombros sin sacarme la tanga. Volvió a entrar y la profundidad fue otra. Me veía. Yo lo veía. Esa mirada fija mientras me embestía me hizo perder cualquier resto de control.
—Me vengo —le avisé—. Me vengo, me vengo.
Paró otra vez. Se acostó boca arriba en el centro de la cama.
—Sube y cabalga, puta.
Lo obedecí. Me senté sobre él, despacio, sintiendo cada centímetro acomodarse adentro. Después empecé a moverme. Lento al principio, después con todo el peso del cuerpo cayendo a tiempo. Me acaricié encima de la tanga, sentí mi propia humedad mezclarse con el encaje y, sin avisar, se me vino encima. Sentí el semen mojarme la tela, atrapado entre el bordado y mi piel. Alejandro lo notó. Apretó las manos en mis caderas, me clavó hasta el fondo y se vino dentro de mí, con un gruñido largo que me erizó la nuca.
Me dejé caer a su lado. Tardamos un rato en hablar. Yo todavía tenía la tanga puesta, ahora arruinada, pegajosa, deformada.
—¿Qué hacemos con esto? —pregunté al fin, sin sacármela todavía.
—Déjala en la ropa sucia —dijo sin abrir los ojos—. La señora viene mañana a lavar.
Y eso hice. Antes de irme la dejé tirada entre el resto de la ropa, como si nunca hubiera salido de ese canasto. Bajé al taxi con el portafolio en una mano y un secreto que iba a ser, durante los siguientes meses, lo único en lo que iba a pensar cada vez que pasaba por aquel piso once.