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Relatos Ardientes

El chofer del doble piso y la noche de diciembre

El frío de esa noche en la terminal de Monterrey era distinto al de otras noches. No era el frío seco que a veces baja de la sierra. Era uno húmedo y pegajoso que se te metía por el cuello del chamarro y se quedaba ahí, aferrado, sin importar cuánto te movieras o cuánto café tomaras en el turno. El tipo de frío que hace que uno se pregunte para qué aceptó el turno nocturno en primer lugar.

Yo llevaba casi dos años trabajando en los andenes. Empecé poco después de cumplir veintitrés, recién llegado del interior, y la guardia de noche la agarré porque pagaba un poco más y porque había menos competencia para esas plazas. Con el tiempo me acostumbré al ritmo de las madrugadas: los autobuses entrando y saliendo en silencio, los pasajeros dormidos arrastrando maletas, los conductores que te saludaban con un gesto de cabeza y seguían su camino sin decir nada. Un mundo aparte, funcionando solo mientras el resto de la ciudad dormía.

Esa noche de diciembre yo estaba por terminar el turno. Faltaban unos cuarenta minutos cuando vi llegar al doble piso por el carril tres. Era un Volvo blanco con franjas grises, de los que hacen el recorrido largo hacia la frontera. El conductor lo estacionó con precisión quirúrgica en el andén siete y bajó a revisar las compuertas de carga. Era un tipo de unos cuarenta y tantos años, moreno, de complexión ancha, con una chamarra oscura que llevaba el logo de la línea cosido en el pecho y una gorra que se había calado hasta las cejas.

Pasé cerca con mi tablilla de registro y le pregunté a qué hora era su próxima salida.

—A las cinco —dijo sin apartar los ojos de las compuertas—. Me quedé sin espacio en el cuarto de descanso. Están todos ocupados.

—Dura la noche —respondí.

Se me quedó mirando un momento, evaluándome de una forma que no supe leer.

—Cuando termines tu turno, si quieres puedes quedarte adentro —dijo señalando el autobús con la cabeza—. Tiene calefacción. Mejor que quedarte en el andén con este frío.

Le dije que sí casi sin pensarlo. El andén a esas horas era una ratonera congelada y todavía me quedaban cuarenta minutos dando vueltas.

***

Cuando terminé, toqué la puerta del Volvo. Él abrió desde adentro y me indicó con un gesto que subiera. El autobús estaba completamente vacío y en penumbra: solo las luces de emergencia encendidas a ambos lados del pasillo, una hilera tenue de puntos anaranjados que se perdían hacia el fondo. La calefacción funcionaba. Después del frío del andén, entrar ahí fue como recibir una bocanada de aire tibio directo en la cara.

Él estaba sentado en uno de los asientos del primer piso, cerca del frente, con la pantalla de entretenimiento a bordo encendida. Yo me acomodé en el asiento contiguo, recliné el respaldo lo que daba y cerré los ojos. Estaba cansado de verdad. Pensé que me quedaría dormido en minutos.

No me dormí.

A los pocos minutos me di cuenta de que la pantalla no estaba reproduciendo ninguna película de las que normalmente ponen para los pasajeros. Abrí los ojos apenas un poco y vi lo que estaba mostrando: video explícito, dos hombres. Lo vi con el rabillo del ojo sin girar la cabeza, sin moverme. El pulso se me aceleró de golpe, como si alguien hubiera subido el voltaje de repente.

No digas nada. Quédate quieto.

Me quedé quieto. Pero no me dormí. Escuché. Y entonces escuché algo más que la pantalla: el sonido inconfundible de una mano moviéndose en un ritmo lento. Giré la cabeza apenas un centímetro y confirmé lo que ya sospechaba. Tenía la bragueta abierta y se masturbaba sin ninguna prisa, con la vista en la pantalla, como si yo no estuviera o como si mi presencia fuera exactamente lo que quería.

El corazón me latía en la garganta. No sentí miedo ni incomodidad. Sentí otra cosa, algo que no esperaba encontrar esa noche, una excitación que subió desde el estómago hacia el pecho en cuestión de segundos y que no supe de dónde vino ni quise detener.

***

Pasaron diez minutos. Ninguno de los dos dijo nada. Yo seguía con los ojos entreabiertos, fingiendo dormir, y él seguía ahí, tranquilo, con ese ritmo pausado que tenía algo de provocación calculada. Luego, sin anunciarlo, extendió la mano y tomó la mía. La llevó hacia él. La colocó sobre su verga.

Dura. Caliente. Húmeda en la punta.

Yo no la retiré.

Me quedé con la mano ahí, inmóvil al principio, sintiendo el peso y el calor de ese miembro entre los dedos. Él tampoco se movió. Los dos esperando. Luego empecé a moverme despacio, sin pensar, como si el cuerpo supiera exactamente lo que quería antes que la cabeza.

Él reclinó el asiento del todo y me jaló suavemente hacia él. Me pasaba la verga por el rostro mientras me acariciaba el cabello con la otra mano, los dedos pasando detrás de la oreja, bajando por el cuello. Ese contacto, esa mezcla de olor y calor y el sonido de su respiración cambiando de ritmo, me desarmó por completo. Abrí la boca.

No sé en qué momento pasé de no saber bien qué estaba haciendo a hacerlo con toda la concentración del mundo. Lo tenía entero, bajaba hasta donde podía llegar, escuchaba cómo él contenía el aliento cada vez que llegaba al fondo, sentía sus dedos apretar suavemente en mi nuca cuando el contacto era más profundo. Era mi primer vez haciéndolo y, sin embargo, no había torpeza. Solo instinto.

Se bajó el pantalón hasta los tobillos. Yo me arrodillé entre el pasillo estrecho y seguí. Besé sus bolas, las tomé en la boca con cuidado, las lamí mientras seguía moviéndome con la mano. Él echó la cabeza hacia atrás.

—Dios —dijo en voz baja. Solo eso.

Sin contacto visual en ningún momento. Los dos sabíamos lo que estábamos haciendo y ninguno necesitaba nombrarlo.

***

Fue él quien detuvo todo lo que estaba pasando.

Se incorporó en el asiento, extendió las manos hacia mi pantalón y lo desabrochó. Me lo bajó junto con el bóxer de un solo movimiento. Me acomodó recostado en el asiento frente a él y empezó a mamarme. No lo esperaba y me sorprendió: era bueno. Muy bueno. Sabía exactamente la presión y el ritmo, cuándo acelerar y cuándo detenerse justo antes del límite.

Luego levantó mis piernas.

Lo primero que sentí fue su lengua. Empezó por la parte interior de los muslos y fue bajando, bajando despacio, hasta llegar ahí. Una sensación que no tenía nombre en mi experiencia de entonces me recorrió de la cabeza a los pies. Me agarré del apoyabrazos del asiento para no moverme. Me mordí el labio. Afuera, en el andén, se escuchaban pasos, motores, alguien hablando por radio. Adentro, en esa penumbra tibia, solo existía eso.

Estuvo así como veinte minutos. Paciente, metódico, sin apurarse nunca. En algún momento sentí que había dos dedos adentro y no había notado cuándo habían entrado.

No quiero que esto termine.

Pero se detuvo. Se levantó.

***

Fue hasta la parte delantera del autobús, a lo que era la guantera del conductor, y volvió con un lubricante y un sobre de condón. Lo vi desenvolverlo con calma, sin ningún apuro, como alguien que sabe exactamente lo que viene después y no tiene ninguna duda sobre ello.

Me lo chupé de nuevo, para que volviera a estar completamente duro después de la pausa, y cuando lo sentí así en la boca, firme y caliente otra vez, él se puso el condón. Me aplicó lubricante generosamente, primero con los dedos para asegurarse, y luego también en él.

Me levantó las piernas y las acomodó sobre sus hombros. Me dio un beso antes de entrar, el único beso de esa noche, breve, casi sin pensarlo, como si fuera un reflejo. Y luego empujó.

Poco a poco.

Sentí cada centímetro. Sentí cómo mi cuerpo se abría para él y cómo él se detenía, esperaba, dejaba que me acostumbrara antes de continuar. Cuando llegó hasta el fondo, se quedó quieto un momento largo. Sus manos apoyadas en mis caderas. Los dos respirando. Afuera seguía el mundo, indiferente. Adentro solo estábamos nosotros dos y ese silencio que tenía textura propia.

Luego empezó a moverse.

El ritmo fue lento al principio, casi hipnótico, los asientos del autobús crujiendo apenas. Después se fue haciendo más intenso, más urgente, y él me jalaba la verga con la mano al mismo ritmo que empujaba, como si llevara un compás interno que yo iba siguiendo sin querer. Yo no hacía ruido. Me mordía el labio, apretaba el apoyabrazos, miraba el techo oscuro del autobús.

Llegué primero. Una sacudida que empezó en el centro del cuerpo y se extendió hacia afuera en oleadas, más intensa que cualquier cosa que hubiera sentido solo. Me quedé rígido unos segundos y luego solté el aire de golpe.

Él se detuvo un momento cuando sintió que yo terminaba. Luego me dio vuelta. Me acomodé de cuclillas sobre el asiento, dándole la espalda, con las piernas separadas a los lados. Entró de nuevo por detrás. Así estuvimos otros diez o quince minutos, yo subiendo y bajando, él con las manos en mis caderas guiando el ritmo, hasta que lo escuché soltar el aire de golpe y sentí el condón llenarse dentro de mí.

Nos quedamos quietos.

***

Después no dijimos casi nada. Nos acomodamos la ropa en silencio, cada uno en lo suyo, sin torpeza ni incomodidad. Yo volví a mi asiento, recliné el respaldo, y esta vez sí me quedé dormido. Cuando desperté, faltaban veinte minutos para las cinco. Él ya estaba arriba, en la cabina del conductor, revisando algo en el tablero.

—Gracias por el calor —le dije desde abajo mientras me levantaba.

—Para eso estamos —respondió sin bajar la vista del tablero.

Me bajé del autobús. Salí al andén. El frío seguía ahí, pero ya no me parecía tan brutal.

Los días siguientes nos cruzamos varias veces en la terminal. Él llegaba con su doble piso al andén siete, yo estaba haciendo rondas con mi tablilla, y el trato era exactamente el mismo que antes de esa noche: un gesto con la cabeza, un saludo de lejos, nada más. Nunca lo busqué ni él me buscó. Nunca volvimos a hablar de lo que pasó en ese autobús.

No supe cómo se llamaba. Nunca lo supe.

Sé que tenía las manos grandes y una paciencia que pocas personas tienen. Sé que esa noche de diciembre en el andén siete fue la primera vez que entendí ciertas cosas sobre mí mismo, cosas que hasta entonces había guardado muy bien escondidas sin saber exactamente qué eran. Y sé que todavía hoy, cuando llega el frío de diciembre y el aire se pone así, húmedo y pegajoso, lo recuerdo.

No con nostalgia exactamente. Con algo más parecido a la gratitud.

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Comentarios (5)

TatoMdp

tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!!

MaycaLoza

Me quede con ganas de mas, por favor que haya segunda parte!

Daniela_BsAs

Jaja me hizo acordar a una situación parecida que yo viví en diciembre... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree.

lectorsombra

Muy bien narrado. Se siente el ambiente frío y lo inesperado del momento. Eso es lo que hace buena una confesion.

Pipe_rdp

buenísimo!! seguí subiendo relatos

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