Un juego bajo la cobija en el bus nocturno
La idea del viaje fue suya, como casi todas las ideas buenas. Llevábamos meses encerrados en la rutina de la ciudad —el trabajo, los mismos bares, los mismos planes de siempre— y cuando anunció una tarde que había reservado un hostal en un balneario serrano a poco más de cinco horas, no encontré ningún argumento en contra. Lo que no esperaba era el método de transporte: mi moto estaba en el taller desde hacía dos semanas, él no conducía, y los pasajes de avión para un fin de semana corto nos parecieron un gasto innecesario. Así que terminamos en la terminal de autobuses a las diez de la noche, con mochilas medianas y un bolso de mano que él había insistido en llenar con «lo necesario para el viaje», incluyendo una cobija liviana, unas galletas saladas y unos auriculares que nunca usó.
El autobús salió diez minutos tarde. Buscamos los asientos del fondo, los que reclinan un par de centímetros más que los demás, y nos instalamos contra la ventana. Afuera todavía había algo de luz artificial de la ciudad, pero para cuando salimos a la carretera interestatal el paisaje era solo oscuridad y las luces rojas de los camiones que íbamos dejando atrás. El motor zumbaba de manera constante y casi hipnótica. Un bebé lloraba en algún asiento de la parte delantera. Después se calló y el autobús quedó en ese silencio denso y anónimo que solo existe de noche en trayectos largos.
***
A la primera hora de viaje el aire acondicionado empezó a funcionar de verdad. No de a poco: de golpe. El tipo de frío que te hace arrepentirte de llevar pantalón de tela delgada y no haber traído calcetines más gruesos. Él protestó en voz baja, yo saqué la cobija del bolso y nos tapamos los dos sin pensar mucho. Se acomodó contra mí de inmediato, con la cabeza en mi hombro y las piernas estiradas hacia el asiento de adelante. La mayoría de los otros pasajeros ya dormían o miraban el teléfono con auriculares. Nadie nos prestaba atención.
Estaba casi en ese punto de media duermevela donde uno no está ni dormido ni despierto cuando sentí su mano buscar la mía bajo la tela. La tomé sin pensar, pero él no se quedó ahí: la guió despacio, con intención clara, hacia su cadera y la apoyó sobre su pantalón, justo donde empezaba la curva de su nalga.
—Adivina qué traigo puesto debajo —susurró.
Abrí los ojos un poco más.
—¿Ahora? —respondí en voz muy baja.
—Ahora. Si aciertas, puedes meter la mano directamente.
Presioné con los dedos para intentar percibir algo a través del pantalón. La tela era delgada. Debajo había algo suave, no el algodón grueso de un bóxer normal.
—Una tanga —dije.
—Bien. ¿De qué color?
Pensé. Esa mañana habíamos lavado ropa juntos, revueltos los dos en la misma tanda porque el tiempo apremiaba antes de salir. Recordé haberlo visto doblar una tanga azul que decía que le quedaba con cualquier cosa. La verde la había dejado sin doblar en el cesto.
—Azul —dije.
No respondió de inmediato. Luego abrió un ojo y me miró de costado, evaluando si había hecho trampa de alguna manera.
—Sí.
Lentamente —sin brusquedad, sin movimientos que llamaran la atención desde los asientos de adelante— deslicé la mano bajo la cinturilla del pantalón. La cobija lo cubría todo. Él no se movió. Solo respiró un poco más despacio que antes.
Encontré la tela, un triángulo mínimo de nylon que apenas le cubría el ojete. Recorrí el borde con los dedos desde la cadera hasta el centro, y luego bajé más, siguiendo la raya del culo hasta encontrar el hilo tenso metido entre las nalgas. Lo aparté con dos dedos y le dejé el agujero al descubierto bajo la cobija. Empecé a hacer círculos suaves con la yema del índice sobre su ano, apenas presionando, sintiendo cómo se fruncía y se relajaba cada vez que lo tocaba. Su respiración cambió. No mucho, pero lo suficiente para que yo lo notara con claridad.
Me chupé el dedo del medio con disimulo, escondiendo la mano dentro de la cobija, y volví a bajarlo. Se lo metí hasta la primera falange. Estaba caliente y apretado, y sentí cómo el músculo se cerraba alrededor de mi dedo como si no quisiera dejarlo salir. Él giró la cara contra mi hombro para ahogar cualquier sonido. Empujé un poco más, hasta la segunda falange, y empecé a moverlo despacio, entrando y saliendo con un ritmo mínimo que apenas hacía moverse la cobija.
—Hijo de puta —susurró contra mi cuello, sin aire—. Acá no.
—Vos empezaste —le contesté al oído.
Con la otra mano, la que tenía libre, la deslicé por debajo de la cobija hacia adelante y le busqué la polla por encima de la tanga. Ya estaba dura, tirando hacia arriba contra el elástico, con la punta asomando por el borde. La rodeé con los dedos por encima de la tela y apreté suave, sintiendo el bulto caliente y húmedo en la punta. Un pasajero tosió tres asientos adelante. Nos quedamos los dos inmóviles un segundo, con mi dedo todavía dentro de él y mi otra mano cerrada sobre su verga. Nadie miró para atrás.
Seguí. Le bajé un poco la tanga por debajo de la cobija hasta liberarle la polla contra su vientre y empecé a masturbarlo con movimientos lentos y largos, mientras el dedo seguía metido en el culo abriéndolo apenas. Él apretaba los dientes. Sentía cómo tragaba saliva. La punta le chorreaba y me mojaba la palma; usé el líquido para deslizarme mejor, dando la vuelta al glande con el pulgar cada vez que subía.
Así estuvimos un buen rato. El autobús avanzaba. Las luces del interior estaban apagadas. Afuera el campo era completamente negro, interrumpido solo por algún poblado lejano que pasaba en dos segundos y desaparecía.
—Ya —susurró al final, con la voz quebrada—. Ya. Sacala.
—¿Qué?
—Que ya. Para. Me voy a correr acá y no puedo llegar al hotel así, con la mancha en el pantalón.
Retiré el dedo despacio y le solté la polla, acomodándosela contra el vientre y subiéndole la tanga con cuidado para que la tela le contuviera lo que goteaba. Me acomodé en el asiento con una sonrisa que no intenté disimular. Él tardó varios minutos en volver a respirar con normalidad antes de quedarse dormido de verdad, con la cabeza todavía apoyada en mi hombro y la cobija cubriéndonos hasta la cintura.
***
Llegamos al balneario justo después del amanecer, con la luz naranja y rosada todavía sobre las montañas del fondo. La terminal era pequeña, de esas que tienen un solo andén y una cafetería que abre a las siete. Tomamos un café rápido ahí mismo, con una medialuna cada uno, antes de caminar las dos cuadras hasta el hostal. Las calles estaban casi vacías a esa hora. Un perro nos siguió media cuadra sin demasiado entusiasmo y después se quedó sentado en la esquina.
El lugar era considerablemente mejor de lo que esperábamos. Un edificio colonial bien mantenido, con paredes blancas y ventanas de madera pintadas de verde oscuro. La habitación que nos dieron estaba en el tercer piso: cama doble, baño privado con buena presión de agua, y una ventana que daba directamente a un bosque de pinos con un río al fondo. Si la dejabas entreabierta, el sonido del agua llegaba hasta adentro con mucha claridad.
Yo llegué agotado. Tres horas de sueño discontinuo en el autobús no son suficientes para nadie, y el café de la terminal tampoco había resuelto mucho. Dejé la mochila donde cayó, me quité las zapatillas y me tiré en la cama sin deshacer.
—¿No te vas a lavar la cara al menos? —preguntó él desde el baño.
—Después —dije, y cerré los ojos.
Dormí casi dos horas seguidas. Cuando abrí los ojos, él estaba sentado en el borde de la cama leyendo algo en el teléfono. La luz de la mañana le entraba por la ventana y le iluminaba el perfil. Tenía ese gesto de concentración que pone cuando algo le interesa de verdad: la mandíbula ligeramente apretada, el ceño fruncido apenas.
—Hay un restaurante a tres cuadras que tiene muy buena pinta —dijo sin mirarme—. ¿Tienes hambre?
—Dame cinco minutos.
***
Almorzamos despacio, sin apurarnos. Él pidió una sopa de verduras con pan tostado; yo, un sándwich enorme que terminé dejando a la mitad porque era demasiado. Tomamos café en la plaza después, miramos las tiendas de artesanía sin entrar a ninguna, y caminamos un poco por el centro sin destino fijo. Era un sábado tranquilo. El pueblo se movía lento, con esa calma de los lugares que no tienen nada urgente que resolver.
Cuando volvimos al hostal eran casi las dos de la tarde.
Cerramos la puerta de la habitación.
Me senté en la cama a sacarme las zapatillas. Él fue directo al baño y escuché la canilla abrirse un momento, el ruido del agua contra el lavabo. Cuando salió, tardé un segundo en procesar lo que veía: llevaba puesta una camiseta mía —la gris, la más vieja, la que le queda grande en los hombros y le cae asimétrica— y la tanga azul del autobús. Solo eso. La camiseta le llegaba a medio muslo, pero cuando se movía se le levantaba y le dejaba ver el elástico de la tanga cortándole las caderas.
Se quedó en el marco de la puerta, mirándome con calma.
—Acuéstate —dijo.
No era una pregunta ni una sugerencia.
Me recosté sobre la cama con los pantalones todavía puestos. Se acercó, los desabotonó él solo con tranquilidad, los bajó junto con la ropa interior y los tiró al piso sin mirarlos. Mi polla ya estaba medio dura contra el vientre. Él se agachó al costado de la cama y la agarró con la mano, evaluándola en silencio, apretándola en la base para verla crecer del todo. Después se inclinó y me la metió en la boca sin aviso, hasta el fondo, hasta que sentí el paladar y la garganta apretándome la punta.
Se la sacó, respiró, escupió sobre el glande y volvió a bajar. Chupó despacio, subiendo y bajando con la lengua pegada a la parte de abajo del tronco, dejándome bien mojado. Me acariciaba los huevos con la mano libre, apretándolos suave, y de vez en cuando me miraba desde ahí abajo con los ojos húmedos y la polla saliéndole y entrándole de la boca. Le puse la mano en la nuca, sin empujar, solo dejándola apoyada.
—Así —le dije—. Bien profundo.
Él bajó otra vez hasta la base, sostuvo unos segundos con la garganta cerrada alrededor de mi verga, y se retiró con un hilo de saliva colgándole del labio. La tenía chorreada de arriba abajo, brillando bajo la luz de la ventana.
—Está lista —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Después se subió a la cama y se colocó encima de mí, con las rodillas a cada lado de mis caderas y el peso de su cuerpo distribuido sobre el mío. Sentí la tela suave de la tanga contra mi piel, la calidez de su cuerpo, y ya para entonces yo estaba durísimo, palpitando contra su culo.
—Hoy mando yo —dijo.
—Bueno —respondí, y no dije nada más.
Se corrió la tanga a un lado con un movimiento practicado, dejando el hilo pegado a la ingle y el culo al aire. Se agarró mi polla con una mano, la apoyó en su entrada y empezó a acomodarse despacio, dejándose caer con cuidado. Primero la punta, con cuidado —vi cómo el glande se hundía en él, cómo el músculo cedía apenas y luego se abría de golpe cuando pasaba la cabeza—, luego fue bajando en movimientos cortos y pausados que me hacían querer empujar hacia arriba con desesperación. No lo hice. Dejé que encontrara su ritmo sin que yo interfiriera. Iba bajando de a poco, tragándose la verga centímetro a centímetro, con la boca abierta y los ojos entrecerrados.
Cuando lo tuvo todo adentro, se quedó quieto un momento. Respiró hondo. Lo sentí ajustarse, apretándome con el culo entero, contrayendo el músculo alrededor de mi polla como si estuviera midiendo cuánto le entraba. Después empezó a moverse.
Cabalgar era la palabra que a él le gustaba usar y que yo siempre encontré exacta: eso era exactamente lo que hacía, con el torso erguido, la camiseta gris colgando a los lados, y las manos apoyadas en mi pecho para mantener el equilibrio. Subía casi hasta dejarme la punta afuera y volvía a caer con todo el peso, haciendo que los huevos rebotaran contra su culo con un ruido húmedo cada vez. Marcaba el ritmo él solo, con cadencias que variaban: a veces rápido durante un rato, machacándose la próstata con embestidas cortas y furiosas, a veces muy despacio, casi sacándomela del todo antes de volver a tragársela entera, como si estuviera probando qué le gustaba más en ese momento exacto. Su polla, atrapada bajo la camiseta, se movía dura contra mi vientre y me dejaba un rastro húmedo cada vez que se apoyaba.
El sonido en la habitación era su respiración entrecortada, el crujir suave del colchón, el chapoteo húmedo de la cogida y de vez en cuando un gemido corto que ninguno de los dos podía contener del todo.
—Qué rica polla tenés —murmuró entre embestidas, sin dejar de moverse—. Me llena entera.
—Seguí. No pares.
—No voy a parar.
En algún momento noté que la cortina no estaba del todo corrida. Una franja de luz entraba por el borde derecho. Me estiré hacia un lado para ajustarla sin interrumpirlo.
—No te muevas —dijo entre respiraciones, apretando el culo alrededor de mi polla para dejarme claro quién mandaba.
—Estaba cerrando la cortina.
—Ya sé lo que estabas haciendo. Quédate quieto. Que te la coja yo.
Me quedé quieto.
Le apreté las nalgas con las manos, abriéndoselas para verme entrar y salir de él, más por instinto que por intentar dirigir algo. Me miró desde arriba con una expresión que no dejaba lugar a dudas.
—No —dijo simplemente—. Las manos quietas.
Lo solté. Volví a dejar las manos a los costados, sin presionar, y me rendí a su ritmo por completo. Eso era exactamente lo que quería, y los dos lo sabíamos.
Aceleró. Se agarró la polla con una mano y empezó a machacársela al mismo ritmo que se movía sobre mí, con los ojos cerrados y la boca abierta. Cada vez que bajaba, apretaba el culo con más fuerza, encerrándome adentro. Se corrió antes que yo. Sentí el chorro caliente caerme sobre el vientre y el pecho, en tres o cuatro descargas largas, mientras seguía moviéndose sin bajar el ritmo. Le tembló todo el cuerpo. Un poco de su corrida me quedó colgando en el pelo del pubis.
—Ahora vos —jadeó, sin dejar de cabalgarme—. Terminame adentro. Toda.
Sentí que me acercaba antes de poder razonarlo. La calidez constante, la presión, el ritmo que él había impuesto sin negociarlo, el músculo cerrándose alrededor de mí de forma casi rítmica: todo se acumuló de golpe. Le sujeté las piernas con fuerza y empujé hacia arriba una sola vez, hundiéndomelo hasta el fondo, y me corrí adentro de él en oleadas mientras él seguía moviéndose encima de mí hasta el final, ordeñándome con el culo, sin pausar ni un segundo. Sentí cada latigazo salir de mí y quedarse dentro de él.
Después se quedó quieto un momento encima de mí, con la respiración todavía entrecortada y mi polla todavía enterrada en él, palpitando. Luego se levantó despacio, dejando que la verga se saliera con un ruido húmedo, y se corrió hacia un lado y se acomodó en cuatro sobre el colchón, con la tanga todavía corrida a un lado y el culo apuntado hacia mí.
No dijo nada. No hacía falta. Con la mano se abrió una nalga y me dejó ver cómo mi corrida le escurría lentamente desde adentro, un hilo blanco y espeso que bajaba por el perineo y le llegaba hasta los huevos. Los dos sabíamos que esa imagen —lo que quedaba escurriendo lentamente desde adentro— era algo que me gustaba más de lo que era capaz de decir en voz alta, y que él lo sabía perfectamente y lo disfrutaba igual. Se quedó así un rato largo, ofreciéndomelo, hasta que la última gota terminó de caer sobre la sábana.
***
Nos quedamos en la cama largo rato, sin hablar. El sonido del río llegaba desde la ventana entreabierta, constante y sin pausa. La camiseta gris quedó revuelta entre las sábanas. En algún momento su mano encontró la mía sin que ninguno lo propusiera explícitamente.
—Podríamos quedarnos mañana también —dijo al techo.
—El regreso ya está comprado.
—Se puede cambiar.
—Hay que trabajar el lunes.
No respondió. Lo pensó. Yo también lo pensé, con más seriedad de lo que esperaba.
—Lo veo —dije al final.
A las seis de la tarde sonó su teléfono. Era una videollamada de su mamá.
Contestó desde la cama, todavía con el pelo revuelto y la camiseta gris puesta. Yo me había movido a la silla junto a la ventana, fuera del encuadre de la cámara, con la vista hacia el bosque de pinos.
—¿Cómo están? ¿Cómo es el lugar? —escuché la voz desde el altavoz.
—Muy lindo —respondió él—. Tranquilo. Descansando mucho.
Yo miraba los pinos y pensaba en la distancia que existe entre lo que la gente imagina y lo que realmente ocurre. Siempre me parece enorme esa distancia. Nunca me parece tan enorme como en momentos exactamente así, sentado junto a una ventana con el olor de la tarde en la sierra y el sonido de una conversación ordinaria de fondo.
La llamada duró quince minutos. Cuando colgó, se estiró en la cama y me miró desde allá con esa calma que tiene después.
—¿Hambre? —preguntó.
—Algo.
—Vi un mercado cuando llegamos. Frutas, queso, algo para picar esta noche.
Me levanté, busqué el pantalón en el suelo y me lo puse. Él tardó otros cinco minutos en levantarse, mirando el techo con esa parsimonia suya que a veces me desespera y otras me parece lo más tranquilizador del mundo.
Salimos al atardecer. El aire de la sierra olía a tierra húmeda y a resina de pino. Caminamos despacio por las calles de piedra sin apurarnos, con las manos en los bolsillos y los hombros rozándose cada tanto.
Esa noche cambiamos los pasajes de regreso.