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Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre, siendo casado

Envié el informe final a las ocho y veinte de la noche y me quedé mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario. Tres meses de análisis, correcciones y reuniones interminables resumidos en cuarenta páginas que ahora flotaban en algún servidor esperando aprobación. Cerré el portátil. El edificio ya estaba casi vacío y la única luz encendida era la de mi despacho.

Pero yo tenía ganas de celebrar.

Mi mujer llevaba cuatro días en casa de su hermana, que acababa de tener un bebé, y no volvería hasta el miércoles. Mi hijo estaba en casa de un compañero de universidad para preparar un examen. Mis colegas se habían ido dos horas antes. La noche era mía y no tenía ningún plan para ella.

Recogí solo las llaves, dejé el maletín y salí sin preocupaciones por primera vez en semanas. Hacía frío, pero no incómodo. Caminé por la calle de siempre, la misma de cada mañana, y a mitad del trayecto vi un bar que había pasado cien veces sin entrar. Tenía luz cálida desde adentro y un cartel de neón burdeos encima de la puerta. «El Reverso». Nunca le había prestado demasiada atención.

Esa noche empujé la puerta y entré.

La barra estaba a la izquierda, seis taburetes de cuero, cuatro ocupados. Nadie levantó la vista. Pedí una cerveza bien fría y me instalé en el extremo, de espaldas a la pared. La bebí despacio, mirando sin ver nada en particular.

—¿Trimestre largo? —dijo una voz a mi derecha.

Me volví. El hombre que me hablaba era grande: metro ochenta y algo, ancho de hombros, barba oscura y cerrada. Llevaba los brazos llenos de tatuajes desde la muñeca hasta donde alcanzaba a ver por debajo de la manga corta. Tendría cuarenta años, quizá alguno más. Cara tranquila, sin ninguna prisa por ningún lado.

—Trimestre eterno —respondí.

Se rio con ganas y señaló mi cerveza.

—¿Otra?

—No me va a venir mal.

Pidió dos y así empezó la conversación. Se llamaba Bruno y tenía un estudio de tatuajes a tres puertas de donde estábamos. Hablamos de música primero —había un cartel en la pared con un festival de jazz que ninguno de los dos iba a ir pero que los dos teníamos ganas de ver—, luego de fútbol, luego de viajes que uno siempre planea y nunca hace. Era fácil hablar con él. Directo, sin rodeos, el tipo de persona que pregunta de verdad cuando pregunta.

Llegamos a la cuarta cerveza sin darnos cuenta.

—Voy al baño —dije.

—Yo también. Ven.

Lo seguí por un pasillo estrecho hacia el fondo del local. Los baños estaban al final. Entré en el cubículo, hice lo que tenía que hacer y salí. Bruno estaba justo detrás de la puerta, de pie, ocupando casi todo el ancho del pasillo.

Me paré.

Él no dijo nada. Dio un paso hacia mí, me puso las dos manos sobre los hombros y tiró de mí hacia él con calma, sin brusquedad, como si me estuviera dando tiempo para decidir. No me aparté. Sus labios encontraron los míos y el beso fue firme, cargado, con el sabor del alcohol mezclado entre los dos. Una mano me sujetó la nuca.

Cerré los ojos.

Podía haberlo empujado. No lo hice.

Cuando se separó me miró fijo, sin apartar los ojos de los míos.

—¿Te vienes a mi estudio?

Asentí sin hablar.

***

Pagó las cervezas con prisa y salimos a la calle. Yo iba dos pasos detrás, sintiendo el frío del asfalto como si fuera la primera vez que lo pisaba. Tres puertas más adelante sacó un manojo de llaves y abrió.

Oscuridad primero. Luego encendió una lámpara de escritorio y el espacio tomó forma: sillones de cuero negro, estanterías con botes de tinta ordenados por color, carteles en las paredes con diseños complejos, una bandeja con material esterilizado. Olía a desinfectante y a algo más cálido que no supe identificar.

Me guio al despacho del fondo, más pequeño, con una camilla alta y luz tenue. Cerró la puerta y se volvió hacia mí.

—Quiero que sea sin filtros —dijo—. ¿Te parece bien?

Tragué saliva.

—No me pegues. El resto es tuyo.

Se quitó la camisa sin apresurarse. Era el tipo de cuerpo que se construye moviéndose mucho durante muchos años: no de gimnasio, sino real, trabajado. Los tatuajes le cubrían el pecho y los costados en un mapa que habría necesitado horas para leer entero. Yo intenté desabrocharme la mía y él me la sacó de las manos, la lanzó a un lado y me tomó por la cintura. Me hizo bajar de rodillas.

No sé qué parte de mí lo sabía, pero algo lo sabía antes de que me lo pidiera.

Lo tenía frente a mí con una envergadura que no esperaba. No tenía ninguna experiencia. Ninguna. Abrí la boca con cuidado y aprendí en tiempo real qué era posible y qué no, dónde estaba el límite. Bruno puso una mano en mi nuca, sin presionar, solo para marcar el ritmo. La otra la apoyó en el borde de la camilla.

Fue él quien paró. Me levantó por los antebrazos, me besó otra vez —más largo que la primera vez, más cargado— y la saliva que se escapaba por las comisuras me produjo una mezcla de vergüenza y deseo que no supe separar.

Sus manos rodearon mis caderas desde atrás y me apretó contra él. Podía sentir exactamente cuánto quería seguir.

—Sube —dijo.

Me tendí boca arriba en la camilla. Él levantó mis piernas y las separó despacio, sin prisa. Se inclinó y lo que vino después fue inesperado: su boca, su lengua, trabajando en un lugar de mi cuerpo al que nunca antes había llegado nadie de esa forma. Me tensé, los músculos agarrotados, sin saber si quería que parara o que siguiera eternamente.

No quería que parara.

Cuando se incorporó tenía los ojos brillantes. Abrió el cajón de la mesita lateral, encontró lo que buscaba y se preparó con cuidado. Me miró antes de continuar.

—¿Sigues aquí?

—Sigo.

Lo que siguió fue dolor primero. Agudo, concreto, que me hizo cerrar los puños sobre el borde de la camilla. Bruno no se movió. Se quedó quieto dentro de mí, completamente quieto, y esperó. Su mano me acarició el costado sin decir nada. Poco a poco mi respiración dejó de ser un silbido y se volvió algo más parecido a normal.

—Ya —dije.

Empezó a moverse. Lento, midiendo, y yo fui aprendiendo a acompañarlo: a soltar la tensión en el momento justo, a sincronizarme con cada entrada y cada retirada. El dolor cedió y dejó paso a algo completamente diferente. Una sensación de presión en el lugar exacto que no esperaba, un calor que subía desde adentro hacia el vientre y no paraba.

—No pares —oí que decía alguien.

Tardé un momento en reconocer que era yo.

Bruno aumentó el ritmo. Lo miraba encima de mí, enorme, con esa misma cara de concentración que tenía cuando escuchaba hablar de jazz en el bar, y algo en ese contraste —el mismo hombre, el mismo gesto, otro contexto por completo— me pareció extrañamente íntimo. Me mojé la mano y empecé a moverla sobre mí al mismo ritmo que él marcaba.

—Eso es —murmuró.

Su voz grave, el peso de su cuerpo, la fricción acumulada: todo llegó a un punto en que ya no había forma de controlarlo. Llegué primero, con un espasmo que me sacudió de arriba a abajo y me dejó los músculos sin fuerza. Él llegó segundos después, con una sacudida larga y profunda que sentí desde adentro.

Ninguno de los dos habló durante un buen rato.

***

Bruno fue al baño. Escuché el agua correr. Cuando volvió me lanzó una toalla pequeña y señaló la puerta del baño con la cabeza. Entré, me limpié, me miré al espejo un momento. No reconocí del todo la expresión que tenía.

Volví al despacho. Él había puesto agua a calentar en una cafetera eléctrica y estaba abotonándose la camisa sin apresurarse.

—¿Café?

—Sí.

Me sirvió en una taza de cerámica gruesa y oscura. Bebí en silencio. Bruno se apoyó en la estantería y me miró con algo parecido a curiosidad.

—¿Sabes qué tipo de bar es ese al que entraste esta noche?

Fruncí el ceño.

—Un bar. Con buena cerveza.

Arqueó una ceja.

—Es un bar de ambiente. Homosexual. Viene gente de toda la zona. Yo voy de vez en cuando porque está a tres puertas y a veces alguien me cae bien.

Me quedé callado procesando eso.

—O sea que... pensabas que yo era gay.

—Al principio sí. Pero a los diez minutos de hablar me di cuenta de que no. Y de que no tenías idea de dónde estabas.

—¿Y entonces?

—Entonces pensé que si te molestaba lo que hice en el baño, me ibas a decir que no. Y si no te molestaba...

—No me molestó.

—Ya lo sé —dijo. Y sonrió por primera vez en toda la noche. No la sonrisa social del bar: una más pequeña, más propia.

—¿Y si yo hubiera reaccionado mal?

—Me habría llevado el recuerdo de haberte besado —respondió, sin dudar—. Para mí era suficiente. Y para ti, habría sido el primer hombre.

Terminé el café. Me puse la chaqueta despacio. Bruno no me apresuró.

Antes de salir me giré desde la puerta.

—¿Cuándo sueles ir al bar?

—Los jueves. A veces los sábados.

—¿Y si prefiero volver aquí directamente?

No esperé su respuesta. Cerré la puerta al salir.

El aire de la calle me golpeó en la cara. Caminé hacia el metro sin prisa, con las manos en los bolsillos, pensando en qué le diría a mi mujer cuando volviera el miércoles. Nada, probablemente. Que había salido a celebrar el proyecto. Que había tenido una buena noche.

Era verdad. Solo que incompleta.

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Comentarios (5)

CuriosoMx

Muy buen relato, me tuvo enganchado de principio a fin. Esperando la continuacion!

tato_22

tremendo!! no me lo esperaba para nada

Rodolfo_Cba

Por favor una segunda parte. Quede con ganas de saber que paso despues, si lo volvio a ver o no. Muy bien narrado.

Sebas_uy

Lo lei de un tiron. Hay algo muy honesto en como esta escrito, se siente real. Buenisimo

nocturno_44

Esa ultima frase lo dice todo. Muy potente.

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