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Relatos Ardientes

Mis amantes y sus oficios: lo que descubrí a los 50

Cuando volví al barrio de mi infancia, tardé unos días en reconocerlo. Las calles eran más angostas de lo que recordaba, las plazas más pequeñas. Volví a los cincuenta años con la maleta más liviana y las ideas más ordenadas que nunca. Llevaba meses construyendo algo serio con Claudia, una mujer que me hacía bien, que me ponía frente al espejo de mis propias contradicciones sin pedirme que dejara de ser lo que era. Y eso me obligó a pensar en serio en todo lo demás.

Tomé una decisión. No era la primera vez que lo intentaba, pero esta vez sentí que era definitiva: seguiría viendo hombres, porque negarme eso sería mentirme a mí mismo, pero lo haría con criterios. Ya no tenía energía para encuentros que no valieran la pena. No quería más apuro, más anonimato, más hombres que entraban y salían de mi cama sin dejar nada.

Mis condiciones eran simples pero no negociables. Mayores de cuarenta años —si eran mayores que yo, mejor todavía—. Que besaran con lengua, hondo, sin miedo: eso me enciende más que cualquier otra cosa, y un hombre que no besa me parece incompleto. Que vinieran al menos una vez al mes; menos que eso no tiene sentido. Que no fueran demasiado flacos, prefiero hombres que pesen más de ochenta kilos, aunque hay excepciones que uno no planea. Y que pudieran hablar de algo más allá del sexo. Una conversación breve antes o después no me parece mucho pedir.

Con ese filtro fui seleccionando. Me quedé con seis o siete hombres. Ninguno tenía un rol fijo desde el primer encuentro: algunos llegaban diciéndose activos y con el tiempo empezaban a pedir cosas distintas. Otros llegaban dispuestos a todo y se sorprendían cuando les proponía quedarse un rato después. Así funcionaba: ellos escribían, yo respondía según mis tiempos, coordinábamos y nos veíamos entre cuarenta y cinco minutos y una hora. A veces más. Pero nadie venía ya solo a descargar y marcharse. Eso quedó atrás.

***

Con el tiempo empecé a notar algo que no había buscado: el trabajo de un hombre dice bastante de cómo es en la cama. No como regla absoluta —las excepciones existen y las agradezco— sino como patrón que se repite con una constancia que ya no puedo ignorar. Lo fui viendo sin proponérmelo, encuentro tras encuentro, y a esta altura tengo opiniones formadas.

Los choferes de remis fueron los más habituales desde el principio. Los levantaba en la calle, en el chat, alguno por contacto de otro. Son hombres acostumbrados a moverse rápido, a no quedarse en ningún lado demasiado tiempo, a vivir entre el volante y el celular. Llegan diciéndose activos cien por ciento. La primera vez suelen cumplir con eso: entran con la verga ya dura marcándoles el pantalón, me empujan contra la pared del pasillo, me giran, me bajan los pantalones sin ceremonia y me la meten hasta el fondo con dos escupitajos y ganas acumuladas de todo el turno. La segunda vez empiezan a moverse diferente en la cama. Se dejan besar más rato, se demoran cuando les tomo la polla con la boca, empujan las caderas buscando más hondo mientras me miran desde arriba con la respiración cortada. La tercera ya piden sin rodeos. Hoy dos de mis amantes habituales son choferes y los dos terminaron pidiéndome que los penetre. Siempre les digo, con una sonrisa que no es del todo inocente, que el puto soy yo.

—Pero conmigo es diferente —me dijo uno de ellos una tarde, mientras se abotonaba la camisa frente al espejo del baño, todavía con mi semen secándosele en el pecho.

No era diferente. Era lo mismo que los demás, solo que él todavía no lo sabía del todo.

No le dije nada. Le ofrecí un café y él dijo que tenía una carrera esperando.

Los empleados públicos tienen otro perfil. Se presentan como bisexuales —algunos usan esa palabra, otros prefieren no usar ninguna— y al principio son cautos, midiendo el agua antes de meterse. El primer encuentro suele ser contenido, casi formal: se sientan en el borde del sillón con la bragueta cerrada, aceptan una copa, hablan del clima. Yo los dejo. Me arrodillo despacio, les abro el cinto sin apuro, les saco la polla y me la meto entera en la boca de un solo movimiento, hasta que la punta me toca la garganta y siento cómo se les tensa todo el cuerpo. Cuando empiezo a trabajar con la boca —lengua abajo, mejillas chupando, mano en las bolas—, algo en ellos se rompe. Se les escapa un gemido que no esperaban escucharse, me agarran de la cabeza y empiezan a coger la boca como si tuvieran permiso por primera vez en años. Acaban de una manera que no pueden disimular: chorros gruesos que me llenan la lengua, el paladar, los labios, y ellos mirando desde arriba con la boca abierta, sin creer lo que acaba de pasar. Y para la segunda o tercera cita ya están besando sin que yo tenga que pedirlo, tragándose su propio sabor de mi boca, mordiéndome el cuello, como si hubieran cruzado algún umbral del que no hay vuelta. Prefieren no besar al principio, pero una vez que lo hacen no pueden parar.

***

Los del rubro de la construcción son una categoría aparte y, si soy honesto, la que más me sorprendió. Son los que más disfrutan cuando me visto con algo que los saque de su cotidiano: una camisa entallada, algo de tela fina, cualquier detalle que los aleje del mundo en el que pasan el día. Se calientan de una manera distinta, más física, más directa. Me arrancan la ropa sin desabotonar, me tiran a la cama boca abajo y me abren el culo con los pulgares para escupirme adentro antes de meterme la verga hasta las bolas de una sola embestida. Me hablan diferente. Me ponen apodos sin pedirme permiso. Uno me llamaba «mi hembra» con una naturalidad que al principio me desconcertó y con el tiempo me pareció honesta, y me lo decía al oído mientras me cogía duro contra el colchón, con una mano en la nuca sosteniéndome la cara contra la almohada y la otra apretándome la cadera. Otro llegó a decirme «mi novia» después de meses de vernos, con toda la seriedad del mundo, aunque en la misma cita me pidiera primero que le chupara la polla arrodillado entre sus piernas —lento, mirándolo a los ojos, dejando que el hilo de saliva le cayera por las bolas— y después que lo penetrara a cuatro patas en la misma cama donde media hora antes él me había reventado el culo.

Son los más alfa en la forma de entrar y los más entregados una vez que se aflojan. La contradicción no dura mucho: cuando se habitúan, bajan la guardia y se muestran completos. El que me decía «mi hembra» terminaba pidiéndome, con la voz quebrada, que le metiera dos dedos mientras se la chupaba, y después que me lo cogiera boca arriba, con las piernas abiertas y los tobillos sobre mis hombros, mirándome fijo mientras yo lo empalaba despacio y él se agarraba la polla y se corría solo, sin tocársela más que para dirigir el chorro sobre su propio pecho. Y en esa entrega hay algo que los hace distintos al resto.

Los profesionales vinculados al estado me sorprendieron por otro motivo. Todos los que tuve fueron pasivos. Sin excepción, lo cual ya es estadística. Se dejan desnudar sin resistencia, se ponen a cuatro con la naturalidad de quien conoce el terreno, y piden que les coma el culo largo rato antes de nada más. Uno se acababa dos veces por sesión: la primera con mi verga adentro, sin tocarse, moviendo las caderas hacia atrás para clavársela más hondo, y la segunda un rato después, con mi boca envolviéndosela mientras yo le hundía dos dedos en el agujero todavía abierto y palpitante de la primera cogida. Y son los que más disfrutan del tiempo después: quedarse acostados, desnudos, a veces abrazados, con mi semen chorreándoles todavía por el muslo, hablando de cosas que no tienen nada que ver con el sexo. Uno me contaba problemas del trabajo, proyectos que no avanzaban, colegas que le complicaban la vida, todo con una mano distraída acariciándome la polla ya blanda sobre el vientre. Me preguntaba cosas a mí también. Tenían la cabeza más libre de culpa que los demás. Si eso tiene que ver con su trabajo o con sus historias personales, no lo sé, pero el patrón se repitió demasiadas veces como para ser casualidad.

Los comerciantes fueron los menos y los que menos duraron. Son hombres a los que el tiempo les pesa de una manera particular: creen que alguien los va a reconocer, aunque estén en un cuarto cerrado en el otro extremo de la ciudad. Cogen mirando de reojo la puerta. Se corren en silencio, apretando los dientes, como si el gemido pudiera delatarlos. El cargo de conciencia después del orgasmo es inmediato e irreversible. No pasan cinco minutos entre el chorro caliente en mi espalda y el chico buscando la ropa con movimientos bruscos, limpiándose la polla con la primera toalla que encuentra, como si tuvieran que justificarse ante alguien que no está en la habitación. No juzgo eso; cada uno carga con lo que puede. Pero yo ya no tengo paciencia para esa dinámica.

***

Hoy tengo cuatro hombres fijos. Dos son choferes.

El primero viene con una frecuencia que nunca termino de anticipar. A veces dos veces en una semana, después desaparece casi un mes. Cuando vuelve, es como si no hubiera pasado el tiempo: me escribe, coordinamos, viene. No le pregunto dónde estuvo. No me lo dice y yo no insisto. Empezó diciéndose activo sin matices, y en las primeras citas cumplía: me tiraba de rodillas apenas cerraba la puerta, me sacaba la polla y me la metía en la boca hasta hacerme lagrimear, y después me cogía contra el sillón con una fuerza que dejaba marca. Hoy es él quien me pide que lo penetre, y lo hace con la misma naturalidad con que antes llegaba diciéndose lo contrario. Llega, me besa hondo en el pasillo, me lleva a la habitación, se saca el pantalón sin decir nada y se pone a cuatro sobre la cama mostrándome el culo abierto con una mano. «Dale, cogeme como me gusta», me dice ya sin vergüenza, y yo se la meto despacio para que sienta cada centímetro, agarrándolo del pelo, y termino corriéndomele adentro mientras él se manosea la polla dura entre las piernas. El cambio fue gradual pero completo.

El segundo chofer es más predecible. Me escribe casi cada semana, sin falta. También llegó diciéndose activo. También terminó igual. Este me pide siempre lo mismo y en el mismo orden: que se la chupe largo, veinte minutos si hace falta, hasta que empieza a temblarle el vientre y me aparta la cabeza para no correrse todavía; después que le coma el culo boca abajo, con la cara hundida entre las nalgas mientras él se toca la polla contra el colchón; y después que me lo coja de costado, en cucharita, con una pierna suya levantada sobre mi cadera y su mano guiándome la verga hacia adentro. Acaba mordiéndose el antebrazo para no gritar. Hay algo en ese tipo de hombre que necesita que alguien más tome la iniciativa por él, aunque en el resto de su vida sean ellos los que manejan todo. En la cama buscan exactamente lo contrario de lo que el mundo les pide afuera.

El tercero es del rubro de la construcción. Dueño de varios departamentos, lo cual lo diferencia un poco del perfil promedio. Nos vemos una vez al mes, a veces menos según su agenda. Empezó activo —de los que me daban vuelta y me cogían sin preguntar—, hoy es versátil, y en los últimos meses viene casi exclusivamente para que yo lo posea. Le gusta que lo mire mientras acabo. Se acuesta boca arriba, se levanta las piernas él mismo con las dos manos detrás de las rodillas, y me pide que se la meta despacio para que él pueda ver cómo entra. Mientras lo cojo así, con los ojos fijos en los míos, se toca la polla dura y me pide que le hable sucio, que le diga lo puto que se puso con los años. A veces me pide que me corra sobre él: le acabo en el pecho, en el cuello, a veces en la cara y en la boca abierta, y él se la traga sonriendo mientras se termina de correr solo con dos o tres sacudidas. Es de esos hombres que en la calle nadie sospecharía nada.

El cuarto es diferente a todos. No viene a mi casa: soy yo quien va a la suya. Es cien por ciento pasivo, aunque disfruta del sexo oral en ambas direcciones y toma su tiempo con eso. Nuestras citas son largas de verdad, no como las otras. Empezamos siempre en el sillón, vestidos, besándonos hondo un rato, hasta que él se arrodilla entre mis piernas, me abre el pantalón y me la chupa despacio, todo con la lengua, mirándome desde abajo cada tanto para ver qué cara pongo. Después subimos a la cama y le devuelvo el favor: se la mamo largo rato, sin apuro, jugando con las bolas, bajando a lamerle el culo con la lengua entera hasta que él se abre solo pidiendo más. Cuando finalmente se la meto, lo hago tumbado sobre él, cara a cara, besándonos en cada embestida, y él me abraza fuerte con las piernas cerradas alrededor de mi cintura y me susurra al oído que no pare, que se lo llene todo. Me corro adentro y me quedo así, apoyado sobre su pecho, sintiéndole el corazón, hasta que se me sale sola. Hay sexo, pero también café después, conversación sin apuro, a veces la televisión encendida de fondo mientras nos quedamos acostados sin necesidad de movernos. Es el único con quien podría imaginarme compartir algo más permanente, no en el sentido práctico, sino en el sentido de que no me pesa estar ahí cuando el sexo ya terminó.

Tiene un defecto que no tiene solución: nunca me busca. Si quiero verlo, tengo que ser yo quien escriba. Y lo hago, porque cada vez que voy vale la pena, pero a veces me pregunto qué lleva adentro que lo hace tan pasivo también en eso. Una desilusión grande, imagino. No me lo ha contado y yo no he preguntado. Hay cosas que uno aprende a no tocar.

***

Nunca dejé del todo la adrenalina del levante ocasional. Sería mentira decir que sí. A los cincuenta esa adrenalina no desaparece; solo cambia de forma, se vuelve más selectiva. Ya no me muevo con la misma urgencia de antes, ya no busco de la misma manera. Pero cuando aparece alguien que me llama la atención en serio, todavía soy capaz de actuar. Eso no lo perdí y espero no perderlo.

El físico nunca fue lo que más me importó, aunque tenga preferencias. He estado con hombres que pesan ciento veinte kilos y con hombres de setenta. Con hombres que tienen vergas gruesas que apenas me entran, que me obligan a abrir el culo de a poco con saliva y paciencia, y con uno que la tenía apenas de dos centímetros y que compensaba con una lengua que me hacía acabar dos veces sin tocarme la polla. Lo que me importa es lo que pasa cuando están en la cama: cómo respiran, cómo tocan, si se quedan o salen corriendo, si me besan con semen todavía en la boca o si se apartan.

Prefiero a los mayores que yo o de edad similar. Algo en eso me da un terreno compartido, una forma de entenderse sin tener que explicar demasiado. Los más jóvenes me aburren rápido, aunque técnicamente cojan bien y tengan la polla siempre dura. Falta algo que solo da el tiempo, y ese algo no se aprende leyendo.

Claudia sabe que soy un hombre con aristas. No sé exactamente qué sabe de todo esto ni necesito saberlo. Nuestra relación funciona de otra manera y yo la cuido. Aprendí, tarde quizás pero a tiempo, que elegir bien no significa elegir poco. Significa saber lo que uno necesita y no pretender que no existe.

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Comentarios(8)

MatiasF_87

buenisimo!!! sigan asi por favor

Daniloop87

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas!!

LectorCba

lo que mas me gusto es como va mostrando la personalidad de cada uno. No es solo una historia sino toda una exploracion. Muy bien escrito, lo disfrute mucho

GonzaLect

Es autobiografico? jajaja porque se siente muy real

carlos_mend

Increible, lo lei de un tiron. La vida despues de los 50 tiene sus sorpresas je

Maxi_Lector

tremendo relato!!

NocheSolitaria22

Me hizo acordar a cosas que nunca hable con nadie jajaja. Muy bueno esto

RolandoV_23

Me encanto el estilo, con morbo pero sin ser bruto. Eso es lo que diferencia los buenos relatos

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