Mi primera sesión de BDSM con un amo de verdad
Hacía varios meses que frecuentaba una plataforma de citas para hombres gays. Conseguía encuentros ocasionales, algunos interesantes, la mayoría olvidables. Hasta que apareció Andrés.
Era mayor que yo. Calculé unos doce años de diferencia, quizás más. Su perfil era escueto pero directo: qué buscaba, qué ofrecía, sin rodeos ni eufemismos. Me escribió un martes y en menos de dos semanas habíamos organizado mi viaje hasta su ciudad, a poco más de sesenta kilómetros.
Yo llevaba tiempo leyendo sobre el BDSM. Me fascinaba el concepto: la entrega deliberada, la confianza absoluta depositada en otra persona, el cuerpo como terreno de exploración con reglas claras. Había rozado algunos juegos espontáneos, nada planificado, nada real. Cuando Andrés me propuso una sesión formal, acepté casi de inmediato.
El día acordado tomé el tren temprano y llegué a mediodía. Andrés me esperaba en un bar tranquilo cerca de su edificio, en un barrio de casas bien mantenidas y poco ruido. Lo identifiqué nada más entrar: alto, de porte sereno, con una mirada que ya pesaba antes de que dijera nada. Pedí un café y me senté frente a él.
Hablamos durante casi una hora. La conversación era liviana en la superficie —música, trabajo, el barrio— pero yo sentía que me evaluaba, que medía hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Cuando se convenció de algo que yo no habría sabido nombrar, me invitó a su departamento.
Caminamos unas pocas cuadras hablando en voz baja, con esa discreción de quien comparte un idioma que la mayoría no entiende.
***
El ascensor era pequeño, de madera oscura. Cuando las puertas se cerraron, Andrés se giró hacia mí.
—De ahora en más, solo harás lo que te ordene —dijo.
—Lo que desees —respondí, y la palabra me salió sola, sin dudarlo.
Se acercó despacio y me mordió el labio inferior. Al mismo tiempo, pellizcó mis pezones con fuerza por encima de la ropa. El dolor fue brusco y directo, y me arrancó un gemido que no pude contener.
—Buen comienzo —murmuró.
Las puertas se abrieron al hall de su departamento. Intenté acercarme a él, pero me apartó con un gesto suave y definitivo. Adentro, el living era amplio y ordenado: un sillón frente a la ventana, cortinas gruesas que dejaban pasar la luz tamizada de la tarde. Andrés se sentó. Me miró un momento sin decir nada.
Me acerqué. Sin más palabras, me desabrochó el cinturón y bajó mi pantalón hasta los muslos, dejando expuesta la tanga que llevaba. Me observó con los brazos apoyados en los del sillón, sin apuro.
—Me gusta lo que veo.
Lo dijo sin entusiasmo exagerado. Era una evaluación, no un cumplido. Luego extendió los brazos y tomó mis caderas con las dos manos, hundiendo los pulgares en mis glúteos con presión deliberada. Las uñas marcaron la piel y solté un sonido involuntario.
—¿Ya te duele? —preguntó.
—No. Es bueno.
—Bien. Date vuelta.
Me di vuelta y vi que tenía el pene fuera del pantalón, todavía semierecto. Me indicó que lo parara sin arrodillarme. Me incliné levemente hacia él, lo tomé con ambas manos y empecé a acariciarlo con cuidado mientras lo besaba en la punta. Esa posición dejaba mi trasero cerca de su cara y él aprovechó para darme varios golpes con la palma abierta, midiendo mi reacción. Cada uno me arrancaba un sonido diferente.
—Te gusta recibir —dijo, más como constatación que pregunta.
—Sí —respondí.
***
Se puso de pie y me llevó al baño. Me indicó que me sentara en el inodoro. Bajó su pantalón. Tenía una erección completa. Me la puso en la boca y yo la recibí sin titubear. Luego, muy despacio, dejó caer un líquido caliente y ligeramente ácido en mi lengua. Duró apenas unos segundos antes de que retirara el pene y me empapara el rostro y el pecho con el resto. Pasé las manos por mi cuerpo refregando el calor sobre la piel mientras él me observaba desde arriba.
—Tengo muchas ganas de seguir con esto —dijo.
—Yo también.
—Duchate. Venís a la cama cuando estés listo.
Me metí bajo la ducha y abrí el agua bien caliente. El chorro caía con fuerza y el jabón que había en el estante olía intenso, a madera y algo cítrico. Mientras me enjabonaba me di cuenta de que el corazón me latía rápido, pero no por nervios. Era otra cosa. Anticipación. O quizás reconocimiento: ese momento en que el cuerpo confirma lo que ya sabía.
Me sequé, me puse la tanga otra vez y salí hacia la habitación.
***
Andrés estaba sentado en un sillón al pie de la cama, con los brazos cruzados. Sobre el colchón había varios elementos dispuestos con cuidado: una fusta, unas tiras de cuero, esposas metálicas que colgaban de los barrotes del respaldo. En la mesa de noche, un consolador de silicona, un plug anal y un pote de vaselina. La habitación estaba bien iluminada por la luz natural que entraba a través de unas cortinas color mostaza.
Me indicó que me pusiera el plug y me acomodara boca abajo en la cama. Lo hice. Sentí sus pasos acercarse, luego sus manos ajustando el implemento en su lugar. Jugó con él unos instantes, lo fue moviendo con pequeñas variaciones de ángulo y presión, y luego lo sacó de golpe. El sonido que salió de mí no era un gemido ni un grito: era algo entre medio, inesperado incluso para mí.
—Vas muy bien —dijo.
Empezó a preparar mi ano con los dedos. Primero uno, luego dos, con vaselina abundante. Con el tercero sentí los bordes de la tensión. Aferré las sábanas con las manos. Cuando introdujo dos dedos juntos y los abrió lentamente hacia los lados, hizo una pausa y me observó con atención.
—Bien formado —murmuró, casi para sí mismo.
No aguantó mucho más. Me anunció que me penetraría. Separó mis piernas, se posicionó encima de mí y entró de una vez, mordiendo mi cuello al mismo tiempo. La mezcla de dolor y placer era extraña, difícil de clasificar: no era el dolor simple de un golpe, ni el placer simple de una caricia. Era los dos simultáneos, peleando por espacio en mi conciencia.
Bombeó varias veces en esa posición y luego me dio vuelta. Tomó mis muñecas y las subió hasta el respaldo, donde las esposó de ambos lados.
***
El consolador que tomó de la mesa era grande, moldeado con precisión, el doble de lo que el plug había ocupado. Deslizó un almohadón debajo de mi cintura para elevar mis caderas. Lo fue metiendo despacio, milímetro a milímetro, mientras me mordía un pezón. Yo notaba que mis ojos se abrían solos, que el cuerpo procesaba esa entrada lenta y continua con esfuerzo.
—Así te quiero ver —dijo—. Mirándome de esa forma. Gritá si lo necesitás.
Y grité. No porque me lo ordenara, sino porque necesitaba soltar algo. Mi pene, sin erección completa, empezó a gotear. Primero unas gotas, luego un hilo constante mientras él movía el consolador hacia adentro y hacia afuera con ritmo preciso.
Me besaba entre tanto: la boca, el cuello, el abdomen. Tomaba mi semen con la mano y lo distribuía entre mi pecho y mis labios. Yo abría la boca y lo recibía con la misma naturalidad con que recibía todo lo demás.
En un momento subió mis piernas sobre sus hombros. Miró mi ano dilatado, completamente abierto. Sonrió apenas.
—Creí que no aguantarías tanto —dijo.
—Para lo que quieras —respondí.
Entonces empezó a penetrarme él también, al mismo tiempo que mantenía el consolador. La doble penetración me quitó el aliento durante varios segundos. Era una sensación que no tenía referencia en nada que hubiera experimentado antes: el cuerpo en el límite de lo que podía recibir, y al mismo tiempo sin querer que parara.
Mis manos tiraban de las esposas. El semen corría por mis costados. Andrés tomaba lo que goteaba con los dedos y lo acercaba a mi boca, y yo lo recibía con la misma disposición con que había recibido todo lo anterior.
Cuando los dos miembros llegaron al fondo y sintió el tope contra mis glúteos, me dio varios golpes fuertes con las palmas abiertas.
—Pocos aguantan esto —dijo.
—Gracias por no parar —respondí.
***
Sacó su pene pero dejó el consolador dentro. Se levantó, fue hasta la cómoda y volvió con la fusta. De pie a mi lado, con yo todavía esposado y boca arriba, empezó a tocarme los pezones con la punta del cuero. Golpes suaves primero, luego con más decisión.
—Más —dije.
—¿Cuánto más?
—Todo.
Asintió. Luego me sacó las esposas de los barrotes aunque me las dejó en las muñecas. Me ordenó que me diera vuelta sin que se me saliera el consolador. Me giré despacio, concentrado en retener. Sentí la fusta sobre mis nalgas: una, dos, tres veces. El ardor era inmediato y se extendía como una ola que no bajaba.
—Vamos a otra parte.
Sacó el consolador de golpe, me tomó de una esposa y me llevó hasta la puerta de la habitación. Me encadenó a una barra horizontal fijada al marco. Llevábamos más de una hora. Reconocí el cansancio, pero era el cansancio de después de correr mucho: el cuerpo exigido, pero vivo.
Con la fusta me hizo abrir las piernas. La pasó por el interior de mis muslos, rozó mis testículos con la punta. Luego dejó el elemento a un costado. Se puso detrás de mí, pellizcó mis pezones con una mano mientras con la otra me abría un glúteo. Sentí su pene duro presionando.
Entró de una vez y me levantó ligeramente de la embestida. Empezó a moverse sin pausa, con el ritmo de quien sabe exactamente lo que está buscando. No tardé en entender que no buscaba acabar todavía: solo demostraba quién mandaba ahí. Algo que yo tenía completamente claro desde el ascensor.
De repente se detuvo. Quedó quieto adentro, con los dientes sobre mi cuello. Pellizcó los pezones con las dos manos al mismo tiempo. La presión era intensa y yo sentía que los gemidos que salían de mí ya no dependían de ninguna decisión consciente.
—¿Me la das también? —me dijo al oído.
—Lo que me pidas —respondí, y ya notaba en mi voz el peso de todo ese tiempo.
Se corrió hacia un lado. Pasó entre el marco y yo, agachándose, y se arrodilló delante de mí. Tomó mi pene en la boca. Estaba semierecto y con sus labios empezó a adquirir rigidez. Me concentré en no acabar. No podía, no en esa posición, no atado así.
—No me hagas acabar así —dije.
Se lo tomó como un desafío y continuó. Mi pene palpitaba contra su lengua. Cuando sintió que estaba en el límite justo, sacó la boca y me quitó las esposas.
Me llevó al borde de la cama y me inclinó sobre ella. Entró de nuevo con fuerza y me fue golpeando las nalgas con el ritmo de quien ya sabe que está llegando al final, hasta que eyaculó. Luego sacó el pene y me hizo arrodillar para que lo limpiara.
—Pajéate —ordenó mientras tanto.
Me masturbé mientras limpiaba su pene con la lengua. Mi orgasmo llegó fuerte, con esa potencia que solo tiene cuando el cuerpo ha esperado mucho. Cayó sobre sus piernas y sus pies.
—Pasame la lengua donde ensuciaste.
Lo hice. Ahí, en el suelo, apoyado contra sus pantorrillas, sentí que mi cuerpo se vaciaba por completo de tensión. Me levantó por los hombros y me besó en la boca, lento, sin apuro.
—Acostate. Descansá.
***
Me quedé en la cama unos veinte minutos. Andrés salió y volvió con agua fría que me ofreció sin decir nada. Se acostó a mi lado.
—¿Querés ducharte?
—Sí.
—El baño de esta habitación.
Me levanté despacio. Junté mi ropa de la silla donde él la había doblado. Antes de entrar al baño lo vi de pie junto a la puerta, todavía desnudo, con el pene rojo y relajado, sobándolo apenas con dos dedos como si considerara alguna posibilidad.
Quise arrodillarme. Él me tomó del brazo y me metió directamente en la bañera. Se subió de un lado y empezó a orinar sobre mí: la cara, el cuello, el pecho. Lo dejé. Pasé las manos por la piel caliente refregando el líquido, llevé los dedos a mi boca.
—Me sorprendiste —dijo cuando terminó—. Vas a volver.
No era una pregunta.
Se retiró mientras yo abría la ducha. El agua caliente caía y yo la dejé hacer todo el trabajo: limpiar, relajar, devolver los músculos a su lugar. Apoyé las manos en la pared y sostuve el peso del cuerpo ahí, sin prisa. Las muñecas todavía sentían el metal de las esposas. Las nalgas ardían suave, con ese calor que dura. El ano dilatado pulsaba con el chorro tibio que lo refrescaba. Los pezones, marcados, seguían mandando pequeñas señales eléctricas con cada roce del agua.
Cuando salí, él había doblado mi ropa sobre la cama con cuidado. Me vestí. Charlamos un rato sin apuro, con la calma de dos personas que han pasado algo juntas y no necesitan comentarlo demasiado.
Me acompañó hasta el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, se acercó a mí con la misma calma de siempre.
—Dieciocho pisos —dijo—. Aprovechalos.
Me agaché, le bajé el pantalón por delante y lo tomé en la boca. Flácido todavía, suave, con el sabor de todo lo que había pasado. Los pisos bajaban y yo no pensaba en nada más. Casi en la planta baja me levantó, acomodó su ropa y me besó fuerte en la boca.
Las puertas se abrieron.
Me acompañó hasta la salida. Charlamos brevemente en la vereda y se despidió con la promesa de que nos veríamos pronto. Estuvimos en contacto algunas semanas, mensajes cortos, planes tentativas que nunca llegaban a concretarse.
Después, Andrés dejó de responder. Sin explicación, sin despedida. Simplemente dejó de estar.
Pero yo ya había confirmado algo sobre mí mismo que no necesitaba que él me repitiera.