El hombre que me esperaba al otro lado de la pantalla
Cuarenta y ocho años, un divorcio reciente y un piso demasiado grande para una sola persona. Eso era lo que me quedaba cuando Laura se llevó sus cosas y cerró la puerta por última vez. No fue un final dramático: fue silencioso, inevitable, como una marea que se retira sin hacer ruido pero se lleva la arena consigo. Los primeros meses los pasé trabajando demasiado, viendo deportes que no me importaban y cocinando para uno.
No sé exactamente cuándo empezó el pensamiento. Puede que siempre hubiera estado ahí, agazapado en algún rincón al que nunca me había asomado. Lo cierto es que fue en esa etapa de soledad cuando empecé a hacerme preguntas que antes no me había permitido. Qué sería tocar la polla de otro hombre. Qué sería que otro hombre me metiera la suya. Las descartaba con esa eficiencia mecánica de quien ha pasado décadas viviendo en piloto automático. Pero volvían.
Una noche, tarde, con el portátil abierto sobre la mesa y el silencio del piso pegándome en la cara, busqué. No recuerdo exactamente cómo llegué al primer vídeo, pero lo recuerdo todo desde ahí. Dos hombres, sin artificio, sin guion evidente. Uno tenía los hombros anchos, la espalda musculada, las manos grandes. El otro era más delgado, con el pecho liso y una expresión en la cara que yo no esperaba. No era actuada. Era concentración. Era presencia.
Me quedé mirando sin moverme. No pensaba en si aquello estaba bien o mal, no pensaba en nada que no fuera esa imagen. El hombre de los hombros anchos tomó la cara del otro entre las manos y lo besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su mano bajó por el cuello, por el pecho, y siguió bajando hasta hundirse en el pantalón del otro y sacarle una polla gruesa, ya dura, con la punta brillante. Sentí algo que llevaba tiempo sin sentir: curiosidad sin filtro, sin vergüenza, sin la máscara de quien cree que ya lo sabe todo sobre sí mismo.
Me abrí el pantalón sin pensarlo. Tenía la polla dura antes de tocármela. El más delgado se arrodilló y se metió la verga del otro en la boca, entera, hasta la base, y le empezó a mamar despacio, chupando la punta y bajando de nuevo hasta que se le hundía en la garganta. Se le veía la saliva colgándole de la barbilla. El de los hombros anchos le agarraba de la cabeza y empujaba, cogiéndole la cara como si fuera un coño. Yo me acariciaba al ritmo de esos empujones, la mano cerrada en el glande, y sentía cada tirón en la ingle. Cuando el más delgado se sacó la polla de la boca y le lamió los huevos, uno por uno, chupándoselos como si fueran dulces, se me escapó un jadeo. Empecé a masturbarme más rápido.
En la pantalla el de los hombros anchos ya tenía al otro a cuatro patas sobre la cama, la cara hundida entre las nalgas separadas del delgado, comiéndole el culo con la lengua. Metía y sacaba la lengua del agujero, lo escupía, lo abría con dos dedos y volvía a lamerlo. El delgado gemía y empujaba el culo contra la cara del otro, pidiéndole más con palabras que no llegaba a entender del todo. Cuando le metió la polla, entera, de una sola embestida, y el delgado se dobló contra las sábanas soltando un gruñido animal, yo apreté los dientes y me corrí en la mano, con la respiración cortada y las piernas tensas. Salpiqué la mesa. Seguí acariciándome hasta la última gota, mirando cómo aquel hombre le follaba el culo al otro sin piedad, con las nalgas chocándole contra los muslos y el sonido húmedo llenando la habitación.
Después me quedé mirando el techo. No sentí culpa. Eso fue lo que más me sorprendió: ninguna culpa, ninguna confusión moral. Solo una pregunta nueva, clara y concreta. ¿Qué sería de verdad?
***
Las noches siguientes repetí el ritual, pero con más calma, sin la urgencia del principio. Empecé a entender qué me gustaba y qué no, a distinguir lo que estaba montado para la cámara de lo que parecía real. Las escenas reales me excitaban más. Había algo en el detalle concreto —una polla babeada de saliva, un culo abriéndose despacio con dos dedos, un tipo tragándose la corrida del otro con la boca abierta y la lengua fuera— que me llegaba de una manera diferente a todo lo que había visto antes.
Después de un mes descargué la aplicación. Estuve diez minutos mirando la pantalla de bienvenida antes de crear el perfil. Puse mi edad, una foto en la que no se me veía la cara y una descripción breve: «Primera vez. Curioso. Discreción.» Tardé otros diez minutos en publicarlo. Luego dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y fui a la cocina a prepararme algo de comer, como si no acabara de hacer algo que no tenía marcha atrás.
Los primeros mensajes fueron extraños. Algunos eran tan directos que me incomodaron —fotos de pollas sin mediar palabra, culos abiertos con dos dedos, tipos que me pedían venir a follarme sin más—. Otros, demasiado entusiastas, demasiado rápidos, con una energía que yo todavía no tenía. Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando apareció el perfil de Rodrigo. Cuarenta y cuatro años, arquitecto, foto donde se le veía la cara sin ningún reparo. Escribía sin apresurarse y sin faltas de ortografía. Su primer mensaje fue sencillo:
—¿Es la primera vez de verdad?
Le dije que sí. Me preguntó qué me generaba curiosidad. Le respondí con más honestidad de la que habría esperado de mí mismo: el deseo de saber cómo era chuparle la polla a otro hombre, la pregunta que llevaba meses rondándome sobre si aguantaría una verga metida en el culo, la sensación de que había algo que nunca había explorado y que ya era hora de hacerlo. No le di más detalles porque no tenía más. Él pareció entender perfectamente.
Estuvimos escribiéndonos tres noches seguidas. No solo de forma sexual, o no únicamente así: hablamos de cómo había llegado cada uno hasta donde estaba, de qué esperábamos, de lo que me preocupaba. Me preocupaba no saber qué hacer con la polla de otro en la boca, quedarme paralizado, decepcionar. Rodrigo me dijo que eso era exactamente lo que decía todo el mundo al principio y que nunca ocurría como uno imaginaba que ocurriría. La cuarta noche me preguntó si quería quedar.
***
Quedamos un martes. Su piso estaba en el centro, a veinte minutos en metro que se me hicieron el doble. Repasé mentalmente si debía dar la vuelta. Una voz razonada me decía que no tenía que hacer nada que no quisiera, que podía irme en cualquier momento. Otra voz, más honesta, me decía que si había llegado hasta allí era porque quería estar allí. Quería sentir una polla en la boca. Quería saber cómo era abrir las piernas para otro tío.
Rodrigo abrió la puerta con la misma naturalidad con la que escribía sus mensajes. Camisa oscura, sin corbata, altura similar a la mía. Me tendió la mano y luego hizo un gesto hacia el interior del piso.
—Llegas puntual —dijo.
—No sabía si eso era buena señal —respondí.
—Lo es.
El piso era ordenado, con luz cálida y una botella de vino abierta sobre la mesa. Hablamos durante casi una hora: del trabajo, de la ciudad, de cómo los dos habíamos llegado a ese punto de nuestras vidas en que uno deja de tener miedo a sus propias preguntas. Rodrigo tenía una manera de hablar que reducía la tensión sin eliminarla del todo, y eso era exactamente lo que yo necesitaba. La tensión tenía que seguir ahí. Sin ella, aquello no habría sido lo mismo.
Fue él quien se acercó. Sin anunciarlo, simplemente redujo la distancia en el sofá hasta que su rodilla tocó la mía. Me miró un momento, calibrando algo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Nervioso —dije. Era la verdad.
—Normal. Así tiene que ser.
Cuando me besó, lo primero que noté fue lo diferente que era. No diferente como peor o mejor: diferente en textura, en presión, en la forma en que su mano me sujetaba por la nuca. Su boca sabía a vino tinto. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso y yo la recibí, la busqué con la mía, me dejé llevar. Su otra mano me subió por el muslo y aterrizó directo sobre mi polla por encima del pantalón. Ya la tenía dura. La apretó con calma, midiéndome, y solté un suspiro contra su boca. No pensé en nada. Solo estaba ahí, en ese momento, con esa boca que me besaba y esa mano que me palpaba la verga por encima de la tela.
Nos levantamos sin dejar de tocarnos. Rodrigo me quitó la camisa con calma, sin prisa, como alguien que no tiene nada que demostrar. Pasó las manos por mi pecho y por mis hombros, y yo hice lo mismo con él. Noté la diferencia: la firmeza, el calor, la textura de una piel masculina bajo mis palmas. Me gustó más de lo que esperaba. Le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón. La polla se le marcaba dura debajo del calzoncillo. Metí la mano y se la agarré: gruesa, caliente, latiéndome contra la palma. Fue la primera vez en mi vida que tuve una verga que no era la mía en la mano y me quedé un segundo quieto, sintiéndola, entendiendo el peso.
—Ven —dijo, y me llevó al dormitorio.
***
La habitación estaba en penumbra. Me tumbé y Rodrigo se puso sobre mí, apoyando el peso en los codos. Volvió a besarme, esta vez más despacio, y fue bajando: por el cuello, por el pecho, chupándome los pezones uno por uno, mordiéndolos suave, por el estómago. Yo tenía los ojos abiertos mirando el techo, con la respiración acelerada y las manos apoyadas a los lados sin saber muy bien dónde ponerlas. Me bajó el pantalón y el calzoncillo de una vez, hasta los tobillos. Me tenía la polla dura contra el vientre. Me miró desde abajo, sonrió apenas, y me la agarró por la base.
—Relájate —dijo, y me la metió entera en la boca.
Cerré los ojos y solté un gemido que no me esperaba. Lo hacía con una calma que me desconcertó. Sin prisa, sin gestos forzados, con una concentración que yo notaba en cada movimiento de su lengua. Me lamía el glande dando vueltas alrededor, luego bajaba y se la tragaba hasta el fondo, hasta que la punta le tocaba la garganta. Subía y bajaba con una succión lenta y firme, chupándome como si tuviera todo el tiempo del mundo. No era como nada que hubiera imaginado: era más concreto, más físico, más presente. Empujé las caderas sin querer. Le puse la mano en la cabeza sin pensarlo. Él no se detuvo. Me chupó los huevos, me lamió el rafe desde abajo hasta la punta, me volvió a meter la polla en la boca hasta que se le llenaron los ojos de agua. Siguió hasta que yo ya no pude seguir quieto, hasta que sentí que estaba a punto de correrme, y tuve que empujarle la frente para que parara.
—Espera. Espera, que me corro —dije con la voz rota.
Se apartó con la boca brillante y una sonrisa. Se limpió con el dorso de la mano.
—Ahora tú —dijo, y se tumbó boca arriba junto a mí.
Cuando me incorporé y lo miré desnudo entero, con la polla apuntando al techo y los huevos apretados contra la base, me tomé un momento calibrando mis propias ganas contra el instinto de retroceder. Las ganas ganaron. Me incliné y la agarré con la mano. Le di un lametazo desde los huevos hasta el glande, probando. Sabía a piel, a sudor, a algo salado en la punta. Le pasé la lengua por la corona y él soltó el aire despacio. Entonces me la metí en la boca.
Era completamente diferente de verlo. El peso, el calor, la manera en que ocupaba toda la boca y me apretaba contra el paladar. Bajé despacio, tratando de no arañarla con los dientes, y llegué hasta la mitad antes de sentir la arcada en la garganta. Me eché atrás, respiré, volví a bajar. Después de tres o cuatro intentos encontré el ritmo. Chupaba la punta, bajaba hasta donde podía, subía otra vez chupando fuerte. Le pasé la lengua por debajo del glande y él soltó un gemido grave. Sus dedos se apretaron en mi pelo. Su respiración se hizo más corta, irregular. Eso último fue lo que más me afectó: saber que era yo quien provocaba esa respuesta, que era real y era mía, que no había pantalla de por medio. Le chupé los huevos como había visto en aquel primer vídeo, uno por uno, y él soltó un «joder» en voz baja que me puso todavía más duro.
Después me preguntó si podía seguir. Entendí lo que preguntaba. Le dije que sí.
Se tomó su tiempo. Me hizo ponerme boca abajo primero, con una almohada bajo las caderas, y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí su lengua sobre el agujero antes de verlo venir. Solté un jadeo contra la almohada. Me lamía despacio, dando vueltas, hundiendo la lengua, escupiendo y volviendo a lamer. No había hecho nada parecido en toda mi vida y la sensación me atravesó de arriba abajo. Cuando metió el primer dedo, resbaladizo por el lubricante que había sacado de la mesilla, apreté los ojos. Estaba dentro, moviéndose despacio, buscando algo. Cuando lo encontró —una presión en un punto concreto que me hizo doblar los dedos de los pies— gruñí contra la almohada. Metió el segundo dedo. Fue empujando y separando, hablándome en voz baja al oído, diciéndome que respirara, que me relajara, que ya casi estaba listo.
Cuando se puso el condón y se untó la polla con lubricante, me pidió que me pusiera de lado, con una pierna doblada hacia el pecho. Sentí el glande apoyado contra el agujero, empujando. Aguanté la respiración.
—Suelta el aire —me dijo—. Empuja contra mí.
Solté el aire y empujé. La cabeza entró de golpe y solté un gemido apretado, entre dolor y algo más. Se quedó quieto. Esperó. Cuando el ardor empezó a ceder, empujó otro poco. Y otro poco. Y así, en oleadas, hasta que la tuvo entera dentro, hasta la base, con los huevos apoyados contra los míos. El dolor inicial fue exactamente lo que esperaba y se fue exactamente como él me dijo que se iría: despacio, hasta quedar reemplazado por algo distinto. Una sensación que no tenía nombre todavía, que estaba construyendo mientras ocurría. Una plenitud caliente, un latido dentro de mí que no era mío.
Empezó a moverse. Primero muy despacio, saliendo apenas y volviendo a hundirse. Yo tenía la boca abierta contra la almohada y sentía cada centímetro entrando y saliendo. Cuando ajustó el ángulo, subiéndome un poco la cadera, la polla me tocó ese mismo punto que antes había encontrado con los dedos y solté un gemido que ni yo reconocí. Rodrigo lo notó. Se quedó ahí, embistiendo justo en ese ángulo, con golpes cortos y firmes, hasta que yo estaba jadeando sin ningún control, con la polla goteando contra la sábana sin que nadie me la tocara.
—Ponte a cuatro patas —me susurró al oído.
Lo hice. La sacó un momento, me colocó de rodillas con el culo en alto, y volvió a metérmela de un empujón lento y completo. Ahora sí empezó a follarme en serio. Las manos cerradas sobre mis caderas, tirando de mí hacia atrás cada vez que él empujaba hacia delante. Los huevos golpeándome. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo. Me habló al oído, pegado a la nuca, diciéndome cosas sucias en voz baja: que se lo tomaba bien para ser la primera vez, que tenía el culo apretado, que estaba disfrutando cada centímetro. Yo le contestaba con jadeos. Le decía que siguiera. Le pedía más.
Fue algo construido entre los dos, no algo que me pasaba a mí mientras yo asistía desde fuera. Eso también era diferente de todo lo que había imaginado durante esos meses de preguntas acumuladas y vídeos de madrugada. Me llevó la mano hasta mi propia polla y me la apretó, indicándome que me la trabajara. Empecé a masturbarme mientras él me embestía, coordinando el ritmo. Cada empujón suyo hacia dentro coincidía con un tirón mío hacia arriba. La corrida se me acumuló en la base con una rapidez que no pude frenar.
Me vine primero, con las manos apoyadas en el colchón y la cabeza baja, disparando en la sábana con espasmos que me atravesaron el cuerpo entero. El culo se me apretó alrededor de su polla y le arranqué un gruñido. Rodrigo aguantó unos segundos más, embistiendo cada vez más rápido y más profundo, y luego se hundió hasta el fondo y se corrió también, con la frente apoyada en mi espalda y un sonido que no pudo contener. Sentí cómo la polla le latía dentro del condón, cómo temblaba entero contra mi espalda, cómo se dejaba caer despacio sobre mí sin sacarla todavía.
Nos quedamos así un momento, él encima, yo con la mejilla contra la sábana, los dos respirando fuerte. Luego salió despacio, con cuidado, y se dejó caer de espaldas a mi lado.
***
Nos quedamos tumbados mirando el techo, con esa quietud de después que yo reconocí aunque fuera la primera vez. Rodrigo tenía el brazo cruzado sobre su propio pecho y los ojos entrecerrados.
—¿Cómo estás? —preguntó al cabo de un rato.
—Bien —dije. Era la primera respuesta honesta que daba en mucho tiempo.
Salí de su piso pasada la medianoche, con el culo todavía caliente y una sensación rara y buena entre las piernas. La ciudad seguía igual, con el mismo ruido y las mismas luces, pero yo no era exactamente la misma persona que había entrado unas horas antes. No en el sentido dramático de una revelación ni de una crisis de identidad. Nada de eso. Solo había respondido una pregunta que llevaba tiempo haciéndome y la respuesta era más simple de lo que había creído durante todos esos meses: me gustaba mamar polla, me gustaba que me follaran, quería repetirlo, y eso era suficiente por ahora.
Guardé el número de Rodrigo antes de llegar a la parada de metro. Sin pensarlo demasiado, sin darle más peso del que tenía. Solo lo guardé.