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Relatos Ardientes

El hombre que me esperaba al otro lado de la pantalla

Cuarenta y ocho años, un divorcio reciente y un piso demasiado grande para una sola persona. Eso era lo que me quedaba cuando Laura se llevó sus cosas y cerró la puerta por última vez. No fue un final dramático: fue silencioso, inevitable, como una marea que se retira sin hacer ruido pero se lleva la arena consigo. Los primeros meses los pasé trabajando demasiado, viendo deportes que no me importaban y cocinando para uno.

No sé exactamente cuándo empezó el pensamiento. Puede que siempre hubiera estado ahí, agazapado en algún rincón al que nunca me había asomado. Lo cierto es que fue en esa etapa de soledad cuando empecé a hacerme preguntas que antes no me había permitido. Qué sería tocar a otro hombre. Qué sería que otro hombre me tocara a mí. Las descartaba con esa eficiencia mecánica de quien ha pasado décadas viviendo en piloto automático. Pero volvían.

Una noche, tarde, con el portátil abierto sobre la mesa y el silencio del piso pegándome en la cara, busqué. No recuerdo exactamente cómo llegué al primer vídeo, pero lo recuerdo todo desde ahí. Dos hombres, sin artificio, sin guion evidente. Uno tenía los hombros anchos, la espalda musculada, las manos grandes. El otro era más delgado, con el pecho liso y una expresión en la cara que yo no esperaba. No era actuada. Era concentración. Era presencia.

Me quedé mirando sin moverme. No pensaba en si aquello estaba bien o mal, no pensaba en nada que no fuera esa imagen. El hombre de los hombros anchos tomó la cara del otro entre las manos y lo besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su mano bajó por el cuello, por el pecho, y yo sentí algo que llevaba tiempo sin sentir: curiosidad sin filtro, sin vergüenza, sin la máscara de quien cree que ya lo sabe todo sobre sí mismo.

Me masturbé esa noche con más ganas que en meses. La imagen seguía reproduciéndose mientras me acariciaba despacio, siguiendo el ritmo de lo que veía. Cuando el hombre más delgado pasó la lengua por el cuello del otro y le rodeó la polla con la mano, apoyé la espalda en el respaldo y cerré los ojos. Me corrí con más intensidad de la que recordaba, con la respiración cortada y las piernas tensas.

Después me quedé mirando el techo. No sentí culpa. Eso fue lo que más me sorprendió: ninguna culpa, ninguna confusión moral. Solo una pregunta nueva, clara y concreta. ¿Qué sería de verdad?

***

Las noches siguientes repetí el ritual, pero con más calma, sin la urgencia del principio. Empecé a entender qué me gustaba y qué no, a distinguir lo que estaba montado para la cámara de lo que parecía real. Las escenas reales me excitaban más. Había algo en el detalle concreto, en la falta de pose, que me llegaba de una manera diferente a todo lo que había visto antes.

Después de un mes descargué la aplicación. Estuve diez minutos mirando la pantalla de bienvenida antes de crear el perfil. Puse mi edad, una foto en la que no se me veía la cara y una descripción breve: «Primera vez. Curioso. Discreción.» Tardé otros diez minutos en publicarlo. Luego dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa y fui a la cocina a prepararme algo de comer, como si no acabara de hacer algo que no tenía marcha atrás.

Los primeros mensajes fueron extraños. Algunos eran tan directos que me incomodaron. Otros, demasiado entusiastas, demasiado rápidos, con una energía que yo todavía no tenía. Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando apareció el perfil de Rodrigo. Cuarenta y cuatro años, arquitecto, foto donde se le veía la cara sin ningún reparo. Escribía sin apresurarse y sin faltas de ortografía. Su primer mensaje fue sencillo:

—¿Es la primera vez de verdad?

Le dije que sí. Me preguntó qué me generaba curiosidad. Le respondí con más honestidad de la que habría esperado de mí mismo: el deseo de saber cómo era, la pregunta que llevaba meses rondándome, la sensación de que había algo que nunca había explorado y que ya era hora de hacerlo. No le di más detalles porque no tenía más. Él pareció entender perfectamente.

Estuvimos escribiéndonos tres noches seguidas. No solo de forma sexual, o no únicamente así: hablamos de cómo había llegado cada uno hasta donde estaba, de qué esperábamos, de lo que me preocupaba. Me preocupaba no saber qué hacer, quedarme paralizado, decepcionar. Rodrigo me dijo que eso era exactamente lo que decía todo el mundo al principio y que nunca ocurría como uno imaginaba que ocurriría. La cuarta noche me preguntó si quería quedar.

***

Quedamos un martes. Su piso estaba en el centro, a veinte minutos en metro que se me hicieron el doble. Repasé mentalmente si debía dar la vuelta. Una voz razonada me decía que no tenía que hacer nada que no quisiera, que podía irme en cualquier momento. Otra voz, más honesta, me decía que si había llegado hasta allí era porque quería estar allí.

Rodrigo abrió la puerta con la misma naturalidad con la que escribía sus mensajes. Camisa oscura, sin corbata, altura similar a la mía. Me tendió la mano y luego hizo un gesto hacia el interior del piso.

—Llegas puntual —dijo.

—No sabía si eso era buena señal —respondí.

—Lo es.

El piso era ordenado, con luz cálida y una botella de vino abierta sobre la mesa. Hablamos durante casi una hora: del trabajo, de la ciudad, de cómo los dos habíamos llegado a ese punto de nuestras vidas en que uno deja de tener miedo a sus propias preguntas. Rodrigo tenía una manera de hablar que reducía la tensión sin eliminarla del todo, y eso era exactamente lo que yo necesitaba. La tensión tenía que seguir ahí. Sin ella, aquello no habría sido lo mismo.

Fue él quien se acercó. Sin anunciarlo, simplemente redujo la distancia en el sofá hasta que su rodilla tocó la mía. Me miró un momento, calibrando algo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Nervioso —dije. Era la verdad.

—Normal. Así tiene que ser.

Cuando me besó, lo primero que noté fue lo diferente que era. No diferente como peor o mejor: diferente en textura, en presión, en la forma en que su mano me sujetaba por la nuca. Su boca sabía a vino tinto. Me dejé llevar. No pensé en nada. Solo estaba ahí, en ese momento, con esa boca que me besaba de una manera que hacía mucho tiempo que nadie lo hacía.

Nos levantamos sin dejar de tocarnos. Rodrigo me quitó la camisa con calma, sin prisa, como alguien que no tiene nada que demostrar. Pasó las manos por mi pecho y por mis hombros, y yo hice lo mismo con él. Noté la diferencia: la firmeza, el calor, la textura de una piel masculina bajo mis palmas. Me gustó más de lo que esperaba.

—Ven —dijo, y me llevó al dormitorio.

***

La habitación estaba en penumbra. Me tumbé y Rodrigo se puso sobre mí, apoyando el peso en los codos. Volvió a besarme, esta vez más despacio, y fue bajando: por el cuello, por el pecho, por el estómago. Yo tenía los ojos abiertos mirando el techo, con la respiración acelerada y las manos apoyadas a los lados sin saber muy bien dónde ponerlas. Cuando llegó a mi polla y la tomó en la boca, cerré los ojos.

Lo hacía con una calma que me desconcertó. Sin prisa, sin gestos forzados, con una concentración que yo notaba en cada movimiento de su lengua. No era como nada que hubiera imaginado: era más concreto, más físico, más presente. Empujé las caderas sin querer. Puse la mano en su cabeza sin pensarlo. Él no se detuvo. Siguió hasta que yo ya no pude seguir quieto y tuve que pedirle que parara antes de terminar.

Cuando me incorporé y lo empujé suavemente hacia atrás, él se dejó caer sin resistencia. Me tomé un momento mirándolo, calibrando mis propias ganas contra el instinto de retroceder. Las ganas ganaron. Me incliné y lo tomé en la boca.

Era completamente diferente de verlo. El peso, el calor, la reacción de su cuerpo cuando yo hacía algo que le gustaba: sus dedos apretándose en mi pelo, su respiración haciéndose más corta, irregular. Eso último fue lo que más me afectó: saber que era yo quien provocaba esa respuesta, que era real y era mía, que no había pantalla de por medio.

Después me preguntó si podía seguir. Entendí lo que preguntaba. Le dije que sí.

Se tomó su tiempo. Me preparó con cuidado y sin saltarse nada, hablando en voz baja, verificando en cada paso que yo estuviera bien. Cuando finalmente entró, el dolor inicial fue exactamente lo que esperaba y se fue exactamente como él me dijo que se iría: en oleadas, despacio, hasta quedar reemplazado por algo distinto. Una sensación que no tenía nombre todavía, que estaba construyendo mientras ocurría.

Rodrigo se movía con atención al ritmo, sin brusquedad. Me habló al oído. Ajustó el ángulo cuando se lo pedí. Fue algo construido entre los dos, no algo que me pasaba a mí mientras yo asistía desde fuera. Eso también era diferente de todo lo que había imaginado durante esos meses de preguntas acumuladas y vídeos de madrugada.

Me vine primero, con las manos apoyadas en el colchón y la cabeza baja. Rodrigo siguió unos segundos más y luego se corrió también, con la frente apoyada en mi espalda y un sonido que no pudo contener.

***

Nos quedamos tumbados mirando el techo, con esa quietud de después que yo reconocí aunque fuera la primera vez. Rodrigo tenía el brazo cruzado sobre su propio pecho y los ojos entrecerrados.

—¿Cómo estás? —preguntó al cabo de un rato.

—Bien —dije. Era la primera respuesta honesta que daba en mucho tiempo.

Salí de su piso pasada la medianoche. La ciudad seguía igual, con el mismo ruido y las mismas luces, pero yo no era exactamente la misma persona que había entrado unas horas antes. No en el sentido dramático de una revelación ni de una crisis de identidad. Nada de eso. Solo había respondido una pregunta que llevaba tiempo haciéndome y la respuesta era más simple de lo que había creído durante todos esos meses: me gustaba, quería repetirlo, y eso era suficiente por ahora.

Guardé el número de Rodrigo antes de llegar a la parada de metro. Sin pensarlo demasiado, sin darle más peso del que tenía. Solo lo guardé.

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Comentarios (5)

Manu1987

increible relato, no pude parar de leerlo hasta el final!!!

DiegoR_Pque

Por favor que haya segunda parte, me dejaste con muchisimas ganas de saber que paso despues. Muy buen relato!

Julietax_rd

Que bien escrito, se siente autentico. Me gusto mucho la forma en que describe esa mezcla de nervios y emocion del momento.

GabrielMDF

buenisimo!!! uno de los mejores que lei aca

LectorDeSemana

Me sorprendio la calidad de este relato. No es facil capturar esa tension de conocer en persona a alguien que solo existia detras de una pantalla, y aca esta logrado con mucha sensibilidad. Ojalá haya mas.

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