El trío que encontré en la sauna gay del centro
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era exactamente lo que tenía planeado para una tarde de sábado. Pero bienvenido sea.
Estaba de viaje, lejos de casa, así que me animé a buscar una sauna que quedaba a un par de calles del hotel donde me alojaba. Una de esas direcciones que uno guarda en el teléfono por si acaso.
Bastó con cruzar la puerta y entrar a la zona de las taquillas para darme cuenta de que el ambiente era muy distinto al de mi ciudad. Aunque había varios hombres cambiándose, todos lo hacían con discreción, sin alardes ni exhibicionismo gratuito. Nadie buscaba llamar la atención. Eso, no sé por qué, me puso todavía más.
Una vez envuelto en la toalla, di una vuelta por el local para reconocer el terreno. Tiene su morbo recorrer todo un catálogo de hombres paseándose delante de ti, cubiertos apenas por una toalla que les tapa lo justo. Ninguno hacía aspavientos, pero las miradas iban y venían como cuchillos.
No tuve que caminar demasiado para encontrar a alguien que me despertara las ganas. Nos bastó con lanzarnos un par de miraditas para entendernos: ahí había tema. Tras un primer toqueteo en un rincón en penumbra, un sobeteo lento por encima de la toalla, decidimos buscar una cabina para seguir desahogándonos con más calma.
El tipo que me había ligado era un moreno cuarentón, muy peludo, metido en carnes y equipado de serie con una polla tamaño XL. No hacía falta ser ningún genio para entender que el hombretón tenía tantas ganas de marcha como yo. Y así, como quien no quiere la cosa, mientras nos calentábamos en los primeros prolegómenos, dejamos la puerta de la cabina entreabierta. A ver si alguno de los que merodeaban por los pasillos oscuros se animaba a unirse a la fiesta.
Tuvimos varios candidatos asomándose a hacer cositas con nosotros, pero al final me decanté por uno en concreto: un tipo calvo, alto, de unos cincuenta años, musculado pero con la tripa justa para darle un aire más viril, y con un culo redondo, peludo y duro, de esos que a mí me vuelven loco.
Conseguida la oferta del dos por uno, les pedí que cerraran la puerta y me puse a la faena.
***
Tras una primera cata manual de las dos, decidí hacer doblete y fui alternando la boca entre los dos miembros. Ambos tenían un buen grosor, sobre todo el del moreno cuarentón. Era tan gordo que tuve que abrir bien la boca para que no me rozara las comisuras de los labios.
La verdad es que, agachado entre ellos, pasando de una verga a la otra, estaba mejor que en ningún sitio. De vez en cuando rozaba una polla contra la otra y, por los suspiros que se les escapaban, aquellos dos disfrutaban del contacto tanto como yo. Lo que pasa es que todavía no se habían dado cuenta del todo.
Sabía que si seguía chupa que te chupa alguno se me iba a correr pronto, y entonces mis posibilidades de trío se irían al traste. Así que dejé el doblete, busqué en los pliegues de mi toalla los preservativos que había traído y le puse uno al que, a ojo de buen cubero, la tenía un poco menos ancha de los dos. Que fuera él quien abriera camino, de la manera menos bruta posible.
Me lubriqué el ano apenas con saliva, me coloqué en cuatro patas y le indiqué al moreno que se pusiera delante de mí para seguir trabajándole el glande con la boca mientras tanto.
En cuanto noté al calvo explorándome los esfínteres, me tragué casi por completo la del otro y empezamos a movernos los tres a la vez, acompasados, como en una atracción de feria.
La verdad es que no sé si acerté poniendo primero al de la polla más delgada, porque el tío embestía más bruto que un cabrestante. Para que no me reventara por dentro, le hice un gesto de que parara y le pedí que se sentara en la pequeña cama de la cabina.
En cuanto se sentó, me abrí de piernas y me coloqué sobre él. Con su polla rellenándome el culo, empecé a brincar como si no hubiera un mañana. El cambio de postura pareció gustarle, porque enseguida empezó a gruñir obscenidades entre dientes.
Cuando tuve claro que de ese caballito no me bajaba, le hice una señal al moreno para que se colocara delante de mí. Así podía seguir devorándole la polla al ritmo de la follada que me estaba metiendo el calvo.
***
El miembro del moreno era para hacerle la ola: gorda, grande y dura. Reconozco que al principio me costó un poco metérmela entera, pero no paré hasta que mis labios chocaron contra su pelvis y noté sus testículos en la barbilla. Mientras se la tocaba con la boca, le escuchaba soltar unas cuantas guarradas que me ponían como una moto. Eso, sumado a tener al otro dándome candela por detrás, hizo que de la punta de mi polla, dura como una piedra, empezaran a brotar gotas de líquido preseminal.
Los jadeos del moreno me dejaron claro que, si seguía galopándole la boca, se correría más pronto que tarde. Así que, en un intento de prolongar aquel trío al máximo, les pedí a mis dos sementales que cambiáramos de postura.
Por la cara que puso el calvo, me dio la impresión de que no le hacía ninguna gracia sacarme la polla del culo. Pero no le quedaba otra: mi culo es mío, y soy yo quien decide quién me la mete y cuándo. El cabreo, eso sí, se le pasó de inmediato en cuanto empecé a chupársela: volvió a soltar gruñidos ininteligibles.
Busqué otro preservativo en la toalla y se lo pasé al moreno para que se lo pusiera. Como buen multitarea que soy, sin dejar de mamarle la tranca al calvo, me ensalivé bien los dedos y me lubriqué de nuevo el ano.
Ni medio minuto después, mi agujero se abrió para dejar pasar aquel torpedo, que terminé engullendo como quien se traga un perrito caliente de un bocado.
Tengo que reconocer que, ya dilatado por el primero, la del moreno me entraba con mucha más facilidad y la disfrutaba el doble. El muy cabrón no solo tenía buena herramienta, sino que sabía usarla. ¡Vaya cómo se movía, vaya follada me estaba metiendo! Si a eso le sumaba lo sabroso y duro que tenía la polla el calvo, no me quedaba más que reconocer que me lo estaba pasando de maravilla.
***
Notaba mi polla durísima, a más no poder. Tan tiesa que la sentía pegada a la barriga. Me la toqué y comprobé cómo seguía emanando líquido preseminal por la punta. Estuve tentado de hacerme una paja, pero me contuve. No quería correrme hasta que aquellos dos me regaran con su leche.
Para que ninguno se viniera demasiado pronto, de vez en cuando me entretenía chupándole los huevos al calvo. Unas pelotas hinchadas y peludas que parecían encogerse al paso de mi lengua. Apenas le pasaba la puntita por el contorno de la bolsa y el cincuentón se estremecía de placer. Me daba la sensación de que no se las habían comido así en la vida.
¡Joder, qué caña me metía el moreno! Cuanto más profundo me clavaba su polla, mejor le mamaba yo la suya al calvo. Era un círculo vicioso del que no quería salir.
En un alarde de descaro, llevé la mano libre hasta los huevos del calvo y se los apreté con suavidad.
—¿Te gustan mis huevos? —le pregunté.
—¡Sí, mucho! —contestó casi sin aire.
—Pues es lo único que no te estoy metiendo. ¡Qué culo más tragón tienes!
Levanté la mirada para verle la cara. El muy mamón tenía los ojos cerrados y sonreía complacido, como si estuviera en el séptimo cielo.
Como intuía que, a ese ritmo y con la mamada que le estaba dando, el calvo iba a correrse de un momento a otro, me saqué su polla de la boca. Y para que no protestara, empecé a recorrerle con la lengua desde los huevos hasta el ombligo. Todo fuera por estirar el momento un poco más.
Mientras tanto, el moreno seguía clavándome su pedazo de polla en el culo, teniéndome con los sentidos a flor de piel. Por los suspiros que le brotaban, él también estaba a las puertas del orgasmo. Como quería que aquello durara todavía un poco más, le sugerí cambiar de postura otra vez.
***
Le pedí al moreno que se tendiera sobre la camilla. En cuanto lo hizo, me senté encima e intenté metérmela. Al ver que, en aquel sitio tan estrecho, no atinaba a colocarla, el calvo agarró la hermosa tranca de su compañero y la guio en la dirección correcta, para que yo terminara de clavármela hasta el fondo.
Con la verga bien acomodada en mi interior, empecé a pegar pequeños saltitos que consiguieron sacar la parte más bestia del moreno.
—¡Pero qué puta eres y qué buen culo tienes! ¡Te voy a echar leche hasta que te salga por los ojos!
Que me jaleen mientras me la meten es la segunda cosa que más me gusta. La primera, evidentemente, es que me follen. Así que, apoyándome sobre los gemelos, lo cabalgué con más fuerza todavía.
En el momento de mayor entusiasmo, el calvo acercó su polla a mi boca. Sin pensármelo dos veces, me la metí hasta la campanilla.
—¡Cabrón, qué bien la mamas!
Estaba que me moría de gusto. Una buena polla clavada hasta el fondo del culo y otra rica en la boca, al mismo tiempo. Uno de esos momentos de los que no me importaría tener un déjà vu por prescripción médica. Por lo menos una vez a la semana.
Con cada brinco que pegaba, la tranca del moreno se me clavaba un poco más adentro, tanto que sentía sus huevos chocar contra mi perineo de un modo brutal. Era tanto el placer que me devoraba la del calvo como un poseso, y él me devolvía el favor regándome la lengua con unas gotas de líquido preseminal.
El cuarentón estaba demostrando tener más aguante del que yo había sospechado al principio, porque cualquiera, con los saltitos que le estaba pegando sobre la pelvis, se habría corrido como una perra. Todo el rato intentando que ninguno de los dos acabara y, llegado el momento, el que parecía haber llegado a su límite era yo. Aunque todavía no había alcanzado un orgasmo pleno, llevaba un buen rato conteniéndome para no eyacular, y eso que ni siquiera me estaba tocando.
***
Intuyendo que aquellos dos bestiajos terminarían corriéndose más pronto que tarde, y como no hay nada que me ponga más que me rieguen el pecho con leche recién ordeñada, me detuve en seco.
—¿Qué pasa? —me dijo el moreno, un poco indignado.
—Se me ha antojado chupar las dos pollas a la vez —contesté.
Los dos se miraron perplejos. Movieron la cabeza en un gesto de conformidad, el moreno se levantó del estrecho camastro, se colocó al lado del calvo y los dos me hicieron ver que accedían a mi petición.
Como si de un morboso ritual se tratara, me arrodillé ante ellos. Estaba tan dominado por la lujuria que ni siquiera miré si el suelo estaba sucio o limpio. Mi única preocupación era devorar los dos enormes badajos que tenía delante.
Primero me metí la más pequeña, la del calvo peludo, y me la tragué hasta los huevos. Al pasar la mano por la del moreno, noté que babeaba precum en cantidades industriales. Sin pensármelo, cambié de compañero de baile y saboreé aquel glande brillante como si fuera maná caído del cielo.
Levanté la mirada buscando los ojos del moreno, pero los tenía cerrados. El único vestigio de que disfrutaba plenamente de aquel momento eran los suspiros constantes que se le escapaban de los labios.
Estaba tan volcado en degustar la del moreno que me había olvidado por completo del calvo. Lo busqué con el rabillo del ojo y lo que encontré no podía ser más suculento: el muy bruto se regodeaba con la escena de la felación mientras se hacía una paja lenta.
Alargué la mano hacia él y, agarrándole con suavidad los testículos, tiré para acercarlo. Una vez tuve su miembro a la altura de mi boca, sin sacarme la del moreno, intenté metérmela también.
***
En el momento en que los dos notaron el calor de mi boca unido al roce de una polla contra la otra, se pusieron como motos. Como apenas podía con la del moreno, opté por chuparlas de manera alternativa, sin dejar respiro a ninguna.
Mis labios se plegaban alrededor de aquellos dos falos de un modo casi frenético, entrando y saliendo a una velocidad vertiginosa. Busqué la cara de mis amantes ocasionales e intuí que estaban a punto de reventar calderas. Con total descaro, les pedí que me regaran el pecho y la cara con su leche.
La escena que se ofrecía ante mis ojos era digna del mejor porno: dos hombres enormes y peludos restregando sus pollas tiesas frente a mi cara, dispuestos a darme una merecida ducha de esperma recién ordeñado.
Tres inmensos chorros de semen espeso cayeron sobre mí, salpicándome los ojos y el pelo. Todavía me resbalaba el líquido caliente por el rostro cuando, como si fuera un géiser, la leche del moreno me invadió las mejillas, la nariz, la frente y las pestañas. ¡El tío estaba hecho todo un toro!
Tomando como inspiración la imagen de sus pollas goteando esperma, me hice una paja salvaje, sin importarme nada, hasta que eyaculé con un gemido tan gutural como animal.
—¡Joder! No hay nada que me ponga más que hacerlo con un par de pasivos como vosotros —solté, recuperando el aliento.
—¿Pasivos nosotros? ¿Si te hemos follado los dos? —protestaron casi a la vez.
—Sí, tenéis razón. Yo he puesto el culo y os he mamado la polla. Pero ¿quién os ha dicho en todo momento lo que teníais que hacer? Yo. ¿Quién ha llevado la iniciativa? Yo. Así que, como el que ha estado organizándolo todo he sido yo, y vosotros os habéis limitado a obedecer, el activo aquí he sido yo. Y los pasivos, vosotros.
Nada más terminar mi pequeño discurso, me puse la toalla. Sin pensármelo dos veces, abrí la puerta y me marché. Sin esperar siquiera una reacción por su parte.