Cuando Marcos me dejó arrodillarme ante él
Siempre fui del tipo de persona que prefiere observar antes de hablar. En los bares me siento de espaldas a la pared, en las reuniones escucho más de lo que digo, y en los grupos nuevos espero semanas antes de hacerle una pregunta personal a alguien. No es timidez, aunque mucha gente lo confunde con eso. Es más bien una forma de medir el terreno antes de pisarlo.
Por eso mismo me sorprendió tanto lo que pasó con Marcos.
Nos conocimos en un taller de fotografía urbana que ofrecía el centro cultural de mi barrio. Era un sábado por la mañana, yo llegué tarde —algo que no me ocurre casi nunca— y el único sitio libre era el de al lado de un tipo que, en ese momento, le estaba explicando al instructor por qué la fotografía en blanco y negro no era una cuestión de nostalgia sino de composición. No lo decía con prepotencia. Lo decía como quien ha pensado bien el tema y simplemente está acostumbrado a tener razón.
Ese fue mi primer contacto con Marcos.
Era alto, de piel morena, con el pelo rizado y cortado sin mucho criterio, como si le prestara poca atención. Tenía las manos grandes y hablaba con ellas constantemente, gesticulando para subrayar cada punto. Cuando sonreía, le aparecía un hoyuelo en la mejilla izquierda que tardé varias semanas en dejar de notar.
Empezamos a coincidir en el taller los sábados y algún miércoles. Luego añadimos un café después de la sesión, luego tardes enteras recorriendo el puerto viejo o el barrio antiguo con las cámaras colgadas al hombro. Compartíamos gustos que no esperaba encontrar en nadie de mi ciudad: el cine negro de los años cuarenta, el jazz modal, ciertos libros que la gente suele describir como difíciles sin haberlos leído. La amistad creció sin que ninguno de los dos la buscara deliberadamente, que es la única forma en que las amistades realmente valen algo.
Lo encontraba atractivo. Era un hecho que registré desde el principio y que aprendí a dejar quieto, en algún cajón mental donde guardo las cosas que no tienen salida práctica. Marcos tenía novia durante los primeros meses. Después de octubre ya no. No lo mencionó demasiado, pero el cambio fue visible: más tiempo libre, más tardes en su apartamento, más espacio para que yo llegara con una botella de vino y nos quedáramos hablando hasta tarde.
Llevábamos casi ocho meses de amistad cuando empecé a sentir algo difícil de ignorar. No era solo atracción —eso ya lo tenía desde el principio—, sino algo más parecido a la certeza de que había algo entre nosotros que ninguno estaba nombrando. Podía equivocarme. Probablemente me equivocaba. Pero era una sensación difícil de sacudir.
***
Fue en una tarde de noviembre cuando sucedió. Estábamos en su apartamento, sentados frente a su computadora, revisando las fotos que habíamos sacado ese fin de semana en el mercado de pulgas. Eran buenas imágenes: luz de tarde, personas con cara de historia, ese tipo de composición que se defiende sola.
En algún momento de la revisión apareció en pantalla una foto que yo había tomado sin darle mucha importancia: dos hombres de unos cincuenta años, sentados en un banco, uno con el brazo apoyado con naturalidad sobre los hombros del otro. No había nada explícito en la imagen. Era simplemente una foto de dos personas que se conocen bien.
Marcos se quedó mirándola más tiempo del que dedica normalmente a una foto.
—Esta está bien —dijo, en voz baja.
—Gracias. La tomé sin pensar demasiado.
—Hay algo en ellos. Como si llevaran mucho tiempo juntos.
Asentí. Y antes de poder detenerme, escuché mi propia voz:
—¿Alguna vez te preguntaste cómo sería?
Marcos tardó un segundo.
—¿Cómo sería qué.
—Estar con otro hombre.
El silencio que siguió fue diferente al habitual. Marcos no apartó la mirada de la pantalla.
—¿Por qué me preguntas eso.
—Por la cara que pusiste mirando la foto.
—No puse ninguna cara.
—Pusiste una cara, Marcos.
Se recostó en la silla y cruzó los brazos. Era un gesto que le conocía bien: lo hacía cuando estaba procesando algo que no sabía cómo manejar todavía.
—Nunca lo pensé en serio —dijo finalmente.
—Pero lo pensaste.
—No dije eso.
—No lo negaste.
Me miró por primera vez desde que empezamos a hablar del tema. Tenía una expresión difícil de clasificar.
—¿Tú estuviste con otro hombre? —preguntó.
—Sí.
—¿Y eres gay.
—No me defino así. Estuve con hombres, estuve con mujeres. No le pongo etiqueta a eso.
—¿Cómo es.
La pregunta llegó sin rodeos, con la clase de curiosidad que aparece cuando alguien llevaba un rato queriendo hacerla.
—¿Que cómo es estar con otro hombre.
—Sí.
Tomé un momento antes de responder.
—Es más directo, quizás. Menos ambigüedad. Hay algo en eso que lo hace diferente, aunque no tan diferente como se imagina desde afuera.
—¿Qué es lo que más te gusta?
La precisión de la pregunta me sorprendió.
—Dar. Creo que lo que más me gusta es dar placer a alguien.
Marcos asintió despacio, mirando la pantalla. En la foto, los dos hombres del banco seguían sentados, ajenos a toda esta conversación.
—¿Eres activo? —preguntó, en voz algo más baja.
—En general sí. Aunque no siempre.
—¿Por qué no siempre.
—Porque a veces hago cosas que no entran exactamente en esa categoría.
—¿Como qué cosas.
Lo miré directamente.
—Como hacerle sexo oral a alguien.
Marcos no respondió. Se le subió el color a la cara y desvió la vista hacia cualquier otro punto de la habitación. El silencio que siguió era diferente al anterior: más cargado, más consciente de sí mismo.
Miré de reojo y vi lo que no me había atrevido a buscar antes. Había algo en la tela de su pantalón que no estaba ahí diez minutos atrás.
Sentí mi propio pulso acelerarse.
—Marcos.
—Qué.
—¿Te gustaría que te lo hiciera a ti.
Respiró despacio, profundo, como quien toma aire antes de decir algo que sabe que no podrá deshacer.
—No sé qué decirte a eso.
—No tienes que decir nada. Es una pregunta. Si la respuesta es no, lo dejamos aquí y seguimos revisando las fotos.
—¿Y si no es no.
—Entonces suceden otras cosas.
Se pasó una mano por el pelo. Tenía los ojos fijos en la pantalla, pero hacía rato que no miraba las fotos.
—No sé si es buena idea —murmuró.
—¿Por qué.
—Porque somos amigos.
—Exactamente. Por eso no hay riesgo.
Me levanté del sofá sin apuro y me acerqué hasta quedar de pie frente a él. Marcos levantó la vista. Su expresión no era rechazo. Era algo más parecido a la duda de alguien que sabe que va a decir que sí y todavía no ha terminado de aceptarlo.
—Si en algún momento quieres que pare, lo dices y paro —le dije.
No respondió. Se quedó mirándome, y en ese silencio había una respuesta suficientemente clara.
Me puse de rodillas.
***
Le desabroché el pantalón despacio, sin ningún apuro. Lo miré una vez más para confirmar que seguía donde necesitaba estar. Tenía las manos apoyadas sobre los muslos y la respiración apenas más acelerada que antes.
Le bajé el cierre. Separé la tela. Marcos levantó las caderas sin que yo se lo pidiera, solo un poco, casi sin darse cuenta, y ese movimiento involuntario me dijo todo lo que necesitaba saber.
Le bajé la ropa interior. Él mismo la terminó de sacar con un gesto que mezclaba impaciencia y vergüenza a partes iguales, como si no quisiera que se notara la impaciencia.
Estaba excitado. Más de lo que esperaba. Lo tomé con una mano y lo sentí latir bajo la palma. Escuché el sonido breve que hizo al inhalar.
Empecé con la lengua. Recorrí el borde del glande despacio, atento a cada reacción de su cuerpo. Marcos emitió un sonido bajo y apoyó una mano en el borde del sillón. Sus muslos se tensaron levemente.
Lo metí en la boca con cuidado. La calidez era inmediata. Empecé a moverme con ritmo lento, dejando que la saliva hiciera su trabajo, usando la mano al mismo tiempo en un movimiento sincronizado. Lo escuché respirar cada vez más profundo.
Sus caderas comenzaron a moverse, apenas, probando si podían. Yo cedí espacio y lo dejé. Había algo muy específico en esa dinámica: la mezcla de control y entrega, la sensación de que algo que empezó como una pregunta se estaba convirtiendo en otra cosa completamente.
Le pasé la lengua por la parte más sensible, ese punto justo debajo del glande, y sentí cómo todo su cuerpo respondía al mismo tiempo. Se aferró al apoyabrazos del sillón con las dos manos.
—Dios —murmuró.
Era la primera palabra completa que decía en varios minutos.
Seguí. Cambiaba el ritmo de vez en cuando: más lento cuando lo sentía acercarse al límite, más intenso cuando necesitaba devolverlo a la tensión. Con la mano libre le recorrí el vientre, la cadera, el interior del muslo. Marcos tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, completamente entregado a lo que sentía.
En algún momento apoyó una mano sobre mi cabeza. No para empujar. Solo para tener algo donde aferrarse, como quien busca tierra firme en un lugar sin suelo.
Lo noté tensarse.
—Espera —dijo, con la voz ronca—. Espera, que...
Pero no esperé, o esperé lo justo. Y entonces escuché el sonido que hace alguien cuando ya no puede controlar nada y tampoco lo intenta.
Se corrió en oleadas largas, con un gemido que intentó contener y no pudo. Lo sostuve durante todo el tiempo que necesitó, despacio, limpiando, dejando que el último temblor se apagara solo antes de soltarlo.
***
Cuando levanté la vista, Marcos me estaba mirando.
Tenía una expresión que no le había visto antes: algo entre incredulidad y una calma nueva, como la que aparece después de soltar algo que se llevaba mucho tiempo cargando sin saberlo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —respondió. Y después de un momento, más convencido—: Sí.
Se acomodó despacio. Me senté a su lado en el sofá. Ninguno dijo nada durante un rato.
En la pantalla seguían las fotos. Los dos hombres del banco, inmóviles, mirando en direcciones distintas como si el mundo fuera de ellos exclusivamente.
—¿Lo harías de nuevo? —pregunté, eventualmente.
Marcos tardó en responder. Pero esta vez el silencio era diferente: no tenía duda, solo su propio ritmo.
—Puede ser —dijo, en voz baja.
Y se me escapó una sonrisa que no intenté ocultar.