Le di permiso a mi mujer frente al patrón del barco
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Embarazada de dos meses, abrí el móvil y vi a mi marido con una compañera de trabajo. No lloré tanto como creía: empecé a contar cuántos polvos me debía.
Solo quería entender su cuerpo antes de casarse. Nunca imaginó que aquel grupo de terapia la llevaría a traicionar todo lo que creía sobre sí misma.
Esa tarde de calor, Lucía se sentó junto a él en el sillón y le confesó algo que ningún cuñado debería escuchar. Damián supo que estaba perdido antes de responder.
Se sentó en el sofá, a un palmo de mí, con esa cara de niño arrepentido que tan bien le funcionaba. Y yo, que llevaba semanas sin dormir, supe que iba a perdonarlo otra vez.
Él no miraba los frescos: la miraba a ella, como si fuera el material que tenía que romper. Y ella, por primera vez, quería que algo en su vida se viniera abajo.
El trayecto al gimnasio no justificaba ochenta kilómetros de más cada jueves. Esa cifra fue el primer hilo de una verdad que terminaría excitándome más que destruirme.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
El otro lado de la cama estaba intacto y, sobre el frutero, un sobre con mi nombre y la letra cuadrada de mi marido.
Estábamos como tantas otras noches, ella entregada y yo detrás, cuando mi mirada se detuvo en ese punto que todavía no habíamos abierto.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Cuando crucé la cortina con el cartel de «solo machos» no imaginaba que iba a terminar sujetando una polla mientras a su dueño se lo follaban delante.
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.