Lo que ocurrió en las duchas del gimnasio
Me llamo Sebastián y tenía veinte años cuando pasó esto. Soy delgado, mido un metro sesenta y ocho, y desde siempre mis amigos me dicen que tengo cara de niño. No me molesta demasiado, aunque hay momentos en que siento que ese comentario resume algo más amplio: que no termino de encajar en la imagen que uno espera tener de sí mismo a esa edad.
Ese verano terminé el primer año de la universidad y mi padre, que tiene varios negocios, decidió que yo no iba a quedarme en casa sin hacer nada durante tres meses. Me puso a trabajar en uno de sus gimnasios, en la recepción y en el cierre. Mi horario era de dos de la tarde a diez de la noche, hora en la que debía dejar todo limpio, ordenado y con llave. Era rutinario y tranquilo. No me disgustaba.
Hasta ese momento no había tenido relaciones con nadie. Besos, algún manoseo con chicas del barrio, pero nada que llegara más lejos. Con hombres ni siquiera eso: dos veces alguien se me había insinuado y las dos veces me había alejado sin drama, sin pensarlo mucho. Veía pornografía de todo tipo, heterosexual y gay, sin que eso me generara una gran reflexión. Era algo que hacía solo, en mi cuarto, con la polla dura en la mano, corriéndome sobre la panza sin darle más vueltas.
El gimnasio cerraba tarde, y casi siempre hacia las nueve y cuarto ya no quedaba nadie. Casi siempre.
Había un socio que llegaba invariablemente alrededor de las ocho y media y se quedaba hasta el final. Se llamaba Rodrigo. La primera vez que lo vi me impresionó su tamaño: debía medir un metro ochenta y cinco y tenía el cuerpo de alguien que lleva toda la vida levantando peso. No era joven; según su ficha, tenía cuarenta y tres años. Pero era de esos hombres cuya edad solo se nota en la cara y en una cierta calma con la que se mueven por el mundo, como si ya no tuvieran nada que demostrar.
Mientras yo apilaba los discos y revisaba los equipos, lo veía entrenarse en silencio. Levantaba pesos que yo ni podría descolgar del soporte. Siempre me saludaba al llegar y al irse, con un gesto breve y educado. Nada más.
Pero a veces, cuando levantaba la vista de lo que estaba haciendo, tenía la impresión de que él me estaba mirando. No de una manera grosera o insistente, sino sostenida. Como si esperara algo. Decidí que eran imaginaciones mías y no le di más vueltas.
***
El martes de la tercera semana hacía un calor inusual para la época. El ventilador del fondo del área de pesas no funcionaba bien y el lugar era un horno. Rodrigo entrenó hasta las nueve y cuarenta, cuando ya yo tenía todo recogido. Solo me faltaba apagar las luces de la sala principal y darme una ducha rápida antes de irme.
Los vestuarios eran amplios pero sin separaciones entre las duchas. Tres cabinas abiertas una al lado de la otra, con un banco corrido en el centro. No había nadie más, así que entré sin preocuparme.
Abrí el grifo del agua fría y me puse debajo. El alivio fue inmediato. Tenía los ojos cerrados cuando escuché la puerta del vestuario y los pasos de alguien sobre el piso de cemento.
Rodrigo. Entró sin mirarme directamente, colgó su toalla en el gancho y ocupó la ducha del frente. La del frente exacto, de las tres disponibles. Me pareció raro, pero no dije nada. Abrió su agua y exhaló fuerte, como vaciándose del calor acumulado.
—Hoy entrené con todo —dijo—. Esta semana la necesitaba.
—Sí, con este calor... —contesté, y seguí enjabonándome sin mirarlo.
Pero lo miré. No pude evitarlo.
Era exactamente lo que parecía vestido, pero multiplicado. Grande, sólido, con las venas marcadas en los antebrazos y una espalda que ocupaba el espacio. Y entre las piernas tenía una polla de un tamaño que no había visto antes, ni en personas reales ni en ningún video. Colgaba pesada, gruesa, con el prepucio corrido dejando asomar apenas el glande, y el simple movimiento del agua la hacía balancearse levemente contra el interior del muslo. Los huevos, dos bolas pesadas y bien colgadas, se movían con ella. Se me secó la boca.
Me di vuelta hacia la pared.
Demasiado tarde. Ya tenía la polla dura como una piedra, marcándome hacia arriba contra el vientre, y no había forma de ocultarla si me giraba. Me quedé quieto mirando los azulejos grises con la esperanza de que él no hubiera notado nada, mientras el pulso me golpeaba en las sienes y en la verga con la misma insistencia.
—Tenés el culo bien redondo —dijo Rodrigo desde su ducha—. Así, con ese cuerpo delgado, se te marca bien. Casi como el de una chica. Dan ganas de morderlo.
No respondí. Me pareció que si no decía nada, el momento se disolvería solo. El agua me caía sobre los hombros y yo miraba los azulejos y contaba las juntas entre ellos.
No se disolvió.
Después de un momento escuché sus pasos sobre el piso mojado acercándose. Luego una mano en mi hombro derecho, firme pero sin apretar. La otra bajó directo por mi espalda, siguió por la curva de la cintura y me apretó una nalga entera con la palma abierta, sopesándola.
Me di vuelta de golpe. Rodrigo estaba parado a menos de un metro de mí, todavía bajo el chorro que seguía corriendo en su ducha, mirándome sin apuro. Su polla ya no colgaba muerta: estaba a medio empalmar, engrosada, apuntando pesada hacia adelante.
—¿Te incomodé? —preguntó.
—No —mentí.
—Bien. —Hizo una pausa y bajó la vista hasta mi entrepierna—. Porque me parece que no te incomodé tanto. Se te para la verga sola nomás de mirarme.
Bajé la vista sin querer y la subí enseguida. Él lo notó.
—Primera vez que alguien te dice algo así, ¿no? Primera vez que se te para la polla con un tipo delante.
Asentí sin hablar.
—No pasa nada —dijo—. No tenés que hacer nada que no quieras hacer. Pero si querés, la vas a chupar hasta que no puedas más. Y yo te voy a coger.
Y eso, sin saber por qué, fue lo que me tranquilizó.
***
Fue él quien cerró el grifo de mi ducha. Lo hizo despacio, extendiendo el brazo por encima de mí, sin tocarme todavía. Luego me tomó de los hombros con las dos manos y me fue llevando hacia el banco del centro. Todo despacio. Todo con una seguridad que hacía que yo no tuviera tiempo de pensar demasiado.
Me inclinó sobre el banco con las palmas apoyadas en la madera húmeda, la cola en pompa hacia atrás, las piernas ligeramente abiertas. Sentí su boca en la parte baja de mi espalda, después más abajo. Me mordió una nalga con los dientes, no fuerte pero sí lo suficiente para hacerme dar un respingo, y después la otra. Luego me abrió las nalgas con los dos pulgares, sin ninguna vergüenza, y pasó la lengua entera entre ellas de abajo hacia arriba, larga, plana, mojada, arrancándome un jadeo que no controlé.
—Qué culito rico tenés —murmuró contra la piel—. Rosadito. Nunca lo cogieron. Se nota.
Luego su lengua bajó otra vez y se plantó justo en el agujero.
El primer contacto directo me arrancó un gemido que no supe controlar. La punta de su lengua giraba, empujaba, se ponía dura y me apretaba el ojete cerrado, y después se aflojaba y lo lamía en círculos, ensopándome de saliva. No había imaginado que eso podía sentirse de esa manera. Separé las piernas casi sin darme cuenta y él lo tomó como la invitación que era y siguió. Metió la lengua adentro, la clavó, la sacó, escupió sobre el agujero y volvió a meterla. Me tenía las nalgas bien abiertas con las dos manos, hundiéndome la cara ahí como si comer culo fuera lo único que le importaba en el mundo, y yo tenía los nudillos blancos aferrados al borde del banco, la frente apoyada en los antebrazos, la polla dura goteando entre las piernas, incapaz de pensar en otra cosa.
Sentí un dedo. Grueso, ensalivado, que se apretaba contra el músculo mientras la lengua seguía trabajando alrededor. Entró hasta la segunda falange y me sacó otro gemido más agudo.
—Bien apretado —dijo con la voz ronca—. Vas a chillar cuando te la meta entera.
Cuando paró me costó volver a respirar con normalidad.
Me giró. Me senté en el banco con las piernas abiertas y él quedó de pie frente a mí, a la altura de mi cara. Lo miré. Era enorme, completamente erecto ya, con la polla apuntándome directo a la boca. Debía medir más de veinte centímetros, ancha, con las venas marcadas recorriéndola a lo largo y el glande grueso y morado asomando del prepucio corrido, ya babeando una gota gorda de líquido preseminal. Mi reacción fue instintiva: extendí la mano.
La piel era suave sobre algo muy firme, caliente, pesado. Lo envolví con los dedos apenas, lo que alcanzaba, y empecé a moverme, corriéndole el prepucio hacia atrás, dejando la cabeza totalmente al descubierto, y volviendo a subirlo. Le pasé el pulgar por la punta y esparcí la gota espesa por todo el glande, viendo cómo brillaba. Él dejó salir un sonido grave y bajo que se mezcló con el goteo del agua en los azulejos.
—Abrí la boca —dijo—. Sacá la lengua.
La abrí. Saqué la lengua.
Apoyó la cabeza de la polla justo encima, pesada, y la deslizó unos centímetros mojándome los labios con su preseminal. Después empujó.
Entró despacio. La cabeza apenas cabía y él lo sabía; no intentó forzar más de lo que yo podía recibir. Me llenó la boca con el glande solo y ya sentía que no me entraba nada más. Empezó con un movimiento suave, casi rítmico, dejándome acostumbrarme al peso, al tamaño, al sabor salado y a piel limpia. Tenía una mano apoyada en el lateral de mi cabeza, no empujando, solo ahí, guiando.
—Así —dijo—. Bien. Chupá. Con la lengua también.
Le pasé la lengua por debajo del glande, siguiendo la línea de la vena gruesa, y él respondió con un gruñido. El movimiento se fue haciendo más sostenido, más profundo. Cada vez me metía un poco más, un centímetro más, tanteando hasta dónde aguantaba. En dos ocasiones me hizo arquear el cuello y tuve que apartarme tosiendo, con la baba colgándome del mentón, y él esperaba con paciencia, me acariciaba la mejilla con la mano, y volvíamos. Podía sentir el pulso de la sangre bajo la piel, el calor, la presión contra la lengua, el sabor del preseminal cada vez más abundante. Me sorprendí a mí mismo ayudando, ajustando el ángulo, subiendo y bajando la cabeza yo solo, tratando de meterme más de lo que podía, con las dos manos sujetándole el tronco y la lengua trabajándole el frenillo.
Con una mano me bajé al bulto y me agarré la polla. Bastaron cuatro sacudidas.
Me corrí yo primero. Sin que él me tocara siquiera, solo por lo que estaba haciendo. La corrida me salió a chorros sobre la mano, sobre el muslo, sobre el piso mojado, mientras seguía con la boca llena de su verga. No me lo esperaba para nada. Rodrigo lo miró, vio el desastre de semen que me chorreaba entre los dedos, y asintió levemente, como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Puta madre —dijo bajo—. Te corriste chupándomela. Sos una perrita.
Luego me colocó en cuatro sobre el banco.
—Espera —dije—. Es muy grande. Nunca lo hice.
Se detuvo.
—¿Nunca te cogieron el culo? —preguntó, sin burla, solo verificando.
—Nunca.
—Bueno. —Fue a su casillero y volvió con un frasco pequeño—. Entonces despacio. Pero te lo voy a meter todo igual.
Se puso una buena cantidad de lubricante en los dedos y me embadurnó bien el agujero, frío al principio. Metió un dedo entero, hasta el fondo, y lo movió en círculos abriéndome. Después dos, moviéndolos como tijera, estirándome. El tercero me hizo apretar los dientes y él lo notó y aflojó, esperó, volvió a empujar. Se tomó tiempo. No había urgencia en sus manos. Me estaba abriendo, literalmente, y lo hacía como quien prepara algo con cuidado. El placer que eso generó, mezclado con esa presión rara, fue suficiente para que yo cerrara los ojos y me concentrara en respirar, en relajar lo que el cuerpo quería contraer por instinto. Sentí mi propia polla volver a endurecerse contra la madera del banco.
Después escuché el sonido del lubricante otra vez y supe que era él, empapándose la verga.
—¿Listo? —preguntó, apoyándome la cabeza del glande contra el agujero.
—No lo sé.
—Eso alcanza.
Empujó. La presión que sentí primero fue solo presión, extraña y demasiado grande. El glande gordo me forzaba el músculo, y por un segundo pensé que no iba a entrar nunca. Después vino algo más agudo, un ardor intenso y concreto, y de pronto la cabeza pasó y yo solté un sonido que no era un grito pero casi, agudo, ahogado contra los antebrazos.
—Quieto —dijo Rodrigo, sujetándome de las caderas con las dos manos—. Ya entró lo más difícil. La cabeza. Ahora respirá.
No me moví. Él tampoco. Esperamos juntos con el glande apenas metido, mientras el ardor se aflojaba. Después empujó más, despacio, unos centímetros, y paró. Otra vez unos centímetros, y paró. Yo podía sentirlo abriéndose paso adentro, milímetro a milímetro, esa polla enorme llenándome un espacio que nunca había sido llenado. Cuando finalmente me metió el último tramo y sentí sus huevos apoyarse contra los míos, supe que la tenía toda adentro. Toda.
—Ya está —dijo—. Toda. Aguantaste toda mi verga, perrita.
El dolor se fue asentando en algo diferente, una presencia llena que no desaparecía pero que tampoco empeoraba. Después empezó a moverse, saliendo apenas y volviendo a hundirla despacio, y cada movimiento era una ola de sensación que yo no sabía bien cómo clasificar: dolía y no dolía, llenaba y vaciaba, era demasiado y al mismo tiempo no quería que parara. Con cada embestida algo por dentro se me raspaba con la corona del glande y me arrancaba un jadeo.
—¿Está bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —dije, y era verdad—. Cogeme.
—Así te quería escuchar.
Fue tomando ritmo. Empujaba con las caderas hasta el fondo y se retiraba casi entero, dejando ver la verga chorreando lubricante y volviéndola a clavar. Sus manos me sostenían las caderas con una firmeza que no me dejaba moverme demasiado, lo cual era exactamente lo que yo necesitaba. Yo tenía la polla dura otra vez, apretada contra el banco, y con cada envión de él me la restregaba sin querer contra la madera. El sonido de sus huevos golpeándome el culo, el chapoteo del lubricante, el goteo que todavía caía de la ducha que había dejado abierta, la respiración de él volviéndose más pesada y menos controlada con cada minuto que pasaba.
—Qué culo apretado tenés, hijo de puta —masculló contra mi nuca—. Me estás ordeñando la verga.
Aumentó el ritmo. Ahora me la clavaba de verdad, con las caderas golpeándome las nalgas, y yo había pasado el punto de tratar de estar callado. Gemía a cada empellón, con la boca abierta contra los antebrazos, y él me tenía agarrado del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me abría en dos con cada estocada.
Me sorprendió sentirme corriendo de nuevo, sin que nadie me tocara, solo por la fricción interior, solo por la polla suya golpeándome ese punto una y otra vez adentro. Una segunda vez, casi sin haberme recuperado de la primera. La corrida me salió más floja pero se me escapó en chorros cortos sobre el banco, y todo el cuerpo se me apretó alrededor de la verga que tenía metida. Rodrigo lo sintió, sintió cómo me cerraba sobre él, y eso lo acercó al límite; sus caderas se movieron más rápido durante unos segundos, con estocadas cortas y brutales, y luego se quedó completamente quieto, hundido hasta la base, presionando adentro, y yo pude sentir el pulso de su orgasmo con una precisión que me resultó extraña y muy real al mismo tiempo. La verga le latía dentro de mí, y a cada latido sentía el chorro caliente descargándose bien profundo. Fue largo. Fueron muchos chorros. Se quedó ahí, apretándome las caderas contra las suyas, hasta que acabó de vaciarse.
***
Se quedó inmóvil durante un momento, con la polla todavía dentro, hundida. Después se retiró despacio y yo sentí la mezcla de semen y lubricante chorreándome por la cara interior del muslo. Se fue a su ducha y abrió el agua. Yo me quedé en el banco sin saber si quería o podía levantarme, con el culo abierto y latiendo, sintiendo cómo lo suyo me seguía escurriendo.
Cuando salió del agua, se secó con su toalla y empezó a vestirse con la misma calma con la que hacía todo. Al terminar, me miró.
—¿Estás bien?
—Sí —dije.
—¿Te duele mucho?
—Algo.
—Va pasando. —Agarró su bolsa—. Siempre va pasando.
Se fue. Antes de salir del vestuario se dio vuelta un momento:
—Cuando quieras, ya sabés dónde encontrarme.
Escuché la puerta cerrarse. Me levanté con cuidado, me duché de nuevo con el agua bien fría, me limpié la corrida que me seguía escurriendo entre las piernas, apagué todas las luces y salí al calor de la noche.
Eso fue hace tres semanas. Rodrigo sigue viniendo al gimnasio a la misma hora. Me saluda como siempre, educado, brevemente. A veces, cuando no hay nadie cerca, me sonríe de una manera que no tiene nada que ver con el saludo.
Yo todavía no sé bien qué soy ni cómo llamar a lo que siento cuando lo veo entrar. Pero sé que el miércoles que viene tampoco me voy a ir antes de que él acabe de entrenarse.