La primera vez que fui de otro hombre
Me llamo Roberto y tengo 57 años. Mido un metro sesenta y cuatro, tengo algo de barriga que ya no pienso disimular, y me considero una persona razonablemente normal. Tuve dos matrimonios, dos hijos —uno de cada pareja—, y durante décadas creí que mi vida afectiva y sexual estaba exactamente donde tenía que estar.
Lo que nunca pude explicarme del todo eran ciertas imágenes que aparecían sin que yo las invitara. Fantasías con hombres. No con mujeres disfrazadas, no con situaciones abstractas: con hombres. Con pollas duras entrando en mi boca, con manos ajenas abriéndome las nalgas, con corridas espesas cayéndome en la cara. Las ignoré durante años porque ignorarlas era más fácil que lo contrario.
Con mi primera esposa el tema ni se rozó. Con Valeria, la segunda, fue distinto: después de mucho tiempo y mucha confianza, llegamos a abrirle la puerta a ciertas experiencias que prefiero contar en otro momento. Pero este relato es sobre mí. Sobre la tarde que dejé de ignorar lo que quería y se lo entregué a otro hombre por primera vez.
***
Creé un perfil en una plataforma de encuentros para adultos. No era lo que uno imagina cuando oye esa frase: había swingers, personas con fetiches específicos, hombres que buscaban hombres, mujeres que buscaban mujeres. Me registré con una mezcla de curiosidad y cobardía, sin expectativas claras. Lo que encontré fue una sección de chat gay que no tardé mucho en visitar.
Ahí conocí a Sergio. Cuarenta y ocho años, ingeniero civil, oriundo de Monterrey pero instalado desde hacía varios años en la Condesa, aquí en Ciudad de México. Vivía solo en un departamento del cuarto piso con vista a un árbol grande. Eso lo supe después, junto con muchas otras cosas.
Estuvimos semanas escribiéndonos. Intercambiamos fotos —la suya me la mandó completa, con la polla dura contra el vientre, gruesa, oscura, con las venas marcadas—, hablamos de lo que cada uno buscaba, de lo que nunca habíamos hecho y queríamos hacer. Le dije que quería mamársela hasta atragantarme. Le dije que quería que me follara. Escribirlo, con esas palabras exactas, fue una de las cosas más liberadoras que había hecho en mi vida.
Sergio era directo sin ser brusco, seguro de lo que le gustaba sin ser arrogante. Había algo en su forma de escribir —precisa, sin adornos— que me generaba una calma extraña, como si hablar con él fuera un ensayo de algo que yo necesitaba desde hacía tiempo.
Cuando me propuso que fuera a su departamento, tardé dos días enteros en responder. Después respondí que sí.
***
La tarde del sábado acordado me preparé con un cuidado que no le había dedicado a ningún encuentro en años. Me bañé dos veces. Me depilé todo lo que había que depilar, tomándome mi tiempo, sin apuro. Me metí los dedos con jabón, me limpié por dentro con una perilla hasta que el agua salió transparente, porque quería estar listo para lo que fuera. Me puse el pantalón oscuro que mejor me sienta y una camisa lisa de manga corta, y en el último momento, cuando ya estaba a punto de salir, decidí no ponerme ropa interior.
Era una decisión pequeña con un significado que solo yo entendía: quería llegar sin barreras de ningún tipo. Quería que, si me abría el pantalón, no encontrara nada más que mi culo listo.
El trayecto en metro tomó cuarenta minutos. Me repetí varias veces que podía dar marcha atrás. Me repetí que no quería hacerlo. Cuando bajé en la estación Chilpancingo, el corazón me latía en la garganta y tenía la verga a media asta rozándome contra la tela del pantalón a cada paso.
Sergio me esperaba en la puerta entreabierta del departamento. Vestía una camisola de algodón oscuro desabotonada hasta el pecho y unos pantalones de casa. Era bastante más alto que yo, con hombros anchos y una barba de varios días que le daba un aspecto descuidado a propósito. Cuando me vio llegar por el pasillo, se llevó el dedo índice a los labios: silencio.
Entré. Cerró la puerta detrás de mí con un clic suave.
Sin decir nada, me rodeó por la espalda con los brazos, me giró despacio hacia él y me besó. No fue un beso tentativo. Fue un beso largo, firme, que me abrió la boca antes de que yo pudiera decidir si la abría. Su lengua entró en mi boca con la misma seguridad con la que después haría todo lo demás, y yo la chupé como si llevara años esperándola. Me apretó contra él y sentí el bulto duro de su polla clavándoseme en la barriga a través de la tela. Devolví el beso. Me derretí en ese abrazo de una manera que no esperaba, una rendición que había tardado décadas en producirse.
Cuando se separó, me miró. Solo eso. Y bastó.
—Desnúdate —dijo—. Quiero verte.
Mis dedos temblaban. Me saqué la camisa sin demasiada elegancia. Sergio me atrajo hacia él antes de que pudiera hacer nada más, me mordió suavemente una tetilla, luego la otra, con una deliberación que me hizo contener el aliento. Chupó fuerte, tiró con los dientes, me dejó las dos tetillas hinchadas y palpitando. Levantó mis brazos y pasó la boca por el interior de mis axilas con una lentitud que no supe cómo procesar, lamiéndome el sudor, olfateándome como si quisiera memorizarme. Me soltó y me miró de nuevo, esperando.
Le di la espalda. Solté el cinturón. Bajé el pantalón despacio.
Escuché algo que no llegué a identificar bien —un sonido entre aprobación y sorpresa— y recibí dos palmadas en las nalgas que me sacudieron de arriba abajo y me dejaron la piel ardiendo. Sergio me abrió las nalgas con las dos manos, se agachó y me sopló contra el culo antes de pasarme la lengua plana, una vez, de abajo hacia arriba, muy despacio. Se levantó y me llamó perra con una voz baja y cargada que no era un insulto sino una forma de nombrar algo que yo no tenía palabras para nombrar todavía.
—Eso es lo que sos —me dijo al oído—. Una perra que vino a que la coja.
—Sí —dije, y la palabra me salió ronca.
Me quité los zapatos, los calcetines, el pantalón. Me quedé desnudo con media erección, frente a un hombre que todavía estaba parcialmente vestido y me miraba como si ya fuera suyo.
Sergio se desabotonó la camisola del todo y se bajó los pantalones de casa de un solo tirón. Entre sus piernas, lo que yo llevaba semanas imaginando en imágenes borrosas se volvió concreto y real: una polla gruesa, larga, con una cabeza ancha y oscura, ya completamente erecta, latiendo contra el vientre. Los huevos le colgaban pesados debajo, cubiertos de un vello negro y espeso. Me atrajo hacia él por los hombros, con firmeza pero sin violencia, hasta que estuve de rodillas en el suelo frío.
Me quedé mirándola unos segundos, tan cerca que la sentía respirar.
Saqué la punta de la lengua y tomé la gota que asomaba en la punta. Era salada y tibia, y me gustó de una manera que ya no sorprendió a nadie, ni siquiera a mí. La tomé con las dos manos, sentí el calor y el peso, la contemplé mientras crecía un poco más. La besé con cuidado, en la cabeza, en el tronco, en la base. Bajé más y le hundí la nariz en los huevos, respiré su olor, se los chupé uno por uno, entero cada uno dentro de mi boca, con una lentitud que le arrancó el primer gruñido.
—Así, perra —murmuró—. Chupámela toda.
Volví a subir por el tronco con la lengua plana, húmeda, y cuando llegué a la cabeza abrí la boca y me la metí. Los labios se estiraron para acomodarla. La lengua rodeó el glande y lo saboreé, tibio, salado, con esa textura suave y firme al mismo tiempo. Sergio me cogió la cabeza con las dos manos y la fue metiendo en mi boca sin apresurarse, sin detenerse, hasta que la noté llegar al fondo de la garganta. Tuve náuseas un momento y se me llenaron los ojos de lágrimas. Respiré por la nariz y me quedé quieto hasta que pasaron.
Empezó a moverse.
Al principio despacio, sacándola casi entera y volviéndola a hundir, dejándome sentir cada centímetro raspando contra mi paladar. Después más rápido. Me follaba la boca con las dos manos aferradas a mi nuca, marcando un ritmo del que yo no era dueño y que no quería serlo. La baba se me escurría por el mentón y me caía en el pecho. Cada arcada que se me escapaba lo excitaba más y él respondía con una estocada más profunda. Yo apretaba los labios en un anillo y me dejaba usar.
—Qué bien la chupás para ser la primera vez —jadeó—. Se ve que naciste para esto.
Estuvimos así diez minutos, quizás quince. Yo apretaba los labios, él marcaba el ritmo. En algún momento me sacó del todo y me abofeteó la mejilla con la polla dura y mojada de mi propia saliva, una vez, dos, tres, sin dejar de mirarme, y yo saqué la lengua para lamerla mientras me golpeaba. En algún momento dejé de pensar en lo que estaba haciendo y empecé, simplemente, a hacerlo. A disfrutarlo. A pedir más con la boca abierta cada vez que la sacaba.
***
Me sacó, me levantó, me besó de nuevo con la misma firmeza de la primera vez, dejándome saborear mi propia saliva mezclada con su presemen. Me llevó al cuarto con una mano abierta en la parte baja de mi espalda, como si supiera exactamente adónde quería llevarme.
Lo que vino después en la cama fue más largo y detallado de lo que yo había imaginado. Sergio no tenía prisa. Me recostó sobre el colchón y me recorrió entero con la boca: el cuello, el pecho, el estómago, los costados. Se detuvo en mi verga, la tomó con la mano, la miró como quien evalúa lo que va a comer, y me la metió en la boca hasta la base sin advertirme. Me chupó con una técnica que yo no había recibido nunca, subiendo y bajando, apretando la lengua contra la parte de abajo, jugando con mis huevos con la otra mano. Estuve a punto de correrme en menos de un minuto y él lo notó y paró, apretando la base con dos dedos.
—Todavía no —dijo—. Vas a acabar cuando yo diga.
Me mordió las nalgas despacio, una y otra vez, con una calma que me estaba enloqueciendo. Luego me puso en cuatro al borde del colchón.
—Sepárate —dijo.
Me abrí. Sin pensarlo, sin dudar, como si esa instrucción fuera la más natural que hubiera recibido en mi vida. Bajé el pecho contra la sábana y levanté el culo, y con las manos me abrí las nalgas para él, ofreciéndoselo todo.
Lo que hizo entonces con la boca no lo voy a olvidar. Primero los labios sobre la piel, besando cada nalga, mordiendo con cuidado, después la lengua en el centro exacto, plana al principio, dando lengüetazos largos que me hicieron gritar contra la almohada. La lengua se puso puntiaguda y empezó a entrar en el agujero, a girar, a follarme como si fuera una polla en miniatura. Yo empujaba hacia atrás contra su boca sin ningún pudor, buscando más. Chupó, lamió, escupió, volvió a lamer, hasta que estuve completamente empapado y abierto.
Después un dedo que entró despacio y giró con una paciencia infinita. Después dos, con más lubricante que sacó de un frasco en la mesita, resbaladizos, doblándose dentro de mí, tocando algo por dentro que me hizo sacudirme entero y soltar un gemido que no reconocí como mío. Después tres. Yo enterraba la cara en la almohada y empujaba hacia atrás tratando de que me entrara todo lo que pudiera. Gemía sin poder evitarlo, le pedía más, le pedía que me la metiera de una vez. No me importó en absoluto oírme rogar.
—Por favor —dije, con la voz apagada contra la tela—. Por favor, cogeme. Metémela ya.
—¿Qué querés? —dijo él con una calma cruel—. Decilo.
—Tu polla —jadeé—. Quiero tu polla adentro. Cogeme, por favor.
Sergio se rió bajo. Sentí el chorro frío del lubricante cayéndome en el agujero, y luego su mano untándomelo, metiéndomelo con dos dedos hasta el fondo. Escupió suavemente encima, colocó la cabeza de su verga en el centro de lo que yo le estaba ofreciendo y me dijo, con la misma calma con la que había hablado desde el principio:
—Empuja tú. Tómatela.
Cerré los ojos. Apreté la almohada con los puños. Empujé hacia atrás.
El momento en que el glande cruzó el esfínter fue dolor puro durante dos o tres segundos: un ardor concentrado que me hizo tensar todo el cuerpo y aferrarme a las sábanas. Sergio puso una mano plana en la parte baja de mi espalda y esperó, completamente inmóvil, a que yo me abriera. No empujó. Me dio el tiempo que necesitaba. Respiré hondo. Aflojé. Cuando empujé de nuevo, con más fuerza, la noté entrar centímetro a centímetro, abriéndome por dentro, llenándome de una manera que me hizo perder el aire. Sus caderas tocaron mis nalgas. La sentí latir dentro de mí, gruesa, caliente, viva. Me quedé quieto un momento largo sin respirar.
Estaba dentro de mí. Entera.
El dolor se fue disolviendo en algo que no era exactamente placer todavía sino una sensación de plenitud que no tenía nombre en ningún idioma que yo conociera. Sergio empezó a moverse: lento al principio, con salidas largas y entradas pausadas que me dejaban sentir cada centímetro, cada vena, la forma exacta del glande al retirarse hasta la corona y volver a hundirse. Después fue acelerando. El ardor quedó atrás por completo y lo que quedó fue otra cosa: la conciencia de estar siendo poseído de una manera que superaba todo lo que había imaginado.
Empezó a follarme en serio. Las caderas chocaban contra mis nalgas con un ruido húmedo que llenaba el cuarto, sus huevos me golpeaban en el perineo a cada estocada, y de mi boca salía una sarta de gemidos y palabrotas que yo no me había escuchado nunca. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás, siguió cogiéndome mientras me hablaba al oído.
—Así te gusta, ¿no? Que te la meta hasta el fondo. Decilo.
—Así me gusta —gemí—. Cogeme más fuerte. Más.
Me lo dio. Aumentó el ritmo hasta que yo estaba con el cachete contra la sábana babeando, la polla mía dura goteando entre las piernas, el culo abriéndose y cerrándose alrededor de la suya a cada embestida. No quería que terminara nunca.
Me sacó y me giró boca arriba. Subió mis piernas sobre sus hombros, se escupió en la mano, se untó la verga y volvió a entrar de una sola estocada, mirándome de frente esta vez. Grité. En esta posición entraba distinto, más profundo, tocaba algo que me hacía ver puntos de luz. Me apretaba las tetillas con las manos, me las retorcía, me besaba mientras se movía dentro de mí, me miraba con una lasciva sin disimulo que me hacía sentir exactamente lo que era en ese momento.
Con una mano libre me agarró la polla y empezó a masturbarme al ritmo de sus embestidas. La combinación era demasiado. Sentí que se me venía el orgasmo desde algún lugar muy profundo, distinto a cualquier otro que hubiera tenido antes, un orgasmo que empezaba en el culo lleno y me subía por toda la columna.
—Correte —me ordenó, sin dejar de cogerme, sin dejar de bombearme la verga con la mano—. Correte para mí, perra.
Me corrí. Chorros gruesos de semen me salieron a borbotones, me cayeron en la barriga, en el pecho, uno me llegó al cuello. Grité mientras acababa, mientras él seguía metiéndomela sin parar, y el orgasmo se estiró más de lo que yo creía posible porque cada embestida le sumaba una sacudida nueva.
—Eres mío —dijo, cuando por fin paré de temblar. No era pregunta.
—Soy tuyo —respondí, y lo decía en serio, con una convicción que no me había preparado para sentir.
En ese momento lo entendí: rendirse ante alguien no es una derrota. Es, a veces, la única forma honesta de estar en algún lugar.
Sergio no había acabado todavía. Siguió cogiéndome unos minutos más, ahora más lento, saboreando mi culo recién vaciado y todavía tembloroso. Cuando llegó al límite me preguntó dónde quería que terminara. Abrí la boca y saqué la lengua sin decir nada. Se retiró, se arrodilló sobre mi pecho, se masturbó dos o tres veces con el puño cerrado sobre la verga brillante de lubricante, y descargó sobre mis labios. El primer chorro me cayó en la lengua, espeso, caliente, con un sabor fuerte que me llenó la boca. Los siguientes me cayeron en los labios, en el mentón, uno me pintó la mejilla. Lo tragué. Me pasé la lengua por los labios y lo saboreé. Recogí con los dedos lo que había caído afuera y me lo llevé a la boca también. Abrí la boca después para que viera que no quedaba nada, como prueba de una entrega que ya no necesitaba ninguna explicación.
Supe en ese instante que mi vida no iba a seguir siendo exactamente igual.
***
Nos duchamos juntos bajo un agua que tardó demasiado en calentarse y que ninguno de los dos pareció notar. Él me enjabonó la espalda, me pasó la mano entre las nalgas con una ternura que contrastaba con todo lo anterior, me besó la nuca. Después nos sentamos en el sofá con sendos vasos de agua fría y hablamos de cosas completamente mundanas: trabajo, Ciudad de México en agosto, la reforma del metro. La normalidad de esa conversación me pareció la cosa más extraña y más perfecta del mundo, sentado desnudo en su sofá con el culo todavía latiendo, con el sabor de su corrida todavía en algún rincón de la boca.
Un rato después, la mano de Sergio sobre mi rodilla dejó de ser una caricia de compañía para convertirse en otra cosa. Subió por el muslo, me agarró la polla que ya empezaba a responder de nuevo, la amasó con calma hasta ponérmela dura otra vez. Me incliné sobre él con paciencia, sin la urgencia de la primera vez, con una ternura que no esperaba sentir, y le di lo que le debía: una segunda vuelta, larga y deliberada, en la que él acabó con las manos en mi pelo y yo decidí que podía quedarme así todo el tiempo que hiciera falta.
Se la trabajé con toda la boca esta vez, sabiendo ya lo que le gustaba: los lengüetazos largos por el tronco, los huevos en la boca uno por uno, la garganta abriéndose para recibirla hasta la base. Le lamí el perineo. Le pedí que me la metiera hasta que llorara. Le rogué que me llenara la boca. Cuando le sentí las piernas temblar y los huevos apretarse contra el cuerpo, aceleré, chupé fuerte, y recibí su segunda corrida directamente en la garganta. Lo tragué todo, con la polla adentro, sin dejar ni una gota afuera. Lo miré cuando lo hice, con los ojos húmedos y los labios brillantes. Él asintió con algo que me pareció respeto.
***
Ese primer sábado se repitió el siguiente, y el siguiente, y el siguiente. Durante casi un año, Sergio fue una constante en mi vida que no le contaba a nadie pero que tampoco fingía que no existía.
Eventualmente se mudó a España por razones de trabajo. Nos escribimos todavía. A veces hablamos por videollamada y hay algo en su voz que me regresa a aquel departamento de la Condesa, al olor a madera y a jabón, a la tarde de agosto en que entré por esa puerta sin saber bien quién iba a ser cuando saliera.
Este relato es un homenaje a él. Al hombre que me hizo suyo y que, al hacerlo, me devolvió algo que llevaba décadas guardado en un cajón sin nombre.
Si les interesa saber qué pasó con Valeria, con los años que vinieron después, con todo lo que aprendí sobre mí mismo desde entonces: eso también lo voy a contar. Saludos desde Guadalajara, México.