Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido de la cala que cumplió mi fantasía

Soy heterosexual. O al menos así me llamo a mí mismo desde hace treinta y tantos años. Me gustan las mujeres, las deseo, las busco. Pero desde los diecisiete tengo una curiosidad que nunca supe bien cómo nombrar ni adónde poner.

No fue algo que llegara de golpe. Fue una acumulación lenta de preguntas sin respuesta, de noches solo imaginando situaciones que no debía imaginar. En aquella época era tímido hasta el extremo y me costaba hablar con chicas; mi cuerpo pedía experiencias que mi cabeza no sabía cómo conseguir. Entonces empecé a explorar en soledad: mi propio cuerpo, mis límites, lo que me gustaba. Y en esa exploración apareció la curiosidad por saber cómo sería con un hombre.

Pasaron los años. Perdí la timidez, tuve novias, tuve aventuras. Mi vida sexual con mujeres era activa y satisfactoria. Pero la fantasía seguía ahí, intacta, como un cajón cerrado con llave que yo revisaba de vez en cuando sin terminar de abrirlo.

Lo que voy a contar sucedió hace dos veranos, en un pueblo costero del Caribe colombiano. Había ido de vacaciones con tres amigos, pero ellos tuvieron que volver antes por cuestiones de trabajo. Yo había comprado los vuelos por separado y me quedé cuatro días solo, sin plan concreto, con la intención de descansar y perderme un poco.

***

Una tarde alquilé un kayak y remé hasta una cala pequeña que quedaba a unos cuarenta minutos de la orilla, un lugar al que los lugareños llamaban La Colorada. Era un sitio tranquilo, medio escondido detrás de unas rocas, donde la gente iba a nadar lejos del turismo masivo. Llegué, até el kayak a una saliente, me tiré al agua un par de veces y después me senté en las rocas planas a secarme.

Ahí estaba él.

Se llamaba Diego y tenía más o menos mi edad, tal vez un par de años menos. También había llegado en kayak, también estaba solo. Nos saludamos como se saludan dos desconocidos que comparten un espacio pequeño y se fue dando una conversación tranquila, sin prisa. Me contó que estaba en el pueblo con su novia, pero que ella prefería la piscina del hotel y él necesitaba moverse. Que llevaba tres días sin hablar con alguien que no fuera ella o el camarero del desayuno.

Nos reímos. Yo le conté lo mío.

Antes de emprender el regreso a remo, quedamos en vernos esa noche. Él conocía un bar cerca del muelle donde ponían vallenato y vendían cervezas frías. Yo tenía las horas contadas antes de que empezara a aburrirme solo en el cuarto.

***

El bar era exactamente como lo había descrito: pequeño, ruidoso, con sillas de plástico y una nevera llena de botellas. Llegué primero y pedí dos cervezas. Diego llegó diez minutos después con la ropa cambiada y el pelo todavía mojado.

Pasamos un par de horas ahí, tomando y hablando de nuestras vidas, de trabajo, de viajes, de las cosas que uno cuenta cuando no tiene nada que ocultar frente a un extraño. Después nos fuimos a una discoteca de la zona donde había bastante gente y música alta. Intentamos hablar con mujeres. Ninguno de los dos concretó nada, pero tampoco lo intentamos con demasiado empeño. El alcohol ya hacía su parte y la noche se fue poniendo más libre, más sin pretensiones.

A las dos de la mañana decidimos volver caminando. Mi hotel quedaba a diez minutos, el de él un poco más lejos.

Íbamos por la calle principal, medio tumbados los dos de risa por algo que ya no recuerdo, cuando él empezó a imitar a una turista con la que había bailado antes, con los movimientos exagerados y todo. Y en la imitación se pegó a mí por detrás, sus caderas contra las mías, con las manos en mis hombros. Duró dos segundos. Nos reímos. Seguimos caminando.

Pero yo noté algo. Y creo que él también.

Le pregunté si quería seguir la noche en mi cuarto; había comprado unas cervezas de más por si terminábamos llevando compañía. No llevamos compañía, pero las cervezas estaban ahí.

Dijo que sí sin pensarlo.

***

Mi habitación era pequeña pero tenía una terraza con vista al mar. Pusimos música baja, sacamos las cervezas y nos sentamos en la terraza un rato. La conversación fue derivando sola, sin que ninguno la empujara demasiado. De trabajo pasamos a relaciones, de relaciones pasamos a sexo. No sé quién dio el primer paso temático, pero en algún momento estábamos hablando de lo que nos gustaba y lo que nos daba curiosidad, y ninguno de los dos ponía freno.

Hubo un silencio largo.

Yo estaba apoyado en el marco de la puerta de la terraza, con la cerveza en la mano. Él estaba sentado en la silla frente a mí, con los pies sobre la barandilla. Me miró de una manera diferente a como me había mirado toda la noche, y yo lo miré de vuelta de la misma manera.

—Yo nunca he hecho esto —dijo, señalando el espacio entre los dos con un gesto vago.

—Yo tampoco —respondí.

No hizo falta decir nada más.

***

Entramos a la habitación. Había una sola cama, como en el mejor cliché posible, y los dos lo sabíamos y a los dos nos daba igual. Nos sentamos en el borde, uno al lado del otro, terminamos las cervezas en silencio, y después de un momento que duró más de lo que debería, nos giramos el uno hacia el otro al mismo tiempo.

El primer contacto fue torpe. No fue un beso inmediato, sino una aproximación lenta, como si los dos necesitáramos confirmar que el otro lo quería de verdad antes de cruzar esa línea. Su frente rozó la mía. Su mano buscó mi costado. Y entonces sí nos besamos.

Era extraño. No de manera desagradable, sino extraño en el sentido de lo desconocido: su mandíbula áspera contra la mía, la forma diferente en que apretaba, la ausencia de las curvas a las que estaba acostumbrado. Pero también había algo que me encendió de una manera que no esperaba, algo más crudo y más directo que cualquier beso que hubiera dado antes.

Nos caímos hacia atrás sobre la cama.

—¿Estás seguro? —preguntó él, con la boca todavía cerca de la mía.

—Sí —dije. Era la verdad.

Nos tocamos sin apresurarnos: las manos explorando, los cuerpos acostumbrándose a algo nuevo. Nos quitamos las camisetas. Después el resto. Y en algún punto del camino la vergüenza desapareció y solo quedó el deseo. Nos rozamos las erecciones al mismo tiempo, sin querer, y los dos soltamos una carcajada nerviosa que terminó en otro beso, este ya sin dudas.

Entre los besos nos decíamos cosas en voz baja.

—Qué raro —dijo él.

—Sí —respondí—. Pero qué rico también.

—Nunca había llegado hasta acá.

—Ni yo.

***

Acabamos en posición de 69 casi sin haberlo decidido, como si el cuerpo supiera adónde ir antes que la cabeza. Yo nunca había tenido una erección de otro hombre tan cerca. La tomé con la mano, despacio, y la acerqué a mi cara.

No sabía lo que estaba a punto de hacer. Lo hice igual.

El olor era masculino y directo, sin rodeos: algo a lo que tardé un segundo en acostumbrarme y que después dejó de importarme. La tomé en la boca con cuidado, procurando no morderlo, acariciando la base con los dedos mientras intentaba meterla lo más adentro que podía sin experiencia de ningún tipo. Era más pequeño que yo, manejable, pero igualmente más de lo que mi boca inexperta sabía cómo gestionar.

Tardé un momento en darme cuenta de que él también me la estaba mamando. En esa habitación solo hubo durante un buen rato sonidos de respiración entrecortada, el ruido de la succión y el mar afuera de la ventana.

No fue perfecto. Ninguno de los dos tenía experiencia. Pero tampoco hacía falta que fuera perfecto.

Estuvimos así bastante tiempo, parándonos de vez en cuando para recuperar el aliento o para decirnos «sigue así» o «más despacio». El alcohol nos ayudaba a no pensar demasiado. Cuando finalmente paramos, los dos teníamos la frente húmeda y las piernas entumecidas de la postura.

—Nunca pensé que iba a llegar hasta acá —dijo él, mirando el techo.

—Ni yo —dije.

***

Quisimos ir más lejos. Yo quería saber cómo se sentía todo, sin límites arbitrarios, y él también. Intentamos de distintas maneras, con mucha precaución y bastante saliva, pero cada vez que me acercaba lo suficiente, él tensaba los músculos y el dolor era demasiado. Después de tres intentos lo dejamos. No fue una derrota. Fue simplemente el límite de esa noche para él.

Me acosté boca arriba, con la erección todavía ahí. Diego se masturbaba lentamente a mi lado. Nos miramos y él señaló hacia arriba con la cabeza, una pregunta sin palabras.

Me monté encima de él.

Usé lo que había: saliva, mucha paciencia y la conciencia de que podía parar cuando quisiera. Me senté sobre él despacio, controlando el ritmo, y cuando notó que yo lo guiaba dejó de empujar y se quedó quieto, con las manos en mis muslos. El momento en que entró fue una mezcla de dolor y algo completamente diferente a cualquier sensación que hubiera tenido antes. No comparable. No mejor ni peor. Simplemente otro tipo de placer, desde otro ángulo, con otra temperatura.

Empecé a moverme.

Me apoyé en su pecho con las manos y encontré un ritmo que funcionaba. Sus dedos se apretaron en mis caderas. Ninguno de los dos hablaba, solo la respiración acelerada y el ventilador girando en el techo. Subí la intensidad poco a poco, hasta que mis muslos golpeaban contra él con cada bajada y los dos gemíamos sin contenernos.

Mi cabeza me preguntaba qué hacía ahí. El cuerpo respondía por mí.

Me detuve antes de llegar hasta el final porque necesitaba un respiro, no de él sino de la intensidad de lo que estaba pasando. Me salí despacio y me acosté a su lado.

***

Él llegó primero. Le envolví la erección con la mano y aceleré el ritmo hasta que su respiración cambió por completo. Cuando se corrió lo hizo con un gemido contenido, los ojos cerrados y la espalda levemente arqueada. La leche salió con una fuerza que no esperaba, a chorros, parte en su vientre y parte llegando hasta mi cara.

Me quedé quieto un segundo, sintiendo el calor en la mejilla, y después acerqué la boca a la punta. Lo probé.

Era salado y espeso y en ese momento me pareció la cosa más natural del mundo. Segundos después me corrí yo, con su mano todavía en mí, y fue uno de los orgasmos más limpios que recuerdo: sin tensión, sin cálculo, solo el cuerpo liberando todo lo que llevaba años sin soltar del todo.

Nos quedamos tumbados sin hablar durante un rato largo. El techo, el ruido del ventilador, el calor.

—Cargo de conciencia —dijo él al final.

—Sí —dije yo—. Pero tampoco tanto.

Se rió. Yo también.

***

Me metí a duchar. Él se limpió en el lavabo y cuando salí ya estaba con la ropa puesta, mirando el teléfono. Abrimos la última cerveza y la compartimos sentados en la terraza, con mucho menos que decir que antes de que todo pasara, pero sin ninguna incomodidad real. La tensión había desaparecido y lo que quedaba era algo parecido a la calma, a ese silencio que viene después de hacer algo que no sabes si debías hacer pero que sabes que no borrarías.

Me dijo que debía volver. Su novia madrugaba y si llegaba muy tarde habría preguntas.

Nos dimos el número antes de que se fuera. En la puerta, nos dimos un abrazo que duró más de lo habitual, de esos que los dos saben que significan algo pero ninguno nombra. Cerré la puerta y me quedé escuchando sus pasos alejarse por el pasillo hasta que no se oyó nada más que el mar.

Nunca más lo vi. Nunca nos escribimos, aunque el número sigue en mi teléfono. No sé si lo que pasó esa noche cambia algo de lo que soy. Creo que no cambia la etiqueta, pero sí algo más difícil de definir. Esa curiosidad que llevaba años guardada en un cajón cerrado con llave ya no está ahí.

El cajón lleva dos años abierto.

Valora este relato

Comentarios (5)

LoboGris77

que relato!! me tenia clavado a la pantalla hasta el ultimo parrafo. de lo mejor que lei aca

Curiosa_87

Me encanta que esta escrito con tanta naturalidad, se siente real. Espero que escribas mas

TomaCba

Me recorde a unas vacaciones en la costa que tuve hace años... no digo mas jaja. Muy buen relato

nochero91

se hizo corto, necesito segunda parte!!

PalomitoNocturno

Empece a leerlo de casualidad y no pude parar. Que bueno encontrar relatos tan bien narrados

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.