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Relatos Ardientes

El santero del pasaje me lanzó un hechizo

Aquella mañana salí de casa sin muchas ganas. Mi mamá me había pedido que pasara por el Mercado de los Remedios a buscarle varias cosas: hierba de santa María, agua florida, un par de velas blancas y algo más que tenía anotado en un papel doblado que me metió en el bolsillo antes de que pudiera protestar. Ya conocía el lugar. No era la primera vez que hacía ese recado y siempre terminaba más rápido de lo que esperaba.

Tomé el colectivo que me dejó cerca del Parque Ibáñez y caminé desde ahí hasta el bloque de puestos donde vendían todo tipo de productos naturistas. Encontré a la señora de siempre, le pasé la lista, me ayudó a empacar todo en una bolsa de tela y pagué sin negociar. En menos de veinte minutos podría estar de regreso. Recogí la bolsa, me la colgué al hombro y me encaminé de vuelta al parque.

Pero a mitad del pasillo central me cortó el paso una mujer de mediana edad con una sonrisa muy ensayada.

—Joven, ¿quiere que le lean el futuro? Tenemos a un santero del norte, muy bueno. Solo veinte pesos la consulta.

Antes me lo habían ofrecido varias veces y siempre había seguido de largo sin mucho protocolo. Pero esa mañana, no sé por qué, me detuve. Quizás fue la curiosidad. Quizás fue que llevaba semanas dándole vueltas a la misma pregunta sin encontrar respuesta y me había cansado de hacerlo solo.

Acepté.

***

Antes de contarte lo que pasó en ese cuarto tengo que explicarte por qué fui. Matías y yo llevábamos casi dos años juntos cuando ocurrió esto. Él cursaba un año más que yo en la facultad y nos queríamos mucho, o al menos yo lo creía así. Pensaba que íbamos para largo. Pensaba en esas cosas ridículas que uno piensa cuando está enamorado por primera vez de verdad.

Entre nuestros amigos en común estaba Rodrigo, que siempre había estado enamorado de Matías. Yo lo sabía. Matías también, aunque nunca lo mencionaba. Lo dejaba pasar con esa actitud suya de hacer como que no nota lo que no quiere notar.

Al principio Rodrigo no me preocupaba. Era un tipo simpático pero sin ningún atractivo especial. Tenía los dientes muy torcidos, la sonrisa descuidada, y yo me repetía que Matías nunca se fijaría en alguien así. Era mi forma de tranquilizarme y durante un tiempo funcionó.

Entonces llegaron las vacaciones de invierno.

Rodrigo volvió con la boca completamente nueva. No sé si fue ortodoncia acelerada, si se puso carillas, o ambas cosas. El caso es que regresó a la facultad con una sonrisa perfecta y de repente era otra persona. Una persona con la que Matías de pronto tenía muchos más planes los fines de semana.

Yo entendí en ese momento que lo había hecho por él. No podía demostrarlo pero estaba completamente seguro. Y esa certeza me instaló una inquietud constante que no sabía cómo manejar.

Por eso estaba parado frente a esa mujer en el mercado, asintiendo con la cabeza.

***

La promotora me llevó a través de un pasillo lateral que daba a un edificio viejo pegado al mercado. Subimos una escalera angosta hasta el segundo piso. Golpeó una puerta, la abrió, me indicó que entrara con un gesto y se fue.

El cuarto era pequeño pero no sórdido. Había una mesa, dos sillas, una vela encendida en el rincón y una calavera de cerámica pintada que me hizo dudar por un segundo antes de decidir que era decorativa. La única ventana estaba cubierta con una tela color bordó pero había luz suficiente para no sentirse atrapado.

El santero estaba de pie esperándome.

Era un hombre de unos cuarenta y pico años. Moreno, ancho de hombros, con unas manos enormes que descansaban cruzadas sobre el pecho. No era alto, apenas me sacaba unos centímetros, pero tenía una presencia que ocupaba más espacio del que correspondía a su tamaño. Llevaba una camisa de lino crema con los dos primeros botones abiertos. Me miró con ojos oscuros y tranquilos, como si ya supiera todo lo que iba a contarle.

—Siéntate —dijo.

Obedecí.

Me hizo algunas preguntas generales: la fecha de mi nacimiento, si tenía pareja, si había algo que me estuviera quitando el sueño. Le conté. Le dije que estaba con alguien, que lo quería, que pensaba que éramos para largo. Que últimamente tenía dudas sobre si él me era fiel. No entré en detalles de Rodrigo ni de la ortodoncia. No hizo falta.

El santero mezcló las cartas despacio, las extendió sobre la mesa y las observó en silencio un rato que se me hizo largo. Luego levantó la vista.

—Tu pareja te quiere —dijo—. No veo traición de su parte. El amigo que te preocupa no tiene poder sobre él.

Era exactamente lo que quería escuchar. Y aun así no terminé de calmarme del todo, que es lo que pasa cuando la cabeza ya decidió preocuparse por algo y no quiere que le arrebaten ese derecho.

—Si quieres —agregó—, puedo hacer un trabajo pequeño. Para reforzar el vínculo entre los dos. Un rezo sencillo y te doy algo para que uses antes de estar con él.

—¿Cuánto cuesta?

—Nada. Me has caído bien.

No sé por qué acepté también eso. Quizás porque ya había pagado los veinte pesos y sentía que tenía que sacarle más provecho a la visita. Quizás porque seguía pensando en Rodrigo sonriendo con su boca nueva.

—Ponte de pie —dijo el santero—, de espaldas a mí, y cierra los ojos.

Me levanté y obedecí.

***

Empezó a murmurar algo. No entendí las palabras. Hablaba rápido, en voz muy baja, como quien recita una fórmula aprendida de memoria hace mucho tiempo. Sentí que tomaba un objeto de la mesa, frío al tacto, y comenzaba a pasármelo por la nuca, luego por los hombros, luego por toda la espalda con movimientos lentos y circulares que no tenían ninguna prisa.

No sé en qué momento ocurrió exactamente.

No fue inmediato ni repentino. Fue como cuando la temperatura de un cuarto sube tan despacio que no te das cuenta hasta que ya estás transpirando. En algún punto, entre un murmullo y el siguiente, me di cuenta de que estaba completamente excitado.

No era un estado confuso. No tenía la cabeza pesada ni me costaba pensar con claridad. Era otra cosa: una urgencia física muy concreta y muy específica. Sentía la verga endureciéndose en el pantalón, pesada, viva, empujando la tela por delante, y la presión en los huevos era tan intensa que me costaba quedarme quieto. No quería salir corriendo. No quería llamar a Matías. Quería al hombre que tenía detrás.

¿Qué diablos me estaba pasando?

Me di la vuelta.

El santero me miró sin ninguna sorpresa, como si hubiera estado esperando ese movimiento desde el principio. Extendí el brazo y le puse la mano sobre el pecho. Lo noté caliente a través de la tela. Y él no retrocedió ni un centímetro.

—¿Puedo? —pregunté, aunque ya lo estaba haciendo.

—Sí —dijo.

***

Me arrodillé frente a él. Le desabroché el cinturón despacio, sin apuro, con una calma que no me correspondía dado lo que sentía por dentro. Bajé la cremallera y le abrí el pantalón, metiendo los dedos por la cintura del calzoncillo azul marino hasta encontrar el bulto firme y caliente. El glande asomó al correr la tela, brillante, húmedo, y el olor salado de su piel me pegó de lleno en la cara.

Le bajé los boxers por los muslos y se la dejé libre. Era una verga gruesa, morena como él, con una vena marcada por debajo y la punta sonrosada ya resbalosa. Me la metí en la boca sin pensarlo demasiado, tragando hasta donde me daba la garganta. El sabor era fuerte, tibio, un poco amargo de sudor y de piel, y me hizo cerrar los ojos con un golpe de placer que me recorrió entero.

El santero apoyó una de sus manos enormes sobre mi cabeza. No me empujó al principio; solo me sostuvo ahí, firme, dejando claro quién marcaba el ritmo. Yo chupaba, lamía la base, volvía a subir con la lengua por el tronco, y sentía cómo se endurecía todavía más dentro de mi boca. Me tomaba el pelo con los dedos, separándomelo de la frente, y con la otra mano me desabrochó el pantalón a mí también.

El aire frío me rozó la piel del vientre cuando me bajó los bóxers y dejó mi verga al aire. Se inclinó apenas, la agarró con la palma y me la frotó de arriba abajo, despacio, apretando justo donde más lo necesitaba. Se me escapó un gemido que vibró alrededor de su carne.

—Eso, chupá —murmuró—. Así me gusta.

Yo no podía responderle mucho con la boca ocupada, pero le obedecí. Le chupé los huevos uno por uno, pesados y tensos sobre la lengua, y después volví a la punta, lamiendo la rendija donde ya salía líquido preseminal. El cuarto estaba lleno de respiraciones cortadas, del ruido húmedo de mi saliva, del crujido de la silla cuando él la movió para acercarse más.

Me puso de pie con las manos grandes aferradas a mis hombros. Me giró y me apoyó contra la puerta metálica. El metal estaba frío, pero yo ya ardía. Se pegó a mi espalda, levantándome la camiseta por el torso, y me mordió el cuello con una violencia contenida que me hizo arquearme.

—Tenés unas ganas bárbaras —dijo al oído—. No te hagas el santo ahora.

Me doblé un poco hacia adelante cuando me abrió bien las piernas con la rodilla. Escuché el sonido del frasco o del lubricante, no sé qué había tomado de la mesa. Sus dedos me tocaron primero, dos, tres veces, abriéndome despacio con paciencia de hombre grande. El contacto me hizo apretar los dientes. Estaba caliente, resbaladizo, y me arrancó un temblor de la base de la espalda hasta la nuca.

—¿Así? —preguntó.

—Sí —dije, y me odié un poco por lo fácil que me salió.

Entró de a poco. Sentí la punta empujando, tanteando, y después la presión más honda, más brutal, cuando fue ganando lugar entre mis paredes. No llevaba condón. Me di cuenta en ese instante, pero ya era tarde para cualquier cosa que no fuera seguir. Me sostuvo la cadera con una mano y con la otra me levantó la pierna, abriéndome mejor, clavándose dentro con una lentitud que me volvía loco. Cada centímetro suyo me llenaba de un ardor delicioso, un desgarro que no dolía del todo pero que me hacía llorar del placer.

—Mirá cómo te abrís —dijo con una voz grave, pegada a mi oreja—. Mirá qué lindo te entra la verga.

Yo me aferré a la puerta con ambas manos. Sentía su pelvis golpeándome por detrás, el peso de sus huevos contra mi culo, la mano firme sosteniéndome debajo del vientre para que no me fuera hacia adelante. Cuando empezó a moverse, lo hizo con una calma exasperante. Se retiraba apenas y volvía a entrar hasta el fondo, marcando cada empuje con un golpe seco que me sacudía las piernas. La madera de la puerta resonaba con cada impacto y el cuarto entero parecía respirar al ritmo de su follada.

—Más —le pedí sin pensar.

Él se rió por lo bajo y me obedeció. Aceleró de a poco, ganando profundidad, haciéndome sentir la cabeza de la verga rozando ese punto interno que me apagaba la razón. Me sostuvo de los hombros y me empujó contra la puerta con más fuerza, metiéndomela casi al límite. Yo jadeaba como un animal, con la boca abierta, el pecho subiendo y bajando a tirones, mientras el calor de su cuerpo me rodeaba entero.

Después me soltó la cintura y me hizo girar de nuevo, esta vez empujándome hacia la mesa. Apoyó mis manos sobre la madera y me arqueó el lomo. Me penetró desde atrás otra vez, ahora más rápido, con golpes cortos que me hacían temblar las rodillas. La mesa vibraba, la vela seguía encendida en el rincón, y en la superficie se desparramaron unos papeles cuando me agarró del pelo y me obligó a mirar hacia abajo.

—Decime que querés que te la meta más fuerte —ordenó.

—Quiero que me la metas más fuerte.

Y lo hizo.

El sonido de sus caderas contra mis nalgas se volvió más brusco, más sucio. Me corría un hilo de saliva por la barbilla y tenía el culo ardiendo de tanto abrirse y cerrarse alrededor de su verga. Cada embestida me apretaba la próstata con precisión brutal, y mis propias embestidas contra la mano que me agarraba el pene me estaban dejando al borde. El santero se inclinó sobre mí, me mordió el hombro, y me habló otra vez al oído, diciéndome que me dejara, que me viniera cuando quisiera, que no aguantara más si no podía.

No aguanté.

Me corrí primero, con un golpe de placer que me vació la cabeza y me hizo ver blanco por un segundo. El semen me saltó sobre la madera y sobre sus dedos, espeso, caliente, manchándolo todo. Él siguió embistiéndome unas cuantas veces más, gruñendo bajo, hasta que su cuerpo se tensó detrás de mí. Entonces salió apenas, se agarró la polla con una mano y acabó sobre mis nalgas y la base de la espalda en varios chorros densos, resbalando por la piel mezclado con sudor.

Nos quedamos respirando fuerte, sin movernos, pegados uno al otro. Yo temblaba de la cabeza a los pies.

***

Luego algo se apagó tan rápido como se había encendido.

No fue gradual. Fue como cortar la corriente. El santero tenía los ojos cerrados y respiraba despacio. Yo me levanté, me acomodé la ropa, recogí la bolsa del rincón. No dije nada durante un rato. Él tampoco.

—Gracias —dije finalmente, y saqué el billete que llevaba en el bolsillo trasero.

Negó con la cabeza sin abrir los ojos.

—No hace falta.

Me despedí y salí.

La promotora seguía en el pasillo. Cuando me vio, sonrió con esa clase de sonrisa que no necesita palabras para decirlo todo. Bajé las escaleras sin mirarla.

***

En la calle, mientras esperaba el colectivo con la bolsa apretada entre los dedos, empezó a funcionar de nuevo la cabeza. Y con ella llegaron las preguntas que había estado silenciando la última hora.

Lo que más me inquietaba era haber estado con él sin ninguna protección. Era una imprudencia que no podía deshacer. No tenía síntomas de haberme drogado, no me sentía confundido ni con la memoria en blanco, solo había tomado una decisión muy mala en un momento en que algo dentro de mí había decidido tomar el control sin consultarme.

Pasaron los meses. Cuando llegó el momento de hacerse las pruebas, fui. Todo negativo.

Matías y yo terminamos igual, aunque no fue por Rodrigo. Fue por otras cosas que no vienen al caso y que en ese entonces tampoco me sorprendieron tanto como creía que me iban a sorprender.

Al santero no volví a verlo. No regresé nunca más a ese pasaje ni a esa parte del mercado. El Marcos de ese entonces no tenía ningún interés en cruzárselo de nuevo, y el Marcos de ahora tampoco.

Pero hay noches en que la memoria trae algo sin avisar. Las manos grandes. La camisa de lino crema con los botones abiertos. La puerta metálica fría contra mi cara mientras me sostenía de pie contra ella.

No tengo una explicación mejor que un hechizo. Lo he pensado muchas veces y no encuentro ninguna que se sostenga más.

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Comentarios(8)

TabuReader23

tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta el final

RamonNocturno

Por favor una continuacion, me quede con ganas de mas

Curioso77

increible como captaste ese ambiente, esa mezcla de misterio y deseo. Se siente real.

SebaMonte

jaja lo del hechizo parece cuento pero despues ya te enganchaste y no hay vuelta atras. Muy bueno

NochesR

hubo segunda vez? me dejo pensando en eso jeje

lectorzuela88

muy bien escrito. esa mezcla de magia y pasion esta muy lograda, espero mas relatos asi

Nico_Baires

excelente!!! de los mejores que lei en bastante tiempo

GabrielNocturno

Me encanto el ambiente que le diste al relato, uno ya sabe como termina pero igual sigue leyendo. Ojalá haya segunda parte!

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